Cultural
Última novela de Jorge EDWARDS
Montaigne en Chile
Por Alfredo Alzugarat
LEER, o más que leer degustar y compartir
la obra de un escritor, significa también apropiarse de sus palabras, de su
pensamiento. La operación, si es verdadera, tiene por resultado construirse una
imagen propia del autor. Ese es el punto de partida de este nuevo libro de
Jorge Edwards: construir su Montaigne, el Montaigne de Edwards, montar una
historia posible, "un relato conjetural", reflexivo, que encierre una
aspiración a entender los Ensayos y la vida del gran prosista francés, su
aporte a la humanidad, lo que aún nos dice. Con Montaigne iluminando su mirada,
el escritor chileno hurgará en la realidad de su país y aspirará a fundirse con
él. "Este Montaigne del libro soy yo", ha dicho Jorge Edwards, con
reminiscencias flaubertianas, en una entrevista con motivo de su obra.
No se conoce mucho de la vida de
Montaigne. Se sabe que era el tercer hijo de un comerciante que hizo fortuna
vendiendo vino y pescado hasta instalarse en las cercanías de Burdeos. Que
estudió derecho y fue quince años parlamentario de esa ciudad y alcalde, otros
cuatro. Casi cuarentón, en 1570 se retiró a su castillo para dedicarse a la
meditación, a la lectura de Plutarco y Séneca y a escribir. En esos últimos y
fértiles años de su vida tuvo una admiradora, una hija dilecta, o tal vez su
amor secreto, Marie de Gournay, la que prolongaría su obra. Todavía permanece
en pie la torre de piedra donde escribía. La historia de la literatura lo
reconoce como creador de un género: el ensayo.
A la vez que atiende estos datos, el
narrador de La muerte de Montaigne se preocupa por insertar a su personaje en
el contexto de guerras religiosas que caracteriza al siglo XVI. Las
consecuencias de la masacre de la noche de San Bartolomé, la derrota de la
Armada Invencible, la transición entre los Valois y los Borbones en el trono,
los primeros regicidios en Francia, una época de intolerancia y barbarie donde
el pensar distinto era motivo de muerte. El Montaigne de Edwards asiste a esos
cataclismos históricos desde una distancia no exenta de compromiso,
manifestando su amor y respeto a la naturaleza, su búsqueda de equilibrio, su
estoicismo y su austeridad.
CIRCUNLOQUIOS AUTORIZADOS.
Mimetizarse con Montaigne y trasladarlo al
"remoto Chile" actual requiere la pericia de un escritor consumado,
que domina su oficio. Edwards lo hace durante la mayor parte de su obra
adoptando el estilo moroso y pausado del francés, abusando a veces de la
sinonimia, reiterando un poco y sobre todo recurriendo de manera sistemática a
la digresión. "El maestro nos autoriza y nos autorizará siempre a la
digresión. Su sombra, su aura, su espíritu particular, su humor soterrado, nos
llevan a los caminos laterales, a los paréntesis, a los hilos sueltos", se
afirma.
Este peculiar recurso es el que resulta
útil a Edwards para introducir su peripecia personal, una voluntad
autobiográfica que permite conocer cómo llegó hasta Montaigne en lejanas
lecturas de la infancia y cómo recorrió los alrededores de Burdeos buscando el
castillo del francés, pero también su opinión política, su desencanto de las
utopías, su juicio al pensamiento de izquierda. El lector pasa de uno a otro,
del francés al chileno, del siglo XVI al XXI, dejándose llevar en el ritmo de
la escritura.
La dimensión del pensador galo bien exige
un debate sobre su personalidad, un punto de vista diferente al que
contrarrestar e incluso satirizar. Edwards lo encuentra en el historiador
romántico Jules Michelet, un "partenaire" cuya visión del transcurso
de los hechos se acopla al error y la fantasía. Recurrir a Michelet significa
un énfasis necesario, una forma de demostrar que la interpretación que Edwards
hace de Montaigne y su tiempo es la correcta.
LA MUERTE Y DESPUÉS.
El Señor de la Montaña, como acostumbra
llamarlo con cierto regusto evangélico el narrador, es un ser vital, capaz de
experimentar el ardor carnal en su vejez, satisfecho de sí mismo, que escribe
con alegría. Sin embargo, el título de la novela alude a su muerte. En efecto,
Montaigne muere a unas cincuenta páginas de que finalice el libro. Los
capítulos que le siguen dan cuenta de las tribulaciones de Marie de Gournay
para publicar la última edición de los Ensayos y algunas obras propias que la
colocan como una precursora del feminismo, y del reinado de Enrique IV de
Navarra, que alguna vez visitó a Montaigne en su castillo y es considerado por
el narrador como el mejor alumno del gran ensayista.
En la obra, el apogeo del pensamiento de
Montaigne posterior a su vida, se marca en tres etapas. La más cercana a
nosotros está representada por André Gide y su lucha contra la discriminación y
por el libre pensamiento. Le sigue el período revolucionario: para Edwards,
Montaigne es un claro precursor del Iluminismo y los enciclopedistas. Pero
ningún momento excede en importancia al del gobierno de Enrique IV, que
abdicará del protestantismo para abrazar la fe católica e impondrá la paz en
Francia mediante la promulgación del Edicto de Nantes, clausurando de ese modo
décadas de sangrientas contiendas fratricidas. Según Edwards el célebre edicto,
"documento anunciador, moderno por excelencia", es un producto
directo de las ideas y del espíritu de reconciliación atribuido al Señor de la
Montaña.
UNA CODA INNECESARIA.
En las últimas páginas, una vez más
apelando al arte de la digresión, el narrador desemboca en el Chile actual, una
nación, como las demás del cono sur de América, donde aún perviven las secuelas
de los tiempos de dictadura, de crímenes no esclarecidos, de heridas abiertas,
de lucha entre la justicia y la impunidad, "el Chile no del todo
reconciliado, retacado, obcecado", dice el libro. La identificación del
autor con su protagonista se extrema al punto de pretender los mismos
resultados para su obra. Su mirada se vuelve una vez más hacia el Edicto de
Nantes y abruptamente pretende encajar un tiempo en otro, trasladar al momento
actual y a su país la solución de un tiempo que estaba muy lejos de una firme
conciencia en los derechos humanos. "A veces, cuando observo que no somos
capaces de hacer lo mismo, que seguimos divididos hasta el tuétano, me pregunto
si no habría sido necesario que hubiera una verdadera guerra civil, con todos
los muertos y abusos de ambos lados que eso supone, para que pudiéramos llegar
a una auténtica, profunda, conmovedora reconciliación", reflexiona el
narrador respecto a sus compatriotas.
La muerte de Montaigne es un híbrido de
biografía y ensayo, de crónica y confesión, magníficamente bien escrito, muy
interesante en algunos aspectos. También polémico en otros.
LA
MUERTE DE MONTAIGNE, de Jorge Edwards. Tusquets, 2011. Barcelona, 289 págs.
Distribuye Gussi.
