IDA Y VUELTA
El acuarelista en el matadero
Por Antonio MUÑOZ MOLINA
Cuando las palabras mienten la estética
dice la verdad. En los años veinte, en los treinta, el comunismo y el fascismo
parecían cada uno la antítesis del otro, pero mucho antes de que algunas mentes
lúcidas se fijaran en las similitudes profundas que los unían ya estaban
declarándolas las opciones estéticas de cada uno.
Las máquinas, las multitudes, los cuerpos
desnudos, el deporte. El hombre nuevo soviético se parece extraordinariamente
en su físico al hombre nuevo nazi o fascista, igual que se parecen las escalas
arquitectónicas y la propensión a eliminar a millones de seres humanos. La
misma demencia constructiva arrebataba casi simultáneamente a los matarifes de
Moscú y a los de Roma o Berlín. Albert Speer proyectó para Hitler la cúpula más
desaforada del mundo. En 1937, al pintor Aleksandr Deineka le encargaron unos
murales gigantescos para el nuevo palacio de los soviets de Moscú, que iba a
tener una altura de 415 metros, y que estaría coronado por una estatua de Lenin
de 100 metros. Los deportistas desnudos a los que pintaba o dibujaba Deineka en
sus momentos de más disciplinada imaginación habrían entusiasmado al doctor
Goebbels. Y cuando un cuadro suyo de corredoras atléticas se expuso en 1934 en
la Bienal de Venecia lo compró de inmediato el Ministerio de Educación de
Mussolini. En la extraordinaria exposición dedicada a Deineka en la Juan March,
junto a sus cuadros y sus dibujos de deportes, hay auriculares colgados en la
pared en los que pueden oírse himnos políticos y deportivos soviéticos. No hay
la menor diferencia entre los unos y los otros, y su contundencia marcial es
idéntica a la de los himnos italianos o alemanes de entonces.
Aleksandr Deineka es ese artista
desconocido que de un día para otro se le vuelve a uno imprescindible. No me
sonaba de nada su nombre, pero al llegar a la exposición recordé que ya había
visto algunos de sus cuadros, que me intrigaron mucho, hace unos años, cuando
los vi en el Guggenheim de Nueva York, en una antológica de arte ruso del siglo
XX. Reconocí uno, sobre todo. Una mujer en bicicleta, con el pelo recogido a la
manera de los años treinta, con un vestido rojo y calcetines rojos y zapatos
deportivos, su silueta con algo de Bonnard y de Matisse perfilándose contra un
fondo de bosques y campos cultivados, con un tractor al fondo, con sombras
azules de verano. La sensación de Arcadia la cancelaba de golpe la fecha: un
koljós en 1935. En 1935 la colectivización forzosa de la agricultura soviética
se había completado dejando tan solo en Ucrania más de tres millones de muertos
por hambre. En 1935 Kirov ya había sido asesinado en Leningrado y Stalin
preparaba su gran plan quinquenal de deportaciones y matanzas. Aleksandr
Deineka era un artista soviético ejemplar, pero en esa época ni los más leales
estaban a salvo y a él también le rozó la nuca la cuchilla del miedo. Su
primera esposa fue detenida en el curso de las grandes purgas de 1938 y
ejecutada al poco tiempo en la cárcel. De vez en cuando los burócratas del arte
publicaban sermones condenatorios de lo que llamaban
ellosFormalismo, vicio burgués que podía atraer irreparables
consecuencias. Por la época en la que Shostakóvich temblaba de miedo después de
aquella diatriba contra su música publicada de manera anónima
en Pravda el nombre de Deineka aparecía de vez en cuando en las
listas de sospechosos de formalismo.
En las fotos de aquellos años, y en las
que le tomaron durante el resto de su vida, Shostakóvich es un hombre encogido,
de mirada huidiza detrás de las gafas, de gesto entre cauteloso y servil. En
algún momento Deineka pudo haber tenido tanto miedo como él, pero al menos no
lo manifestaba. Era fornido, de cabeza grande y quijada sólida, aficionado a la
gimnasia, al fútbol, a los automóviles y los aviones, al espectáculo de la
tecnología y de la vida moderna. El hombre de las fotos y el de ese
autorretrato en el que parece un boxeador es el de los grandes murales, el de
los cuadros de militares o de obreros estajanovistas, el del portero de fútbol
que se tira horizontalmente para recoger una pelota. Pero dentro de él había
otro artista más secreto, y también más delicado, que trabajaba no con las
grandes extensiones murales de óleo o de mosaico sino con el lápiz y el papel,
la tinta, los colores rápidamente desleídos de la acuarela.
Inevitablemente se fue haciendo más
pomposo con los años. La continua sumisión a una ortodoxia sin fisuras debió de
aliarse a las rutinas de la edad para hacer de él una especie de Norman
Rockwell de la felicidad estalinista. Pero en su juventud, en su primera
madurez, hay un talento de rápidos trazos fulminantes, una inventiva visual que
está lo mismo en la inmediatez de un boceto que en los saberes tipográficos de
la ilustración de un libro. En medio de la cacofonía abrumadora de la
propaganda, Deineka tiene de pronto una simpleza poética de cuento infantil o
de viñeta callejera, como de un Beckmann o un Grosz no exasperados. Su trabajo
exige escalas gigantes, musculaturas, armazones metálicas, interjecciones
agresivas. Él parece abstraerse de todo dibujando mundos en miniatura: la nube
alargada de una avioneta de fumigación se cruza diagonalmente con los surcos de
un campo cultivado; un dirigible surca el cielo mientras una locomotora suelta
humo en el horizonte, y los vagones no parecen los de un belicoso tren
soviético sino los de un tren de juguete; la utopía cuartelaria de la
revolución se resume en unas cuantas formas invocadas por la acuarela sobre una
hoja de papel: un campo, una granja, una vaca, un tendido eléctrico en el que
se posan los pájaros igual que notas en un pentagrama.
Y algunas veces, como si bajara la
guardia, también la pintura al óleo adquiere una ligereza de acuarela o de
dibujo al pastel: una mujer desnuda, joven, a contraluz, delgada pero no
gimnástica, en un balcón ante unos azules marítimos que podrían ser los que se
veían desde las ventanas de Matisse.
Fue viendo ese balcón cuando confirmé una
hipótesis que había intuido delante del cuadro de la ciclista vestida de rojo.
Deineka, en los primeros años treinta, había viajado por Estados Unidos, y
luego por Francia e Italia. Sutilmente, cuando la atmósfera en la Unión
Soviética se estaba volviendo más claustrofóbica, buscó refugio en esos paraísos
a pequeña escala de sus ilustraciones casi infantiles, o en el recuerdo de los
paisajes abiertos de América y del sur de Europa que no tenía ninguna seguridad
de volver a ver. El balcón ante el cual posaba la mujer desnuda se abría en su
estudio pero daba de par en par sobre el Mediterráneo. Y esos campos recién
arados en una mañana de finales de verano, esos bosques que se ondulan hacia la
lejanía no pertenecen al koljós que da título al cuadro de 1935, el de la
propaganda obligatoria, sino a un paisaje secretamente recordado de Nueva
Inglaterra.
Aleksandr Deineka (1899-1969). Una
vanguardia para el proletariado. Fundación Juan March. Madrid. Hasta el 15
de enero de 2012. www.march.es. Antonio Muñoz Molina ha publicado
esta semana el libro de relatos Nada del otro mundo (Seix Barral.
Barcelona, 2011. 288 páginas. 18 euros. Electrónico:
12,99). antoniomuñozmolina.es
A leer de nuevo sobre Azul@rte :
Articulo : http://www.elpais.com
22/10/2011
