IDA Y VUELTA
Una edad de plata
Por Antonio MUÑOZ MOLINA
Estaba visitando la sala dedicada a la
prehistoria en el Museo de Navarra y su directora me hizo una señal para que me
fijara en algo, en una vitrina en la que lo único que yo había distinguido sin
mucho interés eran varios fragmentos de huesos humanos, entre ellos una
mandíbula.
Las personas que saben nos enseñan a ver
lo que tenemos delante de los ojos. La mandíbula, el fragmento de cráneo, el
fémur humano, tenían algo en común: puntas incrustadas de flechas. Al cabo de
los milenios esas puntas agudas y filosas habían acabado adquiriendo una unidad
orgánica con el hueso en el que estaban clavadas, como vértebras o como dientes
en una quijada, pero al mirarlas de cerca y con más detalle no había modo de
evitar el escalofrío de un intacto rayo de dolor, de la crueldad inaudita y
certera con que la flecha lanzada a toda velocidad se clavaría en la carne
desgarrándola y luego en el hueso.
A Ötzi, aquel viajero neolítico que
apareció momificado en un glaciar de los Alpes, no costaba nada imaginárselo en
vida como un cazador errante por los bosques primitivos de Europa, un último
mohicano romántico con su arco y su carcaj de flechas, diestro en los saberes
necesarios para encender fuego y para procurarse un calzado aislante de piel
forrado de paja, incluso provisto de una pequeña ración de hongos medicinales o
alucinógenos. En un camino entre las montañas lo habría sorprendido una
tormenta de nieve. Gracias al azar de una inmediata congelación su cuerpo se
había preservado incorrupto como un testimonio de esos pasados remotos en los
que casi instintivamente situamos alguna forma de paraíso terrenal, de paraíso
perdido.
La primera señal de alarma la dio una
radiografía: en el interior del hombro del viajero milenario había una punta de
flecha. Tenía cortes de heridas no cicatrizadas en las manos, y heridas en la
cabeza y en el pecho. Había sangre de dos personas distintas en las flechas de
su carcaj; y de una tercera persona en su cuchillo, y de una cuarta en su
manto. De modo que no había muerto a solas en un alud de nieve, sino
probablemente en una emboscada en la que se había defendido con fiereza antes de
sucumbir.
Me entero de estos detalles en el último
libro de Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature, que acaba de
publicarse en EE UU. Steven Pinker es profesor de psicología en Harvard y uno
de los grandes escritores de ahora mismo. Quien crea todavía que la mejor prosa
literaria se encuentra en la ficción no tiene más que ponerse a leer algunas de
sus obras mayores, casi todas ellas creo que traducidas al español: The
Language Instinct, How the Mind Works, The Blank Slate. Pinker escribe con
un rigor intelectual máximo y con una apasionada claridad de estilo, quizás dos
cualidades simultáneas.
Hacía falta coraje, en los años noventa,
para llevar la contraria a todas las modas tiránicas del posestructuralismo y
el relativismo para argumentar que los rasgos del comportamiento humano no son
exclusivamente el resultado de convenciones culturales, o cultural
constructs, en la jerga repelente de entonces. La mente humana no es esa
"pizarra en blanco" en la que puede inscribirse cualquier sistema de
valores o código de conducta, incluidos la orientación sexual, el instinto
maternal, la propensión masculina a la violencia, etcétera. Desde luego que no
estamos determinados absolutamente por nuestra herencia genética: pero que
existe una naturaleza humana es tan indudable como que la educación, la
cultura, el medio, la modelan, igual que son modelados por ella.
Ahora vuelve Pinker con un tomo aún más
formidable que vuelve a llevar la contra a las ideas aceptadas, y lo hace con
más agudeza y mejor estilo, y más erudición que nunca. La muerte violenta de
Ötzi es un indicio de algo que a casi nadie, en principio, le parecerá
verosímil: nuestra época es la menos violenta en toda la historia y la
prehistoria humanas. Herederos de Rousseau, de las leyendas antiguas sobre la
Edad de Oro, damos por supuesto que nuestro tiempo es el más corrupto, el más
cruel, y que la civilización y el desarrollo tecnológico han significado sobre
todo la multiplicación industrial de la carnicería. Cualquier comunidad de
cazadores primitivos se nos aparece como habitando un edén del que nosotros
fuimos expulsados, y de cuya ruina nosotros mismos somos responsables. Hasta
nos cuidamos de usar palabras como civilización o primitivo.
Y sin embargo los datos van contando una
historia muy distinta, con más detalle según los instrumentos arqueológicos se
vuelven más refinados. En torno al 15% de los restos humanos exhumados en
yacimientos prehistóricos muestran indicios de una muerte violenta: es el mismo
porcentaje que en las sociedades cazadoras y recolectoras contemporáneas.
Rousseau nos acostumbró a suponer que el Estado y las ciudades arruinan la
felicidad y la igualdad de los seres humanos. Pero en las primeras sociedades
en las que se impuso una autoridad central las muertes violentas se reducen al
3%. El Estado más cruel sometido a una autoridad central es el México azteca:
con todos sus sacrificios humanos, el porcentaje de ejecuciones no supera el
5%. Y el índice de asesinatos en las comunidades Inuit iguala al de los barrios
más peligrosos de Detroit.
A pesar de Hitler, de Mao, de Stalin, de
la bomba atómica, de las dos guerras mundiales, en términos numéricos el siglo
XX es el menos cruel que ha conocido la especie humana. Y también el que ha
experimentado, después de 1945, una expansión más rápida de los derechos
humanos, en el sentido universal y también en el más preciso de respeto a las
minorías. Quién que ronde ahora los cincuenta años puede olvidar cómo se
trataba a los discapacitados físicos o mentales cuando éramos niños, qué lugar
tenían las mujeres o los homosexuales, con qué naturalidad era aceptada la
violencia contra los débiles.
Pinker no es un iluso, ni un risueño
optimista: el horror sigue existiendo, pero el escándalo que nos provoca no es
indicio de que sea más frecuente que en otras épocas, sino de que ahora somos
mucho más sensibles a él. La democracia liberal, el comercio, la presencia de
las mujeres, la literatura, son antídotos seguros contra la violencia: no se
mata ni se persigue a quien se le quiere vender o cambiar algo; cuanta mayor
presencia tienen las mujeres en una comunidad menos espacio queda para la
agresividad hormonal masculina; cuanto más sabemos de las vidas de otros
gracias a los libros más inclinados estaremos a reconocerles una plena
humanidad idéntica a la nuestra. En nuestro equipaje evolutivo, está la
propensión a la violencia, pero también a la cooperación, y depende de las
circunstancias y de los valores culturales que elijamos uno u otro camino.
Nunca hubo una Edad de Oro, pero a nosotros nos ha tocado vivir algo parecido a
una edad de plata, y no hay proyecto político más noble que hacerla duradera y
sólida, que hacerla universal.
Steven
Pinker: The Better Angels of Our Nature. Why Violence Has
Declined (Penguin, 2011. 832 páginas). El instinto del
lenguaje (Alianza); Cómo funciona la mente (Destino); La
tabla rasa(Paidós); El mundo de las palabras (Paidós).
stevenpinker.com. antoniomuñozmolina.es
Articulo: http://www.elpais.com
15/10/2011
