IDA Y VUELTA
Velocidad de los viajes
Por Antonio MUÑOZ MOLINA
1 Viajar rápido. Viajar solo
durante unos días. Llegar por la mañana a una ciudad y marcharse de ella a la
mañana siguiente.
No dormir más de una noche en el mismo hotel. Recordar en
consecuencia el día de ayer como si hubiera sucedido mucho tiempo atrás. Mirar
las ciudades por la ventana del hotel. En Alemania, en septiembre, tomé la
costumbre de hacer una foto desde la ventana de cada habitación de hotel en la
que me alojara y del pasillo que llevaba a la habitación. Me acuerdo de cuando
estuve con Dizzy Gillespie en Granada, en 1990. Me dijo que daba trescientos
conciertos al año en casi trescientas ciudades distintas. Me preguntó si la
ciudad en la que estábamos tenía mar.
2 Madrugar para salir de
viaje. El sonido de la alarma del móvil en lo más denso, lo más
silencioso, lo menos frecuentado de la noche. Borges tiene un poema acerca del
sueño en el que dice que debe de ser muy valioso lo que nos ocurre mientras
dormimos para que nos despertemos siempre con un sentimiento de expulsión. Dice
el poema, con esa naturalidad que tan pocas veces consigue la literatura, y que
parece engañosamente pura lengua oral: "¿Por qué es tan triste
madrugar?". Por los ventanales de la sala de embarque veo el espectáculo
para mí infrecuente del principio del día: las claridades eléctricas de los
hangares en medio de la noche, y luego un principio de grisura, como una niebla
que fuera aclarándose, y de pronto, contra las colinas del fondo, el borde rojo
del disco solar, que va ascendiendo con una lentitud de majestad inapelable,
que muy pronto es un círculo grande y rojo suspendido sobre el horizonte. Cómo
no comprender que durante milenios lo identificaran con un dios.
3 Bruselas. Desde la ventana del
hotel Metropole se ve un gran cartel de Tintin y Milou cubriendo una fachada
entera. Los colores límpidos de Hergé resaltan más en la mañana de sol que ha
venido después de la lluvia. Según el taxi entraba en la ciudad iba
reconociendo los lugares de un viaje anterior. La Bruselas que yo recuerdo y la
que veo esta mañana no coincide con la que imaginaba antes de venir y con la
que todo el mundo parece conocer y lamenta, una ciudad opresiva de grisura y de
lluvia. Pasé aquí unos días de primavera soleada hace cuatro años y hoy
encuentro un sol suave de otoño. Me acuerdo de un verso de Jacques
Brel: "C'était au temps où Bruxelles bruxellait". El verbo
bruselear me parece adecuado para mis paseos sin norte por estas calles
empedradas y tranquilas con buenos comercios burgueses y tejados de pizarra
sobre los cuales me orientan las agujas de la Grande Place, al parecer siempre
llena de joviales erasmus españoles.
4 Otra canción, esta sin
palabras. Brussels in the Rain, una balada tristísima de Paquito
D'Rivera. Escuchar esa canción me sirvió para inventar otra que habría
compuesto un pianista de jazz y que se titulaba Lisboa. Se lo conté
una vez a Paquito, que su Bruselas lluviosa me sirvió a mí para imaginar una
Lisboa en la que aún no había estado, y me explicó su origen. Estaba en
Bruselas, recién huido de la Cuba de Castro, con el aturdimiento y la
desolación de los primeros tiempos del exilio -un habanero en el invierno
europeo- y recibió la noticia de que su padre estaba muy enfermo. Solicitó al
Gobierno de Cuba permiso para volver y acompañar a su padre en el final de la
vida y no se lo dieron. La canción surgió mientras caminaba una noche por
Bruselas imaginando que su padre estaría muriéndose, o ya estaría muerto.
5 Viajar en tren. Viajar de
Bruselas a Ámsterdam, atravesando una frontera tan gradual como invisible a
todos los efectos. Cada vez que cruzo una frontera europea sin mostrar ningún
documento agradezco esta invención reciente a la que ya estamos tan
acostumbrados que ni reparamos en ella. Viajar sin detenerse en un puesto
fronterizo, sin que vigilen guardias uniformados, sin barreras que sea preciso
levantar, sin policías que escruten los documentos y que te hagan poner las
yemas de los dedos sobre un lector láser, sin visados, tampones,
banderas. Bruxelles, salvo por ese verso de bruselear, no es una de
las grandes canciones de Brel. Le plat pays está entre las cuatro o
cinco mejores, una de esas canciones definitivas que tienen la liviandad de un
poema breve y la exactitud perdurable de un perfil en una moneda. El país
llano, sin énfasis, el país íntimo que es de uno, el que no tiene más montañas
que las torres de las catedrales, el país apacible que no necesita del griterío
patriótico ni de la tajante agresividad de los himnos, las banderas, los
cuarteles fronterizos; el país que se prolonga disolviéndose en el país de al
lado, como el delta de un río en el mar: "Le plat pays / qui est le
mien".
6 Para bien y para mal, la lejanía ya
no existe. El viaje ha perdido su calidad de vida en suspenso, de
transitoria amnesia sobre lo que se ha dejado atrás. En la habitación de cada
hotel hay una conexión de Internet, si es que uno no lleva un iPhone y está
permanentemente atado a esa actualidad local de la que antes nos aliviaban los
viajes. En Utrecht las calles tienen el pavimento de ladrillo y los canales
discurren entre frondas de castaños, de arces, de hayas, de robles, y al
atardecer hay una niebla húmeda en el aire, y se escuchan en las plazas
silenciosas los timbres civilizados de las bicicletas. Pero en la habitación
del hotel, nada más conectar el ordenador, allí está en la pantalla la inmunda
declaración de principios estéticos de los pistoleros, tan despreciable como la
asepsia de su palabrería. Me extraña que, entre tanto análisis de lo que
dijeron o no dijeron, no se preste atención al grotesco vestuario y a la puesta
en escena. Esas boinas, encima de esas capuchas. Como quien se pusiera una
chistera y encima un casco de bombero, o un sombrero cordobés sobre un capirote
de Semana Santa. Porque todavía tienen pistolas y porque dejan atrás un mar de
sangre, de miedo y de vileza no son simplemente ridículos.
7 La belleza de Ámsterdam, guiado por
mi amigo Pablo Valdivia.
"Bello es lo que el tiempo no hace
vulgar", dice Juan Ramón Jiménez. La plenitud de las cosas menores que
constituyen lo diario: el dintel de una puerta, la elegancia austera de una
bicicleta, de un río de bicicletas, la forma de una barca, la refinada
tecnología de contrapesos de un puente que puede hacerse levadizo, el talento
para combinar la arquitectura de ahora mismo y la de hace varios siglos. Lo muy
usado que permanece y sigue sirviendo. Una mujer medio desnuda, muy maquillada,
erguida detrás de un ventanal a la altura de la calle, como en un cuadro de
Hopper.
8 La tarjeta de embarque, la vejación
acostumbrada del control de seguridad, el territorio exactamente idéntico de
todos los aeropuertos.
Articulo : http://www.elpais.com 29/10/2011
