dimanche 30 octobre 2011

Antonio MUÑOZ MOLINA/ Velocidad de los viajes


IDA Y VUELTA
Velocidad de los viajes
Por Antonio MUÑOZ MOLINA

1 Viajar rápido. Viajar solo durante unos días. Llegar por la mañana a una ciudad y marcharse de ella a la mañana siguiente. 

No dormir más de una noche en el mismo hotel. Recordar en consecuencia el día de ayer como si hubiera sucedido mucho tiempo atrás. Mirar las ciudades por la ventana del hotel. En Alemania, en septiembre, tomé la costumbre de hacer una foto desde la ventana de cada habitación de hotel en la que me alojara y del pasillo que llevaba a la habitación. Me acuerdo de cuando estuve con Dizzy Gillespie en Granada, en 1990. Me dijo que daba trescientos conciertos al año en casi trescientas ciudades distintas. Me preguntó si la ciudad en la que estábamos tenía mar.

2 Madrugar para salir de viaje. El sonido de la alarma del móvil en lo más denso, lo más silencioso, lo menos frecuentado de la noche. Borges tiene un poema acerca del sueño en el que dice que debe de ser muy valioso lo que nos ocurre mientras dormimos para que nos despertemos siempre con un sentimiento de expulsión. Dice el poema, con esa naturalidad que tan pocas veces consigue la literatura, y que parece engañosamente pura lengua oral: "¿Por qué es tan triste madrugar?". Por los ventanales de la sala de embarque veo el espectáculo para mí infrecuente del principio del día: las claridades eléctricas de los hangares en medio de la noche, y luego un principio de grisura, como una niebla que fuera aclarándose, y de pronto, contra las colinas del fondo, el borde rojo del disco solar, que va ascendiendo con una lentitud de majestad inapelable, que muy pronto es un círculo grande y rojo suspendido sobre el horizonte. Cómo no comprender que durante milenios lo identificaran con un dios.

3 Bruselas. Desde la ventana del hotel Metropole se ve un gran cartel de Tintin y Milou cubriendo una fachada entera. Los colores límpidos de Hergé resaltan más en la mañana de sol que ha venido después de la lluvia. Según el taxi entraba en la ciudad iba reconociendo los lugares de un viaje anterior. La Bruselas que yo recuerdo y la que veo esta mañana no coincide con la que imaginaba antes de venir y con la que todo el mundo parece conocer y lamenta, una ciudad opresiva de grisura y de lluvia. Pasé aquí unos días de primavera soleada hace cuatro años y hoy encuentro un sol suave de otoño. Me acuerdo de un verso de Jacques Brel: "C'était au temps où Bruxelles bruxellait". El verbo bruselear me parece adecuado para mis paseos sin norte por estas calles empedradas y tranquilas con buenos comercios burgueses y tejados de pizarra sobre los cuales me orientan las agujas de la Grande Place, al parecer siempre llena de joviales erasmus españoles.

4 Otra canción, esta sin palabras. Brussels in the Rain, una balada tristísima de Paquito D'Rivera. Escuchar esa canción me sirvió para inventar otra que habría compuesto un pianista de jazz y que se titulaba Lisboa. Se lo conté una vez a Paquito, que su Bruselas lluviosa me sirvió a mí para imaginar una Lisboa en la que aún no había estado, y me explicó su origen. Estaba en Bruselas, recién huido de la Cuba de Castro, con el aturdimiento y la desolación de los primeros tiempos del exilio -un habanero en el invierno europeo- y recibió la noticia de que su padre estaba muy enfermo. Solicitó al Gobierno de Cuba permiso para volver y acompañar a su padre en el final de la vida y no se lo dieron. La canción surgió mientras caminaba una noche por Bruselas imaginando que su padre estaría muriéndose, o ya estaría muerto.

5 Viajar en tren. Viajar de Bruselas a Ámsterdam, atravesando una frontera tan gradual como invisible a todos los efectos. Cada vez que cruzo una frontera europea sin mostrar ningún documento agradezco esta invención reciente a la que ya estamos tan acostumbrados que ni reparamos en ella. Viajar sin detenerse en un puesto fronterizo, sin que vigilen guardias uniformados, sin barreras que sea preciso levantar, sin policías que escruten los documentos y que te hagan poner las yemas de los dedos sobre un lector láser, sin visados, tampones, banderas. Bruxelles, salvo por ese verso de bruselear, no es una de las grandes canciones de Brel. Le plat pays está entre las cuatro o cinco mejores, una de esas canciones definitivas que tienen la liviandad de un poema breve y la exactitud perdurable de un perfil en una moneda. El país llano, sin énfasis, el país íntimo que es de uno, el que no tiene más montañas que las torres de las catedrales, el país apacible que no necesita del griterío patriótico ni de la tajante agresividad de los himnos, las banderas, los cuarteles fronterizos; el país que se prolonga disolviéndose en el país de al lado, como el delta de un río en el mar: "Le plat pays / qui est le mien".

6 Para bien y para mal, la lejanía ya no existe. El viaje ha perdido su calidad de vida en suspenso, de transitoria amnesia sobre lo que se ha dejado atrás. En la habitación de cada hotel hay una conexión de Internet, si es que uno no lleva un iPhone y está permanentemente atado a esa actualidad local de la que antes nos aliviaban los viajes. En Utrecht las calles tienen el pavimento de ladrillo y los canales discurren entre frondas de castaños, de arces, de hayas, de robles, y al atardecer hay una niebla húmeda en el aire, y se escuchan en las plazas silenciosas los timbres civilizados de las bicicletas. Pero en la habitación del hotel, nada más conectar el ordenador, allí está en la pantalla la inmunda declaración de principios estéticos de los pistoleros, tan despreciable como la asepsia de su palabrería. Me extraña que, entre tanto análisis de lo que dijeron o no dijeron, no se preste atención al grotesco vestuario y a la puesta en escena. Esas boinas, encima de esas capuchas. Como quien se pusiera una chistera y encima un casco de bombero, o un sombrero cordobés sobre un capirote de Semana Santa. Porque todavía tienen pistolas y porque dejan atrás un mar de sangre, de miedo y de vileza no son simplemente ridículos.

7 La belleza de Ámsterdam, guiado por mi amigo Pablo Valdivia.
"Bello es lo que el tiempo no hace vulgar", dice Juan Ramón Jiménez. La plenitud de las cosas menores que constituyen lo diario: el dintel de una puerta, la elegancia austera de una bicicleta, de un río de bicicletas, la forma de una barca, la refinada tecnología de contrapesos de un puente que puede hacerse levadizo, el talento para combinar la arquitectura de ahora mismo y la de hace varios siglos. Lo muy usado que permanece y sigue sirviendo. Una mujer medio desnuda, muy maquillada, erguida detrás de un ventanal a la altura de la calle, como en un cuadro de Hopper.

8 La tarjeta de embarque, la vejación acostumbrada del control de seguridad, el territorio exactamente idéntico de todos los aeropuertos.

Articulo : http://www.elpais.com 29/10/2011

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