Shakespeare a la sombra de la guillotina
El Primer Naufragio / Pedro J. Ramírez
La Esfera de los Libros, 2011. 1.269
páginas. 39'90 euros
Por Arturo PÉREZ-REVERTE
Pérez-Reverte se embarca en El primer
naufragio de Pedro J. Ramírez, "un libro de Historia monumental y
minucioso hasta lo obsesivo".
Leyendo las 1.269 páginas de El
primer naufragio es difícil no relacionarlas con las grandes tragedias de
Shakespeare. Las pasiones del alma, las venganzas y las conspiraciones,
desfilan con extremo rigor ante los ojos del lector-espectador, encarnadas en
girondinos, jacobinos, militares, aristócratas, víctimas y verdugos que
dialogan y actúan en el escenario apasionante de una Revolución a punto de
estallar y malograrse, durante el intenso período entre la ejecución de Luis
XVI, en enero del 93, y el golpe de estado jacobino en junio de ese mismo año:
cuatro meses de agitación, motines callejeros, derrotas en los campos de
batalla y despiadados zafarranchos parlamentarios resueltos con la liquidación
física del sector moderado de la Revolución.
El primer naufragio es un libro de
Historia monumental, documentado y minucioso hasta lo obsesivo, que irritará a
ciertos historiadores profesionales endogámicos y poco amigos de incursiones
furtivas en su territorio. Sin embargo, es justo la mirada heterodoxa del
autor, largamente adiestrada en la doble actividad de contumaz lector de
Historia -me consta que hasta rozar lo patológico- y periodista bregado y lúcido,
la que proyecta sobre el presente la luz de aquel momento decisivo en la
historia política del mundo. Y lo hace, además, con una eficacia que pocos de
los historiadores a palo seco, que suelen desempeñarse con tecla más árida,
serían capaces de lograr. Destaca, en tal sentido, la magnitud del intento y la
copiosidad de fuentes. Es evidente que el autor lo ha leído todo sobre el
particular. Y cuando digo todo, me refiero exactamente a todo. La
abundancia de material es abrumadora, y eso permite fijar el tictac menudo
e implacable, el pulso diario de esos cuatro meses cruciales, la autopsia
minuciosa de la revolución fracasada y el relato de cómo escapa de las manos a
sus protagonistas, aniquilada por el qué dirán de lo políticamente correcto de
su tiempo, la demagogia y la dinámica fatal que condiciona aquella gran
esperanza, la frena y, al fin, la destruye.
Todo cambió en la historia de Francia, de
Europa y del mundo, cuenta el autor, cuando por fin el pueblo entró en
escena. Aunque, para sorpresa y espanto de quienes aguardaban con
esperanza la hora prometida, ese pueblo se parecía más a los sanguinarios
secuaces de Marat, reclutados entre carne de presidio, delincuentes y
homicidas, que a los ciudadanos serenos, honrados y responsables soñados por
Condorcet. De ese modo, la sinrazón y la violencia, equívocamente
expuestas con el argumento de la razón y la justicia, cuajaron sin apenas
freno, a golpe de cuchilla, bajo el gran pretexto con que el ciudadano
Robespierre y sus colegas, atentos a mantenerse a flote entre las olas salvajes
de un temporal que ni ellos habían imaginado, justificaron los excesos: virtud
original, buen salvaje roussoniano, ingenuidad del pueblo cuya desesperación,
para quien ve los toros desde la barrera o la guillotina desde un balcón, legitima
todo exceso, atrocidad o matanza.
Destaca en especial la visión económica
del conflicto. Quizá las páginas más importantes de El primer
naufragio sean las que cuentan cómo el disparate de la moneda ficticia,
los llamados "asignados" - tan parecido a la actual emisión de deuda
sin tasa- hizo imposible la estabilidad de la Revolución, ebria de inútil papel
moneda. El autor detalla con solvencia documental cómo se intentó
inútilmente resolver la crisis, y cómo el idealismo insensato y la ignorancia
en materia económica lo agravaron todo y dieron lugar a graves disturbios
callejeros, cuando los enragés -los indignados de 1793-, al grito de
“no nos representan”, salieron con las picas a la calle, acosando a las
instituciones del Estado y reclamando las cabezas de los culpables de su
miseria. Fue el hambre lo que movió al pueblo revolucionario; y su atroz
incultura, que lo hacía a la vez temible y manipulable, acabó echándolo en
brazos de la demagogia y lo convirtió en tirano de sí mismo.
Fascina la luz gris, casi sucia, con que
se perfila el golpe de Estado de Robespierre y su gente, convenciéndonos de que
ocurrió de esa manera incierta y turbia, con los protagonistas actuando más
bajo presión de circunstancias inmediatas que con planes estratégicamente concebidos.
Página a página, el autor describe fuerzas y debilidades, maniobras de ataque y
defensa, escrúpulos o ausencia de ellos cuando la supervivencia política trae
aparejada la física, y la regla es matar o morir, guillotinar o ser
guillotinado. Ahí queda patente el papel de la prensa, decisiva en el
poder y contrapoder, en la agitación y en el acto de señalar. Miedo a los
periódicos, miedo al pueblo: aspectos de una modernidad absoluta que se
mantendrían hasta hoy, cuando aún quedan, en España y fuera de ella,
periodistas capaces de señalar blancos a abatir.
Robespierre, Dantón y Marat, los hombres
clave del momento, están maravillosamente penetrados en sus intenciones, sus
miedos y sus logros, teniendo de fondo, junto a excelentes ejemplos de dignidad
y consecuencia, la cobardía, vileza y oportunismo de la condición
humana. El autor demuestra con toda clase de pruebas la superioridad
organizativa de los jacobinos sobre los girondinos, y el absurdo histórico de
comparar la fuerza de ambos grupos a la hora de explicar el triunfo de los
primeros. Los jacobinos aparecen organizados con letal eficacia, y eso les
permite, cada vez que la situación se va de las manos, controlarla de nuevo;
mientras que sus adversarios políticos son una suma de individualidades
notables pero dispersas, que tardan en advertir que la movilización callejera
no es anecdótica ni coyuntural. Y esa incapacidad de ver más allá, organizarse
y defender la democracia, los llevará a ellos al cadalso, a los jacobinos al
poder y a Francia la sumirá en el Terror.
Robespierre, el ególatra incorruptible
-"Yo soy el pueblo"-, es sin duda, el más shakesperiano personaje de
la tragedia. Para ese hombre que nunca habla de dictadura pero coquetea
con ella, que denuncia a sus antiguos amigos y con perfecta sangre fría ataca
ideas que antes defendió, la Revolución se legitima a sí misma por cruel que
sea el camino que tome. Sinceridad y oportunismo político en apasionante
combinación, el antiguo abogado de Arras lo ve perfectamente claro: el pueblo es
una criatura infantil a la que es útil encolerizar, y un instrumento eficaz al
que es preciso armar y pagar. Así, con admirables reflejos, cálculo,
inteligencia política y una frialdad a toda prueba, ese burgués revolucionario
con escarcha en las venas evoluciona hacia la izquierda mientras su programa
político se funde con su plan de supervivencia personal. Y asombra la habilidad
con que, cada vez que le da un mazazo al dique, es capaz de nadar para no verse
sumergido por la ola.
El libro zumba como una colmena de manejos
políticos, conspiraciones y traiciones. Todos viven pendientes de todos, del
qué dirán que puede llevarlos bajo la cuchilla. Granujas disfrazados de
patriotas, tribunales que ajustan cuentas, comités que hacen pensar en los guardias
rojos de Mao, los guardianes de la revolución iraní, los falangistas y
milicianos de nuestra guerra civil. Y los asesinos y oportunistas que se
emboscan en sus filas, aprovechando un momento en que la industria y el
comercio se presentan como delitos, la calumnia más vil -que conduce siempre al
patíbulo- es defendida como libertad de opinión, bajo cada moderado se denuncia
a un contrarrevolucionario disfrazado, y quien pide pruebas de las acusaciones,
por infames y disparatadas que sean, es denunciado en el acto, con las
consecuencias mortales que eso implica, como enemigo del pueblo.
La documentación, como apunté más arriba,
es extraordinaria: periódicos, actas de sesiones, memorias y un espectacular
aparato de notas a pie de página.Aquélla fue una revolución transcrita minuto a
minuto, en tiempo real. Gracias a ello, el periodista que acecha tras el autor
se luce en el análisis de materiales y su incrustación en la trama, merced a su
indiscutible olfato de sabueso y veterano rastreador. Eso le permite zambullirse
en fuentes complejas, distinguir de un vistazo el material necesario y situarlo
en el lugar adecuado. Gracias a esa mirada contemporánea, dos siglos de
conflicto entre democracia y totalitarismos encuentran en El primer
naufragioclaves de comprensión fundamentales: la deslegitimación de las
instituciones, el chantaje y la violencia, la explotación de las crisis
económicas y la resignación ante el que se considera mal menor, que nunca acaba
por ser menor en absoluto. Y sobre todo, la dificultad de mantener una posición
política coherente por parte de un partido o gobierno, cuando lo que se
pretende es sobrevivir a toda costa merced a contentar a todos cuantos sea
posible en la calle, y en especial a los que más fuerte gritan. Y cómo, al
final, la condescendencia y el miedo ante la demagogia revolucionaria
convierten esa misma demagogia en dictadura.
Un último detalle. El primer
naufragio pone de manifiesto, en aquel terrible crujido de la Historia, la
talla política y la fina penetración de sus más destacados
protagonistas, su conocimiento del corazón humano y su capacidad para
lidiar de manera brillante, incluso con grandeza criminal, en el marasmo
revolucionario. Resulta imposible, asistiendo a los actos y diálogos de
aquellos individuos extraordinarios, admirables hasta en sus excesos, medirlos
con la pobre retórica, la falta de cultura y de recursos, la gris mediocridad
de la mayor parte de los políticos europeos y españoles actuales. Que ni saben
quién fue Robespierre, ni maldito lo que les importa.
***
Pedro J. Ramírez
"No hay como mirar en el pasado para
reconocer las siluetas del presente"
Por Marta CABALLERO
El director de El Mundo presenta hoy en la
residencia del embajador francés 'El primer naufragio', una exhaustiva
monografía sobre la Revolución Francesa. Le acompañarán Esperanza Aguirre, José
Bono y Gonzalo Anes
Cuando Beaumarchais asistió en París a una de las primeras representaciones deLas bodas de Fígaro, montó en cólera. Increpó a los actores y les obligó a cortar aquel montaje tan largo y que tan malas críticas había recibido. En algún otro lugar de la capital francesa, Danton custodiaba con celo una amplia biblioteca de cuya existencia nadie sabía, pues este hombre cultivadísimo estaba obligado a disimular para que el pueblo lo considerara uno de los suyos. ¿Y Robespierre? Él empolvaba su peluca en un complejo proceso con pasta de harina. Todos estos detalles también -y sobre todo- son la materia del pasado, "la luz sucia", ha precisado Pérez-Reverte, de la Historia de la Revolución Francesa. Pedro J. Ramírez (Logroño, 1952) la ha contemplado con una gran lupa de aumento, haciendo lo que ha hecho toda su vida: rastrear, escudriñar, buscar la pieza que faltaba en el puzzle. Por el camino, aunque sin saltarse las reglas del historiador,ha hallado los vasos comunicantes entre Periodismo e Historia y se ha topado de nuevo con la fuerza narrativa de la verdad. Confiesa que no se le ocurre un gozo mayor que el de encontrar algo que ha permanecido oculto.
Estos descubrimientos, investigados a
través de las páginas de sus 4.000 libros sobre el tema, de los periódicos, de
las crónicas parlamentarias de la época que ha ido adquiriendo, los comparte
ahora el director de El Mundo en El primer naufragio (La Esfera de
los Libros), volumen tan atento a los pequeños detalles como a los grandes
factores que cambian el devenir del mundo y que se centra en los cuatro meses y
medio transcurridos desde el momento en el que guillotinan a Luis XVI, en lo
que él denomina un "sacramento inverso", y el golpe de Estado de los
jacobinos, en el primero de todos los hundimientos. De fondo, inevitables
parecidos con el presente, aunque este "historiador autoinvitado"
haya esquivado las alusiones directas. "Que sea el lector quien los
encuentre", reta.
Pregunta.- ¿Cuántos volúmenes figuran
en su biblioteca sobre la Revolución Francesa y por qué le apasiona tanto?
¿Cuál fue el germen de esa inquietud?
Respuesta.- Poco después del
Bicentenario, en verano del año 90, leí en DublínCitizens, de Simon Schama, y
me gustó muchísimo porque era un libro de historia narrativa, con profundidad
académica y muy interesante también como libro de divulgación. Eso generó en mí
un cierto interés por la Revolución. Luego, por lo menos 10 años después,
Gonzalo Hinojosa, el dueño de Cortefiel, me dijo que él era descendiente de
Cabarrús, el fundador del Banco de San Carlos, embrión del Banco de España, y
por lo tanto también de Teresa Cabarrús. Me pasó algunos papeles, una especie
de memoria exculpatoria de cuando él estuvo detenido en el Castillo de Batres,
en Madrid. A mí la que me interesaba de los Cabarrús era la hija, porque la
suya fue una biografía deslumbrante tanto por su papel político como por su
frenesí amatorio y su precocidad, a los 22 años ya tenía hijos de tres hombres.
De Teresa Cabarrús pasé a Tallien, que primero fue su amante y luego su marido.
De ahí me interesé por Termidor, porque también fue clave la caída de
Robespierre y, así, como en una especie de efecto dominó, empecé a comprar
libros y descubrí, sobre todo, la existencia de fuentes primarias accesibles,
me compré prácticamente todas las colecciones de todos los periódicos de la
época, los diarios de sesiones de las Asambleas Parlamentarias, del Club de los
Jacobinos, de la Comuna Municipal.
Ahora debo de tener más de 4.000
volúmenes sobre la Revolución, creo que será la colección privada más
importante, por lo menos en España. Decidí ponerme a investigar este aspecto
concreto del golpe de Estado en el que los jacobinos consiguen purgar la
Convención, que es la antesala de la toma del poder. Me puse a escribir en el
verano del año 2009 y he terminado el libro en enero de 2011. Puede que
haya quien no se crea que cuando terminé el libro nadie había hablado aún ni
del 15-M ni del "No nos representan" y de algunas de las cosas
que se narran habrá quien piense que están dirigidas a participar en el debate
que ahora mismo hay en Europa y España entre la democracia directa y la
representativa. Pero lo que sucede es que la Historia se repite y no hay como
mirar en el espejo del pasado para reconocer las siluetas del presente.
P.- ¿Pueden los meses estudiados en
el libro explicar los porqués, las causas y las consecuencias de un proceso tan
amplio?
R.- El periodo empieza cuando
guillotinan al rey en lo que yo denomino como un sacramento inverso. El rey de
derecho divino es guillotinado en la plaza de la Revolución en la que hasta muy
poco antes estaba la estatua ecuestre de su abuelo. Desde esa pila bautismal
sangrienta se legitima la República. Es el momento en el que los demócratas se
quedan solos, se acaba el viejo Régimen, el tirano ya no existe, ha llegado la
oportunidad de materializar el paraíso en la tierra y de cumplir todos los
sueños de felicidad que el racionalismo de los filósofos había estado augurando
desde hacía medio siglo. Por lo tanto, es interesante ver qué pasa cuando ya se
ha alcanzado la meta, cuando el poder está en la Convención y la Nación es la
Revolución. Chicos, a ver qué hacéis ahora. Es la historia del tiempo que
tarda el barco de la Revolución, porque todos ellos hablan siempre con
metáforas náuticas, en estrellarse frente al arrecife de un nuevo
totalitarismo. El libro disecciona minuciosamente cómo y por qué ocurrió. Por
eso es El primer naufragio.
P.- Esa metáfora que da título al
libro no puede ser más actual. ¿Qué otros aspectos de la Revolución podrían
traerse al presente?
R.- Quiero ser lo más cauto posible.
En 1.300 páginas solo me permito hacer un guiño en relación con algo actual
cuando subrayo que una revista satírica se reía de Teresa Cabarrús porque era
'membrese' de un club revolucionario. Aludo a que la palabra 'membrese', tan
inexistente en femenino tanto en francés como en el castellano, anticipa
lo que también sucede hoy en España cuando se dice 'miembra'. Esa es la única concesión,
el único paralelismo explícito. Prefiero que sea el lector el que saque las
conclusiones. Va a encontrar muchísimos perfiles de la actualidad, sobre todo
en lo relacionado con la crisis económica.
P.- ¿Alguno que sea clarísimo?
R.- El viejo Régimen se fue al garete
y la Revolución no pudo consolidarse porque no fue capaz de tener equilibrio
fiscal, porque gastaban mucho más de lo que ingresaban ¿Y cómo lo resolvieron?
Emitiendo papel moneda sin parar, los llamados asignados. ¿Qué estamos haciendo
ahora? Emitir deuda sin parar y colocarla en los mercados. Naturalmente, gran
parte de la población no entendía entonces por qué les pasaba lo que les pasaba
y salían con las picas en la mano a buscar a los banqueros y a los
especuladores, a los acaparadores, porque lo de los especuladores es de
ahora.
P.- ¿Tiene relación el importante
papel de la prensa en ese periodo con su interés por él? ¿Qué podría aprender
el periodismo de hoy del de aquella época?
R.- Efectivamente, eso ha sido un
elemento determinante en un doble sentido. Primero, porque me ha interesado
esta investigación histórica cuando me he topado con fuentes primarias, porque
creo que es una oportunidad, además, de estimular un debate intelectual sobre
los temas de fondo, de generar un debate literario en el que mi premisa es
que la realidad proporciona elementos narrativos tan atractivos o más como los
que se utilizan en la ficción, que puede haber una Non Fiction Novel siempre
que no se confunda con la novela histórica, que no me interesa nada y que me
parece un desperdicio y una expresión de impotencia. A mí me ha interesado esta
investigación porque he visto que había una posibilidad de reconstruir una
historia tal y como sucedió. No hay ni un solo dato ni una sola palabra puesta
en boca de alguien. Yo no puedo garantizar que ese alguien dijera esa palabra,
pero sí puedo garantizar que cada una de las palabras fue anotada por un
testigo presencial. Por lo tanto, en ese sentido, me decidí a escribir el libro
cuando vi que existían los periódicos y que podía hacerme con ellos. Y, en otro
sentido, también el periodismo moldeó los acontecimientos. Aquel era un
periodismo extraordinariamente opinativo, de bastante alta calidad, en algunos
casos de altísima calidad literaria, con Camille Desmoulins, que era un
escritor deslumbrante desde el punto de vista de la polémica política y alguien
que manejaba también referencias historicistas, es decir, el tipo de escritor
político que a mí me interesa. Al mismo tiempo, los periódicos son la
fuente de un sinfín de detalles, cada uno de ellos irrelevantes en sí mismos
pero que contribuyen a la veracidad de la narración cuando le ponemos una lupa
de gran aumento.
P.- ¿Teme a la reacción de otros
historiadores a pesar de la escasa bibliografía española sobre el periodo?
R.- Varias personas me están diciendo
que voy a tener una mala acogida porque elestablishment de los
profesionales de la Historia va a considerar esto como una especie de intrusión
en su terreno. Yo espero que no sea así. El primer naufragio pretende
ser al mismo tiempo un libro periodístico y un libro académico y científico.
Creo que por lo menos he cumplido todas las reglas del juego, de las 1.300
páginas, más de 200 son de notas. No he puesto una ristra de nombres de libros
uno detrás de otro, sino que incluyo una bibliografía comentada en la que
explico cuáles han sido mis fuentes y dónde están esas fuentes que he utilizado
y para qué. Acabo de echar al mundo a un bebé, vamos a ver qué le pasa a este
niño. Es un libro distinto a todos los que he escrito y pienso que va a
prevalecer como referencia de este periodo concreto porque es la única
monografía escrita en ningún idioma, incluido el francés, que lo abarque.
P.- Y, con todo, se define como un
historiador "autoinvitado".
R.- Una de mis polémicas históricas
con Luis María Anson, por la que nos peleamos muchísimo hace 30 y tantos años,
era que yo estaba en contra del concepto de intrusismo en el periodismo, porque
consideraba que al periodismo se podía llegar por distintas vías y no solo desde
la legitimación que te daba la Facultad de Ciencias de la Información. Bueno,
pues sigo pensando lo mismo también en relación con la Historia. No me
molestará nada que alguien me llame intruso. A lo mejor tiene sentido eso
que decía León Felipe, que no sabiendo los oficios, los haremos con respeto.
P.- ¿Es difícil para un periodista
trabajar con la materia del pasado, no tomar partido?
R.- La técnica al final es muy
parecida. También lo es la felicidad del descubrimiento, cuando encuentras la
pieza que te faltaba y descubres que algo que historiadores de enorme prestigio
de la generación anterior han reproducido sin comprobar su falsedad. Por
ejemplo, hay un momento que es una de las frases más famosas de la
historiografía de la Revolución, cuando se le atribuye a Vergniaud la frase
"Couthon tiene sed, dadle un vaso de sangre". Eso hasta tal extremo
ha quedado impregnado en la historia oral y escrita de la Revolución que
inspiró a Anatole France para escribir su gran novela Los dioses tienen
sed. Bien, pues yo he descubierto escribiendo este libro que el día en el que
se le atribuye a Vergniaud esa frase, Vergniaud no estaba en la Convención
Nacional. Por lo tanto, o la tuvo que decir otra persona, o la tuvo que decir
otro día en el que difícilmente viene a cuento o probablemente no la dijo nunca
nadie. Siempre el encontrar algo que permanece oculto me parece uno de los
mayores placeres intelectuales que puede experimentar el ser humano. Hay
grandes vasos comunicantes entre el periodismo y la investigación
histórica.
P.- Vista la importancia que Twitter está teniendo en la promoción del libro ¿Sabría resumirlo en menos de 140 caracteres?
P.- Vista la importancia que Twitter está teniendo en la promoción del libro ¿Sabría resumirlo en menos de 140 caracteres?
R.- Con la cita de Pierre Manuel que
abre el libro: "Una idea me atormenta: ¿No será mejor esperar la libertad
que poseerla?"
***
El primer naufragio (1). Sangre de enero
Por Luis María Anson
El cuello del Capeto se enhebra entre las
“feroces mandíbulas de madera” de la guillotina. La cuchilla de la igualdad, el
“hacha ciclópea” de Carlyle, reverbera al caer y la cabeza de Luis XVI rueda
sobre el cadalso entre los rugidos de la turba en erección. Eran las 10 horas y
22 minutos, el temblor de los relojes del día 21 de enero de 1793. Desde
esa fecha hasta el golpe de Estado contra la Convención trascurre el medio año
políticamente más apasionante de la Historia Universal. En un París
efervescente, con poco más de 600.000 habitantes, se va a producir el primer
naufragio de la democracia por la incapacidad de los girondinos para organizar
la moderación mientras los jacobinos pactan con los enragés, con los
indignados, pagando el precio de la demagogia económica que exigen los
agitadores callejeros.
Mes a mes, semana a semana, día a día,
minuto a minuto, Pedro J. Ramírez desmenuza lo que ocurrió en aquel tiempo,
recreando el clima de la ciudad luz a través de un arsenal de datos, grandes y
pequeños, que reproducen la vida política y cotidiana tal y como fue. Recuerdo
que en un almuerzo en mi casa, Sánchez Albornoz y Sainz Rodríguez, académicos
de la Historia los dos, se enzarzaron en un cordial debate. A Sainz Rodríguez
le interesaba la filosofía de la Historia, la de Giambattista Vico, que granó
dos siglos después con Spengler, Huizinga y Toynbee. Albornoz afirmó que la
Historia científica en las postrimerías del XX se encontraba, sobre todo, en
las monografías. Pues bien, Pedro J. Ramírez ha escrito una admirable
monografía científica. El primer naufragio, con su millar de páginas
encendidas en una investigación personal de diez años, ha convertido de golpe
al autor en uno de los historiadores más destacados de la España actual. Y
afirmo esto, pese a quien pese. DesdeEspaña, un enigma histórico, no se ha
publicado en nuestra nación y en materia de Historia un libro especializado de
más densidad científica.
La muerte de Luis XVI fue aprobada en la
Asamblea por 361 diputados; 360 se opusieron a ella. El voto del príncipe
Philippe, el regicida, duque de Orléans, primo del rey, fue
decisivo. Ramírez toma la mano a un aristócrata granadino, Andrés María de
Guzmán, grande de España, que era un joputa travestido de revolucionario feroz,
para entrar en Nôtre-Dame y asistir, en el gran bourdon de la torre
meridional, al control revolucionario de la campana bautizada en 1685 ante Luis
XIV, diez toneladas de bronce con un badajo de 300 kilos. Su repique se
convirtió en el tocsín que convocaba al pueblo a la insurrección o le advertía
de un peligro inminente. Estudiado por Baroja y por Díaz-Plaja, el granuja
Guzmán, que jugó un papel de relieve en aquellos meses, fue guillotinado un año
después, el 8 de junio de 1794, cuando el Terror se adueñó de Francia.
El tocsín “es la señal temida y esperada.
Es el sonido martilleante y febril que invita a los ciudadanos a acudir a sus
secciones movilizando a los sans-culottes y sembrando la inquietud en los
barrios más acomodados. Es el anuncio de que la legalidad queda en suspenso y
todo -personas, propiedades y derechos- vuelve a estar en el aire. Como el 10
de agosto”. Pedro J. Ramírez demuestra la estulticia nefelibata de los
moderados. “Procedían del 14 de julio (toma de la Bastilla), exaltaban el
10 de agosto (asalto a las Tullerías) y aborrecían el 2 de septiembre (comienzo
de las masacres). Pero había quienes pensaban que el 2 de septiembre era la
secuela del 10 de agosto, como el 10 de agosto lo era del 14 de julio”. Eso lo
explica muy bien Pierre Gaxotte en La Revolución Francesa. “Pronto se enterarán
los moderados -afirma el autor de El primer naufragio- de que un golpe de
Estado se da, única y exclusivamente, para conquistar el poder. Ni el granuja
ni el lunático recibirán su parte”.
Tras empapar al lector con la sangre
vertida en enero de 1793, Pedro J. Ramírez se dispone a transitar a través del
pillaje de febrero y de los acontecimientos de marzo, de abril, de mayo, de
junio, hasta el alba del golpe de Estado. A mí me vienen a la memoria para
subrayar la calidad de El primer naufragio, las palabras de Cervantes: “La
Historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado,
ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
***
El primer naufragio, 2. Del pillaje de
febrero a los girondinos en abril
Por Luis María Anson
Manuel Godoy proyectó desembarcar 36.000
hombres en Normandía con orden de que marchasen sobre la capital de Francia. El
plan fue acogido con sarcasmo e incredulidad. “Solo tendrían que
transcurrir 151 años más -escribe Pedro J. Ramírez en su monumental
obra El primer naufragio- para que alguien pudiera llevar a cabo ese
desembarco de Normandía con éxito”. Alacraneado por el exilio, Godoy redactó
sus Memorias, tan minuciosamente estudiadas por Seco Serrano. Murió en
París en 1851 y su entierro en el Père-Lachaise, tan lejos de Pepita Tudó, fue
presidido por Donoso Cortés.
La izquierda jacobina, empalmada con
los enragés callejeros, se preparaba en febrero de 1793 para derrotar
a la tórpida mayoría moderada de los girondinos que no supieron
organizarse. El golpe de Estado significaría el primer naufragio de la
democracia. André Chénier denunció la situación al escribir sobre los jacobinos
y su club de la calle Saint-Honoré. “La ambición y la avaricia no respetan ni
el honor ni la reputación. Las sospechas más odiosas, las difamaciones más
desenfrenadas se presentan como libertad de opiniones. Quien pide pruebas de
una acusación es un hombre sospechoso, un enemigo del pueblo. Allí toda
absurdez es admirada con tal de que sea horrenda, toda muestra es acogida
siempre que sea atroz”. Para Chénier la destrucción de los jacobinos era “el
único remedio de los males de Francia”. “Ellos gritan por doquier que la patria
está en peligro; lo cual desgraciadamente es cierto y lo será mientras
existan”. Era imposible hablar más claro, concluye el autor de El primer
naufragio.
Pedro J. Ramírez describe certeramente a
los personajes de la época: a Vergniaud, el epicúreo, más cerca de Falstaff que
de Hamlet; al atildado Robespierre, el de los ojos centinelas, del que Mirabeau
dijo con ironía: “Llegará lejos, se cree lo que dice”; a madame Roland, la
intrigante obsesionada que aborrascaba al viento; a Danton, “que no odiaba a
Luis XVI, ni siquiera a la Monarquía”, del que Guadet ya en la Convención
aseguraba: “Es hoy cuando Clodio va a mandar al exilio a Cicerón”, y al que
algunos imaginaban “ahíto de oro y vino haciendo el gesto de Sardanápalos, el
mítico rey de Babilonia” y del braguerío; a Dumouriez, el incierto intrigante;
y a tantos y tantos otros, sin olvidar a Teresa Cabarrús, la española cachonda
que fue miembra -membresse- del Club de 1789. “Premonitoria ironía
-escribe Pedro J. Ramírez- de la palabra miembra, tan inexistente en
francés como en español”.
El diplomático Iriarte, como su antecesor
Fernán Núñez, escapan del caos de París y dejan en nuestra embajada a Ocáriz
solo ante el peligro. En el teatro del Vaudeville se estrena La casta
Susana, con sus descargas políticas. El periodista Ladevize, cercano a los
moderados, es detenido. Los jacobinos temen que los contrarevolucionarios
vuelen el edificio de la Convención y les comparan a los católicos que en la
Conspiración de la Pólvora, abortada en Londres, planearon dinamitar el
Parlamento. Collot d'Herbois habla de enviar tropas a Madrid y Londres para
segar la cabeza de los reyes hostiles. Se crea el papel moneda que se hizo
célebre con el nombre de “asignado”. Marat, con su voz de profunda madera
desesperada, se mofa de Desmoulins y Chabot que tienen un “estómago
aristocrático aunque su corazón sea patriota”.
En el Comité de Constitución de los
Jacobinos figuran ya Robespierre, Saint-Just, Couthon, Saint-André, Collot y
Billaud. Cinco meses después los seis formaron el núcleo duro del Comité
de Salud Pública que se erigiría en gobierno revolucionario durante el
Terror. “… lo que se estaba gestando allí -escribe Pedro J. Ramírez- era
una operación encaminada a la conquista del poder. El idealista Condorcet
pagaría con su vida el que tuvieran éxito”.
Articulo : http://www.elcultural.es 30/09/2011
