CRÍTICA:
El misticismo abstracto de un Valente de
cristal
Por Benjamín PRADO
Diario anónimo reúne las notas del poeta
desde 1959 hasta su muerte en el año 2000. El libro es una auténtica
autobiografía intelectual de este hombre culto, apasionado e infatigable,
siempre en busca de la perfección
La poesía de José Ángel Valente dice lo
que piensa su autor, pero no quién la escribe; no al menos de un modo directo;
lo cual, por otra parte, resulta lógico en alguien que sostenía que "la
función del arte es llevar el caos al orden"; que hizo suya la divisa de
Paul Celan, "palabra, linde de lo oscuro"; que coincidía con René
Char en que "un poeta debe dejar indicios de su paso, no pruebas", y
que estaba de acuerdo con Wittgenstein en que "lo inexpresable es el fondo
sobre el que cuanto se expresa adquiere significado". Las cuatro ideas
están apuntadas en este Diario anónimo que reúne las notas que
Valente tomó entre 1959 y 2000 en una serie de cuadernos que ahora, editados
por Andrés Sánchez Robayna, quien también se ocupó de los dos tomos de
sus Obras completas en Galaxia Gutenberg, arman una auténtica
autobiografía intelectual del creador de Mandorla y Tres
lecciones de tinieblas en la que unas veces es él quien teoriza sobre la
función de la literatura, los peligros de la política o la trivialidad,
hipocresía y oportunismo de los seres humanos, y otras deja que sean los demás
quienes digan lo que él piensa. En ese sentido, Valente aparece como un hombre
culto, apasionado e infatigable, que lee sin descanso y en tres idiomas,
español, francés e inglés, toda clase de textos; que no cesa en su búsqueda del
sentido de nuestra existencia y de la escritura, y que parece condenado a la
infelicidad por su continuo rastreo de la perfección. La ironía que formaba
parte de su naturaleza, evidente para todos los que lo conocimos, no aparece
casi por ningún lado en esta colección de observaciones, lo cual demuestra que
en su trabajo no admitía bromas, y si sus famosas afinidades y antipatías, a
veces violentas, no van a sorprender a nadie que conozca su trayectoria, sí lo
harán una serie de confidencias que lo delatan como una persona mucho más
emotiva y hasta romántica de lo que su imagen pública hacía ver, por mucho que
sus últimos títulos, Al dios del lugar, No amanece el cantor y, sobre
todo, Fragmentos de un libro futuro,tuvieran un notable tono de confesión
y de despedida. Diario anónimo recuerda una y otra vez la forma en
que la muerte de su hijo, a causa de una sobredosis, le condenó a vivir
arañando las heladas paredes de su ausencia, como él dice, desde el mismo
momento en que lo alcanzó la noticia fatal: "3 de septiembre de 1989. El
28 de junio murió Antonio. Yo llegué a Ginebra, desde Almería, en coche, el 30.
Antonio fue incinerado el lunes 3,
a las 2 de la tarde. El 4 de julio por la noche me
trasladaron de urgencia al Hospital Cantonal. En las primerísimas horas del día
5, tuve un infarto". Sufrió otro en 1993, y si el anterior había estado
marcado por la tragedia éste lo estuvo por la gratitud hacia su mujer, a quien
quería con una intensidad que ya conocíamos por un poema de Fragmentos de
un libro futuro -"Al norte / de la línea de sombras / donde todo hace
agua, rompientes / en que el mar océano / se engendra o se termina, / y el
naufragio inminente todavía / no se ha consumado, ciegamente / te amo"-
que aquí cuenta haber hecho "después del infarto y antes de la operación,
en la Clínica de Genolier", y que tras la lectura de estas páginas queda
aún más clara: "Estoy en París. (...) Coral vino de Ginebra para reunirse
conmigo ese fin de semana. (...) Cena en la Closerie del Lilas. Domingo noche:
todos se han ido. Amé a Coral como si no la hubiera tenido nunca. (...) Su
sonrisa, su cuerpo, la proximidad de su boca (...) disuelven los fantasmas.
Coral, si alguna vez lees esta página, cuando yo ya no esté, sabe que te
quiero". Si escribes un diario, las paredes de tu casa se vuelven de
cristal.
Entre las afinidades de Valente, aquellos
maestros que le servían de faro, están Baudelaire y Eliot; Coleridge, del que
tenía subrayada en rojo la frase "nunca busques el negocio con la
literatura", o Robert Browning, del que recoge en este Diario
anónimo estos versos: "El arte es la única manera posible / de decir
la verdad, / al menos para bocas como la mía". Entre los más o menos
contemporáneos, se refiere de manera muy especial a Edmond Jabés, al ya citado
René Char, a Luis Cernuda, cuya tumba fue a visitar en México y al que dedicó
un poema escrito esa misma tarde, al regresar a su hotel; o a Max Frisch, y en
menor medida a Borges e Yves Bonnefoy. Entre los colegas que le disgustaban,
encontramos a Neruda, cuya poesía califica de "adiposa"; a José
Hierro, Gabriel Celaya y, entre otros, al ruso Eugeni Evtushenko, un "mediocre"
compositor de "versos retóricos, huecos", que además empeora al
recitarlos "con gestos de actor barato", y a Leopoldo María Panero, a
quien llama "difunto cómico" tras leer un artículo suyo en el que se
apoyaba en Derrida para afirmar que "todo poema corre el riesgo de carecer
de sentido", a lo que él, jugando a la contra, responde que en su caso el
problema es que "todo sentido corre el riesgo de carecer de poema". A
todos ellos los acusa de insustanciales, un delito que no podía tolerar quien
sostiene en este Diario anónimo que "no estamos en la superficie
más que para hacer una inspiración profunda que nos permita regresar al fondo.
Nostalgia de las branquias". Como es lógico, a la hora de valorar las
muchas lecturas que hace a lo largo de las cuatro décadas que abarca
el Diario anónimo, también deja claras sus preferencias: "Jorge
Edwards, Adiós, poeta... (título ya en sí un poco ridículo). Leo esta
autobiografía, fundamentalmente apoyada en la presencia invasora de Neruda, al
mismo tiempo que el libro de Reinaldo Arenas Antes que anochezca. Qué
diferencia. El de Edwards no rebasa el modesto nivel del testimonio -más bien
un poco exterior o superficial- (...) y el chileno queda pálido ante la
terrible realidad vivida que con tan insólita intensidad transmite el cubano".
Pero Valente no vivió aislado y también
tuvo una vida literaria. En sus anotaciones, registra diferentes encuentros con
Borges en Buenos Aires; con Neruda, a quien nota "cordial y próximo"
cuando lo ve en Eslovenia o en Italia, en el festival de Spoleto,
sorprendiéndose de que aquel poeta "efusivo y sobreabundante" sea en
la distancia corta un hombre "que se retiene al hablar, calcula lo que
dice y cómo lo dice"; o con otro de sus ídolos, José Lezama Lima, al que
conoce en La Habana a la vez que a Virgilio Piñera, Roberto Fernández Retamar o
Heberto Padilla, y del que admiraba su "don de la abundancia justa".
Otro aspecto interesantísimo de
este Diario anónimo es el modo en que representa la evolución
ideológica de Valente desde la izquierda, donde estuvo, al menos como compañero
de viaje, hasta su distanciamiento global de la política: si en 1962 denuncia
que "el anticomunismo pasional de los norteamericanos (creado y fomentado
desde arriba) se ha convertido en un sentimiento tan irracional como el antisemitismo
de la Alemania hitleriana", en 1965 ya reclama "romper el tabú de la
izquierda" y "no considerar que cualquier crítica al Partido supone
favorecer activamente al Régimen". Al año siguiente, pasó por los
calabozos de la Puerta del Sol: "Viernes 11, a las 10 de la mañana
(después de haber pasado la noche en los locales de la Brigada Social)".
Un policía le grita: "¡Todos sus amigos son comunistas!". Y él
responde: "No señor, en esa lista que ustedes me han quitado (una lista de
personas que he visto en Barcelona) hay conocidos católicos (cito
ejemplos)". Y el otro replica: "¡Ser católico ya no es una
garantía!". Diez años más tarde, a finales de 1979, para dejar claro lo
que piensa de las relaciones entre "el escritor y la órbita de lo
político", recuerda, aunque sin citar al autor, un aforismo del filósofo
calvinista belga Arnold Geulincx que solía repetir Samuel
Beckett: "Ubi nihil vales, ibi nihil voles. (Donde nada vales,
nada quieras)". Y, un poco más adelante, reproduce a modo de conclusión unas
palabras de Arthur Miller: "Los intelectuales son los primeros que llaman
al cambio social y los últimos en aceptarlo". No podemos decir que esos
cambios no sean coherentes con su certeza de que "el poema es una
implosión, una explosión hacia adentro", que expresa a menudo en
este Diario anónimo, apoyándose, por ejemplo, en Marcel Schwob:
"El arte es lo contrario de las ideas generales, sólo describe lo
individual, no busca más que lo único. No clasifica, desclasifica".
Valente fue adentrándose en una poesía que
lograra una especie de misticismo abstracto, persuadido de que la música, la
pintura y la poesía son "un espacio único donde se reúnen lo visible y lo
invisible"; y en ese territorio escribió obras admirables, hasta que lo
detuvo la enfermedad, que reaparece en una de las últimas anotaciones, de
septiembre de 1998, en la que certifica que le han detectado un cáncer. El día
11 de ese mismo mes, escribe este poema: "Me cruzas, muerte, con tu enorme
manto / de enredaderas amarillas. / Me miras fijamente. / Desde antiguo / me
conoces y yo a ti. / Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza / tan lenta del
otoño. / Si esta fuese la hora / dame la mano, muerte, para entrar conmigo / en
el dorado reino de las sombras". Y después de eso no hay nada más que cuatro
breves anotaciones. Murió en Ginebra, en el año 2000, con 71 años recién
cumplidos. Este Diario anónimo lo convierte en un hombre mucho más
reconocible de lo que fue mientras estaba aquí para no tener que publicarlo.
Diario anónimo
José Ángel Valente
Andrés Sánchez Robayna, editor
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2011
368 páginas. 22,90 euros
Articulo : http://www.elpais.com
01/10/2011
