44 cartas desde el mundo líquido
Zygmunt Bauman
Traducción de Marta Pino. Paidós.
Barcelona, 2011. 213 páginas, 18 euros
Por Bernabé SARABIA
En 2010 Zygmunt Bauman recibió el Premio
Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ese mismo año la
Universidad de Leeds, de la que forma parte como Catedrático Emérito,
inauguraba en su honor The Bauman Institute, un centro dedicado al estudio de
los problemas sociales.
Nacido en 1925 en Polonia, Bauman ha
sufrido los embates de nazis, comunistas y antisemitas. Quizá esos años de
maceración y sufrimiento hayan contribuido de modo decisivo a su excepcional
capacidad de análisis del mundo que comienza a cristalizar en el último tercio
del siglo XX y que se confirma en la primera década de nuestro siglo.
Su análisis del paso de la modernidad tal
como era entendida en la Ilustración a la “modernidad líquida” (liquid
modernity) ha sido estudiado en las Facultades de Sociología de todo el mundo y
ha servido al ingente número de sus lectores para entender, entre otras muchas
cosas, la influencia del cambio y de la incertidumbre crónica en sus vidas.
En esta su última entrega Bauman procede
de un modo similar a sus anteriores libros. Elige un tema y hace de él un
libro, en general más cortó que largo, que puede ser leído en el tren, en el
autobús o encima de una mesa con un lápiz para subrayar y anotar en los
márgenes. El amor, el miedo, la globalización, la identidad o Europa han sido
algunos de sus éxitos.
44 cartas desde el mundo líquido deriva de
un encargo que le hizo a Bauman una publicación italiana, “La Repubblica delle
Donne”, para que les enviara entre 2008 y 2009 un texto de unas cuatro páginas
cada dos semanas. De ahí ésta recopilación en versión “corregida y, en cierto
modo ampliada”. La cifra, cuarenta y cuatro, es un homenaje, un tanto críptico,
a la obra destinada a la liberación de Polonia del poeta judío polaco Adam
Mickiewicz.
En estas cuarenta y cuatro cartas Bauman
sigue su habitual método constructivo: elige un tema, lo desmonta y lo vuelve a
montar, todo ello con un cierto sabor hegeliano, a la vez que lo engloba en su
marco teórico. Dicho marco se ancla en su visión de la realidad actual como un
mundo “líquido”, que no se mantiene rígido ni conserva su forma. Un mundo que
Bruce Lee resumía en un consejo recogido por la publicidad: “Be water my
friend”.
Los temas sobre los que reflexiona Bauman
en estas páginas no tienen desperdicio, ya que abordan desde la “soledad
masificada” del sujeto del siglo XXI a las dificultades en las relaciones
generacionales entre padres e hijos. En el entretanto analiza twitter y las
redes sociales, los cambios acontecidos en el concepto de privacidad, el
disparatado consumo adolescente, las niñas-mujeres, las élites culturales, el
papel de la industria farmacéutica y la salud o los problemas de la educación
actual.
No piense el lector que estudiar lo obvio,
las cosas que “siempre están ahí” y que forman, como el teléfono móvil, parte
de la vida cotidiana son fáciles de analizar. Como escribe Bauman, “su carácter
ordinario es una pantalla que disuade de todo escrutinio”. Desvelar los
misterios profundos y enigmáticos que esconde lo cotidiano requiere una
maestría al alcance de muy pocos. Bauman es el gran maestro en pensar, explorar
y sacar a la luz las cosas que se encuentran “al alcance de la mano”.
Por otro lado, para este sociólogo
universal que vive en una frondosa urbanización en pleno Yorkshire, la política
no conforma su interés inmediato. En parte por eso no ha sido profeta en su
tierra de adopción hasta muy tarde.Cuando Tony Blair se sacó de la manga la
Tercera Vía y el Nuevo Laborismo su sociólogo de cabecera fue Anthony
Giddens. Quizá estén cambiando ahora las cosas porque el nuevo líder del
partido laborista británico, Ed Milliband, se ha confesado admirador de la
ingente obra de Bauman.
No usar el teléfono móvil, seguir fumando
en pipa y despedir este libro con un capítulo de rendida admiración al espíritu
rebelde de Camus, encajan con un pensador del siglo XXI. Un sociólogo que sitúa
al lector en una posición desde la que puede entender mejor el cambiante mundo
del siglo XXI con mayor nitidez y profundidad. Bauman es un políglota de
la modernidad que pese a su ya extensa obra ofrece siempre nuevas perspectivas.
Para los incrédulos sólo una comparación, por odiosa que resulte. Léase la obra
de Stéphane Hessel y se verá que no hay color.
***
Zygmunt Bauman desvela los misterios
profundos y enigmáticos que esconde lo cotidiano
Publicamos el comienzo de 44 cartas
desde el mundo líquido, publicado por Paidós
El sociólogo ganador del Premio Príncipe
de Asturias de la Comunicación y Ciencias Sociales publica este libro en forma
de 44 epístolas en el que reflexiona sobre el concepto de la modernidad líquida
en la vida cotidiana. Los ciudadanos del mundo líquido en el que habitamos
debemos afrontar los cambios que se han producido en los últimos años, y que
tanto inciden en nuestra vida. Para ello, nos plantea diversos interrogantes:
¿Cómo debemos tamizar la información que realmente importa de montones de
basura inútil e irrelevante? ¿Cómo debemos extraer mensajes con sentido a
partir del ruido insensato? En uno de sus textos más conmovedores, Baumann nos
ofrece en estas cartas un recurso inestimable para distinguir lo importante de
lo insubstancial.
1 – SOBRE LA CORRESPONDENCIA DESDE UN
MUNDO MODERNO LÍQUIDO
Cartas desde el mundo moderno líquido…
Esto es lo que me pidieron que escribiera y enviara a sus lectores cada dos semanas
los redactores de La Repubblica delle Donne, y lo que he hecho durante
casi dos años (2008 y 2009; están recopiladas aquí en una versión corregida y,
en cierto modo, ampliada). Desde el mundo «moderno líquido»: es decir, desde el
mundo que compartimos usted y yo, el autor de las cartas que siguen y sus
posibles/probables/esperados lectores. El mundo que denomino «líquido» porque,
como todos los líquidos, no se mantiene inmóvil ni conserva mucho tiempo su
forma. En este mundo nuestro, todo o casi todo cambia constantemente: las modas
que seguimos y los objetos de nuestra atención (una atención constantemente
cambiante, hoy alejada de las cosas y los acontecimientos que la atraían ayer,
y mañana alejada de las cosas y los acontecimientos que hoy nos estimulan), lo
que soñamos y lo que tememos, lo que deseamos y lo que aborrecemos, los motivos
que infunden esperanzas o los que suscitan preocupación. Y las condiciones que
nos rodean, las condiciones en que nos ganamos la vida e intentamos planificar
el futuro, en las que conectamos con algunas personas y nos desconectamos (o
nos desconectan) de otras, son también cambiantes. Las oportunidades de
alcanzar una mayor felicidad y las amenazas de sufrimiento fluyen o flotan a la
deriva, van y vienen, cambian de lugar, generalmente de una forma tan ágil y
veloz que nos impide hacer algo sensato y eficaz para dirigirlas o
redirigirlas, mantenerlas con el mismo rumbo o evitarlas.
En síntesis: este mundo, nuestro mundo
moderno líquido, no cesa de sorprendernos. Lo que hoy parece seguro y adecuado
mañana puede resultar trivial, descabellado o un error lamentable. Ante la
sospecha de que esto puede ocurrir, sentimos que -al igual que el mundo que
habitamos nosotros, sus residentes, y, de vez en cuando, sus diseñadores,
actores, usuarios y víctimas, debemos estar constantemente preparados para el
cambio; debemos ser, como sugiere la palabra que está tan de moda en la
actualidad, «flexibles». Por ello ansiamos obtener más información sobre lo que
ocurre y sobre lo que es probable que suceda. Afortunadamente, ahora disponemos
de algo que nuestros padres no podían siquiera imaginar: tenemos Internet y la
red global, «autopistas de información» que nos conectan al instante, «en
tiempo real», con todos los rincones y resquicios del planeta, y todo ello
dentro de los prácticos teléfonos móviles de bolsillo o los iPods, que están a
nuestro alcance día y noche y en cualquier lugar al que nos desplacemos.
¿Afortunadamente? ¡Ay!, acaso no sea una situación tan afortunada, puesto que
la pesadilla de la insuficiencia de información que hizo sufrir a nuestros
padres ha sido sustituida por la pesadilla, aún más sobrecogedora, de una riada
de información que amenaza con ahogarnos y prácticamente nos impide nadar o
bucear (entendidas, estas acciones, como algo diferenciado de la deriva o el
surf). ¿Cómo discernir los mensajes relevantes del ruido carente de sentido?
¿Cómo inferir los mensajes relevantes a partir del ruido baladí? En la
algarabía de las sugerencias y opiniones contradictorias, carecemos de una
trilladora que nos ayude a separar el grano verdadero e interesante de la paja
de mentiras, apariencias, basura y escoria…
En estas cartas intentaré hacer lo que
haría una trilladora (inexistente ahora, por desgracia, y tal vez durante
bastante tiempo) si la tuviéramos a nuestro alcance: empezar a separar lo
importante de lo insustancial, las cosas relevantes -que probablemente lo serán
cada vez más-de las falsas alarmas y las flores de un día. No obstante, dado
que, como he señalado antes, este mundo moderno líquido está en constante
movimiento, nos guste o no, consciente o inconscientemente, con alegría o
pesadumbre, nos hallamos también en un constante movimiento aunque intentemos
permanecer quietos en un solo lugar. Las cartas, por 10 44 cartas desde el
mundo líquido lo tanto, no son sino «crónicas de viaje», aunque el autor no se
ha movido de Leeds, la ciudad en la que vive; y las historias que cuentan serán
documentales de viajes: relatos que surgen de los viajes y versan sobre ellos.
Walter Benjamin, filósofo con una notable
agudeza visual para detectar el menor atisbo de lógica y sistema en los
temblores culturales aparentemente difusos y aleatorios, distinguía entre dos
tipos de relatos: los relatos de navegantes y los relatos de campesinos. Los
primeros narran cosas extrañas e inauditas, sobre lugares lejanos nunca
visitados hasta ahora, y probablemente tampoco en el futuro, sobre monstruos y
mutantes, brujas y hechiceras, caballeros galantes e intrigantes malhechores,
individuos marcadamente distintos de los que escuchan el relato de tales
hazañas, seres que hacen cosas que otras personas (sobre todo las que escuchan,
absortas y embelesadas, el relato del navegante) nunca contemplarán ni
imaginarán, ni mucho menos se atreverán a hacer. Los relatos de campesinos, por
el contrario, narran acontecimientos ordinarios, cercanos y aparentemente
familiares, como el sempiterno ciclo de las estaciones o las tareas cotidianas
del hogar, la granja o el campo. Digo que son aparentemente familiares,
porque la impresión de que se conocen a fondo esas cosas, desde el interior, y
de que, por tanto, uno no espera aprender nada nuevo de ellas, es también una
falsa apariencia, que proviene precisamente de que se hallan tan cerca de la
vista que no percibimos con claridad lo que son. Nada escapa al análisis de
forma tan hábil, decidida y obstinada como las cosas que se encuentran «al
alcance de la mano», las que «siempre están ahí» y «nunca cambian». Por así
decirlo, «se ocultan bajo la luz», una luz de engañosa y equívoca familiaridad.
Su carácter ordinario es una pantalla que disuade de todo escrutinio. Para que
sean objetos de interés y análisis primero deben desgajarse de ese círculo
vicioso, aunque agradable, de la cotidianidad rutinaria que entumece los
sentidos. Primero deben alejarse de la vista para que sea concebible
examinarlos de manera adecuada. El engaño de su carácter supuestamente
«ordinario» debe declararse desde el principio. Y entonces los misterios que
esconden, misterios profusos y profundos que se vuelven extraños y enigmáticos
en cuanto uno empieza a pensar en ellos, pueden salir a la luz de una forma que
hace posible la exploración.
La distinción establecida por Benjamin
hace casi un siglo ya no es tan nítida como antaño: los navegantes ya no tienen
el monopolio de visitar tierras extrañas, al tiempo que en un mundo
globalizado, donde ningún lugar está realmente a salvo del efecto de cualquier
otro lugar del planeta, por lejano que sea, resulta difícil discernir los
relatos contados por un anciano campesino de las historias de navegantes. Pues
bien, lo que intentaré presentar en mis cartas es, por así decirlo, una serie
de relatos de navegantes narrados por campesinos. Cuentos
extraídos de la vida cotidiana, pero de manera que revelen y expongan lo
extraordinario que, de otro modo, pasaría desapercibido. Para que podamos
conocerlas de verdad, las cosas aparentemente familiares primero
deben volverse extrañas. Es una tarea difícil. Desde luego, el éxito no
está garantizado y el éxito pleno es, cuando menos, sumamente dudoso. Pero ésta
es la tarea que acometen el autor y los lectores de estas 44 cartas en esta
aventura común.
Pero ¿por qué 44? ¿Tiene algún sentido
especial la elección de este número en vez de cualquier otro, o es una decisión
casual, arbitraria y aleatoria? Sospecho que la mayor parte de los lectores
(tal vez todos, salvo los polacos…) se plantearán esta pregunta. Les debo
alguna explicación. El mayor de los poetas románticos polacos, Adam Mickiewicz,
evocó una figura misteriosa, un híbrido o mezcla de plenipotenciario de la
libertad, su portavoz y apoderado, por una parte, y por otra su gobernador o
representante en la Tierra. «Se llama Cuarenta y Cuatro»: así es como presenta
a esa abstrusa criatura uno de los personajes del poema de Mickiewicz en el
anuncio/premonición de su inminente llegada. Pero ¿a qué obedece ese nombre?
Muchos historiadores de la literatura, inmensamente mejor dotados que yo para
responder a esta pregunta, han intentado en vano desentrañar el misterio.
Algunos han sugerido que la elección se debe a la suma de los valores numéricos
de las letras del nombre del poeta escrito en hebreo, tal vez una alusión a la
enorme relevancia del poeta en la lucha de Polonia por la liberación, así como
al origen judío de la madre del poeta. Sin embargo, la interpretación más
aceptada hasta ahora es que Mickiewicz eligió esa frase de magnífica sonoridad
(en polaco: czterdzie´ sci i cztery) sencillamente al hilo de la
inspiración, motivado (si no fue algo totalmente fortuito, como suele suceder
con los destellos de la imaginación) por la búsqueda de la armonía poética, más
que por una intención de transmitir un mensaje críptico.
Las cartas recopiladas aquí bajo una misma
cubierta se redactaron durante un período de casi dos años. ¿Cuántas debería
haber? ¿Cuándo y dónde habría que parar? Es improbable que se agote el impulso
de escribir cartas desde el mundo moderno líquido, pues este tipo de mundo, que
se saca constantemente nuevas sorpresas de la manga e inventa a diario nuevos
desafíos para la comprensión humana, se ocupará de que no se agote. Las
sorpresas y los desafíos están dispersos por todo el espectro de la experiencia
humana y, por lo tanto, sólo podrá ser arbitraria la elección de un punto que
ponga fin a su crónica epistolar y a la vez limite el alcance de ésta. Estas
cartas no son una excepción. Su número se ha elegido de forma arbitraria. Pero
¿por qué este número y no otro? Porque la cifra 44, gracias a Adam Mickiewicz,
se ha equiparado al respeto reverencial por la libertad y al deseo de que ésta
llegue. Y, por tanto, estos signos numéricos, aunque de una manera oblicua y
sólo para los iniciados, se han convertido en el motivo rector de estas
misivas. El espectro de la libertad está presente en las 44 cartas, por lo
demás temáticamente diversas, si bien, como sucede con la naturaleza de los
espectros que hacen honor a su nombre, es invisible.
2 - SOLEDAD MASIFICADA
En la página web de la
revista Chronicle of Higher Education(http://chronicle.com) se publicó
recientemente el caso de una adolescente que enviaba 3.000 mensajes de texto al
mes. Esto significa que enviaba una media de cien mensajes diarios, es decir,
uno cada diez minutos de vigilia, «por la mañana, a mediodía y por la noche, en
días laborables y fines de semana, en las horas de clase, a la hora de comer, a
la hora de hacer los deberes y a la hora de lavarse los dientes». Lo que se
desprende es que no estaba sola más de diez minutos; es decir, nunca estaba a
solas «consigo misma», con sus pensamientos, sueños, preocupaciones y
esperanzas. A estas alturas habrá olvidado, probablemente, cómo se vive -se
piensa, se hacen cosas, se ríe o se llora-en compañía de uno mismo, sin la
compañía de los demás. Es más, nunca ha tenido la oportunidad de aprender ese
arte. Si en algo no es la única es en su incapacidad de practicarlo…
Los dispositivos de bolsillo para enviar y
recibir mensajes no son las únicas herramientas que necesitan esa chica y las
demás personas que, como ella, sobreviven sin ese arte. El profesor Jonathan
Zimmerman, de la Universidad de Nueva York, observa que hasta tres de cada
cuatro adolescentes estadounidenses se pasan todos los minutos de su tiempo
disponible pegados a los sitios web de Facebook o MySpace: chateando. Sugiere
Zimmerman que están enganchados a provocar y recibir ruidos electrónicos o
destellos en la pantalla. Los sitios web de chat son, según este autor, nuevas
drogas muy potentes a las que son adictos los adolescentes. Son bien conocidos
los síndromes de abstinencia que sufre la gente, joven o no tan joven, adicta a
otro tipo de drogas; cabe imaginar, por tanto, la agonía por la que pasarán
esos adolescentes si algún virus (o sus padres, o sus profesores) les bloquea
las conexiones a Internet o les deja los móviles inoperativos.
En este mundo impredecible, siempre
sorprendente y obstinadamente desconocido, la posibilidad de quedarse solo
puede resultar espantosa; podríamos citar numerosas razones para concebir la
soledad como un estado sumamente desagradable, amenazador y terrorífico. Sería
tan injusto como estúpido culpar sólo a la electrónica de lo que le sucede a la
gente nacida en un mundo entretejido de conectividad por cable o inalámbrica.
Los artilugios electrónicos responden a una necesidad que no han creado; lo
máximo que pueden haber hecho es agudizar y acentuar una necesidad ya creada
previamente, a medida que los medios que inciden sobre ella han pasado a estar
tentadoramente al alcance de todos, sin que requieran mayor esfuerzo que pulsar
unas teclas. Los inventores y vendedores de los «Walkman», los primeros
dispositivos móviles que permitían «oír el mundo» cuando y donde quisiera el
usuario, prometían a sus clientes: «¡Nunca más (volverá a estar) solo!».
Evidentemente, eran conscientes de lo que decían, y sabían por qué este eslogan publicitario probablemente iba a aumentar las ventas de los dispositivos, como de hecho ocurrió en incontables millones de casos. Sabían que en las calles había millones de personas que se sentían solas y detestaban la soledad como algo doloroso y aborrecible; personas no sólo privadas de compañía, sino que sufrían a causa de dicha ausencia. A medida que aumentaban los hogares familiares vacíos durante el día, y las chimeneas y los comedores eran sustituidos por los televisores en todas las habitaciones -a medida que el individuo, podríamos decir, «quedaba atrapado en su propio capullo»-, cada vez menos gente podía contar con el animoso y vigorizante calor de la compañía humana; sin ella no sabían cómo llenar sus horas y sus días.
La dependencia del ruido ininterrumpido que emitía el Walkman ahondó el vacío que dejaba la falta de compañía. Y cuanto más se hundían los usuarios en ese vacío, menos capaces eran de utilizar los medios anteriores a la alta tecnología, como los músculos y la imaginación, para escapar de él. Con la llegada de Internet, fue posible olvidar u ocultar ese vacío y, por lo tanto, eliminar su toxicidad; al menos se pudo aliviar el dolor que causaba. Esa anhelada compañía, cada vez más ausente, parecía haber vuelto a través de las pantallas electrónicas más que por las puertas de madera, y en una nueva encarnación analógica o digital, pero virtual en ambos casos: la gente que luchaba por evitar la tortura de la soledad descubrió que esta nueva forma suponía una notable mejora con respecto a la modalidad cara a cara y mano a mano. Con el olvido o la falta de aprendizaje de las habilidades interactivas presenciales, todos los aspectos que podían entenderse como carencias de la «conexión» virtual online fueron acogidos como una ventaja. Lo que ofrecían Facebook, MySpace y otros sitios similares ha sido recibido como lo mejor de ambos mundos. O, al menos, eso les parecía a quienes anhelaban desesperadamente la compañía humana pero se sentían incómodos, ineptos o desafortunados en los encuentros sociales.
Evidentemente, eran conscientes de lo que decían, y sabían por qué este eslogan publicitario probablemente iba a aumentar las ventas de los dispositivos, como de hecho ocurrió en incontables millones de casos. Sabían que en las calles había millones de personas que se sentían solas y detestaban la soledad como algo doloroso y aborrecible; personas no sólo privadas de compañía, sino que sufrían a causa de dicha ausencia. A medida que aumentaban los hogares familiares vacíos durante el día, y las chimeneas y los comedores eran sustituidos por los televisores en todas las habitaciones -a medida que el individuo, podríamos decir, «quedaba atrapado en su propio capullo»-, cada vez menos gente podía contar con el animoso y vigorizante calor de la compañía humana; sin ella no sabían cómo llenar sus horas y sus días.
La dependencia del ruido ininterrumpido que emitía el Walkman ahondó el vacío que dejaba la falta de compañía. Y cuanto más se hundían los usuarios en ese vacío, menos capaces eran de utilizar los medios anteriores a la alta tecnología, como los músculos y la imaginación, para escapar de él. Con la llegada de Internet, fue posible olvidar u ocultar ese vacío y, por lo tanto, eliminar su toxicidad; al menos se pudo aliviar el dolor que causaba. Esa anhelada compañía, cada vez más ausente, parecía haber vuelto a través de las pantallas electrónicas más que por las puertas de madera, y en una nueva encarnación analógica o digital, pero virtual en ambos casos: la gente que luchaba por evitar la tortura de la soledad descubrió que esta nueva forma suponía una notable mejora con respecto a la modalidad cara a cara y mano a mano. Con el olvido o la falta de aprendizaje de las habilidades interactivas presenciales, todos los aspectos que podían entenderse como carencias de la «conexión» virtual online fueron acogidos como una ventaja. Lo que ofrecían Facebook, MySpace y otros sitios similares ha sido recibido como lo mejor de ambos mundos. O, al menos, eso les parecía a quienes anhelaban desesperadamente la compañía humana pero se sentían incómodos, ineptos o desafortunados en los encuentros sociales.
Para empezar, ya no es necesario estar
solos. En cualquier minuto -veinticuatro horas al día, siete días a la
semana-basta con pulsar un botón para que aparezca la compañía, como por arte
de magia, de entre una colección de seres solitarios. En ese mundo online,
nadie está lejos nunca, todos parecen estar constantemente a nuestra
disposición, y aunque alguno se quede dormido en un determinado momento,
siempre hay alguien dispuesto a enviar un mensaje, o a parlotear unos segundos,
de forma que la ausencia temporal pase desapercibida. En segundo lugar, se
puede entablar «contacto» con otras personas sin iniciar necesariamente una
interacción que amenace con entregar rehenes al destino, o que siga una
trayectoria poco deseable. El «contacto» puede romperse al menor indicio de que
la interacción sigue un rumbo inadecuado: por lo tanto, no existe el riesgo, ni
tampoco la necesidad de buscar excusas, disculparse o mentir; basta con una
sutil pulsación, totalmente indolora y segura. Ya no es necesario temer la
soledad, ni exponerse a las exigencias ajenas, a una exigencia de sacrificio o
compromiso, de hacer algo que a uno no le apetece sólo porque otros lo desean.
Esa reconfortante sensación puede disfrutarse incluso en medio de una sala
abarrotada, o merodeando entre los concurridos vestíbulos de un centro
comercial, o paseando por la calle entre multitud de amigos y transeúntes;
siempre cabe la posibilidad de «estar espiritualmente ausentes» y «solos», así
como de notificar a los demás la voluntad de no estar en contacto, aquí y
ahora; es posible apartarse de la multitud tecleando un mensaje dirigido a
alguien que se encuentra físicamente ausente y que, por lo tanto,
momentáneamente no exige ni se compromete, un «contacto» seguro, o bien ojeando
un mensaje que acaba de llegar de una persona así. Con este tipo de
dispositivos en la mano, es posible, si se desea, estar solos en medio de un
rebaño en estampida; y de forma instantánea, en cuanto la compañía resulta
demasiado agobiante y opresiva. No juramos lealtad hasta la muerte, y cabe
esperar que siempre haya alguien «disponible» cuando lo necesitemos, sin tener
que soportar las desagradables consecuencias de estar constantemente
disponibles para los demás…
¿Es el paraíso terrenal? ¿Se cumple, por fin, el sueño? ¿Se ha resuelto la ambivalencia supuestamente inquietante de la interacción humana, reconfortante y estimulante, pero engorrosa y llena de escollos? Las opiniones en este punto están divididas. Lo que parece incuestionable, sin embargo, es que hay que pagar un precio por todo ello, un precio que puede resultar, si se piensa bien, demasiado elevado. Porque cuando uno pasa a estar «siempre conectado», puede que nunca esté total y verdaderamente solo. Y si nunca está solo, entonces (por citar una vez más al profesor Zimmerman), «es menos probable que uno lea un libro por placer, dibuje, se asome a la ventana e imagine mundos distintos de los propios… Es menos probable que uno se comunique con la gente real del entorno inmediato. ¿Quién quiere hablar con sus familiares si tiene a los amigos a un clic de distancia?» (en una fascinante diversidad y en cantidades inagotables; hay, quisiera añadir, quinientos «amigos» o más en Facebook). Al huir de la soledad, se pierde la oportunidad de disfrutar del aislamiento, ese sublime estado en el que es posible «evocar pensamientos», sopesar, reflexionar, crear y, en definitiva, atribuir sentido y sustancia a la comunicación. Pero entonces, al no haber paladeado su sabor, uno nunca sabrá lo que se ha perdido, la ocasión que ha dejado pasar.
¿Es el paraíso terrenal? ¿Se cumple, por fin, el sueño? ¿Se ha resuelto la ambivalencia supuestamente inquietante de la interacción humana, reconfortante y estimulante, pero engorrosa y llena de escollos? Las opiniones en este punto están divididas. Lo que parece incuestionable, sin embargo, es que hay que pagar un precio por todo ello, un precio que puede resultar, si se piensa bien, demasiado elevado. Porque cuando uno pasa a estar «siempre conectado», puede que nunca esté total y verdaderamente solo. Y si nunca está solo, entonces (por citar una vez más al profesor Zimmerman), «es menos probable que uno lea un libro por placer, dibuje, se asome a la ventana e imagine mundos distintos de los propios… Es menos probable que uno se comunique con la gente real del entorno inmediato. ¿Quién quiere hablar con sus familiares si tiene a los amigos a un clic de distancia?» (en una fascinante diversidad y en cantidades inagotables; hay, quisiera añadir, quinientos «amigos» o más en Facebook). Al huir de la soledad, se pierde la oportunidad de disfrutar del aislamiento, ese sublime estado en el que es posible «evocar pensamientos», sopesar, reflexionar, crear y, en definitiva, atribuir sentido y sustancia a la comunicación. Pero entonces, al no haber paladeado su sabor, uno nunca sabrá lo que se ha perdido, la ocasión que ha dejado pasar.
Articulo:
http://www.elcultural.es//2011/10/10

