Cultural
LIBROS DESAPARECIDOS
Un viaje infinito
Por Carlos María Domínguez
EN EL OTOÑO de 1904, deprimido por los
rechazos editoriales y la amenaza de ceguera, James Joyce -entonces tenía 22
años- arrojó al fuego de la chimenea las dos mil páginas de Stephen Hero,
autobiografía que narraba el ahogo de su infancia y adolescencia bajo una moral
conservadora. Su futura esposa, Nora Barnacle, consiguió rescatar trescientas
páginas del fuego, a partir de las cuales Joyce rehizo una versión abreviada que
dio a conocer bajo el título Retrato de un artista adolescente, en 1916.
Cuentan que Balzac destruyó la primera
versión del segundo tomo de su novela El médico de aldea en un ataque de ira
contra su editor, Louis Mame, a quien acusaba de publicar sus obras sin permiso
y deberle liquidaciones. Mame llevó el caso a los tribunales y consiguió la
preferencia para publicar la obra, que debió rehacerse. Muchos autores quemaron
manuscritos, otros los extraviaron por accidente y no fueron pocos los diarios
personales destruidos por sus familiares, abogados y censores. Si se suman las
bibliotecas que ardieron en las guerras y los libros imaginados, pero nunca
escritos, un juego borgeano, erudito y ocioso, podría recorrerse la literatura
universal.
Ha sido el entretenimiento del escritor
austríaco Alexander Pechmann (1968), doctorado en la Universidad de Heidelberg,
especialista en la literatura anglosajona del siglo XIX, autor de una biografía
de Melville y otra de Mary Shelley. En La biblioteca de los libros perdidos se
presenta con un título poco afortunado, subsubbibliotecario, para introducir al
lector en un reservorio donde se almacenan misterios literarios. Confeso
bibliómano, Pechmann no siempre es riguroso al presentar la información; cuando
escasean los datos, muestra las costuras de sus remiendos narrativos, pero
tratándose de un juego sobre una materia tan vasta, recupera datos
interesantes, trayectorias y episodios intrigantes de la historia literaria.
Manuscritos y lectores. Recuerda Pechmann
que el manuscrito de la primera novela de Malcolm Lowry, Ultramarina, fue
robado del auto del lector editorial que lo tenía en consideración, y pudo ser
reconstruido gracias a que un amigo había recogido los esbozos que Lowry
arrojaba a la papelera. No fue su único accidente. Tuvo Lowry la ambición de
trazar un ciclo narrativo similar al del Dante. Lunar Caustic (editada
póstumamente) debía representar el Purgatorio, su obra maestra, Bajo el volcán,
el Infierno, y In Ballast to the White Sea, el Paraíso, pero un incendio de su
cabaña en un bosque de Canadá, adonde se había refugiado a escribir, acabó con
las dos mil páginas de la obra. También allí estaba el manuscrito de Bajo el
volcán, que su esposa Margerie rescató a último momento.
A la primera esposa de Hemingway,
Elizabeth Hadley, le robaron en la estación de Lyon la maleta con los primeros
escritos de su esposo, entre ellos una novela, textos que el joven Ernest
lamentó con un ataque de furia. Se salvaron los relatos My Old Man, que había
enviado a su editor, y Up in Michigan, cuya copia había guardado Gertrude Stein
en una gaveta. Mejor suerte tuvo con los primeros esbozos de París era un
fiesta. Permanecieron guardados en el Hotel Ritz durante 28 años, debido al
olvido de Hemingway de dos maletas con otros manuscritos, en 1928. Gracias a la
integridad de la administración del hotel, se las devolvieron en 1956.
Otros capítulos revelan experiencias
similares protagonizadas por Mary Shelley, T. E. Lawrence, o Melville, que
vendió sus manuscritos por diez céntimos la libra a un fabricante de cajas de
viaje de Massachusetts para forrar sus interiores. Pero el libro también se
ocupa de los originales destruidos por los herederos de Lord Byron, cuyas
memorias marcharon al fuego por temor de que revelaran escandalosas intimidades
de la aristocracia inglesa, y del curioso destino de los papeles y cartas de
Laurence Sterne, en su mayoría quemadas por su cuñado, párroco de Surrey, luego
de encontrar una abultada colección de cartas de amor de importantes damas de
la sociedad. La mujer y la hija apoyaron la iniciativa, pero luego, faltas de
dinero, intentaron recuperar las que sobrevivieron a la quema para poder
venderlas, y fueron publicadas con un texto autobiográfico en 1775, aunque
adulteradas. El propio Sterne censuró sus ambiciones en Vida y opiniones de
Tristam Shandy, caballero. Aunque en su inicio prometió divertir al lector con
disquisiciones sobre doncellas de cámara y ojales, omitió esos capítulos en la
redacción final de su célebre sátira.
chinos y persas. Son muchas las historias
que recoge el libro de Pechmann. Hay un capítulo dedicado a los secretos de
Thomas Mann y otro a las cartas de Kafka a una niña a quien consoló por la
pérdida de su muñeca; Blaise Cendrars, Dostoievski, Pushkin y muchos autores
comparecen con un variado anecdotario, junto a la historia de bibliotecas y
textos perdidos en la antigüedad. Entre los últimos, es particularmente
atractiva la historia del almirante chino Zheng He, que en los inicios del
siglo XV organizó siete expediciones marítimas con más de cien barcos y miles
de soldados, científicos, poetas, mercaderes y concubinas. Según la historia
oficial, llegó a la India, Arabia y la Costa oriental de África, pero algunos
aseguran que conocieron América. Aunque en el Sudeste asiático se lo veneró
como a un dios, sus cuadernos de bitácora desaparecieron durante la dinastía
Ming, por contener "exageraciones engañosas de cosas extrañas". Una
estela que Zheng He mandó erigir en 1431, descubierta en 1930, dice:
"Hemos recorrido más de 100.000 li de inmensas superficies marinas y en el
océano hemos visto olas gigantescas que se elevaban al cielo como montañas y
nuestros ojos han visto regiones bárbaras y remotas, ocultas por una niebla
azul e impenetrable, mientras nuestras velas, desplegadas cual nubes, seguían
su curso, raudo como el de una estrella, atravesando esas olas gigantes".
Un antiguo homenaje a la lectura lo
encarna la historia del visir de Persia Abdul Kassem Ismael (936-995),
apasionado bibliófilo que, aburrido por sus viajes oficiales a lejanas
provincias, un día decidió llevar en su expedición los 117.000 volúmenes de su
colección, empacados en cuatrocientos camellos que avanzaban en orden
alfabético. Un nutrido contingente de camelleros-bibliotecarios custodiaba la
columna para que no se mezclaran las letras.
La antología de Pechmann es fatalmente
parcial, el lector advertirá notorias ausencias, pero muchos datos compensan, y
a veces desconsuelan, el infinito viaje por la literatura.
LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS PERDIDOS, de
Alexander Pechmann. Edhasa, 2011. Barcelona, 252 páginas. Distribuye Gussi.
Articulo : http://www.elpais.com.uy
28/10/2011
