Entrevista Escritor norteamericano
Jonathan Franzen: "Escribo para los
que no encajan en el mundo"
Por Carlos Reviriego
Después de su exitosa publicación, el año pasado,
en Estados Unidos, donde fue calificada como la "gran novela
estadounidense" de su tiempo, Libertad ( Freedom ) llega al mercado
español y latinoamericano.
París, 14ème. No muy lejos de aquí, apenas
a diez minutos a pie, lectores de cualquier lugar del mundo muestran sus
respetos a Charles Baudelaire, a Samuel Becket, a Julio Cortázar. Se hace
extraño caminar desde el cementerio de Montparnasse hasta un hotel del barrio
de Saint-Germain para conocer a Jonathan Franzen (Chicago, 1959), quizá el mejor
escritor norteamericano vivo (con permiso de Roth, Pynchon y DeLillo),
posiblemente el más rico y exitoso, con seguridad el más ambicioso. Lo ha
vuelto a demostrar con Libertad , su última y monumental obra,
recibida como la gran novela estadounidense de nuestro tiempo.
En el patio privado de su habitación de
hotel, Franzen reflexiona sobre el poder de su literatura. "No escribo
para todo el mundo. Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no
están satisfechos y sienten vergüenza. Y pertenecen a todas las clases, a todas
las razas y sexos y edades. No es una minoría insustancial; quizá llegan al 5%
de la población; puede que más. Son esas personas que leen y que quizá visitan
las tumbas de sus escritores preferidos, porque se sienten menos solos
haciéndolo. Ésa es la gente que realmente me preocupa".
El mapa de la ambición de Franzen se cifra
ahora en el vasto territorio que recorren las páginas
de Libertad (Salamandra), su cuarta novela, la primera que escribe
desde que Las correcciones(2001; Seix Barral, 2002), publicada en la
semana previa a los atentados del 11 de septiembre, provocara un sismo en el
mercado editorial -vendió casi tres millones de ejemplares- y devolviera
esperanzas al futuro de la novela. "Mi frustración antes del éxito procedía
de que siempre he querido escribir novelas complejas que pudieran ser
disfrutadas por un lector masivo. Lo intenté de un modo muy deliberado con mis
dos primeras ficciones - Ciudad veintisiete y Movimiento
fuerte -, pero fue muy frustrante comprobar que en lugar de llegar a los
dos tipos de público, el literario y el masivo, no llegaran a ninguno.
Reconozco que he ido modificando mi estilo para poder encontrar al lector que
buscaba. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de qué era lo que le faltaba a mi
literatura, pero cuando terminé Las correcciones me llegó a intimidar
su solidez, porque realmente había metido ahí todo lo que llevaba dentro. El
éxito me ayudó a ver que estaba atenazado por el deseo de gustar a todo el
mundo, así que fue muy liberador saber que no tendría que preocuparme más por
eso".
Un pobre con dinero
Asegura Franzen que el ciclón editorial
de Las correcciones no ha modificado sustancialmente su vida.
"He hecho mucho dinero de forma inesperada, pero no soy una persona rica,
sino una persona pobre con dinero. He sido pobre durante tanto tiempo, que
siempre lo seré". Tras el reconocimiento mundial, se dedicó durante un par
de años "a jugar más al tenis, aprender a tocar la guitarra y socializar
con amigos", pero pronto volvió a su hábito de aislarse en una habitación
con un ordenador sin conexión a internet, no tomar vacaciones y escribir nueve
horas durante seis o siete días a la semana.
Si nueve años atrás conjuró la América de
Clinton con la extensa crónica de una familia del Medio Oeste -levemente
inspirada en su propia familia-, con Libertad Franzen ha vuelto a
entregar la "gran novela estadounidense" de su tiempo, tomando otra
vez un microcosmos familiar, los Berglund, como fuerza centrífuga de un retrato
expansivo, político y sentimental a partes iguales. Su impacto ha sido aún
mayor. Que se haya convertido en apenas el sexto escritor que ocupa la portada
del Time en los noventa años de la publicación no es algo anecdótico. Pero su
ambición no coquetea con la fama, sino más bien con la necesidad de erigirse en
voz y radiógrafo de la conciencia moral estadounidense. "Escribí Las
correcciones como un ataque al materialismo, al determinismo biológico y
al deterioro del consumismo, pero en Libertad el origen ha sido de
carácter más político. Imaginé un libro que de alguna manera pudiera lidiar con
la ira de vivir en un país asfixiado en las mentiras de un gobierno que estaba
explotando cínicamente el 11-S, inventando una guerra muy cara para distraer al
país de la demolición de las prestaciones sociales".
Libertad es una novela política, pero
sobre todo un viaje emocional al corazón de la familia estadounidense, a las
pulsiones del sexo y la amistad traicionada. "Gran parte de lo que me
interesa escribir es generalmente material tóxico. Cosas vergonzosas, como
relaciones sexualizadas entre madre e hijo. La novela Hijos y
Amantes, de D.H. Lawrence, ha sido importante para este libro,
precisamente porque me produce un sentimiento insoportable".
A pesar del "material tóxico",
los lectores de Libertad pronto se ven arrastrados por la cualidad
adictiva del libro, por la fuerza motriz de unos personajes que evolucionan de
caricaturas a seres de carne y hueso: el abogado ecologista de personalidad
pasivo-agresiva Walter; su mujer, Patty, vecina perfecta que se sumerge en el
vacío de su existencia, y un hijo quinceañero, Joey, que por despecho al
liberalismo militante de sus padres se sindica con los republicanos. Alrededor
de sus universos orbita Richard Katz, antiguo compañero de Walter, roquero
saturnino y sarcástico, mujeriego incorregible. Seres que siempre se topan con
su soledad en busca de la felicidad imposible. "Tuve que reconciliarme a
lo largo de quince años con el hecho de que no tengo una sola personalidad
-explica Franzen-. Es parte de lo que me cualifica para ser un escritor de
ficción. No estoy seguro de qué persona soy. A veces el sentimiento de
desmembración es tan preciso, que puedo alejarme y hablar conmigo mismo, y no
sólo de forma bilateral, sino con varias personalidades. Soy Walter y Richard,
y también una mujer adulta y un adolescente mimado. Lo que he estado haciendo
durante estos años de continua batalla con el libro es dejar que todas las
partes desesperadas de mí se conviertan en una suerte de arquetipos".
Neurosis colectiva
La adicción que
produce Libertad se debe al compromiso adquirido de Franzen con la
forma novelística como fuente de placer en un tiempo en el que "hay tantas
distracciones y estímulos a nuestro alrededor, que es imperativo implicar al
máximo al lector". No es una novela de misterio ni un artefacto
determinado por la creación de intriga. Libertad está más cerca de un
estudio antropológico de la neurosis colectiva de nuestra civilización. ¿Cómo
consigue entonces Franzen embaucarnos de tal modo en la suerte de sus
criaturas? La crítica generalmente ha asociado su método con la novela
decimonónica, pero Franzen defiende que "las conquistas literarias
de Libertad trascienden las herencias narrativas adquiridas".
Van efectivamente más allá de Tosltoi, de Dickens o de Stendhal, escritores con
quienes sistemáticamente se le ha comparado. "Siempre he buscado un tono
en el que el lector se pueda sentir en buenas manos. Quiero traer placer con
todo lo que escribo. Placer intelectual, emocional, lingüístico y estético. Es
cierto que voy a adentrar al lector en terrenos morales que pueden ser
asustadizos y extraños, pero quiero que se sienta seguro, porque le guía
alguien que no está siendo controlado por este material. Cuando alguien tiene
el tono correcto en la primera página del libro, confío en él, sé que está por
encima de lo que escribe".
Puede que Libertad agujeree el
corazón del lector como solo pueden hacerlo los dramas familiares terriblemente
tristes y pesimistas, pero la mirada irónica, despiadada de Franzen, que se
considera "esencialmente un escritor cómico", es otra de las fértiles
contradicciones que hacen su prosa tan fascinante. "La ficción es para mí
una autobiografía en tercera persona", explica Franzen, que empezó a escribir Libertad en
primera persona, pero tuvo que recomenzar para prestarle su voz a Patty, el
personaje germinal del libro. "De ahí surgió un ambiguo punto de vista que
determina el tono del libro. Comprendí que ella debía escribir su historia de
modo que pudiera reírse de sí misma. Si no, no podría haber narrado la historia
inenarrable".
-Se ha dicho que sus libros están más
cerca de las novelas del siglo XIX que de las del siglo XXI.
-Hay cosas que haría de forma distinta si
hubiera predicho algunas reacciones con la novela. Por ejemplo, nunca habría
mencionado en ella Guerra y paz , porque al introducir su lectura
parece que estuviera comparándome con Tolstoi. Y eso me hace pasar por un
idiota. Pero no era mi intención. Me di cuenta de que esencialmente estaba
robando la trama de triángulo amoroso de Guerra y paz(Pierre/Walter,
Andrei/Katz y Natasha/Patty), y entonces pensé que sería bueno darle el crédito
a Tolstoi. Las similitudes de mi estilo con la literatura decimonónica son
claras, pero al mismo tiempo no puedo empezar un libro sin tener antes una idea
formal, y gran parte de la excitación que me produce escribirlo procede de
tratar de conseguir que una nueva forma de narrativa funcione. Así que la
dinámica en mi mente está más cerca de la literatura moderna que de la del XIX.
Esencialmente solitario, huérfano y
soltero convencido -estuvo casado con la escritora Valeria Cornell durante doce
años-, puede resultar paradójico que Franzen, cuya gran ocupación, aparte de
escribir, es avistar pájaros en su residencia de campo en Santa Cruz, escudriñe
el mundo a través del prisma familiar. A sus 52 años, asegura que ha abandonado
del todo la idea de formar su propia familia: "En los últimos quince años
he pasado por periodos en los que me he planteado que debería tener hijos,
porque mis padres fueron muy importantes para mí, aunque yo no descubrí lo
buenos que fueron hasta que habían desaparecido. Pero nunca ocurrió, y el
matrimonio no fue una grata experiencia. Como un editor sabio me dijo, muchas
personas tienen hijos, pero no tantas personas escriben buenas novelas. Quizá
debería dejar que todas esas personas tengan sus hijos y yo dedicarme a
escribir más libros".
Franzen y Foster Wallace
Durante años, los círculos literarios han
reducido el debate entre el pasado y el futuro de la novela americana a una
contienda entre dos escritores, también dos grandes amigos. Mientras el estilo
de Franzen iluminaba las mejores virtudes del relato clásico, el atormentado
autor de La broma infinita , David Foster Wallace, resurgía como
exponente de la novela posmoderna. La batalla intelectual se interrumpió
bruscamente el 13 de septiembre de 2008, cuando Wallace se ahorcó en su casa
californiana. "Me enfadó mucho -recuerda Franzen-, y en ese estado de
rabia encontré una clase de energía desconocida en mí". Hizo algo que
nunca había hecho antes. Empezó a mascar tabaco (un hábito de Wallace, que
presta a Richard Katz) y no paró de escribir. "Fue en ese momento, a
finales de 2008, cuando realmente arrancó la novela. Hasta entonces sólo había
estado dando palos de ciego". En algo más de un año había terminado el
primer borrador de Libertad . "Debo reconocer que la amistad
terriblemente competitiva que teníamos David y yo es uno de los aspectos
fundamentales en la relación entre Richard y Walter. Hay momentos en los que el
amor y la violencia están conectados en la vida. Lo que es difícil de
comprender para los que no son cazadores, es que los cazadores aman aquello que
matan. Y creo que a la gente que no está familiarizada con la competición, les
cuesta comprender cómo puedes querer a alguien y al mismo tiempo mantener una
batalla con esa persona".
Articulo: http://diario.elmercurio.com/2011/10/09
