Jonathan FRANZEN:
"Escribo para los que no encajan en
el mundo"
Por Carlos REVIRIEGO
París, 14ème. No muy lejos de aquí, apenas
a diez minutos a pie, lectores de cualquier lugar del mundo muestran sus
respetos a Charles Baudelaire, a Samuel Becket, a Julio Cortázar. En esta
soleada mañana de septiembre se hace extraño caminar desde el cementerio de
Montparnasse hasta un hotel del barrio de Saint-Germain para conocer a Jonathan
Franzen (Chicago, 1959), quizá el mejor escritor norteamericano vivo (con
permiso de Roth, Pynchon y DeLillo), posiblemente el más rico y exitoso, con seguridad
el más ambicioso. Lo ha vuelto a demostrar con Libertad (que publica mañana
Salamandra), su última y monumental obra, recibida como la gran novela
americana de nuestro tiempo.
En el patio privado de su habitación de
hotel, Franzen reflexiona sobre el poder de su literatura. “No escribo para
todo el mundo -dirá poco después en el patio privado de su
habitación-. Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no
están satisfechos y sienten vergüenza. Escribo para losmisfits. Y pertenecen
a todas las clases, a todas las razas y sexos y edades. No es una minoría
insustancial, quizá llegan al 5% de la población, puede que más. Son esas
personas que leen y que quizá visitan las tumbas de sus escritores preferidos,
porque se sienten menos solos haciéndolo. Esa es la gente que realmente me
preocupa”.
El mapa de la ambición de Franzen se cifra
ahora en el vasto territorio que recorren las páginas de Libertad, su
cuarta novela, la primera que escribe desde que Las
correcciones (2001; Seix Barral, 2002), publicada en la semana previa a
los atentados del 11 de septiembre, provocara un seísmo en el mercado editorial
-vendió casi tres millones de ejemplares- y devolviera esperanzas al futuro de
la novela. “Mi frustración antes del éxito procedía de que siempre he querido
escribir novelas complejas que pudieran ser disfrutadas por un lector masivo.
Lo intenté de un modo muy deliberado con mis dos primeras ficciones -Ciudad
veintisiete (1988; Alfaguara, 2003) y Movimiento fuerte (1992;
Alfaguara, 2004)-, pero fue muy frustrante comprobar que, en lugar de llegar a
los dos tipos de público, el literario y el masivo, no llegaran a ninguno.
Reconozco que he ido modificando mi estilo para poder encontrar al lector que
buscaba. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de qué era lo que le faltaba a mi
literatura, pero cuando terminé Las correcciones me llegó a intimidar
su solidez, porque realmente había metido ahí todo lo que llevaba
dentro. El éxito me ayudó a ver que estaba atenazado por el deseo de gustar
a todo el mundo, así que fue muy liberador saber que no tendría que preocuparme
más por eso”.
Una persona pobre con dinero
Asegura Franzen que el ciclón editorial
de Las correcciones no ha modificado sustancialmente su vida, ni tan
siquiera la presión de la reválida. “He hecho mucho dinero de forma inesperada
-dice-, pero no soy una persona rica, sino una persona pobre con dinero. He
sido pobre durante tanto tiempo que siempre lo seré”. Tras el reconocimiento
mundial, se dedicó durante un par de años “a jugar más al tenis, aprender a
tocar la guitarra y socializar con amigos”, pero pronto volvió a su hábito
monacal de aislarse en una habitación con un ordenador sin conexión a Internet,
no tomar vacaciones y escribir nueve horas durante seis o siete días a la
semana.
Estos días, un año después de que la
publicación de Libertad en Estados Unidos le asegurara un lugar en el
olimpo de las letras americanas, se ha sumergido de nuevo en la causticidad de
la familia Lambert, protagonista de Las correciones. La culpa es de la
cadena HBO y su producción de una serie de cuatro temporadas inspirada en la
novela, y en la que Franzen, gran entusiasta de la teleficción americana
-“especialmente de Breaking Bad, que digan lo que digan es mejor queThe
Wire”-, no ha podido evitar involucrarse. “Al menos la mitad de la serie será
material nuevo, que no estaba en la novela. He escrito algunos capítulos y
ahora estamos con el casting. Está previsto que el episodio piloto se ruede en
enero”, informa con un entusiasmo que no puede disimular.
En apariencia, Franzen ha repetido la
operación. Si nueve años atrás conjuró la América de Clinton con la extensa
crónica de una familia del Medio Oeste -levemente inspirada en su propia
familia-, con Libertad Franzen ha vuelto a entregar la “gran novela
americana” de su tiempo, tomando otra vez un microcosmos familiar, los
Berglund, como fuerza centrífuga de un retrato expansivo, político y
sentimental a partes iguales. Su impacto ha sido aún mayor. Que se haya
convertido en apenas el sexto escritor que ocupa la portada del Time en los
noventa años de historia de la publicación no es algo anecdótico, especialmente
si le preceden pesos pesados como Joyce, Salinger, Nabokov, Morrison y Updike.
Pero su ambición no coquetea con la fama - “si esto me hubiera ocurrido con 25
años, mi vida sería un desastre, pero afortunadamente me ocurrió a los
cuarenta”, asegura-, sino más bien con la necesidad de erigirse en voz y
radiógrafo de la conciencia moral americana. SiLas correcciones dirigía su
amplio objetivo al zeitgeist de los noventa -describiendo con
precisión febril la saturada atmósfera socio-cultural de una década que murió
bajo los escombros del World Trade Center-, en Libertaddescompone y
desentraña los terrores de todo lo que vino después.
Explotar cínicamente el 11-S
“Escribí Las correcciones como
un ataque al materialismo, al determinismo biológico y al deterioro del
consumismo -explica Franzen-, pero en Libertad el origen ha sido de
carácter más político. Imaginé un libro que de alguna manera pudiera lidiar con
la ira de vivir en un país asfixiado en las mentiras de un Gobierno que estaba
explotando cínicamente el 11-S, inventando una guerra muy cara para distraer al
país de la demolición de las prestaciones sociales”. Como su prosa, el discurso
de Franzen se precipita en frases muy largas y generosas en subordinaciones,
saltando de un tema a otro sin solución de continuidad. “Al mismo
tiempo, quería entregar una forma novelística que pudiera resistir esta
cultura de la estimulación instantánea y vacía que han traído las nuevas
tecnologías. De un día para otro, los cigarros fueron sustituidos por los
dispositivos móviles, no menos perjudiciales para la salud mental. Encontré mis
nuevos enemigos en los nuevos tiempos".
- Vasili Grossman escribió que “el deber
civil del escritor es contar la terrible verdad”. ¿Siente usted ese deber?
- Sin duda. Pero vivimos bajo tal
saturación de mentiras, que es casi demasiado fácil para el artista contar la
verdad de forma satisfactoria. Creo que hay mucha hambre de verdad. Y aún
así, no es fácil hacerlo. Porque, evidentemente, ¿cuál es la verdad? Contar la
verdad en literatura se traduce no solo en expresar aquello que es una verdad
lógica o filosófica para ti, sino que está más relacionado con tomar riesgos
personales.
- La batalla de Walter Berglund frente a
la superpoblación mundial es uno de los grandes temas políticos de la novela.
¿Por qué cree que este fenómeno ha sido silenciado por los medios en favor de
otras predicciones catastrofistas?
- Debo señalar que es usted apenas el
segundo periodista que me pregunta por la superpoblación. Así que,
evidentemente, es un tema silenciado. [Pausa] Aunque sea un fenómeno cuya
realidad es incuestionable, es un tema políticamente incorrecto por las razones
correctas. No lo es para una persona china, pero si vives en un país con un
bajo coeficiente de natalidad, con mayoría de caucasianos, en el que cada uno
de ellos consume una media de diez o veinte veces más recursos que un africano
o un asiático, te encuentras en una situación imposible para alertar sobre la
densidad de población en el mundo. Y como de algún modo puede verse en la
historia de Walter, es difícil distinguir su alarmismo frente a la
superpoblación de su simple y llana misantropía.
Material tóxico
En un ensayo vindicativo de “la novela en
la era de las imágenes”, que escribió para la revista Harper, Franzen definía
la ficción que admira como “realismo trágico”, un “antídoto contra la retórica
de optimismo que pervierte nuestra cultura”. Libertad es una novela
política pero sobre todo un viaje emocional al corazón de la familia americana,
a las pulsiones del sexo y la amistad traicionada, en donde parecen caber todas
las formas de tragedia. “Gran parte de lo que me interesa escribir es
generalmente material tóxico. Cosas vergonzosas como relaciones sexualizadas
entre madre e hijo. La novela de H. D. Lawrence Hijos y
amantes ha sido importante para este libro, precisamente porque me produce
un sentimiento insoportable. Va tan directa al asunto -a la confusión
sexual y los celos de la madre por la novia de su hijo-, que hay que reconocer
que Lawrence encontró la forma de tratar por primera vez en la literatura esos
sentimientos tan espinosos. Pero creo que debería haber manejado ese material
más cuidadosamente, utilizado herramientas mejores. Y una de ellas es tomar una
cierta distancia irónica”.
A pesar del “material tóxico”, los
lectores de Libertad pronto se ven arrastrados por la cualidad
adictiva del libro, por la fuerza motriz de unos personajes que evolucionan de
caricaturas a seres de carne y hueso: el abogado ecologista de personalidad
pasiva-agresiva Walter, su mujer Patty, vecina perfecta que se sumerge en el
vacío de su existencia, y un hijo quinceañero, Joey, que por despecho al
liberalismo militante de sus padres se sindica con los republicanos. Alrededor
de sus universos, orbita Richard Katz, antiguo compañero de Walter, rockero
saturnino y sarcástico, mujeriego incorregible. Seres que siempre se topan con
su soledad en busca de la felicidad imposible. “Tuve que reconciliarme a lo
largo de quince años con el hecho de que no tengo una sola
personalidad -explica Franzen-. Es parte de lo que me cualifica para ser
un escritor de ficción. No estoy seguro de qué persona soy. A veces el
sentimiento de desmembración es tan preciso que puedo alejarme y hablar conmigo
mismo, y no sólo de forma bilateral, sino con varias personalidades. Soy Walter
y Richard y también una mujer adulta y un adolescente mimado. Lo que he estado
haciendo durante todos estos años de continua batalla con el libro es dejar que
todas las partes desesperadas de mí se conviertan en una suerte de
arquetipos”.
Un estudio antropológico de la neurosis
colectiva
La adicción que
produce Libertad se debe al compromiso adquirido de Franzen con la
forma novelística como fuente de placer en un tiempo en el que “hay tantas
distracciones y estímulos a nuestro alrededor que es imperativo implicar al
máximo al lector”. No es una novela de misterio ni un artefacto determinado por
la creación de intriga. Libertad está más cerca de un estudio
antropológico de la neurosis colectiva de nuestra civilización. ¿Cómo consigue
entonces Franzen embaucarnos de tal modo en la suerte de sus criaturas? La
crítica generalmente ha asociado su método con la novela decimonónica, pero
Franzen defiende que “las conquistas literarias
de Libertad trascienden las herencias narrativas adquiridas”. Van
efectivamente más allá de Tosltoi, de Dickens o de Stendhal, escritores con
quienes sistemáticamente se le ha comparado. “Siempre he buscado un tono en el
que el lector se pueda sentir en buenas manos. Quiero traer placer con todo lo
que escribo. Placer intelectual, emocional, lingüístico y estético. Es
cierto que voy a adentrar al lector en terrenos morales que pueden ser asustadizos
y extraños, pero quiero que se sienta seguro porque le guía alguien que no está
siendo controlado por este material. Cuando alguien tiene el tono correcto en
la primera página del libro, confío en él, sé que está por encima de lo que
escribe”.
Distancia irónica
Puede que Libertad agujeree el
corazón del lector como solo pueden hacerlo los dramas familiares terriblemente
tristes y pesimistas, pero la mirada irónica, despiadada de Franzen, que se
considera “esencialmente un escritor cómico”, es otra de las fértiles
contradicciones que hacen su prosa tan fascinante. “La ficción es para mí
una autobiografía en tercera persona”, explica Franzen, que empezó a
escribir Libertad en primera persona pero tuvo que recomenzar para
prestarle su voz a Patty, el personaje germinal del libro. “De ahí surgió un
ambiguo punto de vista que determina el tono del libro. Comprendí que ella
debía escribir su historia de modo que pudiera reírse de sí misma. Si no, no
podría haber narrado la historia inenarrable”.
- Se ha dicho con frecuencia que sus
libros están más cerca de las novelas del siglo XIX que de las del siglo XXI…
- Hay cosas que haría de forma distinta si
hubiera predicho algunas reacciones con la novela. Por ejemplo, nunca habría
mencionado en ella Guerra y paz, porque al introducir su lectura parece
que estuviera comparándome con Tolstoi. Y eso me hace pasar por un idiota. Pero
no era mi intención. Me di cuenta de que esencialmente estaba robando la trama
de triangulo amoroso de Guerra y paz(Pierre/Walter, Andrei/Katz y
Natasha/Patty), y entonces pensé que sería bueno darle el crédito a Tolstoi.
Las similitudes de mi estilo con la literatura decimonónica son claras, pero al
mismo tiempo no puedo empezar un libro sin tener antes una idea formal, y gran
parte de la excitación que me produce escribirlo procede de tratar de conseguir
que una nueva forma de narrativa funcione. Así que la dinámica en mi mente está
más cerca de la literatura moderna que de la del XIX.
Amistad competitiva
Durante años, los círculos literarios han
reducido el debate entre el pasado y el futuro de la novela americana a una
contienda entre dos escritores, también dos grandes amigos. Mientras el estilo
de Franzen iluminaba las mejores virtudes del relato clásico, el atormentado
autor de La broma infinita, David Foster Wallace, resurgía como exponente
de la novela postmoderna. La batalla intelectual se interrumpió bruscamente el
13 de septiembre de 2008, cuando Wallace se ahorcó en su casa californiana. “Me
enfadó mucho -recuerda Franzen-, y en ese estado de rabia encontré una clase de
energía desconocida en mí”. Hizo algo que nunca había hecho antes. Empezó a
mascar tabaco (un hábito de Wallace, que presta a Richard Katz) y no paró de
escribir. “Fue en ese momento, a finales de 2008, cuando realmente arrancó la
novela. Hasta entonces sólo había estado dando palos de ciego”. En algo más de
un año había terminado el primer borrador de Libertad. “Debo reconocer que
la amistad terriblemente competitiva que teníamos David y yo es uno de los aspectos
fundamentales en la relación entre Richard y Walter. Hay momentos en los que el
amor y la violencia están conectados en la vida. Lo que es difícil de
comprender para los que no son cazadores, es que los cazadores aman aquello que
matan. Y creo que a la gente que no está familiarizada con la competición,
les cuesta comprender cómo puedes querer a alguien y al mismo tiempo mantener
una batalla con esa persona”.
Pareciera que Franzen, que ha viajado sin
compañía a París, mantiene ahora la mayor parte de las batallas consigo mismo.
O con sus múltiples personalidades. Esencialmente solitario (entre sus
amistades se cuentan otros escritores, como David Means), huérfano y soltero
convencido (estuvo casado con la escritora Valeria Cornell durante doce años), puede
resultar paradójico que Franzen, cuya gran ocupación aparte de escribir es
avistar pájaros en su residencia de campo en Santa Cruz, escudriñe el mundo a
través del prisma familiar. A sus 52 años, en esta desangelada habitación de un
hotel parisino, asegura que ha abandonado del todo la idea de formar su propia
familia: “En los últimos quince años he pasado por periodos en los que me he
planteado que debería tener hijos, porque mis padres fueron muy importante para
mí, aunque yo no descubrí lo buenos que fueron hasta que habían desaparecido.
Pero nunca ocurrió, y el matrimonio no fue una grata experiencia. Como un
editor sabio me dijo, muchas personas tienen hijos, pero no tantas personas
escriben buenas novelas. Quizá debería dejar que todas esas personas
tengan sus hijos y yo dedicarme a escribir más libros”.
***
Libertad, la última y monumental obra de
Jonathan Franzen
El Cultural adelanta las primeras páginas
del nuevo libro del escritor, recibido como la gran novela americana de nuestro
tiempo
La pasada semana el escritor Jonathan
Franzen (Chicago, 1959) recibió en París a El Cultural. Allí habló con Carlos
Reviriego del éxito, el sexo, la amistad traicionada y la literatura, entre
otros temas. Único escritor que ha sido portada de la revista "Time"
en la última década, Franzen es probablemente el mejor novelista
norteamericano vivo (con permiso de Roth, Pynchon y DeLillo), posiblemente
el más rico y exitoso, y con seguridad el más ambicioso. Lo ha vuelto a
demostrar con Libertad (que publica el sábado Salamandra), su última
y monumental obra, recibida como la gran novela americana de nuestro
tiempo.
En el patio privado de su habitación de hotel, Franzen reflexiona sobre el poder de su literatura. “No escribo para todo el mundo -dirá poco después-. Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no están satisfechos y sienten vergüenza. Escribo para los misfits. Y pertenecen a todas las clases, a todas las razas y sexos y edades. No es una minoría insustancial, quizá llegan al 5% de la población, puede que más. Son esas personas que leen y que quizá visitan las tumbas de sus escritores preferidos, porque se sienten menos solos haciéndolo. Esa es la gente que realmente me preocupa”.
En el patio privado de su habitación de hotel, Franzen reflexiona sobre el poder de su literatura. “No escribo para todo el mundo -dirá poco después-. Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no están satisfechos y sienten vergüenza. Escribo para los misfits. Y pertenecen a todas las clases, a todas las razas y sexos y edades. No es una minoría insustancial, quizá llegan al 5% de la población, puede que más. Son esas personas que leen y que quizá visitan las tumbas de sus escritores preferidos, porque se sienten menos solos haciéndolo. Esa es la gente que realmente me preocupa”.
El Cultural publica las primeras páginas
de Libertad.
Libertad
La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y él se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación. Sus antiguos vecinos tenían ciertas dificultades para conciliar los apelativos que utilizaba el Times para describirlo (“arrogante”, “prepotente”, “éticamente dudoso”) con el rubicundo, risueño y generoso empleado de 3M al que recordaban pedaleando bajo la nieve de febrero por Summit Avenue, camino de la oficina; resultaba extraño que Walter, más verde que los Verdes y él mismo de origen rural, tuviera ahora problemas por actuar en connivencia con la industria del carbón y abusar de la gente del campo. Aunque, la verdad sea dicha, con los Berglund siempre había habido algo que no terminaba de encajar.
Walter y Patty fueron los jóvenes pioneros
de Ramsey Hill: los primeros graduados universitarios en comprar una
vivienda en Barrier Street desde que tres décadas antes el antiguo corazón de
Saint Paul se viera sumido en tiempos difíciles. Compraron su casa victoriana a
precio de saldo y luego, durante diez años, se dejaron la piel reformándola. Ya
al principio, alguien muy decidido le prendió fuego al garaje y forzó un par de
veces la cerradura del coche antes de que consiguieran reconstruirlo. Moteros
de piel curtida invadían el solar del otro lado del callejón trasero para beber
cerveza Schlitz y asar unas knockwurst y hacer rugir los motores a altas horas
de la madrugada, hasta que Patty salía en chándal y les decía: “eh, tíos,
¿sabéis qué os digo?” Patty no asustaba a nadie, pero había sido una destacada
atleta en el instituto y la universidad y poseía la audacia típica de los
atletas. Desde su primer día en el barrio llamó inevitablemente la atención.
Alta, con coleta, absurdamente joven, empujando un cochecito de bebé entre
coches desguazados y botellas de cerveza rotas y nieve salpicada de vómito,
podría haber llevado toda su jornada en las bolsas de redecilla que colgaban
del cochecito. Tras ella se adivinaban los preparativos con el engorro de un
bebé para toda una mañana de recados con el engorro de un bebé; por delante,
una tarde de radio pública, el popular recetario Silver Palate Cookbook,
pañales de tela, masilla tapajuntas y pintura de látex; luego Buenas
noches, luna, y luego una copa de zinfandel. Ella era ya en sentido pleno
aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar.
En los primeros años, cuando aún era
posible tener un Volvo 240 sin sentirse incómodo, la misión colectiva en
Ramsey Hill consistía en reaprender ciertas aptitudes para la vida que los
padres de uno habían querido desaprender precisamente huyendo a las zonas
residenciales de las afueras; por ejemplo, cómo despertar el interés de la
policía del barrio en cumplir realmente con su cometido, cómo proteger una
bicicleta de un ladrón en extremo motivado, cuándo molestarse en echar a un
borracho del mobiliario de tu jardín, cómo alentar a los gatos callejeros a
cagar en el cajón de arena de los hijos de otro, cómo decidir si un colegio
público era tan lamentable que ni siquiera valía la pena intentar mejorarlo.
Existían asimismo asuntos más
contemporáneos, entre ellos los pañales de tela: ¿merecían la pena? ¿Y era
verdad que aún repartían leche en botellas de cristal a domicilio? ¿Eran los
boy scouts políticamente correctos? ¿Era de veras necesario el bulgur? ¿Dónde
se reciclaban las pilas? ¿Cómo había que reaccionar cuando una persona pobre de
color te acusaba de destruir su barrio? ¿Era verdad que el esmalte de las
antiguas vajillas Fiesta contenía una cantidad peligrosa de plomo? ¿Cuán
sofisticado tenía que ser un filtro de agua para la cocina? ¿Por qué no
funcionaba a veces la superdirecta de tu 240 cuando apretabas el botón que
decía superdirecta? ¿Qué era mejor con los mendigos: darles comida o no darles
nada? ¿Era posible criar a niños inusitadamente seguros de sí mismos, felices e
inteligentes, si se trabajaba a jornada completa? ¿Podía molerse el café en
grano la noche antes de consumirlo, o debía hacerse la misma mañana? ¿Existía
alguien en la historia de Saint Paul que hubiera tenido una experiencia
positiva con un techador? ¿Y alguien conocía un buen mecánico de Volvo? ¿A tu
240 también se le trababa el cable del freno de mano? Y ese interruptor del
salpicadero con un rótulo enigmático, ese que producía un chasquido tan
satisfactoriamente sueco pero no parecía conectado a nada, ¿qué demonios
era?
Para cualquier consulta, Patty Berglund
era un recurso, una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja
afable. En Ramsey Hill era una de las pocas madres que no trabajaban, y se la
conocía por su aversión a hablar bien de sí misma o mal de los demás. Decía que
temía acabar “decapitada” algún día por una de las ventanas de guillotina cuyas
cadenas había cambiado ella misma. Sus hijos “probablemente” iban a morirse de
triquinosis porque les había dado cerdo poco hecho. Se preguntaba si el hecho
de que ya “nunca” leyera libros estaba relacionado con su “adicción” a los
efluvios del aguarrás. Confesaba que tenía “prohibido” echar abono a las flores
de Walter después de lo sucedido “la otra vez”. Entre algunas personas esa
forma de autodescrédito no sentaba bien, personas que percibían cierta
condescendencia en ello, como si Patty, al exagerar sus pequeños defectos,
pretendiera ostensiblemente no herir los sentimientos de amas de casa menos
expertas. Pero la mayoría de la gente consideraba sincera su modestia, o como
mínimo graciosa, y en todo caso no era fácil resistirse a una mujer por quien
tus propios hijos sentían tanto aprecio, y que recordaba no sólo los cumpleaños
de ellos sino también el tuyo, y entonces se presentaba ante tu puerta trasera
con una bandeja de galletas o una tarjeta de felicitación o lirios en un jarrón
de un todo a cien que, te decía, no tenías que molestarte en devolverle.
Se sabía que Patty se había criado en la
Costa Este, en un barrio residencial de las afueras de Nueva York, y había
recibido una de las primeras becas completas concedidas a una mujer para jugar
al baloncesto en la Universidad de Minnesota, donde, en su segundo curso, según
una placa colgada en la pared del despacho de Walter en casa, había sido
elegida jugadora del segundo equipo de la selección nacional. Algo curioso en
Patty, habida cuenta de su marcada inclinación por la vida familiar, era que en
apariencia no mantenía ningún contacto con sus raíces. Pasaba largas temporadas
sin moverse de Saint Paul, y se sospechaba que nunca la había visitado nadie
del este, ni siquiera sus padres. Si alguien le preguntaba a bocajarro por
ellos, contestaba que los dos hacían muchas cosas buenas para mucha gente: su
padre tenía un bufete en White Plains, su madre se dedicaba a la política, sí,
era miembro de la Asamblea Legislativa del estado de Nueva York. Luego asentía
con convicción y añadía: “en fin, sí, eso hacen”, como si el tema ya no diera
más de sí.
Lograr que Patty admitiera que el
comportamiento de alguien estaba “mal” podía considerarse un juego. Cuando
le contaron que Seth y Merrie Paulsen celebraban una fiesta de Halloween a lo
grande para sus gemelos y habían invitado a todos los niños de la manzana
excepto a Connie Monaghan, Patty se limitó a decir que eso era muy “raro”.
Cuando después se cruzó con los Paulsen en la calle, éstos le explicaron que se
habían pasado todo el santo verano intentando disuadir a Carol, la madre de
Connie Monaghan, de tirar colillas desde la ventana de su dormitorio a la
piscinita de los gemelos. “Eso es francamente raro -admitió Patty con un
cabeceo-, pero pensad que Connie no tiene la culpa.” Sin embargo, los Paulsen
no se conformaron con ese “raro”. Ellos aspiraban a “sociópata”, aspiraban a
“pasiva-agresiva ”, aspiraban a “mala”. Necesitaban que Patty eligiera uno de
esos epítetos y se lo aplicara a Carol Monaghan como hacían ellos, pero Patty
fue incapaz de ir más allá de “raro”, y los Paulsen, por su parte, se negaron a
incluir a Connie en su lista de invitados. Patty se enfadó tanto por esta
injusticia que la tarde de la fiesta llevó a sus propios hijos, junto con
Connie y una amiga del colegio, a visitar una granja de calabazas y a dar un
paseo en un carro de heno, pero lo peor que llegó a decir en voz alta sobre los
Paulsen fue que su mezquindad con una niña de siete años era muy rara.
Carol Monaghan era la única otra madre de
Barrier Street que llevaba allí tanto tiempo como Patty. Había llegado a
Ramsey Hill como resultado de lo que podría llamarse un programa de intercambio
de enchufes, ya que había sido secretaria de un alto cargo del condado de
Hennepin que la trasladó de distrito después de dejarla embarazada. Mantener a
la madre de tu hijo ilegítimo en la nómina de tu departamento: a finales de los
años setenta, esas cosas ya no se consideraban en consonancia con el buen
gobierno en la mayoría de jurisdicciones de las Ciudades Gemelas, el área
metropolitana de Minneapolis-Saint Paul. Carol se convirtió en una funcionaria
medio ausente, una de esas que se toman un descanso tras otro, adscrita al
registro municipal de permisos y licencias, mientras que, a cambio, una persona
tan bien relacionada como ella en Saint Paul fue contratada al otro lado del
río. La casa de alquiler de Barrier Street, contigua a la de los Berglund,
formaba parte del trato, cabía suponer; de lo contrario, no era fácil entender
por qué Carol había accedido a vivir en lo que por entonces era aún en esencia
un barrio degradado. En verano, una vez por semana, un chico de mirada vacía,
con un mono del departamento de Parques y Jardines, llegaba al anochecer en un
todoterreno sin distintivos y le cortaba el césped, y en invierno ese mismo
chico aparecía como de la nada para quitar la nieve de su acera.
A finales de los años ochenta, Carol era
la única persona de otro nivel que quedaba en la manzana. Fumaba
Parliament, se teñía de rubio, exhibía unas espeluznantes uñas como garras,
daba a su hija alimentos excesivamente procesados, y los jueves por la noche
llegaba a casa muy tarde (“es la noche libre de mamá”, explicaba, como si todas
las mamás tuvieran una), entraba con sigilo en casa de los Berglund, usando la
llave que ellos le habían dado, y recogía a Connie, que dormía en el sofá donde
Patty la había tapado con unas mantas. Patty había sido de una generosidad
implacable al ofrecerse a cuidar de Connie mientras Carol iba a trabajar o
hacía la compra o se dedicaba a sus asuntos de la noche del jueves, y Carol
había acabado dependiendo de ella para un sinfín de horas de canguro gratuitas.
Difícilmente habría escapado a la atención de Patty que Carol devolvía esta
generosidad actuando como si la hija de la propia Patty, Jessica, no existiese,
y mimando indebidamente a su hijo, Joey (“¿Qué? ¿No va a darme otro besazo este
galán irresistible?”), y arrimándose mucho a Walter en las fiestas del barrio,
con sus blusas vaporosas y sus tacones de camarera de bar de copas, elogiando
las proezas de Walter en las reformas de la casa y soltando estridentes
carcajadas ante todo lo que él decía; pero durante muchos años lo peor que
Patty decía de Carol era que las madres solteras tenían una vida difícil, y si
Carol se comportaba a veces de forma extraña con ella era seguramente por una
cuestión de orgullo.
En opinión de Seth Paulsen, que hablaba de
Patty un poco demasiado a menudo para gusto de su mujer, los Berglund eran
de esos progresistas hiperculpabilizados que necesitaban perdonar a todo el
mundo para que se les perdonara a ellos su propia buena suerte; que carecían
del valor necesario para asumir sus privilegios. Uno de los problemas de la
teoría de Seth era que los Berglund no eran unos privilegiados en absoluto; su
único bien conocido era la casa, que habían reformado con sus propias manos.
Otro problema, como Merrie Paulsen señaló, era que el progresismo de Patty
dejaba mucho que desear, por no hablar de su feminismo (se quedaba en casa con
su calendario de cumpleaños, horneando sus condenadas galletas), y parecía del
todo alérgica a la política. Si alguien le mencionaba unas elecciones o a un
candidato, la veía esforzarse en vano por mantener su alegría natural de
siempre, la veía alterarse y asentir más de la cuenta, demasiado sí, sí, sí.
Merrie, que tenía diez años más que Patty y los aparentaba del primero al
último, había sido miembro activo de Estudiantes por una Sociedad Democrática
en Madison y ahora era activísima representante de la fiebre del
Beaujolais nouveau. Cuando Seth, en una cena, mencionó a Patty por tercera
o cuarta vez, Merrie enrojeció de un color tinto nouveau y declaró
que en la supuesta buena vecindad de Patty Berglund no había la menor
conciencia en sentido amplio, ni la menor solidaridad, ni el menor contenido
político, ni la menor estructura fungible, ni el menor espíritu comunitario;
todo eran chorradas retrógadas de ama de casa, y la verdad, en opinión de
Merrie, si uno rascaba bajo la superficie de aparente amabilidad, podía
encontrar en Patty, para su sorpresa, algo duro y egoísta y competitivo y
reaganita. Saltaba a la vista que lo único que le importaba eran sus hijos y su
casa, no sus vecinos, ni los pobres, ni su país, ni sus padres, ni siquiera su
propio marido.
Y era innegable que Patty vivía pendiente
de su hijo varón. Pese a que Jessica era el motivo de orgullo más obvio
para sus padres -entusiasta de los libros, apasionada de la naturaleza,
flautista de talento, leal en el campo de fútbol, canguro muy solicitada, no
tan guapa como para que eso la deformara moralmente, admirada incluso por
Merrie Paulsen-, Joey era el niño de quien Patty hablaba continuamente. Con su
autodesprecio característico, risueña, como en confianza, vertía una carretada
de detalles sin filtrar sobre las dificultades que tenían Walter y ella con Joey.
Presentaba en forma de queja la mayoría de sus anécdotas, y sin embargo nadie
dudaba que adoraba al chico. Era como una mujer lamentándose de su novio guapo
pero gilipollas. Como si se enorgulleciera de que le pisoteara el corazón: como
si lo principal, quizá lo único, que le interesara dar a conocer al mundo fuera
su propia predisposición a aceptar ese pisoteo.
-Está comportándose como un auténtico
cabroncete -dijo una vez a las otras madres durante el largo invierno de las
Guerras a la Hora de Acostarse, en la época en que Joey reafirmaba su derecho a
irse a dormir a la misma hora que Patty y Walter.
-¿Tiene rabietas? ¿Llora? -preguntaron las
otras madres.
-¿Estáis de broma? -contestó Patty-. Ojalá
llorase. Una llorera sería algo normal, y tendría un principio y un fin.
-¿Qué hace, pues? -preguntaron las
madres.
-Pone en duda los fundamentos de nuestra
autoridad. Le ordenamos que apague la luz, pero su postura es que él no debería
estar obligado a dormirse hasta que nosotros apaguemos la nuestra, porque es
exactamente igual que nosotros. Y os lo juro por Dios, es como un reloj... cada
quince minutos... os juro que se queda ahí tumbado mirando el despertador, y
cada quince minutos grita: «¡Sigo despierto! ¡Sigo aquí despierto!» Con ese
tonillo de desprecio, o de sarcasmo... mira que es raro. Yo le suplico a Walter
que no pique, pero nada, llegamos otra vez a las doce menos cuarto, y ahí
tienes a Walter, en la habitación de Joey a oscuras, discutiendo una vez más
acerca de la diferencia entre los adultos y los niños, y de si una familia es
una democracia o una dictadura blanda, hasta que al final soy yo quien se
enrabieta, y entonces, tendida en la cama, empiezo a gimotear: «Basta ya, por
favor, basta ya.»
Merrie Paulsen no le veía ninguna gracia a
la anécdota de Patty. Más tarde, esa noche, mientras metía en el
lavavajillas los platos de la reunión, le comentó a Seth que no la sorprendía
que Joey no diferenciara claramente entre niños y adultos: por lo visto, su
propia madre no tenía del todo claro qué era ella, si niña o adulta. ¿Había
observado Seth que en las historias de Patty siempre era Walter quien imponía
disciplina, como si Patty fuese sólo una espectadora irresponsable cuya única
función era ser mona?
-Me pregunto si de verdad está enamorada
de Walter -reflexionó Seth con optimismo en voz alta, descorchando una última
botella-. Físicamente, quiero decir.
-El subtexto siempre es «mi hijo es
extraordinario» -continuó Merrie-. Siempre se queja de su gran capacidad de
atención.
-Bueno, para ser justos -señaló Seth-, eso
debe verse en el contexto de la tozudez del niño. Su infinita paciencia a la
hora de desafiar la autoridad de Walter.
-Cada palabra que Patty pronuncia sobre él
es una manera velada de alardear.
-¿Y tú no alardeas nunca? -preguntó Seth
con sorna.
-Quizá sí -respondió Merrie-, pero al
menos soy mínimamente consciente de la impresión que causo en los demás al
hablar. Y mi sentido de mi propia valía no se basa en lo extraordinarios que
son nuestros hijos.
-Eres la madre perfecta -insistió
Seth.
-No, ésa sería Patty -lo corrigió Merrie a
la vez que aceptaba más vino-. Yo sólo soy muy buena madre.
Joey lo tenía demasiado fácil, se quejaba
Patty. Con el pelo rubio como el oro, era guapo y parecía conocer de forma
innata las respuestas a todo examen que pudieran ponerle en el colegio, como si
llevara codificadas en el mismísimo adn las secuencias de opciones A, B, C y D
de las pruebas de opción múltiple. Se sentía anormalmente a gusto con vecinos
que le quintuplicaban la edad. Cuando su colegio o su manada de lobatos de los
boy scouts lo obligaban a vender dulces o números de rifa de puerta en puerta,
admitía con toda sinceridad que aquello era un «timo». Perfeccionó una sonrisa
de deferencia en extremo irritante ante juguetes o juegos que tenían otros
niños pero Patty y Walter se negaban a comprarle. Para borrarle esa sonrisa,
sus amigos insistían en compartir sus cosas, y así llegó a ser un crack de los
videojuegos, pese a que sus padres no eran partidarios de los videojuegos, y desarrolló
una familiaridad enciclopédica con la música urbana de la que sus padres
protegían sus oídos preadolescentes con tanto afán. No tendría más de once o
doce años cuando una noche, en la cena, sin querer o adrede, llamó «hijo» a su
padre, o eso contó Patty.
-No veas lo mal que le sentó a Walter -les
dijo a las otras madres.
-Así es como hablan ahora los adolescentes
entre ellos -comentaron las madres-. Cosas del rap.
-Eso dijo Joey -respondió Patty-. Dijo que
no era más que una palabra, y ni siquiera una palabrota. Y por supuesto Walter
se permitió discrepar. Y yo, allí sentada, pienso: «Wal-ter, Wal-ter, no le
sigas el juego, no sirve de nada discutir»; pero no, él tiene la necesidad de
explicarle que si bien «chico», por ejemplo, no es una palabrota, no puede
decírsele a un hombre mayor, y menos a un negro, pero, claro, el problema con
Joey es que se niega a admitir que exista una diferencia entre niños y personas
mayores, y al final Walter acaba diciéndole que se queda sin postre, y Joey
responde que de todos modos tampoco lo quiere, que en realidad ni siquiera le
gustan mucho los postres, y yo, allí sentada, pienso: «Wal-ter, Wal-ter, no le
sigas el juego», pero Walter no puede evitarlo: necesita demostrarle a Joey que
en realidad le encantan los postres. Pero Joey no acepta polemizar con Walter.
Miente descaradamente, claro, pero afirma que sólo repite postre porque es la
costumbre, no porque le guste de verdad, y el pobre Walter, que no soporta que
le mientan, dice: «Vale, si no te gustan, a ver qué te parece quedarte un mes
entero sin postre.» Y yo pienso, «Uy, Wal-ter, Wal-ter, esto no va a acabar
bien», porque la respuesta de Joey es «Me quedaré un año entero sin postre, no
volveré a comer postre en la vida, excepto por educación en otras casas», lo
que, curiosamente, es una amenaza creíble: es tan tozudo que es muy capaz. Y yo
salgo con que: «Eh, chicos, tiempo muerto, el postre es un grupo alimentario
importante, no nos pasemos», cosa que mina al instante la autoridad de Walter,
y como toda la discusión giraba en torno a su autoridad, me las he apañado para
echar por tierra todos los avances que él había conseguido.
La otra persona que quería a Joey con
locura era Connie, la niña Monaghan. Era una personita seria y callada con
el desconcertante hábito de sostenerte la mirada sin parpadear, como si no
tuviera nada en común contigo. Por las tardes, era parte integrante de la
cocina de Patty, donde se afanaba en moldear masa de galletas en esferas
geométricamente perfectas, poniendo tal empeño que la mantequilla se derretía y
la masa adquiría un brillo oscuro. Patty formaba once bolas por cada una de
Connie, y cuando salían del horno, Patty nunca dejaba de pedirle permiso a
Connie para comerse la galleta «de verdad sobresaliente» (la más pequeña, la
más plana, la más dura). Jessica, que era un año mayor que Connie, no parecía
tener inconveniente en ceder la cocina a la hija de la vecina mientras ella
leía libros o jugaba con sus terrarios. Connie no suponía la menor amenaza para
una niña tan equilibrada como Jessica. Connie no tenía noción de totalidad:
ella era todo profundidad, sin amplitud. Cuando coloreaba, se abstraía
saturando una o dos áreas con un rotulador y dejaba el resto en blanco, ajena a
las alentadoras e insistentes sugerencias de Patty para que probara otros
colores.
La absoluta dedicación de Connie a Joey
pronto fue evidente para todas las madres del barrio excepto, al parecer,
para Patty, quizá por su propia dedicación a él. En Linwood Park, donde a veces
Patty organizaba actividades deportivas para los niños, Connie se quedaba
sentada sola en la hierba y confeccionaba collares con flores de trébol para
nadie, dejando correr los minutos hasta que Joey bateaba o avanzaba con el
balón de fútbol, despertando su interés momentáneamente. Era como una amiga
imaginaria que daba la casualidad de que era visible. Joey, con su precoz
dominio de sí mismo, rara vez consideraba necesario tratarla mal delante de sus
amigos, y Connie, por su parte, cuando quedaba claro que los chicos se marchaban
a hacer cosas de chicos, sabía que le convenía más retraerse y esfumarse sin
reproches ni súplicas. Siempre le quedaba el día de mañana. Durante mucho
tiempo, siempre le quedaba también Patty, de rodillas entre sus hortalizas o
subida a una escalera con una camisa de lana salpicada de pintura, entregada a
la sisífica labor del mantenimiento de la casa victoriana. Si Connie no podía
estar cerca de Joey, podía al menos serle útil haciéndole compañía a su madre
en su ausencia.
-¿Cómo llevamos los deberes? -preguntaba Patty desde la escalera-. ¿Necesitas ayuda?
-¿Cómo llevamos los deberes? -preguntaba Patty desde la escalera-. ¿Necesitas ayuda?
-Ya me ayudará mi madre cuando
llegue.
-Estará cansada, será tarde. Podrías
sorprenderla y tenerlo ya todo hecho. ¿Quieres?
-No, esperaré.
Cuándo exactamente Connie y Joey empezaron
a follar, nadie lo sabía.Seth Paulsen, sin pruebas, sólo por escandalizar a la
gente, se complacía en opinar que fue cuando Joey tenía once años y Connie
doce. Las especulaciones de Seth se centraban en la intimidad propiciada por un
fuerte que Walter le había ayudado a construir a Joey en lo alto de un viejo
manzano silvestre del descampado. Ya a finales de octavo, el nombre de Joey
empezaba a salir en las respuestas de los niños del vecindario cuando sus
padres, con forzada naturalidad, los interrogaban sobre el comportamiento
sexual de sus compañeros de colegio, y más tarde Jessica probablemente se había
dado cuenta de algo, en los últimos días de ese verano; de pronto, sin decir
por qué, comenzó a tratar con chocante desdén a Connie y a su hermano. Pero
nadie los vio andar juntos por ahí hasta el siguiente invierno, cuando se
embarcaron en un negocio.
Según Patty, la lección que Joey había
aprendido de sus continuas discusiones con Walter era que los niños se veían
obligados a obedecer a sus padres porque eran los padres quienes tenían el
dinero. Eso se convirtió en un ejemplo más de la excepcionalidad de Joey:
mientras que las otras madres se lamentaban de lo autorizados que se sentían
sus hijos a exigir dinero, Patty presentaba cómicas caricaturas de lo mucho que
mortificaba a Joey tener que suplicarle financiación a Walter. Los vecinos que
contrataban los servicios de Joey sabían que paleaba nieve y rastrillaba hojas
con asombrosa diligencia, pero en el fondo, según Patty, detestaba la escasa
paga y consideraba que retirar la nieve del camino de acceso de un adulto lo
ponía en una relación poco deseable con dicho adulto. Los ridículos métodos
para ganar dinero propuestos en las publicaciones de los boy scouts -vender
suscripciones para la revista de puerta en puerta, aprender trucos de magia y
ofrecer funciones de magia cobrando la entrada, adquirir instrumental de
taxidermia y disecar la lucioperca por la que el vecino había ganado un premio
de pesca- apestaban todos por igual a servilismo («Soy un taxidermista al servicio
de la clase dominante») o, peor aún, a beneficencia. Y por tanto,
inevitablemente, en su afán por liberarse de Walter, se vio atraído hacia la
actividad empresarial.
Alguien, tal vez incluso la propia Carol
Monaghan, pagaba las mensualidades de Connie en una pequeña escuela
católica, Saint Catherine's, donde las niñas vestían de uniforme y tenían
prohibida toda clase de joyas salvo una sortija («sencilla, únicamente de
metal»), un reloj de pulsera («sencillo, sin piedras preciosas») y un par de
pendientes («sencillos, únicamente de metal, de un centímetro y medio de largo
como máximo»). Dio la casualidad de que una de las niñas de noveno más
admiradas del colegio de Joey, el Central High, había ido de viaje a Nueva York
con su familia y había traído de allí un reloj barato, muy apreciado a la hora
del almuerzo, en cuya correa amarilla de aspecto masticable un vendedor
ambulante de Canal Street había termoestampado, a petición de la niña, unas
pequeñas letras de plástico de color rosa caramelo que componían el título de
una canción de Pearl Jam, DON'T CALL ME DAUGHTER, «No me llames hija». Como el
propio Joey contaría después en sus solicitudes de plaza a las universidades,
tomó de inmediato la iniciativa de investigar quién era el proveedor mayorista
de aquel reloj y cuánto costaba una termoestampadora. Invirtió cuatrocientos
dólares de sus propios ahorros en el equipo, hizo una correa de plástico de
muestra para Connie («READY FOR THE PUSH», rezaba: «Lista para el empujón») con
la idea de que la exhibiera en Saint Catherine's, y luego, empleando a Connie
como mensajera, vendió relojes personalizados nada menos que a una cuarta parte
de sus compañeras de escuela, a treinta dólares la pieza, hasta que las monjas
se percataron y rectificaron el código indumentario a fin de prohibir las
correas de reloj con texto estampado. Cosa que, naturalmente -como Patty contó
a las otras madres-, a Joey le pareció indignante.
-No hay razón para indignarse -dijo
Walter-. Tú te beneficiabas de una restricción artificial del comercio. No vi
que te quejaras de las normas cuando te favorecían.
-Hice una inversión. Corrí un
riesgo.
-Te aprovechabas de una laguna legal, y
ellas han subsanado esa laguna. ¿Es que no lo viste venir?
-¿Y tú por qué no me avisaste?
-Sí te avisé.
-Sólo me avisaste de que podía perder
dinero.
-Bueno, y ni siquiera has perdido dinero.
Sencillamente no has ganado tanto como esperabas.
-Aun así, es dinero que debería haberme
embolsado.
-Joey, ganar dinero no es un derecho.
Estás vendiendo quincalla que en realidad esas niñas no necesitan y que
posiblemente algunas de ellas ni siquiera puedan permitirse. Por eso el colegio
de Connie impone un código indumentario: es lo más justo para todos.
-Ya, para todos menos para mí.
Por la manera en que Patty contó esta
conversación, riéndose de la indignación inocente de Joey, Merrie Paulsen vio
claro que Patty aún no tenía la menor sospecha de lo que hacía su hijo con
Connie Monaghan. Para cerciorarse, Merrie sondeó un poco. ¿Sabía Patty qué
sacaba Connie a cambio de sus esfuerzos? ¿Trabajaba a comisión?
-Ah, sí, le dijimos que debía darle la
mitad de las ganancias -contestó Patty-. Pero lo habría hecho de todos
modos.
Siempre ha tenido una actitud muy
protectora con ella, pese a que es menor.
-Es como un hermano para ella...
-No creas -bromeó Patty-; la trata mucho
mejor. Pregúntale a Jessica cómo es ser hermana de Joey.
-Ja, sí, claro. Ja, ja -rió Merrie.
Hablando con Seth más tarde, ese mismo
día, Merrie le dio el parte:
-Por asombroso que parezca, no tiene ni
idea.
-Considero que recrearse en la ignorancia
de otros padres es un error -respondió Seth-. Es tentar al destino, ¿no te
parece?
-Lo siento, pero es una anécdota
deliciosa: tiene mucha gracia. Ya te ocuparás tú de no regodearte y de mantener
a raya el destino.
-Me da pena por ella.
-Pues lo siento, pero yo lo encuentro
divertidísimo.
Hacia finales de ese invierno, en Grand
Rapids, la madre de Walter sufrió una embolia pulmonar y se desplomó en el
suelo de la boutique de ropa de mujer donde trabajaba. En Barrier Street
conocían a la señora Berglund por sus visitas en Navidad, en los cumpleaños de
los niños, o en su propio cumpleaños, cuando Patty la llevaba a una masajista
del barrio y la colmaba de regaliz y nueces de macadamia y chocolate blanco,
sus antojos preferidos. Merrie Paulsen la llamaba, sin la menor maldad, «Miss
Bianca», por la ratona con gafas de los cuentos infantiles de Margery Sharp. Su
rostro, en otro tiempo hermoso, tenía un aspecto apergaminado, y le temblaban
la mandíbula y las manos, una de las cuales se le había quedado muy atrofiada a
causa de una artritis infantil. Se había consumido, estragado físicamente,
decía Walter con amargura, debido a toda una vida de duro trabajo al servicio
del borracho de su padre, en el motel de carretera que tenían cerca de Hibbing,
pero ella se empeñaba en conservar la independencia y un aire elegante en su
viudez, y por tanto seguía yendo a la boutique al volante de su viejo Chevy
Cavalier. Ante la noticia de la embolia, Patty y Walter partieron sin pérdida
de tiempo rumbo al norte, dejando a Joey bajo la supervisión de su desdeñosa
hermana mayor. Fue poco después del subsiguiente festival de polvos
adolescentes que Joey llevó a cabo en su habitación en manifiesto desafío a
Jessica, y que sólo concluyó con la repentina muerte y entierro de la señora
Berglund, cuando Patty se convirtió en una vecina muy distinta, una vecina
mucho más sarcástica.
-Ah, Connie, sí -era ahora su cantinela-,
tan buena chica, tan calladita e inofensiva, con una madre tan formal. Por
cierto, me he enterado de que Carol tiene un novio nuevo, todo un macho, y ella
le dobla la edad poco más o menos. ¿No sería una verdadera lástima que se
mudaran ahora a otro sitio, con todo lo que ha hecho Carol para alegrarnos la
vida? Y Connie... uf, vaya si la echaría de menos también a ella. Ja, ja. Con
lo calladita y buena y agradecida que es...
Patty tenía un aspecto lamentable: pálida,
falta de sueño, desnutrida. Había tardado muchísimo en empezar a aparentar su
edad, pero ahora por fin Merrie Paulsen veía recompensada su espera.
-Podemos afirmar sin temor a equivocarnos
que lo ha descubierto -le dijo Merrie a Seth.
-Han raptado a su cachorro: no podría
haber crimen más atroz -comentó Seth.
-Se lo han raptado, exacto -convino
Merrie-. El pobre Joey, inocente e intachable, secuestrado por ese pequeño
portento de inteligencia de la casa de al lado.
-Bueno, tiene un año y medio más.
-Eso según el calendario.
-Tú dirás lo que quieras -observó Seth-,
pero Patty quería de verdad a la madre de Walter. Tiene que estar muy
apenada.
-Sí, ya lo sé, ya lo sé. Seth, lo sé. Y
ahora puedo sentir sincera lástima por ella.
Otros vecinos más cercanos a los Berglund
que los Paulsen informaron de que Miss Bianca había dejado en herencia su
pequeña ratonera, a orillas de un lago menor próximo a Grand
Rapids, únicamente a Walter, excluyendo a sus dos hermanos. Según
contaron, hubo ciertas discrepancias entre Walter y Patty en cuanto a qué hacer
al respecto, ya que Walter quería vender la casa y repartir las ganancias entre
él y sus hermanos, y Patty insistía en que debía respetar la última voluntad de
su madre: premiarlo por ser el hijo bueno. El hermano menor era militar de
carrera y vivía en el Mojave, en la base aérea, mientras que el mayor se había
pasado toda su vida adulta perseverando en el proyecto de su padre, que
consistía en entregarse inmoderadamente a la bebida y tener a su madre por
completo abandonada salvo para explotarla económicamente. Walter y Patty
siempre habían llevado a los niños a ver a la abuela durante una o dos semanas
en verano, invitando a menudo a una o dos amigas de Jessica, que describían la
finca como rústica y boscosa y sin más bichos de la cuenta. Quizá por
consideración a Patty, que parecía haberse entregado también inmoderadamente a
la bebida -por la mañana, cuando salía al camino de acceso a recoger el New
York Times con su faja azul y el Star Tribune con su faja verde, su tez era un
gran manchurrón de color chardonnay-, Walter accedió finalmente a quedarse con
la casa para pasar las vacaciones allí, y en junio, en cuanto acabaron las
clases, Patty se llevó a Joey al norte para que la ayudara a vaciar los cajones
y limpiar y pintar mientras Jessica permanecía en casa con Walter y hacía un
curso complementario de poesía.
Ese verano, varios vecinos, entre los que
no se contaban los Paulsen, llevaron a sus hijos de visita a la casa del
lago. Encontraron a Patty mucho más animada. A su regreso, un padre invitó
a Seth Paulsen, en privado, a imaginársela bronceada y descalza, con un bañador
negro y unos vaqueros sin cinturón, un look muy del agrado de Seth. En público,
todos comentaron lo atento y poco esquivo que estaba Joey, y lo bien que
parecían pasárselo allí Patty y él. Habían obligado a todos los visitantes a
jugar con ellos a un complicado juego de mesa que llamaban «Asociaciones».
Patty se quedaba por las noches hasta tarde delante del mueble televisor de su
suegra, entreteniendo a Joey con su intrincado conocimiento de las comedias de
productoras independientes de los años sesenta y setenta. Joey, que descubrió
que su lago no aparecía en los mapas locales -en realidad era una charca grande
donde sólo había una casa más-, lo bautizó Sin Nombre, y Patty pronunciaba el
nombre con ternura, con sentimentalismo, «nuestro lago Sin Nombre». Seth
Paulsen se enteró de que Joey trabajaba largas jornadas allí, desatascando los
canalones y raspando pintura y desbrozando, y se preguntó si acaso Patty le
daría una sustanciosa paga por sus servicios, si eso formaría parte del trato.
Pero nadie lo sabía.
En cuanto a Connie, casi siempre que los
Paulsen miraban por una ventana orientada hacia la casa de las Monaghan, la
veían allí, esperando.
Articulo : http://www.elcultural.es 30/09/2011

