dimanche 30 octobre 2011

Charles SIMIC/ El arte perdido de mandar postales


Artículos
El arte perdido de mandar postales
Por Charles SIMIC

En las vacaciones los buzones solían llenarse de postales enviadas por amigos o familiares desde los más variados rincones del mundo. En tiempos de correo electrónico y mensajes instantáneos, ¿qué ha quedado de esa vieja tradición?

Ya estamos en agosto y en lo que va del verano solo he recibido una postal. Me la envió un amigo europeo que –según deduje por la estampilla– viajaba por Mongolia y se limitó a darme un saludo y firmar con su nombre. Del otro lado, una fotografía a color mostraba un desierto dividido por colinas con parches, sin ninguna insinuación de vegetación o el menor indicio de vida. Ahí mismo, en caracteres ilegibles para mí, estaba escrito el nombre del lugar. Me alegró inmensamente recibir una postal, incluso una así de enigmática. Esta pieza de correo, abandonada en la recepción de un hotel, en un buzón o en la oficina postal hizo un viaje desconocido y seguramente arduo en camión, tren, camello, burro –o lo que fuera– y finalmente en avión, para llegar a mi casa, pensé.

Hasta hace algunos años, difícilmente pasaba un día del verano sin que el cartero trajera una postal de un amigo o conocido que estaba de vacaciones. Hoy en día, lo más probable es que recibas un correo electrónico con una fotografía o, si son tus nietos los que viajan, un breve mensaje diciendo que su vuelo se retrasó o que ya llegaron a su destino. Lo increíble de las postales era su inmensa variedad. No solo era probable encontrar en el correo la torre Eiffel, el Taj Mahal o cualquier otra atracción turística famosa; también era posible recibir alguna postal con la foto de una cafetería de carretera en la mitad de Iowa, el cerdo más grande de alguna feria del sur de Estados Unidos o incluso una funeraria ofreciendo la excelencia profesional que le ha merecido buena reputación entre sus clientes por más de cien años. Casi todos los negocios en Norteamérica, desde un fotógrafo de perros hasta un sofisticado resort & spa, solían tener su propia postal. En mi experiencia, las personas con el hábito de mandar este tipo de tarjetas se podrían dividir en aquellas que escogen imágenes convencionales de lugares famosos y quienes se deleitan mandando imágenes cuyo mal gusto garantiza conmoción o risas. 

Entiendo el impulso. Cuando estás en Roma, todos en casa esperan una postal del Coliseo o del techo de la Capilla Sixtina: mándales en cambio una pizzería de barrio con cinco mesas pequeñas y tres plantas de interior, en la que aparezca el anciano dueño junto a su mujer, ambos limpiándose las manos en sus delantales con amplias sonrisas. Los amantes de las postales pintorescas y kitsch pasan todas sus vacaciones buscando un ejemplar especialmente escandaloso para entretener a sus amigos, mientras sus cónyuges consultan guías turísticas serias y caminan por horas con los ojos aguados en algún museo lleno de importantes cuadros y esculturas.

Una vez encuentran la postal adecuada, se enfrentan al problema de qué escribir al respaldo. No es suficiente un saludo convencional. Algunos detalles del viaje y unas cuantas opiniones acerca del país que visitan estarían bien, pero aún mejor es inventarse algo ingenioso, pues cada postal se escribe con una persona particular en mente. Sin lugar a dudas, se escribe de forma distinta para los amigos y para los padres, quienes siempre temen lo peor cuando uno está lejos. Así, al sentarse a mandar noticias a casa, es tentador hacer algo no convencional y usar el escaso espacio asignado a la escritura para divertirse un poco:

Queridos mamá y papá:

Perdimos hasta el último centavo, y llevamos las tarjetas de crédito al tope en Las Vegas, y hemos estado haciendo autostop desde entonces. De vez en cuando pasamos la noche en la cárcel para aprovechar la comida local que sirve la policía de Texas. Les gustará escuchar que un sacerdote arrestado por manejar borracho, con quien compartimos celda hace poco, nos dijo que nos vemos como una pareja de mártires de la primera etapa del cristianismo.

A diferencia de lo que pasa con la escritura epistolar, nunca ha habido, y nunca podría haber, una antología de la mejor escritura postal, ya que cuando la gente colecciona postales suele ser por motivos diferentes a su calidad literaria. Si existiera un libro tal, estoy seguro de que contendría cientos de obras maestras anónimas de este arte minimalista. A diferencia de las cartas, las postales exigen una concisión verbal que puede ascender a un alto nivel de elocuencia: breves y conmovedores atisbos de la existencia de alguien, además de innumerables anécdotas, tan divertidas como bien contadas. De vez en cuando es posible descubrir en las tiendas de antigüedades y de libros usados cajas llenas de postales viejas, valoradas por su antigüedad, sus imágenes y sus estampillas. Por lo general, los textos contenidos en ellas aparecen en una tinta descolorida y difícil de leer. Le recomiendo a cualquier persona con bastante tiempo que lea una buena cantidad de ellas. Mucho después de que los teléfonos dejaran de ser una novedad, las postales continuaron siendo usadas por personas con ingresos modestos para transmitir noticias familiares importantes. Una vez encontré una que decía:

Francis Brown murió anoche, el funeral es el martes.

Eso era todo. La imagen del otro lado era un famoso caballo de carreras de los años veinte, de tal forma que inmediatamente me imaginé al señor Brown con un sombrero de paja, un bastón entre sus guantes y un clavel en la solapa, mientras paraba a tomar cerveza en una taberna, antes de tomar un tranvía para ir al hipódromo en Boston o San Francisco.

Entonces, querido lector, si en tus recorridos diarios te encuentras por casualidad en un café o un restaurante a una pobre alma sentada sola mirando una postal y luchando visiblemente con las palabras, siente pesar por él o ella: hace parte de los últimos de una especie. Lo más probable es que ronde los cincuenta años o esté en la tercera edad, y sea presa, desde ya, del nerviosismo y las preocupaciones a los que se enfrentan los más viejos. Sin embargo, puede que éste sea un momento de tregua, mientras se sienta ahí, lamiendo con alegría una estampilla y mirando al exterior en busca de un buzón para mandar lo que podría ser la última postal que escriba en su vida; esta vez con una foto de tu hermoso pueblo o ciudad y un mensaje que podría ser interesante o absolutamente bochornoso leer, pero que con seguridad será bienvenido por su receptor desconocido, bien sea en el estado fronterizo o a muchas zonas horarias de distancia en algún otro continente, en un lugar que tú y yo no podemos ni siquiera imaginar.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Septiembre 2011

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