dimanche 9 octobre 2011

Con-fabulación periódico Virtual / No 200, Literatura extraliteraria‏



Con-fabulación periódico Virtual
No 200, Literatura extraliteraria


Literatura extraliteraria
Por José Luis Díaz-Granados*

A veces nos sorprendemos cuando descubrimos que algunos de nuestros escritores predilectos han sido (o son) oficiantes o profesionales de algo que nada tiene que ver con la literatura.

Por ejemplo, cuando nos enteramos que Wallace Stevens, el admirado autor de El hombre de la guitarra triste y Las auroras de otoño, era vicepresidente de una compañía de seguros; que William Carlos Williams era médico pediatra, que Juan Benet era ingeniero de caminos, canales y puertos, o que Jaime Gil de Biedma era exportador de tabaco en Filipinas, para no hablar de Rimbaud, contrabandista de armas en África o de Francois Villon, ladrón, salteador de caminos y bandolero.

Pero aún más sorprendente resulta encontrarse con libros, folletos o páginas dispersas, cuyos temas en nada se acercan al arte literario y que sin embargo han sido producidos por escritores reconocidos. Es el caso de Daniel Defoe (1661-1731), el célebre autor de Robinson Crusoe, hombre multifacético que negoció con licores, tabacos, tejidos, ostras, pipas y rapé, que fue inversionista en barcos mercantes, administrador del sistema monetario inglés y agente secreto de la Corona. Publicó trescientos libros, de los cuales escasamente recordamos, además del ya citado, a Moll Flanders y El diario del año de la peste; pero entre los doscientos noventa y siete restantes, encontramos uno que trata sobre la emancipación de la mujer, otro sobre la construcción de unos caminos y otro contra las leyes británicas, “Leyes-telarañas que atrapan a las moscas pequeñas y dejan pasar a las grandes”. También escribió sobre el maltrato de los ingleses a los inmigrantes de Holanda y una Guía completa para el éxito en los negocios.

El genial Víctor Hugo (1802-1885), cumbre de la literatura francesa del siglo XIX con obras fundamentales como Nuestra Señora de París y Los miserables, en la narrativa, y Las contemplaciones y Los cantos del crepúsculo, en la poesía, escribió libros emocionales que sólo sirvieron para incrementar su ya copiosa bibliografía, pero que en nada contribuyeron a su grandeza: Napoleón el pequeño, El papa (panfleto contra el Vaticano), y El arte de ser abuelo.

Por su parte, George Bernard Shaw (1856-1951), notable dramaturgo irlandés en cuyas obras satirizaba la ambiciosa aristocracia británica y recreaba la mediocridad de la clase media —Casas de viudos, Pygmalión, Santa Juana, etc.—, las cuales le hicieron acreedor del Premio Nobel en 1925, escribió también infinidad de libros y folletos de propaganda a los hábitos vegetarianos y la filosofía política de la Sociedad Fabiana, un grupo precursor del actual partido laborista, que propiciaba un socialismo gradual y pacífico a través del ideal moral.

El padre de la poesía romántica en Colombia, Rafael Pombo (1833-1912), autor de versos inolvidables como “es la vejez viajera de la noche” y sus famosas fábulas y cuentos para niños, escribió al final de su vida innumerables textos en prosa y en verso dedicados exclusivamente a promover la medicina homeopática.

Dos años después de conquistar la celebridad con Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll, pastor y matemático, publicó un Tratado elemental de los determinantes, que a pesar del título es bastante difícil de digerir.

Pero aún más paradójico resultó el caso de Jorge Isaacs (1837-1895), quien después de haber publicado la inmortal novela romántica María (1867), abandonó la lírica para siempre y se dedicó a escribir tratados sobre el proceso de formación del carbón, estudios sobre las tribus indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta y una memoria sobre su experiencia de insurgente popular titulada La revolución radical en Antioquia.

El poeta norteamericano Ezra Pound (1885-1972), autor de varios volúmenes de Cantos, que le aseguraron un sitio preeminente en la literatura contemporánea, dedicó mucho tiempo de su larga vida a la investigación de los diversos sistemas monetarios. Defensor acérrimo de Mussolini, en sus alocuciones radiales desde Roma pedía a los italianos oponerse con todas sus fuerzas a la entrada de las tropas estadounidenses. Al final de la guerra, claro, fue detenido, juzgado y condenado a muerte por traición. Ante el clamor universal, sus jueces lo declararon “demente”, lo encerraron en una jaula y luego vivió confinado doce años en un manicomio de Washington. Nutrido en la poesía de Catulo y Dante, Pound inyectó vigor y plenitud a la lengua anglosajona y de allí nació buena parte de la poesía moderna. Eso hace que sus admiradores echemos al olvido libros aburridos e inútiles como el ABC de la economía y sobre todo Jefferson y Mussolini, entre otros.

Aquiles Nazoa, poeta venezolano muy conocido gracias a sus versos elaborados con un ingenio poco común, como aquellos que dicen: “A un indio del Perú, ya en su vejez, / le salieron los dientes otra vez. / Falta ahora saber / si también va a salirle qué comer”, y a un bello libro titulado Cuba, de Martí a Fidel Castro, publicado en 1961, escribió obras sobre los usos de la electricidad, el gusto y el regusto de la cocina y algunas guías turísticas. Caso parecido al del colombiano Jorge Zalamea (1905-1969), el mejor traductor al español de la poesía de Saint-John Perse y autor del hermoso poema barroco El Gran Burundún ha Burundá ha muerto, quien comenzó su carrera de escritor publicando unas aburridas monografías sobre la industria nacional, el Departamento de Nariño y la reforma educativa de 1936.

Lo curioso de todo esto es que ningún escritor, por escrupuloso que sea con su oficio creador, puede sustraerse a esta suerte de herejía o disidencia literaria, porque además ya se ha vuelto tan corriente en cada autor que el no hacerlo puede crearle cierta aureola “extraliteraria”. Vea, pues!

*José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946), poeta, novelista y periodista cultural. Su novela Las puertas del infierno (1985), fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. Su poesía se halla reunida en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).

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Dos Poemas de Breyten Breytenbach
Traducción de Olga Rojas

Breytenbach, poeta, ensayista, pintor y activista de los derechos humanos, nació en Sudáfrica en 1939. Reconocido como el mejor exponente de la literatura en lengua afrikáner, y como uno de los mejores poetas vivos del mundo. Fue la figura destacada en el Festival de Literatura de Bogotá, 2010. En la actualidad dirige el Instituto Gorée en Senegal, centro para la democracia, el desarrollo y la cultura africana.

En el mes de su natalicio presentamos un poema de su más reciente publicación "Fin de una Voz", dedicada por completo al poeta palestino Mahmoud Darwish; y un poema inédito que llega a sus lectores primero en lengua castellana.

9
y digo: si muriera antes que tú
te encomendaría lo imposible
pregunto: ¿aún está lejana la noche?
contestas: la generación siguiente
tomará ventaja
del vientre de la bailarina ciega
y digo: ¿y si muero antes que tú?
contestas: entonces acariciaré las colinas de Galilea
como a ballenas muertas cubiertas de luna
cuando el trovador ciego vomite su métrica
vagando entre libros
y escribes: “la belleza es para
conseguir lo imprescindible”
o: “nunca olvides
si muero antes que tú
que te confío lo imposible”

POLVO
amigo: ¿a quién debemos dirigir estas escrituras?
¿quién robó al mañana su movimiento-sueño de vivir
para dejarnos solamente con ayeres descendentes?
¿por qué la sal de nuestros pescados es ahora ceniza?
¿y puede el arte del payaso, entramado de palabras, salvarnos
ahora que el planeta expele y castiga
y la luna irrumpe como una piedra de su pozo?
amigo: ¿a dónde se dirige la cometa
con esas flores de papel que tiemblan al viento
y por qué se sostiene tan queda
en la respiración de la historia?

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Carta abierta a los artistas del pacifico
de los pintores vallecaucanos mayores de 45 años

Como ha venido planteándose desde hace varios días un debate serio sobre el papel de los museos en Colombia, nosotros, algunos y algunas artistas del Valle del Cauca queremos debatir sobre un museo que toca nuestras fibras: La Tertulia de Cali y el papel que representa como ente difusor del arte y su historia en la región.

Ante todo queremos recordar que un Museo tiene como sentido fundamental investigar, mostrar al público y formar en torno a las expresiones artísticas que han hecho y hacen parte vital de la historia. Un Museo debe ser un recinto donde el estudio, la dedicación y el conocimiento de sus expertos hagan visibles los valores más representativos y den a conocer tendencias, lenguajes y momentos, teniendo en cuenta los criterios de calidad, pertinencia y equidad que se requieren para preservar la memoria y para darle el lugar que se merece al patrimonio cultural que es propiedad de todos y todas.

Según un boletín de prensa que circula actualmente en las páginas del Museo se lee lo siguiente: “El Museo La Tertulia con su proyecto PAPEL fue el ganador de la Región Pacífico en la convocatoria realizada por el Ministerio de Cultura de Colombia para el desarrollo de un ciclo de exposiciones individuales con artistas jóvenes o emergentes de la región”. Acá hacemos al Museo las siguientes preguntas: ¿Qué es ser un artista joven? ¿Que es ser un artista emergente? ¿Cómo y a partir de qué criterios se definen esos parámetros?

Al parecer un curador, que lleva más de 40 años en la burocracia del Museo, es quien tiene la sabiduría y el poder para determinar que ser “Artista Joven” es tener “entre 25 y 45 años”, y es quien establece además que todos aquellos artistas de más de 45 años “ya tuvieron la oportunidad”, sin que hasta el momento ninguno de nosotros y nosotras tengamos ni una pequeña idea de cual es esa grandiosa oportunidad a la que él se refiere.

Si bien en anteriores épocas el Museo desarrolló importantes actividades de fomento a las artes gráficas y al arte en soporte de papel, siempre lo ha hecho sin apertura, teniendo en cuenta el mismo círculo de artistas y desconociendo a un sinnúmero de valiosos exponentes de la obra gráfica nacidos en el Valle del Cauca. Ya es hora de que el publico vallecaucano pueda conocer la obra de sus buenos artistas, que llevan una trayectoria de muchos años, que cuentan con premios internacionales y quienes son ampliamente reconocidos en otras latitudes pero no en su propia región. Precisamente porque la entidad encargada de mostrarlos ¡ha sido cerrada y excluyente!

¡Que los curadores del Museo se tomen el trabajo, si es que de verdad sienten pasión por su oficio, de encontrarlos y mostrarlos con orgullo! Esa es la razón de ser de su trabajo como curadores: hacer recorridos por la historia del arte vallecaucano y por el trabajo de quienes han ayudado a construirla. Muchos y muchas importantes artistas han quedado a lo largo de la existencia del Museo por fuera de sus pesquisas y de sus proyectos.

Según ese mismo boletín de prensa: “PAPEL, es el nombre del ciclo de exposición y es también el marco conceptual para este proyecto curatorial en cabeza de la curadora Verónica Wiman. Esta convocatoria y futuras exposiciones son un ensayo pedagógico para informar a la comunidad artística sobre el perfil del acervo del Museo La Tertulia”.

¿Será que la comunidad artística esta integrada solo por artistas de 25 a 45 años? Protestamos por ese “perfil del acervo” que se le quiere dar al Museo, que es un perfil inexistente ya que no representa a comunidad alguna y por el contrario ha venido desde siempre cerrando espacios precisamente a quienes más conocimiento tienen. ¿Es un verdadero proyecto pedagógico aquel que descalifica y excluye el trabajo de las y los artistas mayores de los 45 años, que precisamente son aquellos que ya tienen un trabajo maduro y serio?

Mientras tanto, el jurado calificador está conformado por tres curadores, quienes muy probablemente no están en el rango de los 25 a 45 años, que además son protagonistas de primera fila desde hace muchos años en el museo, ya que a nadie se le ha ocurrido el desatino de excluirlos por su edad, a pesar de que muy seguramente una renovación en este campo refrescaría el panorama artístico regional.

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Sucumbiendo ante las primeras tentaciones
Por Eduardo Tovar Murcia*

Leídas las trece historias que componen el libro de Heider Rojas, Primeras tentaciones, no queda más que agradecer por la gran factura de sus cuentos.

Son trece ficciones que sumergen al lector en una escritura particular, en un universo literario bien definido por sus propias reglas, que exigen de quien entra en ellas su máxima atención y su agudeza más fina. Desde el primer cuento, “Llamen al Payaso”, hasta el último, “La Central de Voces”, se aprecia el rigor con que se narra.

Y eso se agradece porque en el actual panorama de la literatura colombiana, a pesar del leve repunte que se percibe en las publicaciones de cuentos, éstas no dejan de ser resultado de los concursos nacionales que publican, en ocasiones, editoriales como Alfaguara, Mondadori, entre otras. Buscando, desde luego, garantizar la venta del mayor número de ejemplares. Cosa que raras veces ocurre. Aún es muy poca la fe que se le tiene al género en nuestro país. No obstante, lo que se aprecia en dichas publicaciones es la apuesta inalterable por una línea narrativa caracterizada por la escritura neutral, una formulita estándar, como escrita sobre esténcil, que no demuestra ningún riesgo estético, ni en la forma ni en el contenido.

En este sentido, los cuentos de Heider Rojas están alejados de los de su generación, por la simple y llana convicción de no sucumbir ante las modas impuestas por las editoriales o decretadas por las tendencias literarias del momento. Cuentos como “Los Orejones” y “Las Delicias S.A”, por ejemplo, son fieles ejemplos de lo que se puede lograr por medio de la parodia como mecanismo narrativo, del cual se sirve para abordar, a través de alusiones irónicas, dos temas que, de por sí, han sido poco abordados en la literatura: Los orejones como raza (lo cual no deja de recordar las Historias de Cronopios y Famas de Cortázar) y las microempresas barriales con ínfulas de megaempresas.

Otra de las líneas que llama la atención en este libro es la que se acerca a la literatura negra. Cuentos como “El Suicida” y “Los Extorsionistas” son ejemplo de ello. Allí las historias se plantean de forma eficaz para que el lector discurra por senderos oscuros e intrigantes, que, a medida que transcurren las líneas ―como si fueran los planos de una película―, van iluminándose por medio de la información entregada en pequeñas dosis, muchas veces de un modo alegórico, para llevar siempre a finales atrayentes.

Quedaría mucho por decir sobre este interesante libro, por explorar muchas de las técnicas y líneas narrativas utilizadas por el autor, pero será mejor que el lector que entre a él encuentre por su propia cuenta las virtudes que sin lugar a dudas quedaron sin nombrar en esta breve reseña.

Por último se debe felicitar la hermosa edición de Común Presencia Editores, así como la inclusión de la obra pictórica de Darío Ortiz, lo cual realza más este bello libro de Heider Rojas que, junto a sus obras venideras, auguran desde ya buenas noticias para la narrativa colombiana.

*Eduardo Tovar Murcia. Neiva, 1982. Comunicador Social y Periodista de la Universidad Surcolombiana. Maestría en Literatura, Universidad de los Andes. Primer puesto en el Concurso de Cuento de la Universidad Surcolombiana 2007. Finalista en el II concurso internacional de Minicuento el Dinosaurio, Cuba, 2008. Curador en el Encuentro Departamental de la Cultura 2011.

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Viajeros en el tiempo
Por Marco Antonio Campos

Publicado por primera vez en 1999, aparece en mayo de 2011, en las bellísimas ediciones de la editorial colombiana Tragaluz, el libro de poemas en prosa Viajeros, de Pablo Montoya, ilustrado por José Antonio Suárez Londoño. El libro viene acompañado de un CD.

En el linaje de libros de Schwob y Borges (quizá sus principales influencias), de Julio Torri y Juan José Arreola, de Julio Ramón Ribeiro y Antonio Tabucchi, los poemas en prosa de Montoya pueden ser leídos asimismo como biografías imaginarias y aun a veces como minificciones. Montoya conjunta espléndidamente en la escritura la imaginación del narrador y el poeta con la lucidez del ensayista.

Como el título lo dice, los textos del libro tratan sobre viajeros, en este caso, en una breve síntesis del tiempo absoluto, desde la raíz del mito hasta algunos del siglo XIX y XX: viajeros míticos, literarios, bíblicos e históricos de la Grecia y la Roma antiguas, del Medioevo, del Renacimiento, del Medio y el Extremo Oriente, de Oceanía, de América y Europa. Para bien no faltan en el libro, entre tantos personajes conspicuos, seres anónimos a quienes les es dado en un instante un relámpago que los ilumina. De cada viajero Montoya busca contar un momento revelador y único en la historia o de su vida transitoria. En los textos, que parecen a menudo miniaturas preciosas medievales, el poeta y escritor colombiano busca conmover o sorprender y en ocasiones conmover y sorprender. Montoya parece conocer pequeños secretos para dar giros súbitos en el curso de la narración o al final de ella. El elemento sorpresa aparece sobre todo en varios finales, como, por ejemplo, en el texto sobre Dante, donde no existen una Beatriz o un Virgilio que libren al poeta florentino de la condenación del infierno, o aquel sobre Ulises, quien al regreso a Ítaca descubre un pueblo que no cree en él, o el del franciscano Guillaume de Kubruck, que con resignación triste comprende que puede haber otras vías religiosas que la cruz.

Montoya pule cada palabra, cada frase, cada texto, sin necesariamente parecer refinado o exquisito. Montoya consigue que a los textos no entre “demasiada literatura” (para decirlo con Artaud) dándole a casi cada texto un toque intensa y conmovedoramente humano. Contar y volver a contar de otra manera historias que ya de antiguo se contaron. El vino viejo, parece decir, se puede beber muy bien en odre nuevo. Podemos así padecer en cuerpo y alma los sentimientos ante la inminencia de la muerte de Magallanes, cuando está siendo ultimado por los indígenas filipinos, de Antonio Pigafetta, acompañante en las navegaciones de Magallanes, que recuerda en el lecho de muerte continuas y vivas imágenes de los viajes realizados, de Francisco José de Caldas, botánico y revolucionario colombiano, quien piensa en su pasado de consecuciones científicas antes de ser fusilado en 1816 por el ejército real, y de un judío, que puede ser cualquier judío de los años de la Segunda Gran Guerra, quien concluye que todo es ilusorio mientras va en el tren al campo de exterminio de Treblinka. Pero también podemos sentir la honda tristeza ante el reclamo desconsolado que hace Moisés a Dios al saber que no llegará a la tierra prometida, o la tortura que crean el vacío y las sombras en el exilio como le pasa a Ovidio, o la furiosa fuerza de voluntad y la obstinada esperanza de Bartolomé de Las Casas y Ponce de León para defender lo que creen, o la soledad iluminada de Galileo ante la mirada del cielo y la luna, o las luces últimas de la nostalgia por la vuelta al país natal de Ibn Batuta… Cierto número de textos contienen un delicado erotismo y el cuerpo de la mujer se vuelve para quien lee un deleite de sensaciones táctiles, pero también hay algunos otros, como los de Cadmo, Lao Tsé y el papú de Nueva Guinea, que son, adapto una frase de Borges, como pequeños cuadros de imaginación razonada.

Me atrevería a decir, no creo exagerar al decirlo, que Viajeros es ya uno de los libros indispensables –un mirlo blanco- del texto breve latinoamericano, que quizá tuvo su primer momento espléndido con la edición de Ensayos y poemas de Julio Torri en 1917.

Pablo Montoya nació en Barrancabermeja, departamento de Santander, Colombia, en 1963. Es poeta, narrador y ensayista.

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