Muere Steve Jobs, el creador más
influyente de la era digital
Señor del Cielo y de la Tierra
Por Daniel ARJONA
Antes de la Nube a Internet se le llamó el
Cielo. Un Cielo poblado de variopintos hacedores cuyas creaciones tecnológicas
separaron la tierra de las aguas transformando nuestro planeta. Uno de ellos,
el gran Steve Jobs, se enseñoreó tanto en el Cielo como en la Tierra, tal ha
sido la popularidad de sus invenciones.Esta madrugada ha muerto en Palo Alto
(California) a los 56 años, víctima del cáncer de pancreas que le cercaba desde
hacía ya ocho.
Hoy, Apple.com recibe al visitante con el
siguiente mensaje: "Apple ha perdido a un visionario y a un genio
creativo. El mundo ha perdido a un ser humano excepcional. Y aquellos que hemos
tenido la fortuna de conocer y trabajar con Steve Jobs hemos perdido a un amigo
querido y a un maravilloso mentor. Steve deja atrás una compañía que sólo él
podía haber construido. Su espíritu siempre será el espíritu de
Apple".
Cuando el pasado 24 de agosto Steve Jobs
dejó la presidencia ejecutiva (CEO) de Apple, las acciones de la compañía se
desplomaron inmediatamente un 5,3%. Su cotización había bailado en los últimos
tiempos al albur de los altibajos del cáncer que se le diagnosticó hace ya ocho
años. No era la primera vez que se marchaba. Pero si en 1985 Jobs era despedido
de Apple, una empresa elitista y en crisis a la que se achacaba incapacidad
para competir en el mercado, unos meses antes de morir abandonaba la misma
firma con, ahora, la mayor capitalización bursatil de la Tierra, 339.000
millones de dólares, más que todos los bancos del Ibex juntos. ¿Qué clase de
milagro se había producido?
Se cuenta que cuando Apple quiso fichar a John Sculley, a la sazón presidente de Pepsi, Steve Jobs le tentó de la siguiente forma: “¿Quieres vender agua azucarada toda tu vida o quieres cambiar el mundo?” ¿Dé dónde salía este genio que ha revolucionado inconcebiblemente el planeta? De un lugar muy concreto hoy de resonancias cuasi místicas: Mountain View. Fue a aquella localidad californiana donde se mudaron en 1961 los padres adoptivos de Jobs, quien había nacido seis años antes en San Francisco en el seno de una pareja de universitarios que decidió darlo en adopción.
Se cuenta que cuando Apple quiso fichar a John Sculley, a la sazón presidente de Pepsi, Steve Jobs le tentó de la siguiente forma: “¿Quieres vender agua azucarada toda tu vida o quieres cambiar el mundo?” ¿Dé dónde salía este genio que ha revolucionado inconcebiblemente el planeta? De un lugar muy concreto hoy de resonancias cuasi místicas: Mountain View. Fue a aquella localidad californiana donde se mudaron en 1961 los padres adoptivos de Jobs, quien había nacido seis años antes en San Francisco en el seno de una pareja de universitarios que decidió darlo en adopción.
Mountain View descollaba al sur de Palo
Alto, región que empeza a erigirse en centro nodal de la incipiente industria
informática que daba sus primeros pasos en los sesenta. En una de las reuniones
del “club” que la Hewlett-Packard ensayaba para comprobar las reacciones de los
chavales a sus productos, un joven Steve Jobs de doce años obtuvo material
suficiente para inumerables sueños adolescentes al toparse con su primera
computadora. Fue la propia Hewlett-Packard la que le brindó su primer
empleo veraniego donde coincidiría con Steve Wozniak, futuro cofundador de
Apple. Lo siguiente sería una intentona truncada, por falta de recursos
económicos, de estudios superiores en la Universidad Reed College de Portland
(Oregón) y un retiro espiritual en la India donde se convertiría al budismo.
Corría el año 1974 cuando Jobs obtenía un gris puesto de técnico en la compañía
de videojuegos Attari. Ocho años después, en 1982, se alzaba como el millonario
más joven del mundo con sólo 27 años y a las riendas de 4.000 empleados.
Pero antes, en 1976, Jobs y Wozniak
fundaban Apple Computer Company -no sin que antes el primero tuviera que vender
su Volkswagen para financiarla- y diseñaban en el garaje de su casa el ordenador
personal Apple I, tras renunciar Hewlett-Packard a la idea por considerarla
“ridícula”. El repentino éxito del producto con los resultados ya comentados no
sería, sin embargo, suficiente para competir con el gigante IBM que en la
década de los 80 vendía como rosquillas sus populares PCs, más pedestres pero
también más económicos que los innovadores y muy caros Macintosh, presentados
en 1984 como los primeros ordenadores que eludían la aridez de la linea de
comandos y presentaban la primera interfaz gráfica de usuario.
Resultado: el 13 de septiembre de 1985 John Sculley, el exdirectivo de
Pepsi, y en ese momento al mando de Apple, despedía de la empresa a su fundador
y otrora contratista, Steve Jobs.
"Ser despedido fue lo mejor que me
podía haber pasado. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos
de mi vida". Así recordaría años después Jobs los vertiginosos
tiempos de inspiración que sucedieron a su cese. De inspiración y de incesante
actividad: lanzó la compañía NeXT, compró los por entonces no muy conocidos
estudios Pixar a George Lucas por 10 millones de dólares -en 2004, después
de Toy Story, Bichos o Buscando a Nemo, Disney pagaría por
Pixar 7.400 millones-y se casó en 1991 con Laurene Powell. Cuando en 1996 Apple
le compró NeXT, Jobs regresó a su criatura. Un año después ya era CEO interino,
cargo que se haría oficial en 2000.
El milagro aludido al principio se hará
carne a lo largo de la primera década del nuevo milenio, escenario de un
prodigioso y opíparo menú. Sus entrantes fueron la completa remodelación de los
ordenadores de la psicodélica manzana, el Powerbook y el portatil iMac.
Pero el plato fuerte llegó en 2003 con la apertura de la iTunes Store. La
imaginación sin límites de Jobs le permitió detectar tanto la falla como el
preciso puente con que salvar el declinante aunque aún millonario negocio de la
música que ya comenzaba a sufrir la sangría de la piratería en Internet. ¿Por
qué seguir vendiendo discos caros que nadie compra? De hecho... ¿por qué seguir
vendiendo discos? ¿Por qué no vender mejor canciones sueltas en la Red, a
dólar la pieza y anclar su reproducción a un dispositivo de la
firma? Dicho y hecho, de pronto los mp3 se tornaron chatarra y todo el
mundo quería tener el muy distinguido e intuitivo iPod. Vendieron 10.000
millones de canciones en siete años. La aristocrática Apple se pasó a la clase
media, tercer estado de la noche al día. Y ya lo dijo el abade Sieyes: “¿Qué es
el Tercer Estado? Todo”.
En el interín, 2003 fue también el año en
que Steve Jobs hubo de someterse a cirugía para que le extirparan un tumor en
el pancreas. Desde entonces el cáncer y el genio se perseguirían sin
tregua.
Nunca le ha faltado tampoco a Jobs y Apple
críticas y blasfemias. Se les acusó de dictatoriales, cerrados a cal y canto,
férreos vigilantes de que el uso de sus creaciones estuvieran de la a la zeta
controlado por ellos, enemigos de la libertad que ha sido el santo y seña de
los hackers desde los orígenes. Y qué decir de cómo nos llenaron la casa y los
bolsillos de carísimos gadgets de los que nos descubrimos inmediatamente como
seguros servidores.
Todo cambió con iTunes y el iPod. Y todo
siguió cambiando. En 2007 advino el iPhone (¿quién no quiere tener uno?). Y,
por último, en 2009 estalló una bomba llamada iPad. Con la llegada de su
tableta, Steve Jobs invocaba una realidad nueva de posibilidades y aplicaciones
y amenazaba con dejar en el cementerio de elefantes de la tecnología al
ordenador personal de siempre en cuya invención y difusión él había jugado un
papel protagonista. Pero en 2009 tuvo lugar también una segunda y aún más
drástica intervención con transplante de hígado incluido. El declive de su
salud se apresuró. Aún le quedó algo de batería para presentar por sorpresa en
marzo de 2011 el iPad 2. Cinco meses después le pasaba el cargo de CEO a Tim
Cook. Y hoy ha fallecido.
***
Del rollo a la pantalla
Por Lev Grossman
El libro atraviesa un momento
trascendental e insólito: desprendiéndose de su cuerpo de papel transmigra,
delante mismo de nuestros ojos, hacia una forma digital incorpórea, haciéndonos
testigos de lo que podría ser el equivalente bibliográfico del arrebatamiento
cristiano. Y no exageramos; si acaso, estaríamos rebajando el carácter
extraordinario del asunto.
La última vez que tuvo lugar un cambio de
esta magnitud fue en torno a 1450, cuando Johannes Gutenberg inventó los tipos
móviles. Pero remontándonos más atrás en el tiempo encontramos un precedente
todavía más útil para comprender lo que está ocurriendo. Nos referimos al
momento en que, en el primer siglo después de Cristo, los lectores occidentales
desecharon el rollo en favor del códice, es decir, del libro encuadernado tal
como hoy lo conocemos.
En la antigüedad clásica, el rollo era el
formato de libro preferido y lo más avanzado en tecnología de
información. Consistía básicamente en una larga y enrollada pieza de papel
o de pergamino. Para su lectura, se desenrollaba poco a poco exponiendo de una
vez un fragmento de texto. Una vez leído, se volvía a enrollar de la forma
adecuada, de una manera bastante parecida a la de otro medio ya obsoleto: la
cinta de vídeo. La lengua inglesa sigue salpicada de palabras procedentes de
aquella era. La primera hoja de un rollo, que recogía información sobre dónde
se había confeccionado, recibía el nombre de “protocolo”, y para explicar por
qué en ocasiones llamamos “volúmenes” a los libros debemos remitirnos a la raíz
del término volumen, volvere, dar vueltas, precisamente lo que se hacía para
leer un rollo.
El rollo era el formato de prestigio,
utilizándose únicamente para obras de importancia, como textos sagrados,
documentos legales, historia, literatura. Para anotar la lista de la compra o
sus cálculos algebraicos los ciudadanos del mundo antiguo escribían sobre unas
tabletas o tablillas de madera enceradas, valiéndose para ello de un
instrumento puntiagudo llamado stilus. Las tablillas se empleaban para los
textos desechables (el stilus tenía también un extremo romo, con el que
aplastar y aplanar la cera al terminar de escribir). En algún momento alguien
tuvo la genial idea de ensartar unas cuantas tablillas en un fajo, que luego
serían sustituidas por hojas de pergamino dando así lugar, probablemente, al
nacimiento del códice. Pero nadie se dio cuenta de lo brillante de aquella
invención hasta que un grupo muy interesante de personas de ideas radicales la
adoptó poniéndola al servicio de sus propios fines. Esas gentes se conocen hoy
como cristianos y recurrieron al códice como vehículo para difundir la
Biblia.
El códice, más compacto y barato
Una de las razones de que el códice
gustara a aquellos cristianos primitivos fue que les ayudaba a diferenciarse de
los judíos, que conservaron (y todavía conservan) sus textos sagrados en forma
de rollo. Pero tuvo también que haber algún cristiano particularmente despierto
que identificara el códice como una forma de tecnología de información
enormemente poderosa: compacta y muy fácil de transportar y de ocultar. El
códice era también barato -era posible escribir en las dos caras de las
páginas, con el consiguiente ahorro de papel- y en él cabían más palabras que
en un rollo. Y la biblia era un libro extenso.
Pero el códice llevaba aparejado un
beneficio añadido: posibilitaba una experiencia de lectura radicalmente
distinta permitiendo, por vez primera, saltar a cualquier punto de un texto de
forma no lineal, avanzar o retroceder de una página a otra e incluso
estudiarlas simultáneamente, verificar pasajes, compararlos entre sí y
señalarlos. Si uno se aburría, podía leer por encima y repasar los fragmentos
preferidos. Era algo así como un equivalente en papel de la memoria RAM, y
el poder que otorgaba debió sentirse como algo casi sobrenatural. Con el
rollo, en cambio, el avance por el texto tenía lugar por el camino más largo,
linealmente (un incordio para el que algunos clásicos habrían encontrado
soluciones temporales: parece ser que Suetonio propuso a Julio César la
creación de un protocuaderno confeccionado a base de hojas de papiro colocadas
una sobre otra).
Durante los siglos siguientes, el códice
condenó al rollo prácticamente a la obsolescencia. En sus Confesiones, que
datan de finales del siglo IV, San Agustín declara haber escuchado una voz que
le ordena “toma y lee” y que él interpreta como un mandato divino a coger la
Biblia, abrirla por cualquier punto y leer el primer pasaje que saltara a la
vista. Lo hizo, se le cayó la venda de los ojos y abrazó el cristianismo.
Después, marcó la página, algo imposible de hacer con un rollo. Ahora, al
igual que aquellos antiguos cristianos, asistimos a los frenéticos ensayos de
un nuevo formato de libro. En el primer trimestre de este año, las ventas
de libros electrónicos han crecido un 160%; las de material impreso -códices-
han caído un 9%. Y aunque las cifras impresionan, al contrario de lo que
sucediera la última vez, no estamos ahora ante un caso claro de una tecnología
superior en trance de reemplazar a otra inferior, sino de algo más complejo que
tiene que ver con más con un toma y daca de pérdidas y ganancias.
En busca de la lectura no lineal
Pues si, por un lado, el libro electrónico
es infinitamente más compacto y transportable que el códice -llegando la
diferencia en estos aspectos a extremos casi absurdos-, permite hacer búsquedas
y es ecológico (bueno, más o menos: si quiere ahorrarse las pesadillas se
recomienda al lector no investigar el coste medioambiental que entraña
construir un solo Kindle), por el otro, el códice no precisa de baterías y
ningún dispositivo electrónico ha conseguido todavía igualar la elegancia, la
claridad y el suave confort de la página impresa.
Pero, hasta el momento, el gran debate
sobre el e-book apenas ha rozado el aspecto más importante de cuantos el códice
introdujo: esa lectura no lineal que tan honda impresión causara en San
Agustín. Si la fábula del rollo y el códice contiene una moraleja sería
precisamente esa: por lo general, asociamos la tecnología digital con esa
falta de linealidad que se manifiesta en las bifurcaciones de los caminos que
los internautas van abriendo por entre la maleza de Internet cliqueando de
enlace en enlace. Pero el libro electrónico no es del todo compatible con
esa no linealidad: intentar saltar de un lugar a otro en un documento tan
extenso como una novela puede resultarle al lector electrónico tan
dolorosamente incómodo como tratar de tocar el piano con los dedos entumecidos.
Las alternativas son ascender por el libro incrementalmente, página a página, o
ir saltando como un loco de un punto a otro y entre búsquedas de términos. No
debemos extrañarnos de que el auge de la lectura electrónica haya resucitado
dos términos propios de las tecnologías de lectura de la era clásica, scroll
(“rollo” en ingles, utilizado como verbo para designar la acción de hacer
avanzar o retroceder el texto en una pantalla) y tablet (tableta), reflejando
el tipo de lectura que se lleva a cabo en el e-book.
La novela enraiza en el códice
El códice está hecho para la lectura no
lineal; más que para la búsqueda desnortada del internauta de documento en
documento, para permitir al lector profundo navegar por esa red de conexiones
internas que se da dentro de un documento único y rico como la novela. En
efecto, el código no es un formato más, sino el que saca lo mejor de la
novela. El lenguaje denso y estratificado de la novela contemporánea hunde
sus raíces en el códice y crece con él, exigiendo ese tipo de navegación que
sólo el código ofrece.Imagínense intentando abrirse paso por el laberinto,
entrecruzado y reverberante, de El atlas de las nubes de David
Mitchell trascrito a rollo. Sería imposible.
Evidentemente, la gran literatura ya
existía antes del códice y seguiría existiendo si éste muriera. Pero si
abandonamos la lectura en papel tendremos que ser conscientes de lo que
sacrificamos: esa experiencia no lineal que es patrimonio del códice y que
ningún otro medio proporciona -ni el cine, ni la televisión, ni la música ni
los videojuegos-. El códice venció al rollo porque hizo aquello que se supone
que las buenas tecnologías hacen: otorgó a los lectores un poder que nunca
antes habían tenido, un poder sobre el flujo de su propia vivencia
lectora. Y hasta que no oiga personalmente a Dios diciéndome “enciende y
lee” no pienso rendirme.
New York Times Book
Review
Articulo : http://www.elcultural.es 07/10/2011

