samedi 8 octobre 2011

Daniel ARJONA/ Señor del Cielo y de la Tierra



Muere Steve Jobs, el creador más influyente de la era digital
Señor del Cielo y de la Tierra
Por Daniel ARJONA

Antes de la Nube a Internet se le llamó el Cielo. Un Cielo poblado de variopintos hacedores cuyas creaciones tecnológicas separaron la tierra de las aguas transformando nuestro planeta. Uno de ellos, el gran Steve Jobs, se enseñoreó tanto en el Cielo como en la Tierra, tal ha sido la popularidad de sus invenciones.Esta madrugada ha muerto en Palo Alto (California) a los 56 años, víctima del cáncer de pancreas que le cercaba desde hacía ya ocho. 

Hoy, Apple.com recibe al visitante con el siguiente mensaje: "Apple ha perdido a un visionario y a un genio creativo. El mundo ha perdido a un ser humano excepcional. Y aquellos que hemos tenido la fortuna de conocer y trabajar con Steve Jobs hemos perdido a un amigo querido y a un maravilloso mentor. Steve deja atrás una compañía que sólo él podía haber construido. Su espíritu siempre será el espíritu de Apple". 

Cuando el pasado 24 de agosto Steve Jobs dejó la presidencia ejecutiva (CEO) de Apple, las acciones de la compañía se desplomaron inmediatamente un 5,3%. Su cotización había bailado en los últimos tiempos al albur de los altibajos del cáncer que se le diagnosticó hace ya ocho años. No era la primera vez que se marchaba. Pero si en 1985 Jobs era despedido de Apple, una empresa elitista y en crisis a la que se achacaba incapacidad para competir en el mercado, unos meses antes de morir abandonaba la misma firma con, ahora, la mayor capitalización bursatil de la Tierra, 339.000 millones de dólares, más que todos los bancos del Ibex juntos. ¿Qué clase de milagro se había producido?

Se cuenta que cuando Apple quiso fichar a John Sculley, a la sazón presidente de Pepsi, Steve Jobs le tentó de la siguiente forma: “¿Quieres vender agua azucarada toda tu vida o quieres cambiar el mundo?” ¿Dé dónde salía este genio que ha revolucionado inconcebiblemente el planeta? De un lugar muy concreto hoy de resonancias cuasi místicas: Mountain View. Fue a aquella localidad californiana donde se mudaron en 1961 los padres adoptivos de Jobs, quien había nacido seis años antes en San Francisco en el seno de una pareja de universitarios que decidió darlo en adopción. 

Mountain View descollaba al sur de Palo Alto, región que empeza a erigirse en centro nodal de la incipiente industria informática que daba sus primeros pasos en los sesenta. En una de las reuniones del “club” que la Hewlett-Packard ensayaba para comprobar las reacciones de los chavales a sus productos, un joven Steve Jobs de doce años obtuvo material suficiente para inumerables sueños adolescentes al toparse con su primera computadora. Fue la propia Hewlett-Packard la que le brindó su primer empleo veraniego donde coincidiría con Steve Wozniak, futuro cofundador de Apple. Lo siguiente sería una intentona truncada, por falta de recursos económicos, de estudios superiores en la Universidad Reed College de Portland (Oregón) y un retiro espiritual en la India donde se convertiría al budismo. Corría el año 1974 cuando Jobs obtenía un gris puesto de técnico en la compañía de videojuegos Attari. Ocho años después, en 1982, se alzaba como el millonario más joven del mundo con sólo 27 años y a las riendas de 4.000 empleados. 

Pero antes, en 1976, Jobs y Wozniak fundaban Apple Computer Company -no sin que antes el primero tuviera que vender su Volkswagen para financiarla- y diseñaban en el garaje de su casa el ordenador personal Apple I, tras renunciar Hewlett-Packard a la idea por considerarla “ridícula”. El repentino éxito del producto con los resultados ya comentados no sería, sin embargo, suficiente para competir con el gigante IBM que en la década de los 80 vendía como rosquillas sus populares PCs, más pedestres pero también más económicos que los innovadores y muy caros Macintosh, presentados en 1984 como los primeros ordenadores que eludían la aridez de la linea de comandos y presentaban la primera interfaz gráfica de usuario. Resultado: el 13 de septiembre de 1985 John Sculley, el exdirectivo de Pepsi, y en ese momento al mando de Apple, despedía de la empresa a su fundador y otrora contratista, Steve Jobs. 

"Ser despedido fue lo mejor que me podía haber pasado. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida". Así recordaría años después Jobs los vertiginosos tiempos de inspiración que sucedieron a su cese. De inspiración y de incesante actividad: lanzó la compañía NeXT, compró los por entonces no muy conocidos estudios Pixar a George Lucas por 10 millones de dólares -en 2004, después de Toy Story, Bichos o Buscando a Nemo, Disney pagaría por Pixar 7.400 millones-y se casó en 1991 con Laurene Powell. Cuando en 1996 Apple le compró NeXT, Jobs regresó a su criatura. Un año después ya era CEO interino, cargo que se haría oficial en 2000. 

El milagro aludido al principio se hará carne a lo largo de la primera década del nuevo milenio, escenario de un prodigioso y opíparo menú. Sus entrantes fueron la completa remodelación de los ordenadores de la psicodélica manzana, el Powerbook y el portatil iMac. Pero el plato fuerte llegó en 2003 con la apertura de la iTunes Store. La imaginación sin límites de Jobs le permitió detectar tanto la falla como el preciso puente con que salvar el declinante aunque aún millonario negocio de la música que ya comenzaba a sufrir la sangría de la piratería en Internet. ¿Por qué seguir vendiendo discos caros que nadie compra? De hecho... ¿por qué seguir vendiendo discos? ¿Por qué no vender mejor canciones sueltas en la Red, a dólar la pieza y anclar su reproducción a un dispositivo de la firma? Dicho y hecho, de pronto los mp3 se tornaron chatarra y todo el mundo quería tener el muy distinguido e intuitivo iPod. Vendieron 10.000 millones de canciones en siete años. La aristocrática Apple se pasó a la clase media, tercer estado de la noche al día. Y ya lo dijo el abade Sieyes: “¿Qué es el Tercer Estado? Todo”. 

En el interín, 2003 fue también el año en que Steve Jobs hubo de someterse a cirugía para que le extirparan un tumor en el pancreas. Desde entonces el cáncer y el genio se perseguirían sin tregua. 

Nunca le ha faltado tampoco a Jobs y Apple críticas y blasfemias. Se les acusó de dictatoriales, cerrados a cal y canto, férreos vigilantes de que el uso de sus creaciones estuvieran de la a la zeta controlado por ellos, enemigos de la libertad que ha sido el santo y seña de los hackers desde los orígenes. Y qué decir de cómo nos llenaron la casa y los bolsillos de carísimos gadgets de los que nos descubrimos inmediatamente como seguros servidores. 

Todo cambió con iTunes y el iPod. Y todo siguió cambiando. En 2007 advino el iPhone (¿quién no quiere tener uno?). Y, por último, en 2009 estalló una bomba llamada iPad. Con la llegada de su tableta, Steve Jobs invocaba una realidad nueva de posibilidades y aplicaciones y amenazaba con dejar en el cementerio de elefantes de la tecnología al ordenador personal de siempre en cuya invención y difusión él había jugado un papel protagonista. Pero en 2009 tuvo lugar también una segunda y aún más drástica intervención con transplante de hígado incluido. El declive de su salud se apresuró. Aún le quedó algo de batería para presentar por sorpresa en marzo de 2011 el iPad 2. Cinco meses después le pasaba el cargo de CEO a Tim Cook. Y hoy ha fallecido. 

***
Del rollo a la pantalla
Por Lev Grossman

El libro atraviesa un momento trascendental e insólito: desprendiéndose de su cuerpo de papel transmigra, delante mismo de nuestros ojos, hacia una forma digital incorpórea, haciéndonos testigos de lo que podría ser el equivalente bibliográfico del arrebatamiento cristiano. Y no exageramos; si acaso, estaríamos rebajando el carácter extraordinario del asunto.

La última vez que tuvo lugar un cambio de esta magnitud fue en torno a 1450, cuando Johannes Gutenberg inventó los tipos móviles. Pero remontándonos más atrás en el tiempo encontramos un precedente todavía más útil para comprender lo que está ocurriendo. Nos referimos al momento en que, en el primer siglo después de Cristo, los lectores occidentales desecharon el rollo en favor del códice, es decir, del libro encuadernado tal como hoy lo conocemos. 

En la antigüedad clásica, el rollo era el formato de libro preferido y lo más avanzado en tecnología de información. Consistía básicamente en una larga y enrollada pieza de papel o de pergamino. Para su lectura, se desenrollaba poco a poco exponiendo de una vez un fragmento de texto. Una vez leído, se volvía a enrollar de la forma adecuada, de una manera bastante parecida a la de otro medio ya obsoleto: la cinta de vídeo. La lengua inglesa sigue salpicada de palabras procedentes de aquella era. La primera hoja de un rollo, que recogía información sobre dónde se había confeccionado, recibía el nombre de “protocolo”, y para explicar por qué en ocasiones llamamos “volúmenes” a los libros debemos remitirnos a la raíz del término volumen, volvere, dar vueltas, precisamente lo que se hacía para leer un rollo. 

El rollo era el formato de prestigio, utilizándose únicamente para obras de importancia, como textos sagrados, documentos legales, historia, literatura. Para anotar la lista de la compra o sus cálculos algebraicos los ciudadanos del mundo antiguo escribían sobre unas tabletas o tablillas de madera enceradas, valiéndose para ello de un instrumento puntiagudo llamado stilus. Las tablillas se empleaban para los textos desechables (el stilus tenía también un extremo romo, con el que aplastar y aplanar la cera al terminar de escribir). En algún momento alguien tuvo la genial idea de ensartar unas cuantas tablillas en un fajo, que luego serían sustituidas por hojas de pergamino dando así lugar, probablemente, al nacimiento del códice. Pero nadie se dio cuenta de lo brillante de aquella invención hasta que un grupo muy interesante de personas de ideas radicales la adoptó poniéndola al servicio de sus propios fines. Esas gentes se conocen hoy como cristianos y recurrieron al códice como vehículo para difundir la Biblia. 

El códice, más compacto y barato

Una de las razones de que el códice gustara a aquellos cristianos primitivos fue que les ayudaba a diferenciarse de los judíos, que conservaron (y todavía conservan) sus textos sagrados en forma de rollo. Pero tuvo también que haber algún cristiano particularmente despierto que identificara el códice como una forma de tecnología de información enormemente poderosa: compacta y muy fácil de transportar y de ocultar. El códice era también barato -era posible escribir en las dos caras de las páginas, con el consiguiente ahorro de papel- y en él cabían más palabras que en un rollo. Y la biblia era un libro extenso. 

Pero el códice llevaba aparejado un beneficio añadido: posibilitaba una experiencia de lectura radicalmente distinta permitiendo, por vez primera, saltar a cualquier punto de un texto de forma no lineal, avanzar o retroceder de una página a otra e incluso estudiarlas simultáneamente, verificar pasajes, compararlos entre sí y señalarlos. Si uno se aburría, podía leer por encima y repasar los fragmentos preferidos. Era algo así como un equivalente en papel de la memoria RAM, y el poder que otorgaba debió sentirse como algo casi sobrenatural. Con el rollo, en cambio, el avance por el texto tenía lugar por el camino más largo, linealmente (un incordio para el que algunos clásicos habrían encontrado soluciones temporales: parece ser que Suetonio propuso a Julio César la creación de un protocuaderno confeccionado a base de hojas de papiro colocadas una sobre otra). 

Durante los siglos siguientes, el códice condenó al rollo prácticamente a la obsolescencia. En sus Confesiones, que datan de finales del siglo IV, San Agustín declara haber escuchado una voz que le ordena “toma y lee” y que él interpreta como un mandato divino a coger la Biblia, abrirla por cualquier punto y leer el primer pasaje que saltara a la vista. Lo hizo, se le cayó la venda de los ojos y abrazó el cristianismo. Después, marcó la página, algo imposible de hacer con un rollo. Ahora, al igual que aquellos antiguos cristianos, asistimos a los frenéticos ensayos de un nuevo formato de libro. En el primer trimestre de este año, las ventas de libros electrónicos han crecido un 160%; las de material impreso -códices- han caído un 9%. Y aunque las cifras impresionan, al contrario de lo que sucediera la última vez, no estamos ahora ante un caso claro de una tecnología superior en trance de reemplazar a otra inferior, sino de algo más complejo que tiene que ver con más con un toma y daca de pérdidas y ganancias. 

En busca de la lectura no lineal 

Pues si, por un lado, el libro electrónico es infinitamente más compacto y transportable que el códice -llegando la diferencia en estos aspectos a extremos casi absurdos-, permite hacer búsquedas y es ecológico (bueno, más o menos: si quiere ahorrarse las pesadillas se recomienda al lector no investigar el coste medioambiental que entraña construir un solo Kindle), por el otro, el códice no precisa de baterías y ningún dispositivo electrónico ha conseguido todavía igualar la elegancia, la claridad y el suave confort de la página impresa. 

Pero, hasta el momento, el gran debate sobre el e-book apenas ha rozado el aspecto más importante de cuantos el códice introdujo: esa lectura no lineal que tan honda impresión causara en San Agustín. Si la fábula del rollo y el códice contiene una moraleja sería precisamente esa: por lo general, asociamos la tecnología digital con esa falta de linealidad que se manifiesta en las bifurcaciones de los caminos que los internautas van abriendo por entre la maleza de Internet cliqueando de enlace en enlace. Pero el libro electrónico no es del todo compatible con esa no linealidad: intentar saltar de un lugar a otro en un documento tan extenso como una novela puede resultarle al lector electrónico tan dolorosamente incómodo como tratar de tocar el piano con los dedos entumecidos. Las alternativas son ascender por el libro incrementalmente, página a página, o ir saltando como un loco de un punto a otro y entre búsquedas de términos. No debemos extrañarnos de que el auge de la lectura electrónica haya resucitado dos términos propios de las tecnologías de lectura de la era clásica, scroll (“rollo” en ingles, utilizado como verbo para designar la acción de hacer avanzar o retroceder el texto en una pantalla) y tablet (tableta), reflejando el tipo de lectura que se lleva a cabo en el e-book. 

La novela enraiza en el códice

El códice está hecho para la lectura no lineal; más que para la búsqueda desnortada del internauta de documento en documento, para permitir al lector profundo navegar por esa red de conexiones internas que se da dentro de un documento único y rico como la novela. En efecto, el código no es un formato más, sino el que saca lo mejor de la novela. El lenguaje denso y estratificado de la novela contemporánea hunde sus raíces en el códice y crece con él, exigiendo ese tipo de navegación que sólo el código ofrece.Imagínense intentando abrirse paso por el laberinto, entrecruzado y reverberante, de El atlas de las nubes de David Mitchell trascrito a rollo. Sería imposible. 

Evidentemente, la gran literatura ya existía antes del códice y seguiría existiendo si éste muriera. Pero si abandonamos la lectura en papel tendremos que ser conscientes de lo que sacrificamos: esa experiencia no lineal que es patrimonio del códice y que ningún otro medio proporciona -ni el cine, ni la televisión, ni la música ni los videojuegos-. El códice venció al rollo porque hizo aquello que se supone que las buenas tecnologías hacen: otorgó a los lectores un poder que nunca antes habían tenido, un poder sobre el flujo de su propia vivencia lectora. Y hasta que no oiga personalmente a Dios diciéndome “enciende y lee” no pienso rendirme. 

New York Times Book Review 

Articulo : http://www.elcultural.es 07/10/2011

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