dimanche 23 octobre 2011

El Cultural/ Leonard COHEN: "Mis canciones, mis poemas, están inspirados en esta tierra"



Leonard Cohen: "Mis canciones, mis poemas, están inspirados en esta tierra"
Por ELCULTURAL.es 

El poeta y cantautor explica cómo la base de su música nació de seis acordes que le enseñó un profesor de guitarra español

Con gesto solemne, su sempiterno sombrero en una mano y llevándose la otra al corazón varias veces, Leonard Cohen se mostró profundamente agradecido a España al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en la ceremonia que tuvo lugar en la tarde del viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo. "Cuando hice las maletas para venir aquí, cogí mi guitarra Conde, hecha hace cuarenta años en la calle Gravina, número 7, de Madrid. Percibí su fragancia a madera viva de cedro, y me dije: "Ya eres viejo y aún no has dado las gracias a la tierra de donde viene esta fragancia y a la que tanto debes". Y es que el canadiense, según reconoció, le debe su inspiración musical y poética a nuestro país. "Mi obra les pertenece a ustedes, pero me han dejado estampar mi firma al final".

Aunque recibió el premio por su faceta literaria, en su improvisado y emotivo discurso dejó patente que música y literatura van de la mano en su carrera. Recordó al español que conoció en un parque de Montreal a principios de los sesenta y que le dio tres lecciones de guitarra. Le enseñó una progresión de acordes muy usados en flamenco. Al cuarto día no apareció. Llamó a la pensión en la que se alojaba y le comunicaron que se había suicidado. "No sabía nada de él, ni por qué había venido a Montreal, pero sobre aquellos seis acordes que me enseñó he construido todas mis canciones. Ahora comprenderán las dimensiones de la gratitud que le tengo a este país".

Cohen recordó también la enorme influencia que ha ejercido Federico García Lorca en su obra poética: "Estudié y copié a los clásicos en lengua inglesa, pero no encontré mi voz en ninguno de ellos. Fue Lorca quien me dio permiso para encontrarla".

La música como encuentro

El Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Riccardo Muti, recalcó también sus lazos con España, que se deben a su origen napolitano. El que fuera director de la Scala de Milán durante dos décadas y actual director de la Sinfónica de Chicago apuntó también que el teatro San Carlo de Nápoles, considerado por muchos el más bello del mundo, fue construido por voluntad del rey Carlos III de Borbón.

Muti destacó la función de la música como lugar de encuentro en medio de un mundo que vive "en la desarmonía, en la lucha, en la guerra y en el odio". "Mi tarea no es sólo ser capaz de dirigir una ópera de Verdi o Strauss, sino que la música lleve a la belleza y la hermandad".

El discurso del Príncipe

El Príncipe Felipe, como era de esperar, inició su discurso refiriéndose al anuncio del fin definitivo de la actividad armada de ETA, destacándolo como una "gran victoria" del estado de derecho, las fuerzas y cuerpos de seguridad y la sociedad española: "En esta hora en que la libertad y la razón se abren camino ante la barbarie,quisiera que volviésemos la mirada hacia las víctimas y rendir el homenaje más emocionado a su memoria y dignidad". Tras estas palabras, las 1.400 personas que llenaban el Teatro Campoamor interrumpieron su discurso con una ovación, que se repitió minutos más tarde cuando, al recordar la crisis humanitaria de Somalia, el Príncipe de Asturias mencionó a las dos cooperantes españolas secuestradas en Kenia.

El Príncipe destacó de Leonard Cohen la "fortaleza de una obra hecha con constancia, talento y sinceridad", y añadió: "Leer y escuchar a Cohen es sentir la fuerza de quien escribe y canta directamente para los corazones". Además, destacó el sentido del humor y la "belleza y coherencia" de la obra del canadiense, así como el respeto que le profesan varias generaciones.

Al referirse a Muti, el Príncipe destacó su "reivindicación sin tregua de la enseñanza musical, imprescindible para una educación completa". "Su talento descansa en su concepción trascendental de la música", aseguró.

El psicólogo, investigador y profesor estadounidense Howard Gardner fue galardonado en la categoría de Ciencias Sociales. El Príncipe alabó sus innovaciones en el sistema educativo, "que tienen el propósito de lograr que las personas quieran hacer lo que deben hacer, recordando a Platón".

La Royal Society, la institución científica más antigua del mundo, recibió el premio de Comunicación y Humanidades, representada por su presidente, Sir Paul Nurse, y su directora ejecutiva. Con 350 años de historia, la institución británica ha tenido como miembros a figuras como Isaac Newton, Charles Darwin, Benjamin Franklin, Albert Einstein o Stephen Hawking. Hoy en día cuenta con 1.500 miembros, que comprenden más de 75 premios Nobel y nueve Premios Príncipe de Asturias. "Su misión es extender las fronteras del conocimiento a través del desarrollo de la ciencia para beneficio de la sociedad", señaló el Príncipe.

El resto de galardonados fueron el emprendedor social estadounidense Bill Drayton en la categoría de Cooperación Internacional; los neurobiólogos Joseph Altman (Estados Unidos), Arturo Álvarez-Buylla (México) y Giacomo Rizzolatti (Italia) en la categoría de Investigación Científica y Técnica; el atleta etíope Haile Gebrselassie en Deportes; y el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia ha sido recogido por una comitiva japonesa de mandos militares, policiales y del cuerpo de bomberos, en representación de los héroes del desastre de la central nuclear de Fukushima acontecido en marzo de este año.

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Verdad, belleza y bondad reformuladas
De Howard Gardner
Traducción de Marta Pino. Paidós. Barcelona, 2011. 300 pp., 22'90 e. Ebook: 16 e.
Por Manuel BARRIOS CASARES 

Howard Gardner, Premio Príncipe de Asturias 2011 de Ciencias Sociales, reflexiona sobre la posibilidad de dotar de un nuevo sentido a los conceptos de verdad, belleza y bondad, erosionados por el escepticismo.

Desde que en los años 80 formulara la teoría de las inteligencias múltiples y comenzara a trabajar en su aplicación práctica en el campo de la educación, el destacado psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard Howard Gardner (Scranton, EE.UU., 1943) ha cosechado un amplio reconocimiento a nivel mundial. El premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011 viene así a sumarse a las numerosas distinciones y doctorados honoris causa obtenidos a lo largo de una prolífica carrera, en la que sus ideas sobre los procesos de aprendizaje y la formación del liderazgo han suscitado un vivo interés no sólo en el terreno científico, sino también en el de las instituciones de enseñanza. 

Coincidiendo con la entrega del premio llega en estos días a las librerías españolas su último libro, en el que Gardner parece dispuesto a ir más allá de sus trabajos habituales, proponiéndose reflexionar sobre la posibilidad de dotar de un nuevo sentido a los conceptos de verdad, belleza y bondad, erosionados por el escepticismo y el relativismo posmodernos. En realidad, más que reformular estos valores -que no virtudes, como de forma un tanto equívoca los llama Gardner- el propósito de su obra consiste en convencernos de la necesidad de seguir contando con ellos como guías imprescindibles de nuestra vida y, una vez sentado esto, abordar la cuestión de cómo transmitirlos de la manera más adecuada a unas generaciones nacidas bajo el signo de Internet y la revolución digital. En este punto, el planteamiento del libro conecta con las líneas de investigación más fecundas desarrolladas por Gardner, que son las que dieron lugar a su celebrada teoría de la inteligencia, la cual supuso todo un revulsivo para el sistema de educación escolar en EE.UU. por su acerada crítica a la concepción psicométrica de la misma. 

Para Gardner, en efecto, la inteligencia no es una destreza unidimensional, susceptible de ser medida de forma global por los test de inteligencia y cuantificable sin más mediante el indicador llamado cociente intelectual. Fueron sus trabajos empíricos con niños normales y superdotados, por una parte, y con pacientes con daño cerebral, por otro, los que lo convencieron de que la inteligencia es una capacidad mucho más plástica y polivalente, que se adapta en su modo de funcionamiento a los diversos ambientes en que se ve inmersa y a las distintas tareas que ha de afrontar. De ahí que Gardner siempre haya hablado de ella en plural, llegando a distinguir hasta nueve modalidades diferentes de inteligencia (tras añadir dos al listado inicialmente ofrecido en su obra de 1983 Estructuras de la mente): lingüística, lógico-matemática, corporal y cinética, visual y espacial, musical, interpersonal, intrapersonal, naturalista y existencial o filosófica. Y aunque hay una labor cooperativa entre todas ellas, se desarrollan con cierta independencia. Esto significa que los individuos pueden mostrar un nivel elevado de desarrollo intelectual en algunas facetas y, sin embargo, un nivel mucho menor en otras. También las diferentes culturas y los diferentes estratos sociales, al igual que las diversas etapas de maduración personal, pueden incidir en una mayor potenciación de una habilidad intelectual u otra. 

La consecuencia directa de esta teoría ha sido la necesidad de diversificar las estrategias educativas en función del tipo de desarrollo cognitivo que se quiera favorecer en cada caso. A lo largo de más de veinte años, en diversos programas de investigación como el celebrado Proyecto Zero, en libros como La mente no escolarizada o La mente disciplinada, Gardner ha venido profundizando en los mecanismos del aprendizaje y sus ideas han ayudado de manera notable a revisar los principios estandarizados de enseñanza y evaluación a favor de otros más personalizados. 

Trabajos como los de Gardner constituyen, sin duda, una sugestiva aportación en un momento en que la reflexión sobre los profundos cambios que han de experimentar los modelos educativos para responder a los retos del presente resulta tan necesaria. Una concepción estrecha del proceso de la formación intelectual, contaminada por el lenguaje economicista de la rentabilidad, y una insistente mentalidad de nuevo rico en buena parte de la pedagogía contemporánea, que ha disimulado su apoyo acrítico a estas recetas tras un aire de cientificidad, han contribuido perniciosamente al verdadero recorte que hoy sufre el ámbito de la enseñanza: el del sentido y la importancia decisiva de su tarea. Es precisa una crítica de las falsas promesas de excelencia educativa de este ideario. Como recordaba no hace mucho Martha Nussbaum, una mera educación para el empleo, la buena renta y la prosperidad económica no es una educación para la buena vida. Esta concepción sigue apegada en el fondo a viejos modelos de desarrollo, que descuidan el cultivo de cualidades esenciales para la forja de individuos ilustrados, capaces de argumentar críticamente y contribuir a la mejora de la vida democrática. 

En ese sentido, resulta especialmente oportuna la dedicación de Gardner al problema de la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI en su libro más reciente. Es verdad que el punto de partida del ensayo, la tesis de que desde hace varias décadas las ideas posmodernas y los medios digitales vienen socavando la solidez de nuestros conceptos de lo verdadero, lo bello y lo bueno, se argumenta de un modo esquemático, que poco añade a un diagnóstico de la época bastante extendido, y que los capítulos dedicados a reformular el sentido de esas nociones divagan sin alcanzar con claridad su objetivo; pero en los capítulos finales nos reencontramos con el mejor Gardner, el psicólogo del desarrollo ocupado en mostrarnos cómo se forma el sentido infantil de lo verdadero, lo bueno o lo estéticamente placentero, y en sostener cómo un aprendizaje bien orientado, que no se vea clausurado por el prejuicio piagetiano de que la cima cognitiva se alcanza a edad relativamente temprana, será capaz de disponer a los individuos a un amplio desarrollo del “pensamiento posformal”, en cuyas últimas fases pueden establecerse con mayor firmeza las verdades, individualizarse de manera más efectiva las experiencias de la belleza y desempeñarse las tareas con mayor sentido ético. 

Precisamente porque ni la biología ni la economía aportan casi nunca la descripción definitiva de las acciones, decisiones y pensamientos humanos, nos recuerda Gardner, es por lo que debemos atender con especial cuidado a esos otros aspectos que mejor reflejan la flexibilidad y riqueza de nuestra condición, donde se localizan las cuestiones más desconcertantes de nuestra existencia, pero también las más fundamentales. De este modo, el enfoque del libro enlaza también con el planteamiento del proyecto Goodwork, en el que Gardner viene colaborando junto a otros eminentes psicólogos y en el que se subraya la idea de que el buen trabajo no es, sin más, aquél que resulta técnicamente excelente, sino el que tiene sentido para quienes lo realizan y se lleva a cabo con un compromiso ético de responsabilidad social. Gardner añade ahora a este principio su convicción de que sólo cabe realizar un buen trabajo educativo si no perdemos de vista que lo esencial es enseñar esas virtudes a lo largo de la vida, ya sea en el aula o fuera de ella. Es bueno ser inteligente, desarrollar múltiples inteligencias. Pero es más importante, concluye, utilizar nuestras capacidades para servir a la sociedad.

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El príncipe Leonard Cohen

Luis Eduardo Aute, Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes y José Luis Rey homenajean al poeta

Poeta y cantor, Leonard Cohen (Quebec, 1934) recibe hoy el premio Príncipe de Asturias de las Letras como reconocimiento a una trayectoria que ha marcado a tres generaciones de poetas, tiznadas por su inspiración, su deje melancólico y su devoción lorquiana. El jurado mencionó también la creación de un imaginario sentimental en el que música y poesía se funden “en un valor inalterable”. El Cultural ha invitado a cuatro de sus más íntimos seguidores (Luis Eduardo Aute, Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes y José Luis Rey) para que expliquen las razones de su pasión coheniniana y nos regalen poemas inéditos dedicados al poeta canadiense.


Deuda impagable
Por Luis Eduardo Aute

No me importa que haya quien me considere el leonardcoheniano de cabecera.Cohen es un excelente escritor a través del cual se ha reconocido, al fin, la importancia de la canción como género literario. De Dylan al ultimísimo cantautor, todos estamos en deuda con él, porque parecía que la canción era un subgénero dentro de las artes, algo así como la hermana menor, la desahuciada, comparada con la pintura o la poesía. Es un excelente poeta en el que se reconoce la canción como género literario que semerece entre las demás artes. 

¿Como comenzó todo? Lo descubrí en los primeros años 60, quizá en 1961 ó 1962: fue entonces cuando escuché canciones suyas de lo que sería su primer disco, Songs of Leonard Cohen (1967), en el que ya estaban presentes clásicos como “Suzanne”,“Sisters of Mercy” o “So Long, Marianne” . Luego fui a varios de sus recitales, y tuve el privilegio de compartir el mismo escenario en el Palacio de Deportes de Madrid en el año 85 ó el 86, no lo recuerdo muy bien, aunque un par de meses antes, en la galería Vandrés, en una exposición de Warhol, pude conocerle en una muestra de variaciones sobre Cruces y pistolas. Allí nos presentaron, y le entregué el disco que acababa de sacar, Templo; él me dió I'm your man, hablamos de poesía y de pop-art.

No me atrevo a asegurar que hoy su influencia sea evidente en los jóvenes poetas, pero sí que ha influido en grupos y solistas underground, que lo tienen como referencia. Su universo lorquiano, pasional, mágico, amoroso, es muy afín a una cierta liturgia poética. 


El tiempo de L. C.
Por Felipe Benítez Reyes

Leonard Cohen ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.

Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquel medio chiflado seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.

Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. 

Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca. Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas. 

Los mirlos

Ahí los tienes:
la orquesta de los pájaros miméticos,
su falsificación aleatoria 
de ruidos robados al azar,
sus trinos de fantoches aplicados. 

Ocultos en las ramas,
fugados al calor de primavera, 
con su negrura de augurio,
con su memoria de organillo mecánico,
leyendo partituras 
escritas en el aire,
su ser para la nada,
su canto cristalino y cacofónico,
conforme al algoritmo del quién sabe,
payasos musicales portentosos,
tensando la mañana con el arco
de su garganta pura y desquiciada. 

Ahí los tienes de nuevo, y aquí tú:
los artesanos de lo etéreo,
nuestras alas de cera,
el canto dado a nadie
y porque sí.


El salvoconducto
Por Benjamín Prado

Conocí a Leonard Cohen en el año 2001, en un hotel de Madrid donde iba a hablar con él, por encargo de una revista musical, de su disco Ten new songs. Le gustaron tres cosas: que mi canción favorita fuese “Alexandra Leaving”; que le regalase un cd en el que le había grabado las dos interpretaciones en directo que Bob Dylan hizo de su canción “Hallelujah” y, especialmente, que en lugar de llevarle alguno de sus álbumes para que me los dedicara, le llevase uno de sus libros de poemas, La caja de especias de la tierra, y su novela Los hermosos vencidos. A mí de él me gustó todo. 

Hablando con él de literatura, de música y de la vida en general, te dabas cuenta de que mintió dos veces cuando dijo que era un escritor que se hizo cantante al oír a Dylan y pensar que él también podía hacerlo igual de mal: la primera mentira es que Cohen canta imitando su propia voz, y de hecho cuando hablas con él parece que pudieras bailar lo que dice a ritmo de vels; la segunda está en el pasado del verbo: Cohen no era escritor, lo ha seguido siendo con o sin guitarra en la mano, en prosa o en verso, porque la raya de salida de todo lo que hace está en la poesía. Para cualquiera que intente escribir una canción que se pueda leer, Cohen no es una influencia, es una obligación. Si no tienes su sello, no pasas la frontera. 

Cuando esábamos en Praga escribiendo las canciones de su disco Vinagre y rosas, Joaquín Sabina leyó en un periódico unos versos de la canción de Cohen “Everybody knows”, y se vino abajo: “Quememos todo lo que hemos escrito, porque jamás vamos a llegar a esto.” Y yo le contesté: “Al contrario, vamos a escribir una canción que le hubiera gustado escribir a Cohen.” Hicimos “Virgen de la amargura”, en la que se dicen cosas como: “La guerra ha terminado,/ yo vengo a arrodillarme ante tu cama./ Te rezan mil soldados / y el palacio está en llamas,/ tu general arría mis banderas, / las fieras entran en la catedral./ El rey murió en el campo de batalla,/ la reina se ha pasado al enemigo,/ yo no me cuelgo más que la medalla/ de no saber contar menos contigo.” No sé cuánto nos acercamos al maestro, pero él está dentro de esa canción. 

Mientras conversábamos en aquel hotel de Madrid, Cohen me pedía que encandiera cigarrillos y se los pasara cuando no lo vigilaban sus ayudantes, que no le dejaban fumar, y me contaba alguna historia que hubiera detrás de cada una de las canciones o una conversación con Dylan en París, en la que él le explicó cuánto había tardado en escribir “Hallelujah” y el otro le respondía que él en componer “I and I”, que a Cohern le había interesado mucho, gastó “unos 29 minutos”. Y luego le regalé un par de libros míos traducidos al inglés y nos hicimos una foto juntos. No me hace falte mirarla para ver la manera en que ese hombre vestido de negro brilla con todos los colores de este mundo. O sea, que es idéntico a todo lo que escribe. 

Segunda Carmela

Carmela, nunca mires
las lágrimas en blanco del hipócrita.
No permitas a nadie reemplazar
tu vida por la suya.
No eches de menos cosas que no puedan volver. 

No hables con los que creen que sobran las palabras.
No mezcles los recuerdos con los planes.
Cuenta a los otros sólo lo que sean
capaces de callar.
Escucha a los que advierten, huye del que amenaza.
Recuerda que tendrás que correr mucho
para poder salir de la carrera. 

No sueñes al dictado.
No sigas las campanas.
No preguntes por gente que esperas que te olvide. 

Carmela, este poema sólo quiere un final:
Han pasado los años; hace mucho que el viento
aúlla como un lobo transparente
en mi casa vacía,
y una noche,
en un lugar donde alguien
nada en el mar o alguien cava en la nieve
igual que si buscase el corazón del frío,
piensas en mí
y acabas esta historia:
-Tal vez de algunas cosas me arrepienta
pero no me avergüenzo de ninguna.

Escribe tú eso entonces y yo seré hoy feliz.


El espíritu de la belleza
Por José Luis Rey

Cuando trabajaba como profesor en Almería, al volver a Córdoba, en un largo viaje en coche, aprovechaba para escuchar las obras completas de Leonard Cohen. El paisaje, el paso por los puertos de Granada, la nieve, los largos campos yertos, todo se ondulaba bajo el peso suave de sus canciones. Bob Dylan y Cohen eran la banda sonora de mis viajes; dos poetas, dos artistas con mundo propio y con algo que decir. Y cómo lo decían. El coche avanzaba y el cálido oleaje del cantante convertía la cabina en una leve barca y yo pensaba que, al igual que Mallarmé soñó el mundo con la meta de desembocar en un libro, Cohen había concebido sus poemas para que despertaran en hondas y estremecedoras canciones. 

En concreto, el poema de Lorca Pequeño vals vienés cobraba una dimensión nueva, esplendorosa: parecía que hubiera estado esperando siempre esa música, y no otra; que Lorca no podía sonar de otra manera. Muchas han sido las ocasiones en que he vuelto a escuchar a Cohen, pero ninguna con mayor intensidad que en aquellos viajes. Varios son los poemas que he escrito sobre música y sobre el acto, tan poético, tan entregado, de oír. En sus Sonetos a Orfeo Rilke nos dijo que quien escucha crea un templo en su oído. En el templo de mi oído Cohen es el gran sacerdote, junto a los Beatles, Bob Dylan o Duncan Dhu. 

La música de Cohen tal vez no sea divina, como la de Bach, pero es profundamente humana: Shelley, en el fragmento V de su Himno a la belleza intelectual, celebró que lo más divino encarna en lo más humano; que entre los muebles enormes y por los pasillos de la infancia vamos siempre detrás del ideal, detrás de los sueños que encarnan solamente en los despiertos de esta tierra. Qué cercanía veo ahora entre Shelley y Cohen: Suzanne y su locura amable, el partisano, Marianne y la larga despedida, las Hermanas de la Caridad, la Señora Medianoche... 

También en sus poemas no cantados, cuya difusión entre nosotros hay que agradecer a la editorial Visor, leonard Cohen eleva un mundo de resistencia moral sirviéndose de instrumentos muy propios de la tradición anglosajona, como son la ironía y la imagen sorprendente. Inolvidable es, por ejemplo, su poema “La reina Victoria y yo”, del libro Flores para Hitler, o aquel otro de La energía de los esclavos, que se titula “Escuchando en todas las esquinas,” donde irónicamente habla del poeta como el elegido para perfeccionar a todos los hombres. En este sentido, creo que el maestro de Cohen bien pudiera ser Auden: del inglés tomó el canadiense el uso magistral de lo irónico y lo turbador. Todos los poemas de Cohen responden al afán de hacernos abrir los ojos y dejarnos como recién salidos de un sueño, un largo sueño, un largo viaje en coche, escuchando el espíritu de la belleza, sabiendo que siempre somos pasajeros. 

Suzanne en la bañera

La muchacha que no sabe quién eres
te toma de la mano y baja al río.
En los tejados hay bardos noruegos
y no recuerda el carpintero que
anduvo sobre el mar.
En el sueño de los mormones
hay torres de madera y rosas y estallidos
del verbo en espiral, el que esperábamos
con los abrigos puestos
en la verde nevada de la muerte.
Susana sin los viejos,
sin los idos con ojos eleáticos
de donde fluyen mapas cuyo centro eres tú, 
tú, muchacha desnuda entre los sordos.
Adiós, mi partisana, mi país
perdido, mi frontera.
El agua se evapora porque es música.
Te amé. Bien sé por eso
que no puedo morir.


Mi Leonard Cohen
Por José Manuel Caballero Bonald

Confieso que quedé bastante sorprendido al saber que Leonard Cohen había obtenido el premio Príncipe de Asturias de las Letras, pero enseguida acabé por considerarlo de lo más natural, sobre todo teniendo en cuenta las últimas directrices geopolíticas de ese premio. Entonces, recordé cómo me lo descubrió, hace ya mucho tiempo, Luis Eduardo Aute, que era, que es, muy devoto del cantautor canadiense. No pensé entonces que lo importante de él fuese su poesía, sino que se trataba simplemente de un cantante muy atractivo, de lo mejor que había oído en su género.

Después, he escuchado algunos de sus discos, pero confieso que he sido un lector deficiente de su obra y no he asistido, que yo recuerde, a ningún recital suyo. Por eso me temo que mi admiración por Cohen jamás ha ido mucho más allá, porque no he pasado de ser un discreto oyente de sus discos y apenas si recuerdo el tono general de algunos de sus libros, de los tres o cuatro que publicó Visor en traducciones más o menos aceptables. Además, ya se sabe que las canciones de Cohen son más bien taciturnas, pesimistas, muy acordes con esa voz suya espesa, grave, bastante monocorde...

En su temática amorosa o de reflexión moral siempre se filtra una especie de sarcasmo dramático muy bien dosificado... En cambio, reconozco que ha hecho un gran trabajo reinterpretando a García Lorca, más allá de los tópicos. Ha sido un buen intérprete de Lorca. Al menos, la versión que yo conozco del "Pequeño vals vienés", de Poeta en Nueva York, es muy certera. La voz ronca, oscura, se adapta muy bien a la tonalidad del poema.

En realidad, me interesa sobre todo el personaje, ese judío medio errante que ha vivido muy a fondo ciertas experiencias claves del último medio siglo y ha sabido adoptar una postura crítica frente a la sociedad, frente a la vida. Me agrada la dimensión irónica de sus canciones amorosas, el turbio tinte religioso o moral en que se enmarcan. 

Su poesía, en cambio, me cae un poco a trasmano. Hablo de su poesía como tal, de su obra poética al margen de los traspasos musicales. Comparto su ironía, su sentido del humor, su mordacidad, su enfoque crítico de la vida, pero su sistema expresivo no coincide del todo con mis predilecciones estéticas. Y reconozco que ha sabido ganarse a un buen puñado de admiradores porque ha sabido conectar muy bien con el lector contemporáneo, sobre todo a través de su innegable y oportuno ingenio comunicativo. 

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Paul Nurse
“Sin un vínculo entre el científico y su momento la ciencia podría llegar a corromperse"
Por Javier LÓPEZ REJAS

Nullius in verba (en palabras de nadie) es el lema que consagra la independencia de la Royal Society, que hoy recibe el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2011. Su presidente, Sir Paul Nurse, habla con El Cultural sobre el peso de la institución en la ciencia actual, de su búsqueda de la excelencia y de su capacidad por adaptarse a la era de internet.

Todos los grandes galardones parecen haber sido creados para condecorar a Sir Paul Nurse (Londres, 1949). Premio Nobel de Fisiología de 2001 por sus investigaciones sobre el ciclo celular, Medalla Copley de la Royal Society en 2005, Caballero de la Corona Británica y Legión de Honor francesa están entre sus reconocimientos. Además de presidente de la Royal Society (de la que es miembro desde 1989) es profesor de Microbiología de la Universidad de Oxford, director del Cancer Research UK y presidente de la Universidad Rockefeller de Nueva York. El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2011 a la institución que dirige ha reforzado su meta de llevar la ciencia al último rincón de la sociedad.

-¿Cómo ha recibido la Royal Society el Premio Príncipe de Asturias?
-Conozco bien los Premios Príncipe de Asturias y su impacto en la sociedad española. Es un galardón de gran prestigio y trascendencia. Uno de los objetivos del 350 aniversario de la institución, que celebramos recientemente, era llegar a inspirar a la gente, lograr que la sociedad sea capaz de maravillarse con los avances que la ciencia puede ofrecer en nuestro tiempo. Este Premio viene a demostrar que esa conexión y ese respaldo existen.

-¿Qué papel juega la Royal Society en la ciencia contemporánea?
-Piense que tan importante es lo que sucede dentro de un laboratorio como fuera de él. En ese sentido, la labor de la Royal Society ha ido dirigida a que responsables políticos y diferentes agentes sociales comprendan y compartan los retos a los que se enfrenta la humanidad hoy día. Nuestra misión es ayudar a evaluar los riesgos, colaborar en la búsqueda de soluciones y facilitar la comunicación para dar con la decisión más adecuada a cada problema. Sin ese vínculo entre el científico y su momento la ciencia podría llegar a corromperse. Otra parte muy importante de la labor de la Royal Society tiene que ver con la financiación de los jóvenes científicos más brillantes de cada promoción a través de nuestro programa University Research Fellow. Invertir y fomentar su talento es apostar por el futuro.

La curiosidad como motor

-¿Resulta compleja la adaptación a los nuevos tiempos de una institución con más de 350 años de vida? ¿Qué la impulsa después de tanto tiempo?
-Haber celebrado este aniversario pone de manifiesto su capacidad de adaptación. Lo único que no ha variado es el profundo respeto de cada uno de los miembros de la Royal Society por las evidencias empíricas, como se pone de manifiesto en el lema adoptado por la institución, Nullius in verba [En palabras de nadie]. Desde nuestros primeros años, hemos proporcionado evidencias a los gobiernos para facilitar la toma de buenas decisiones, como se ha podido comprobar más tarde. Obviamente, el sistema de investigación ha cambiado mucho, sobre todo en lo que se refiere a las áreas específicas de trabajo y a las herramientas disponibles para la experimentación. Pero tenemos claro que el principal motor del trabajo es la curiosidad, y eso siempre ha estado en el corazón de la ciencia y de los científicos. 

-¿Cuáles son los criterios para la financiación de nuevos proyectos? 
-Tenga en cuenta que nuestro objetivo es proporcionar a los responsables políticos el mejor asesoramiento científico bajo un único criterio: la excelencia. Hemos publicado informes sobre la geoingeniería y la agricultura sostenible y se está trabajando actualmente en un estudio sobre la población. También tratamos de invertir en eventos que ayudan a mostrar al público los retos y posibilidades que ofrece la ciencia. El año pasado, como parte de las celebraciones de nuestro aniversario, hicimos una fiesta de la ciencia y de las artes que atrajo a 70.000 visitantes. 

La institución que dirige Sir Paul Nurse, fundada en 1660, cuenta hoy con 1.500 miembros, entre ellos 75 premios Nobel y nueve Premios Príncipe de Asturias. Isaac Newton, Charles Darwin, Benjamin Franklin, Albert Einstein o Stephen Hawking figuran en su galería de ilustres. Cabría añadir al español Antonio García-Bellido, que es Miembro Extranjero desde 1986. La Royal Society tiene una triple función: es Academia Nacional de Ciencias, sociedad científica y organismo de financiación. "Nuestra experiencia -precisa Nurse- se plasma en la comunidad científica a través de los trabajos de científicos del Reino Unido y de fuera. Entre nuestras competencias está invertir en futuros líderes científicos y en la innovación, la formulación de políticas de influencia con el mejor asesoramiento científico, fortalecer la ciencia y la enseñanza de las matemáticas, aumentar el acceso a la ciencia internacional e inspirar interés por los nuevos descubrimientos”.

En la era de Internet

El estudio publicado por Newton sobre la luz y los colores, documentos del explorador James Cook o las condiciones en las que Benjamin Franklin realizó la invención del pararrayos son algunos de los documentos que la Royal Society ha puesto a disposición de los interesados en internet como parte de su apuesta por llegar a la sociedad a través de las nuevas tecnologías: "El auge de internet abre la puerta a nuevos desafíos, a los que la ciencia debe hacer frente, nunca ignorar. Si no evolucionamos paralelamente a las nuevas tecnologías perderemos esa capacidad de comunicar”.

-¿Faltan vocaciones científicas como las había en siglos anteriores?
-Afortunadamente, la ciencia sigue creciendo como una empresa global, pero no debemos ser complacientes. Tenemos que seguir tratando de inspirar a los jóvenes para que se interesen por el mundo que nos rodea. También debemos ser capaces de reconocer el enorme potencial económico de la innovación científica.

-La Royal Society ha vivido prácticamente todas las grandes revoluciones científicas. ¿Cómo se enfrenta a la actual con hitos como la secuenciación del genoma humano?
-Publicando los mejores artículos científicos en nuestras revistas y financiando las ideas más vanguardistas de la ciencia. Una de las funciones más importantes es proporcionar un foro para el debate científico, ya sea a través de las publicaciones o a través de reuniones que faciliten el debate. 

-Como premio Nobel de Medicina, ¿cree que la biotecnología revolucionará la medicina actual?
-La Medicina ha sufrido muchas revoluciones a lo largo de la Historia. Los antibióticos, la cirugía y las vacunas se encuentran entre los acontecimientos que han cambiado la existencia humana. La biotecnología tiene claramente el potencial de ofrecer un cambio de similar magnitud. 

Sobre YOU TUBE :

- Suzanne (from "Live At The Isle of Wight 1970")

- Everybody Knows

- The Partisan - Le partisan - Original 1969 - French TV

- Hallelujah

Articulo : http://www.elcultural.es 21/10/2011

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

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