El fin de la terapia
Una destacada siquiatra sicoanalista,
Natasha, invita a nueve pacientes mujeres a reunirse en una parcela cercana a
Santiago con el propósito de que cada una de ellas -que antes no se conocían-
cuente en público sus vidas en una suerte de acto final de apaciguamiento y, de
ese modo, dar por concluida la terapia con una "sanación" -en la
medida en que las complejidades de la psiquis lo permitan- que tiene un cierta
convergencia en la propia Natasha. Hay también una "undécima mujer",
una argentina que Natacha conoció de joven cuando estudiaban en la Universidad
en Buenos Aires, que es, desde hace largos años, su asistente y entrañable
amiga.
La percepción, que aparece señalada en el
epílogo, de que "el valor de los humanos es su capacidad de separación, de
ser independientes, se pertenecen a sí mismos y no a la manada" y que ese
camino de individuación y autonomía pueden ser llevado a cabo con la ayuda
esencial del terapeuta, son los presupuestos antropológicos y sicológicos del
relato, que jamás se cuestionan y más bien son axiomas o tesis de las cuales la
novela es corolario o demostración.
La estructura narrativa de la novela es
bastante simple: un prólogo y un epílogo relatado por un narrador autoral,
focalizados en la interioridad de Natasha, que observa desde una ventana la
llegada y partida de sus pacientes, y diez capítulos -titulados con el nombre
de cada una de las mujeres- en que ellas cuentan, cada una a su modo, sus
respectivas vidas. Entre estas también el lector puede enterarse de la vida de
Natasha, contada no por sí misma, sino por su fiel y amante asistente.
Serrano se impuso un desafío creativo
enorme, porque, en su esfuerzo por mostrar la diversidad de lo femenino, escoge
diez vidas (casi once) y personalidades diversas entre sí, y para ello va
combinando las distintas variantes de manera que ninguno de sus personajes
tiene que ver con el otro: estrato social y económico, oficio o profesión,
estudios, edad, preferencia e identidades sexuales, lugares de origen,
etcétera, cambian llamativamente en cada historia. En esta novela, una paciente
no se distingue de otra por la edad, sino que también tiene que ser lesbiana,
medio cuica, haber estudiado informática, vivir en otra parte. Usando un símil
manido, son como un bello y abigarrado manojo de distintas flores. Desde lo
alto de la ventana, el narrador autoral que toma la voz de Natasha presenta,
con humanidad, a cada una esas distintas flores que conoce por su consulta ya
muy bien. Es difícil construir diez (u once) historias con protagonistas
deliberadamente diversos hasta este extremo, cuyo único elemento común es que
son mujeres y pacientes de Natasha. A su vez, como el grueso de la novela está
narrado en primera persona por diez narradores distintos, Marcela Serrano se
esfuerza por traspasar al lenguaje, a la superficie del texto, las marcas que
permiten identificar a cada una de esas monadas femeninas. En ambas
operaciones, la novela actúa con eficacia pero con simplificación excesiva y,
por ende, sólo en algunos casos sus personajes logran plena verosimilitud y,
paradójicamente, a contrapelo de su total diferenciación exterior, sus vidas se
parecen a otras historias de mujeres y sólo en algunos capítulos alcanzan la
total individuación del personaje.
Marcela Serrano construye la relación con
el lector en base a la "empatía", un recurso literario por completo
legítimo y de uso muy frecuente. El disfrute estético obedece, en buena medida,
a que el lector pueda lograr ponerse en el lugar del personaje, sentir que hay
aspectos en él que le son íntimamente pertinentes. Ese contacto es el buscado
aquí. Es bastante difícil que entre el público no se produzca algún tipo de
empatía con alguna (o con varias) de las mujeres que integran este verdadero
tarot femenino propuesto por la autora.
Hay que señalar que Serrano tiene buena
prosa, simple y clara, que se lee con facilidad. La novela, con todo, parece
fracasar en su intento de retratar diez vidas distintas en 300 páginas. Son
diez biografías diferentes en una sola novela, biografías que únicamente tienen
en común lo señalado: ser mujeres, pacientes de Natasha y ser "algo
neuróticas". El arte de la biografía breve (y estas son breves) es un arte
mayor, en extremo complejo, que implica una gran habilidad en la selección de
los hechos narrados. El relato literario de una vida no se parece al relato
histórico-biográfico y, a veces, Diez mujeres cede hacia una retahíla
de hechos, que como las fechas de los reinos, van jalonando estas vidas. Así,
las sensibilidades, imágenes y detalles concretos se pierden en el recuento
desnudo, superficial y acelerado de los hechos. Contar el otro lado de éstos,
en un relato breve, exige menos informar que apelar a la filigrana que los
desfamiliariza.
Articulo : http://diario.elmercurio.com
02/10/2011
