REPORTAJE:
Las patrias de Alatriste
Por Guillermo ALTARES
Alatriste vuelve, cinco años después de la
última novela y 15 después del inicio de la serie literaria de Arturo
Pérez-Reverte. Este soldado cansado viaja a la peligrosa Venecia del XVII
en El puente de los Asesinos. Pero el telón de fondo es el mismo: la
España descarnada y violenta del Siglo de Oro, la época que para bien y para
mal nos forjó como país.
Puesto a maltratar y degollar infieles,
argumentó, prefería a los que eran capaces de defenderse. Y en eso seguía,
azares de la vida, casi veinte años después". En uno de los momentos clave
de la serie, al principio de la ya penúltima entrega, Corsarios de
Levante, el Capitán Alatriste recuerda los tiempos duros en que,
tras más de una década combatiendo en los campos de batalla europeos en el
Tercio de Cartagena, acabó participando en la represión de los moriscos
españoles. Degollinas, violaciones, saqueos, salvajadas en un universo, el suyo
y quizás el nuestro, despiadado. "Todo el mundo tenía asuntos que ajustar
en aquella turbulenta frontera mediterránea, encrucijada de razas, lenguas y
viejos odios", prosigue el relato. "Como diría mi amigo Élmer
Mendoza: 'Son las reglas", señala Arturo Pérez-Reverte para
explicar la amargura y las contradicciones de su personaje. "Era una España
muy difícil, muy cruel y muy descarnada, pero incluso en ese escenario todo
tiene un límite. Alatriste se mueve por códigos, maneja unas reglas básicas a
las que se acoge", prosigue el escritor español para definir un personaje
que puede ser, sin remordimientos, a la vez un héroe y un asesino a sueldo.
Tras cinco años de ausencia, el viejo
Capitán, el narrador Íñigo Balboa (cada vez más curtido, más alejado de aquel
muchacho ingenuo que conocimos en las primeras entregas), Quevedo y un buen
puñado de personajes regresan con El puente de los
Asesinos, que Alfaguara pone en las librerías el próximo jueves,
en un año que además coincide con el decimoquinto aniversario de la primera
entrega de la serie. La nueva novela, que transcurre en Venecia, es la séptima
y están previstas dos más, La venganza de Alquézar yMisión en
París, salvo que su autor, o su personaje, rectifiquen y decidan seguir
más allá.
Muchas cosas han cambiado -en España, en
el mundo, en la literatura e incluso en el pasado- desde aquella última semana
de noviembre de 1996, cuando los lectores se toparon por primera vez con la ya
mítica frase: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un
hombre valiente". Una de ellas es que Alatriste pasó de ser la idea
disparatada de un escritor, en cuyo éxito no confiaban demasiado ni él ni sus
editores (aunque un auténtico novelista no escribe para vender libros, escribe
porque tiene que hacerlo) a convertirse en una de las series novelescas más
importantes de la literatura en castellano. Y su dimensión no se mide por la
cantidad de ejemplares vendidos (monumental), sino por la relación que
establece con sus lectores.
"Lo mejor de Alatriste es que me
permite volver a mi verdadera patria que, como muy bien explicó Fernando
Savater, es la infancia recuperada a través de la literatura, de las grandes
novelas de peripecias", explica Alexis Grohmann, profesor de la
Universidad de Edimburgo, experto en la narrativa de Pérez-Reverte (está a
punto de publicar un ensayo sobre su obra). "Alatriste me permite viajar a
través de la narración pura a esa 'brumosa tierra natal de nuestra alma', nada
menos que a los cimientos de nuestra condición humana. Por eso vuelvo a esa
tierra 'con previo fervor y con una misteriosa lealtad', que es como Borges
dijo que se leen los libros clásicos", prosigue. Estas palabras,
expresadas varias veces con ideas similares por personas muy diferentes a lo
largo de la preparación de este texto, demuestran que Alatriste es más que un
libro.
Al final del segundo volumen, Limpieza
de sangre, en los apéndices que siempre coronan
los alatristes, con poemas de época -que a veces incluso hablan de
las hazañas del Capitán-, encontramos la aprobación para la impresión del
libro, firmada por un tal doctor Alberto Montaner Frutos: "Caballero del
hábito de San Eugenio y lector de humanidades en el General Estudio de
Zaragoza". "Pues no sólo deleita, sino que también aprovecha, y ambas
cosas en sumo grado con lo que no cabe mayor ponderación", se puede leer
en este nihil obstat. El Montaner del siglo XXI es un filólogo e
historiador aragonés, catedrático de la Universidad de Zaragoza, erudito,
experto en el Siglo de Oro y en el Cantar de Mío Cid. Su papel
alatristiano es pequeño pero clave: la selección poética que cierra cada volumen
(es él quien ha encontrado los sonetos sobre Alatriste) y la edición anotada de
la primera entrega, publicada hace dos años. "Son textos muy bien
investigados, en los que Pérez-Reverte hila muy fino. Es una recreación muy
documentada y minuciosa de la época".
El Capitán, un título que le dieron sus
compañeros, no sus superiores, nace en León en torno al año 1582 y muere el 19
de mayo de 1643 en Rocroi, la batalla que significa el final de los Tercios y,
a medio plazo, de la dominación española en el norte de Europa. Sirve a tres
reyes, Felipe II, Felipe III y Felipe IV, desde que, a los 13 años, se alistase
como paje tambor en el Tercio Viejo de Cartagena. "Para un hispanista, las
aventuras del Capitán Alatriste son un verdadero manantial de sugerencias e
informaciones. En ellas se mezclan la historia, la literatura y la cultura con
una crítica a veces muy severa de la gran España imperial", explica el
italiano Marco Succio, profesor de literatura española en la Universidad de
Génova.
La visión que Arturo Pérez-Reverte
construye de aquella época está muy alejada de cualquier sentimiento épico. Las
aventuras son importantes, los lances de capa y espada, que surgen de la
memoria literaria de Pérez-Reverte en la que ocupan un espacio fundamental los
grandes escritores del folletín como Alejandro Dumas.
Pero Alatriste no se puede entender sin el relato de la miseria y los
horrores de un mundo dominado por reyes ciegos, una nobleza bastarda y una
Iglesia cruel y despiadada. Las reflexiones de Quevedo (un personaje fundamental
en la serie) al final de Limpieza de sangre, cuando todavía crepitan,
en medio del hedor a carne quemada, las hogueras de un auto de fe celebrado en
el centro de Madrid, resumen muy bien el lado oscuro del Siglo de Oro.
"Aquella España desdichada, dispuesta siempre a olvidar el mal gobierno,
la pérdida de una flota de Indias o una derrota en Europa con el jolgorio de un
festejo, un Te Deum o unas buenas hogueras, oficiaba una vez más de fiel a sí
misma". Un poco antes, el narrador Íñigo de Balboa había afirmado sobre
los inquisidores: "Encarnaban demasiado bien los auténticos poderes en
aquella corte de funcionarios venales y curas fanáticos, bajo la mirada
indiferente del cuarto Austria, que veía condenar a sus súbditos a la hoguera
sin mover una ceja".
El relato de la gestación de Alatriste es
conocido y tiene que ver precisamente con la Historia. Cuando vio el espacio
que dedicaban al Siglo de Oro los libros de bachillerato de su hija Carlota
-con la que firma el primer volumen-, decidió crear un personaje que contase un
momento crucial de nuestra Historia, sin el que no se puede entender nuestro
presente. El autor de La tabla de Flandes y El club
Dumas no quería ajustar cuentas con el pasado, simplemente contarlo, y a
la vez recrear un tipo de novela de aventuras que parecía ausente de la
literatura española. Antonio Méndez, librero de los de siempre y propietario de
la librería Méndez, situada en un territorio tan alatristiano como la calle
Mayor de Madrid, recuerda que incluso el formato del volumen -más grande- y con
las ilustraciones entonces de Carlos Puerta y luego de Joan Mundet, sorprendía
a los lectores porque no era nada habitual.
Nadie sospechaba lo que iba a ocurrir: que
Alatriste iba a vender millones de ejemplares, llevar a su autor al sillón T de
la Real Academia, incluso según algunos expertos influir en su obra narrativa
posterior -varios estudiosos consideran que Un día de
cólera y El asedio, sus dos últimos libros, nacen de un impulso que
surgió con Alatriste- y que iba a devolver el Siglo de Oro a los institutos.
"Alatriste, siendo profesor, es un
regalo que quiero darles a mis alumnos de 3º de ESO para ensanchar su
imaginación, alimentar su espíritu, proporcionarles conocimiento histórico y
humanístico en un momento tan caótico como éste, y más a los 15 años",
explica Ricardo Soria, de 31 años, profesor de lengua y literatura. "No
quiero ahorrarles nada de eso. A él se acercan primero con fastidio, después
con curiosidad, para acabar con entusiasmo y yendo a por otro libro que les
proporcione todo lo anterior. Pocas veces uno está tan seguro de acertar".
El profesor Francisco Rico, académico de
la lengua y uno de los grandes expertos en la literatura del Siglo de Oro,
escribe en el prólogo de la edición anotada: "Nunca se agradecerá bastante
a Pérez-Reverte haber hecho entrar a tantos lectores en esa literatura y en esa
historia".
"La reconstrucción del Siglo de Oro
es espléndida, pero no sólo por la labor de documentación, sino por la manera
en que un mundo tan minuciosamente reconstruido se recrea con viveza como parte
orgánica de una historia cautivadora", señala el profesor Grohmann, autor
de ensayos sobre Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Rosa Montero, y que
prepara el volumen Las reglas de juego de Arturo Pérez-Reverte.
La serie Alatriste está
compuesta de novelas, no de ensayos, pero detrás de cada libro late una
voluntad didáctica, desde la recreación del castellano de la época hasta la
elección de los temas. "También quise con Alatriste narrar España de
distintas maneras. En Limpieza de sangre explico la Iglesia;
en El oro del rey, la economía, en El sol de Breda, la
guerra; en Corsarios de Levante, el Mediterráneo", señala
Pérez-Reverte. Y no sólo de documentación vive el escritor: el autor utiliza
sus propios recuerdos de los años de guerras y trincheras como reportero para
reconstruir las batallas del siglo XVII: pueden haber cambiado las armas y los
escenarios, pero la violencia y la muerte son las mismas, entonces y ahora.
La otra cara de la moneda, la reivindicación
no teórica sino práctica, del gran folletín literario también ha prendido en
muchos lectores. En una entrevista que le hizo para El País
Semanal en noviembre de 1996, cuando el primer volumen estaba a punto de
salir a la calle, Sol Alameda le describía como un escritor "hijo tanto de
las guerras como de Alejandro Dumas". "Hay escritores que pierden de
vista su condición de lectores y otros no; yo espero formar parte de este grupo
por el resto de mi vida", dijo entonces a Sol. "Alatriste es un
camino de ida y vuelta", señala Belén Hernández, periodista de 28 años.
"Antes había leído a Dumas, pero si era capaz de disfrutar del contexto
histórico de una Francia desconocida ¿por qué no también de la España en la que
no se ponía el sol? Y luego seguí con el género folletinesco", prosigue.
El poeta Luis Alberto de Cuenca, inmenso lector, literato de mil facetas, que
acaba de publicar un disco con Loquillo titulado Su nombre era el de todas
las mujeres, explica su éxito porque "se inscribe dentro del folletín
clásico". "El folletín es inherente a nuestra condición de lectores,
a los seres humanos nos gustan los folletines, es algo que ha ocurrido en todas
las épocas", señala.
En el éxito de la serie hay una clave que
tiene que ver con algo que supera la Historia recuperada y los relatos de
aventuras. Es algo que ocurre a veces y que permanece en la memoria más allá de
las páginas impresas (o digitalizadas, porque Alatriste fue pionera
en su distribución en la Red): la creación de un gran personaje. Parece una tautología
pero no lo es. Sin ese soldado cansado de batallas, medio arruinado, que se
busca la vida entre las tabernas del viejo Madrid, ese tipo que lleva demasiado
tiempo guerreando, que un día decidió dejar de matar moriscos, sin ese
individuo capaz de torturar, de vender su acero para venganzas ajenas, pero
también fiel a sus códigos, a sus reglas de vida, leal, incapaz de matar a un
enemigo herido en el camastro de una mugrienta pensión de Lavapiés, un
compañero al que a uno le gustaría tener cubriéndole las espaldas entre el
barro de las trincheras, sin Diego Alatriste y Tenorio la serie no sería lo que
es. "La solidez del personaje es clave en el éxito", explica José
Belmonte, profesor de la Universidad de Murcia y coordinador junto a J. M. López
de Abiada del volumen colectivo Alatriste. La sombra del
héroe (Alfaguara, 2009), que refleja un congreso celebrado en Murcia en
2007. "De la novela española contemporánea han surgido pocos personajes
realmente grandes y Alatriste es una creación muy sólida. Ni bueno, ni malo,
pero que siempre sigue un código de honor. Te convence y te identificas con
él". "Es un personaje que enlaza con las grandes creaciones
literarias", asegura López de Abiada.
Los diferentes volúmenes ofrecen muchas
frases que describen al personaje. "La inminencia del peligro le daba
siempre una limpia lucidez, una economía práctica de gestos y palabras".
"Desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca
esperanza". Pero quizás ésta sea especialmente significativa: "Fuimos
hombres de nuestro siglo: no escogimos nacer y vivir en aquella España, a
menudo miserable y a veces magnífica, que nos tocó en suerte; pero fue la
nuestra. Y ésa es la infeliz patria -o como diablos la llamen ahora- que, me
guste o no, llevo en la piel, en los ojos cansados y en la memoria". El
primer libro llevaba la siguiente dedicatoria: "Por la vida, los libros y
la memoria". Eso es en el fondo Alatriste: vida, libros y
memorias. Y un viejo capitán cansado de batallas, que tal vez -los misterios de
la literatura son así- nos dé una sorpresa y acabe sobreviviendo a Rocroi.
***
CRÍTICA:
Autobiografía desesperanzada
Por J. ERNESTO AYALA-DIP
En un reciente texto del periodista y
escritor Jesús Marchamalo sobre la biblioteca de novelistas y poetas españoles,
se nos informa sobre los libros que guarda Arturo Pérez-Reverte, entre otros
autores, en la suya como tesoros irrenunciables. No faltan Dumas, Scott,
Stevenson, Balzac, Dickens, Eugène Sue y Galdós, etcétera.
Nombres ilustres en
sus diversas tendencias (desde la novela romántica, pasando por el folletín y
llegando al realismo). Referencias sustanciales con las que Pérez-Reverte ha
forjado las líneas maestras de su literatura. Hay autores españoles del siglo
XVII, algunos de los cuales salen con programática puntualidad en su serie del
capitán Alatriste, como Quevedo, Lope de Vega o Cervantes. Comparten territorio
Conrad, Ortega, Chandler, Vidas paralelas de Plutarco, Patricia
Highsmith y Thomas Mann, una lista ecléctica, como si constituyeran el
paradigma de nuestro tiempo. Pero luego hay otros autores que, leídos o no,
están condenados a su más severa indiferencia u olvido, como él mismo reconoce:
se trata de nombres como Perec, Auster y Bolaño. No registro esta circunstancia
para reconvenir al autor de El maestro de esgrima, sino para indicar
que las filosofías compositivas de algunos autores se hacen con los que se
admira y también con los que se condena al desván de los repudiados. Así ha
armado Pérez-Reverte su literatura. Hospitalario con los que considera de su
raza narrativa y hostil con los que no consigue congeniar. De hecho, el autor
de Cartagena comienza a construir un discurso literario muy pegado a la
tendencia predominante de la novela española de los años ochenta y noventa: la
narración pura, la construcción de tramas muy decimonónicas, y muchas de ellas
en el sentido más posmoderno del término. No es casual que por esos mismos
años, un teórico de los discursos literarios como Umberto Eco publicase El
nombre de la rosa,un texto de ficción a todas luces posmoderno. El club
Dumas (1993) es una novela en esa estela, irónicamente intertextual (que
diría el mismo Eco), incluso con líneas acusadamente metaliterarias que se
cruzan para producir un texto abierto a público diverso (entre ellos la critica),
cuando no incluso antagónico.
Volviendo al libro de Marchamalo, cada
autor debe, después de desgranar su biblioteca, elegir, de su propia obra, su
libro preferido. Pérez-Reverte elige la serie de 'Aventuras del capitán
Alatriste'. Argumenta su elección con estas palabras: "Los libros de
Alatriste son, quizás, los que me hagan sentir más orgulloso como escritor.
Están en los colegios, los leen los jóvenes y muchas personas han entrado en el
siglo XVII a través de ellos. Sé que si estoy en la Academia es por
Alatriste". Nada que objetar al respecto. Pero también no es menos cierto
que si la serie de Alatriste constituye para su autor lo más valioso de su obra
es porque en ella expresa su visión quevediana del siglo XVII español, la
amargura, la desilusión, la crisis del barroco, para decirlo con palabras del
añorado maestro José Antonio Maravall.
Se publica ahora un nuevo título de la
serie de Alatriste, El puente de los asesinos. Como en anteriores, el
relato recae en Íñigo Balboa, el joven espadachín que en el momento de las
peripecias junto a su "viejo amo" y otros personajes que vuelven a
aparecer tiene dieciocho años. Ya sabemos que Balboa escribe desde un presente
muy distante de los hechos que nos cuenta. Las coordenadas históricas son las
del reinado de Felipe IV, durante una España en franca decadencia. En esta
nueva entrega, que se desarrolla en Venecia, sobresale uno de los aspectos que
yo más valoro en ella, además de su tono lúcidamente crepuscular: el punto de
vista de la narración, su desdoblamiento en autobiografía desesperanzada (de
Balboa) y en su relato admirativo del capitán Alatriste, la descripción
pormenorizada del atrezzo, la fiesta y el humor del lenguaje canalla
de la época, el diagnóstico sociológico. Y ese aire de novela de iniciación que
esconde la novela. En medio, el fragor de las escaramuzas, la traición
avizorada. En el capítulo de los recursos narratológicos, la recurrente mención
a la muerte de Alatriste en una batalla por venir parece más la firma retórica
del autor que un asunto de la trama, como esos cuadros barrocos donde siempre
encontramos en una de sus esquinas una hoja en blanco u otro rasgo enigmático.
En El puente de los asesinosreaparece el peligroso Gualterio Malatesta.
Con él se enfrenta Alatriste para saldar una vieja deuda. Se cruzan las espadas
y los cuchillos hieren la carne de los dos espadachines. Y ahí acaba todo. Una
mutua piedad se impone. Como si perdonando al otro, se perdonaran a sí mismos.
No me gustó en su momento el comienzo de El capitán Alatriste ("No
era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre
valiente"). Me gustó ahora el nuevo libro de Pérez-Reverte. Y me gustó
sobre todo su final.
***
CRÍTICA: LIBROS - LOS ELEGIDOS
Estampas del Siglo de Oro
El profesor Alberto Montaner Frutos
comenta ocho títulos elegidos por Arturo Pérez-Reverte
Historia verdadera de la conquista de la
Nueva España
Por Bernal Díaz del Castillo
La conquista hispánica del Nuevo Mundo
suscitó una corriente histórica situada habitualmente entre la descripción
naturalista y la crónica. Estas obras, redactadas por sus propios
protagonistas, conforman una nueva historiografía dotada de inmediatez y
apasionamiento.
Bernal Díaz del Castillo fue uno de los mejores conocedores del
tema que aborda, puesto que antes de participar en la expedición de Hernán
Cortés en 1519, ya lo había hecho en la descubridora de Francisco Hernández de
Córdoba en 1517 y en la exploradora de Juan de Grijalva en 1518. Declara
escribir "lo que yo vi y me hallé en ello peleando... muy llanamente, sin
torcer ni una parte ni otra", pero también con un prurito de
reconocimiento, pues "solo el marqués Cortés dicen en esos libros que es
el que lo descubrió y lo conquistó, y los capitanes y soldados que lo ganamos
quedamos en blanco".
Edición de Carmelo Sáenz de Santa María;
introducción y notas de Luis Sainz de Medrano. Planeta, 1992.
Guzmán de Alfarache
Mateo Alemán
Una golondrina no hace verano. La novela
picaresca no habría existido sin que elGuzmán de Alfarache (1599-1604)
retomase el esquema del Lazarillo y profundizase en él. Ambos ofrecen
la supuesta autobiografía de un pícaro, personaje cercano a la delincuencia
(pero no violento), que busca la ventaja fácil e intenta siempre evadirse de la
responsabilidad, pasando por oficios viles o serviles, mejor o peor
remunerados, pero nunca honrosos, con caídas y recaídas en el mundo del hampa.
Si Lázaro simplemente explica cómo ha llegado a su situación actual, Guzmán
hace una reflexión moral desde la que juzga su vida. Mientras que aquel se
limitaba a explicar su "caso", este ofrece la maduración de una
perspectiva vital. De este modo, la voz del pícaro, sus reflexiones y su relato
aglutinan diversos materiales (situados entre la confesión, la miscelánea y el
sermón) en una unidad de profunda dimensión novelística.
Edición de José María Micó. Cátedra, 1987.
2 volúmenes. Letras Hispánicas, 1986-1987.
Rinconete y Cortadillo
Miguel de Cervantes
En esta pieza de sus Novelas
ejemplares se combinan la lectura de sus precedentes del género picaresco
con las experiencias de Cervantes (su estancia en la cárcel y el consiguiente
conocimiento de los bajos fondos), que se reflejan también en su entremésEl
rufián viudo, pues ambos retratan el mundo del hampa sevillana,
compartiendo diversas situaciones. La novela ensarta diversas escenas que
ridiculizan la piedad mal entendida y dan una imagen en negativo de la sociedad
respetable. En efecto, el hampa también tiene sus leyes, gobierno e impuestos,
incluso su puntilloso sentido del honor y del decoro. Podría constituir, pues,
la parodia de toda una sociedad basada únicamente en la fachada, aunque quizá
el objetivo sea más concreto y la sátira cervantina se dirija solo contra
quienes comparten la actitud de los rufianes y piensan que basta con guardar
las apariencias.
Novelas ejemplares, edición de Jorge
García López; estudio preliminar de Javier Blasco; presentación de Francisco
Rico. Galaxia Gutenberg, 2005.
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes
Ante el Quijote, ¿cómo no
lamentar la pérdida del libro sobre la comedia de la Poética de
Aristóteles, que ha dejado al humor sin respaldo metafísico? Así, cuando una
obra en la cúspide del canon, como el Quijote, no presenta valores
más allá de lo jocoso, resulta casi incomprensible, cuando no inaceptable, que
ocupe semejante lugar. Sin duda, el Quijotetrasciende la parodia de los
libros de caballerías, pero eso se debe a su dimensión estética, antes que a la
ética. Ahora bien, Cervantes no acepta confundir heroísmo con insensatez, como
hace don Quijote, que no es un idealista que tropieza con la ruindad del mundo,
sino un pobre hombre que, enloquecido por malas lecturas, lo entiende todo al
revés, arrastrando al simple de su escudero. El afecto que siempre han
suscitado don Quijote y Sancho se debe a tales singularidades y no a su
presunta condición de tipos universales.
Edición de Francisco Rico. Santillana,
2007.
La vida del buscón
Francisco de Quevedo
Tercer hito de la picaresca, el buscón don
Pablos coincide con Guzmán de Alfarache en haber tocado fondo, desde el cual
repasa su trayectoria, pasando de actor progresivamente cínico a narrador
irónico. Lo más llamativo es el distanciamiento respecto de sí mismo, mayor que
Lázaro e incluso Guzmán, pues este censura al pecado compadeciendo al pecador,
lo que no hace don Pablos. Podría decirse que en El buscónQuevedo se
impone a su personaje y que la ligazón entre Pablos-actor y Pablos-narrador es
más conflictiva que en sus predecesores. Pese a todo, este no es un puro títere
en manos de su autor, sino que presenta coherencia psicológica al menos en dos
rasgos fundamentales: su voluntad o, mejor dicho, su afán de medro, y su
constante sentimiento de vergüenza por lo que es o por lo que hace. -
Edición de Fernando Cabo Aseguinolaza.
Real Academia Española / Galaxia Gutenberg, 2011. Biblioteca Clásica, 59.
Obra poética
Francisco de Quevedo
El corpus poético de Quevedo abarca casi
todos los géneros de la poesía barroca: amoroso, moral, heroico, de elogio o de
circunstancias, descriptivo, religioso, fúnebre y satírico-burlesco. El hecho
de que casi la mitad de sus poemas sean del último tipo (al igual que varios de
sus textos en prosa) lo ha consagrado como el "poeta crítico" de su
época, pero fue también un gran poeta lírico. Cultiva las diversas novedades métricas
y temáticas del momento y demuestra un profundo conocimiento, no solo de las
letras italianas y españolas de su época, sino de los autores clásicos y
renacentistas. Bajo su pluma, la poesía moral es complementaria de la poesía
satírica, ambas vienen a ser dos caras de una misma moneda, la de la crítica de
costumbres unidas ideológicamente por su filosofía neoestoica, pero separadas
en el aspecto formal, al estar la primera en tono serio y la segunda, jocoso.
Edición de José Manuel Blecua. Castalia,
1969- 1981. 4 volúmenes.
Vida de este capitán
Alonso de Contreras
Además de las crónicas de Indias, como la
de Díaz del Castillo, el Siglo de Oro verá nacer otras manifestaciones
historiográficas conexas, destacándose, por su potencial literario, las
memorias o autobiografías de soldados. La más célebre es la compuesta por el
capitán Contreras. En esta, como en las demás obras del género, el autor es un
personaje de sí mismo, que no se construye ante los ojos del lector mediante la
demorada introspección ni la detallada descripción de estados de ánimo, sino,
al viejo estilo de la épica, gracias a la vigorosa actividad desplegada. En
consonancia, "Contreras escribe así, escueto y sobrio, sin adornos ni
bravuconadas, con espontaneidad y conocimiento íntimo de la materia. Nos dice
lo que hizo y lo que fue, que no es poco. Su memoria es su orgullo, y para
recordar no necesita adornos" (Pérez-Reverte).
Edición de Carmen López. Prólogos de
Arturo Pérez-Reverte y José Ortega y Gasset. Reino de Redonda, 2008.
Comentarios del desengañado de sí mismo
Diego Duque de Estrada
Otra pieza fundamental entre las
autobiografías soldadescas. Frente a otros autores del género, Duque de Estrada
es un literato ducho, que recurre a menudo a una prosa marcadamente culterana,
cuando considera que debe dar auténtico vuelo a su pluma, a tenor de los
acontecimientos relatados. Como soldado experimentado, podía referirse, no sin
un ocasional deje fanfarrón, a su "natural deseo de hacer cosas
heroicas". Pero su actitud no es la del jactancioso miles
gloriosus o vulgar matasiete. Frente al pícaro y al jaque, el soldado
mantiene un código del honor (que se basa esencialmente en ser fiel a sí mismo)
y un concepto de lealtad (entendida más como compromiso personal que como
responsabilidad colectiva) que, por peculiares que puedan resultar vistos desde
nuestra óptica, los diferencian netamente desde la mentalidad de su época.
Edición de Henry Ettinghausen. Castalia,
1982.
Articulo : http://www.elpais.com
22/10/2011

