dimanche 30 octobre 2011

Ignacio VALENTE/ Horror y deleite de vampiros


Relatos de miedo Antología publicada por Ediciones Atalanta
Horror y deleite de vampiros
Por Ignacio VALENTE 

Los vampiros "verdaderos", es decir, perversos o diabólicos, han desarrollado un previsible potencial artístico dentro del relato fantástico macabro, por contraste con los vampiros light y sentimentales de algunas novelitas de gran éxito reciente (Crepúsculo & compañía), harto pobres como ficción. Para convencerse de aquel potencial bastará leer los mejores relatos de Vampiros, colección que reúne dieciocho cuentos escritos a lo largo de los siglos XIX y XX.

Un vampiro es un cadáver que abandona su tumba por las noches para succionar la sangre de los vivos y así prolongar su existencia terrena; a veces su mordida convierte en vampiro a su propia víctima; y sólo puede ser "matado" mientras "duerme" en su tumba clavando una estaca en su corazón. El presupuesto "antropológico" de esta ficción reside en dos principios básicos: que existe un estado intermedio entre la vida y la muerte -entre el difunto y el viviente-, y que el aliento vital del hombre reside en su sangre y es transferible por succión bucal.

En el prólogo de esta selección de dieciocho cuentos de vampiros, el antologista Jacobo Siruela rastrea las raíces culturales de ese mito, que él quiere remontar a los muertos vivos de los sumerios o al demonio femenino chupasangre de los griegos, la "empusa". Me parece que va demasiado lejos. Lo cierto es que la forma moderna del vampirismo se origina hace tres siglos en ciertas supersticiones populares de la Europa central y oriental, y que la figura literaria del vampiro procede de la recepción del folclore rumano y húngaro dentro de la novela gótica ("el horror como fuente de deleite") y del romanticismo alemán e inglés del siglo XIX.

Puede sorprender que aquella superstición no llegara a ser fecunda como literatura en sus países de origen, sino lejos de allí, en la Europa occidental, y sobre todo entre autores anglosajones, seguramente porque a ellos les resultaba un mito remoto, más literario, y por la abierta superioridad de Inglaterra y Estados Unidos en el género fantástico.

Ya desde el comienzo fue una tentación irresistible unir el vampirismo al eros, la succión de sangre a la seducción amorosa. Así el vampiro fue a menudo un galán seductor -un aristócrata malvado-, como ocurre en Polidori y Stoker, o bien la vampiresa fue una bellísima doncella -¡una "vampiresa"!-, como en Gautier y Sheridan Le Fanu. En ambos casos, la figura se asoció al poder demoníaco.

Adelanto una conclusión: no basta ni el más siniestro de los vampiros para escribir un buen cuento fantástico, como parecen creer los autores más débiles del género. Se necesita mucho, mucho arte. Si suponemos que esta selección fue más o menos correcta, de su casi veintena de cuentos yo no rescataría más de cinco o seis. Los demás son inferiores, o aun mediocres, como literatura y como entretención.

Los vampiros frustrantes

Entresacaré primero los textos que me parecen insatisfactorios, indicando por qué.

J. W. Polidori, autor de "El vampiro" (1816), fue secretario y médico personal de lord Byron, cuyo carácter -visto con ojos vengativos- reprodujo en su lord Rutven: un noble libertino, frío y malvado. Sólo me explico su gran influencia por haber creado el arquetipo del vampiro byroniano, una especie de abuelo de Drácula, pues la escritura y el argumento de su relato son pobres, simplones, artificiosos. "Vampirismo" (1821), del famoso romántico alemán E. Hoffmann, es un relato historiado y tosco, más necrófago que vampírico: prescindible. Algo parecido sucede con "Berenice" (1833) de E. A. Poe, sobrevalorado y tedioso. Y con "Varney, el vampiro" (1847), de J. M. Rymer, un best seller de la época, convencional recreación de lord Rutven.

Del célebre Abraham Stoker leemos "El invitado de Drácula" (1897), un subproducto de la novela que hizo época a pesar de no valer gran cosa; menos aun vale este cuento. Le sigue "El beso de Judas" (1894), de un mediocre amateur llamado Osgood Field. Dicen que M. James influyó en Lovecraft, pero a juzgar por su relato "El conde Magnus" (1904) no veo por dónde. "El almohadón de pluma" (1907"), de Horacio Quiroga, "el Poe uruguayo", nunca me convenció como fantasía. Los cuentos de E. Benson y R. Mathenson, fechados en 1912 y 1951, son insulsos. Y por fin "Páginas del diario de una joven" (1975), del conocido Robert Aickman, aunque mucho mejor, más ambicioso e interesante que los anteriores, es demoroso para entrar en materia vampírica y demasiado extenso.

Los vampiros óptimos y terribles

Vamos ahora con los seis cuentos de esta selección que realmente valen la pena como literatura y como exquisito horror. "No despertéis a los muertos" (1880), del alemán J. L. Tieck, tiene el mérito de la antigüedad, pero más que un cuento personal parece ser una leyenda popular, por el exceso de lo fantástico (incluye vampirismo y brujería). Aunque la escritura es convencional -tal vez el presunto autor sólo recopiló la leyenda-, su pathos violento hasta la locura y su conjunción demoníaca de sangre, amor y muerte producen el efecto horrible que se espera del género.

El famoso poeta francés Théophile Gautier, que cabalga entre el romanticismo y el Parnaso, es el autor del primer relato vampírico propiamente literario, el excelente "La muerte enamorada" (1836), que resulta original por varios motivos: la hermosa vampiresa ama de veras, hasta donde esto pueda ser, y "cuida" a su amante, un sacerdote recién ordenado, quien a su vez le concede con gusto su elixir vital. Además, este amor sacrílego ocurre no sólo entre la vida y la muerte, sino también entre el sueño y la realidad, y sus vicisitudes de conciencia moral, que son dramáticas, terminan en un buen desenlace.

Alexis Tolstoi, desconocido primo del gran novelista, y autor de "La familia del vurdalak" (1840), cultiva una variante muy distinta del género, en las antípodas de la estilización romántica del vampiro occidental: su macabro monstruo surge del fondo de las ancestrales supersticiones eslavas, y protagoniza el terror del vampirismo colectivo en una aldea entera de Serbia, casi toda ella vampirizada: las víctimas del vurdalak -sus hijos y nietos- se convierten a su vez en verdugos, y de la succión de sangre y consiguiente mutación sólo se libra por los pelos un extranjero.

El relato del irlandés Sheridan Le Fanu, "Carmilla" (1872), más realista que romántico, es un relato muy bien trabajado sobre antiguas vampiresas que duran por varias generaciones, pero se extiende hasta llegar a ser una nouvelle de dieciséis capítulos, lo que no sería problema sino porque su entrada en materia vampírica, al igual que el texto de Aickman, es lenta y demorosa y llega, a mi parecer, demasiado tarde.

Por último, de Estados Unidos proceden dos autores que alcanzan con gran sencillez narrativa una alta cota de belleza y horror. F. M. Crawford, para mí un desconocido, escribe un tardío cuento romántico muy bien ambientado en Sicilia, óptimo como relato de aventuras, y de no poca singularidad dentro del género vampírico, "Porque la sangre es vida" (1911). La amenísima historia está surcada de pasiones meridionales, y su vampiresa es -al menos mientras vive- una simpática gitanilla. Su muerte definitiva, con la clásica estaca en el pecho y en medio de exorcismos católicos, precipita un desenlace tan macabro como pudiera desearse.

El otro autor es el conocido August Derleth, amigo y editor y discípulo de Lovecraft, pero mucho más hábil que él en la escritura, y con ciertos toques faulklerianos. "La nieve que arrastra el viento" (1939) es un relato sintético y sutil, parco y eficaz, muy bien concebido en su gradual entrega de información. Su escenario es una casa rural aislada en medio de la nieve, donde la naturaleza y los muertos parecen confundirse, y el vampiro -que luego son dos y tres por vampirización- no aparece nunca en forma directa: sólo lo (los) percibimos en forma oblicua, por sus efectos, lo que resulta mucho más logrado que si los viéramos en acción.

Me sorprende el marcado contraste de calidad entre los seis cuentos más valiosos, que abarcan un tercio de esta selección, y los otros dos tercios de relatos medianejos que ella contiene. Y me alegra que este extraño género, por lo visto tan fácil de malograrse, nos haya brindado al menos cuatro obras de arte tan notables como las de Gautier, Tolstoi, Crawford y Derleth.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 23/10/2011

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