Relatos de miedo Antología publicada por
Ediciones Atalanta
Horror y deleite de vampiros
Por Ignacio VALENTE
Los vampiros "verdaderos", es
decir, perversos o diabólicos, han desarrollado un previsible potencial
artístico dentro del relato fantástico macabro, por contraste con los vampiros
light y sentimentales de algunas novelitas de gran éxito reciente (Crepúsculo
& compañía), harto pobres como ficción. Para convencerse de aquel potencial
bastará leer los mejores relatos de Vampiros, colección que reúne dieciocho
cuentos escritos a lo largo de los siglos XIX y XX.
Un vampiro es un cadáver que abandona su
tumba por las noches para succionar la sangre de los vivos y así prolongar su existencia
terrena; a veces su mordida convierte en vampiro a su propia víctima; y sólo
puede ser "matado" mientras "duerme" en su tumba clavando
una estaca en su corazón. El presupuesto "antropológico" de esta
ficción reside en dos principios básicos: que existe un estado intermedio entre
la vida y la muerte -entre el difunto y el viviente-, y que el aliento vital
del hombre reside en su sangre y es transferible por succión bucal.
En el prólogo de esta selección de
dieciocho cuentos de vampiros, el antologista Jacobo Siruela rastrea las raíces
culturales de ese mito, que él quiere remontar a los muertos vivos de los
sumerios o al demonio femenino chupasangre de los griegos, la
"empusa". Me parece que va demasiado lejos. Lo cierto es que la forma
moderna del vampirismo se origina hace tres siglos en ciertas supersticiones
populares de la Europa central y oriental, y que la figura literaria del
vampiro procede de la recepción del folclore rumano y húngaro dentro de la
novela gótica ("el horror como fuente de deleite") y del romanticismo
alemán e inglés del siglo XIX.
Puede sorprender que aquella superstición
no llegara a ser fecunda como literatura en sus países de origen, sino lejos de
allí, en la Europa occidental, y sobre todo entre autores anglosajones, seguramente
porque a ellos les resultaba un mito remoto, más literario, y por la abierta
superioridad de Inglaterra y Estados Unidos en el género fantástico.
Ya desde el comienzo fue una tentación
irresistible unir el vampirismo al eros, la succión de sangre a la seducción
amorosa. Así el vampiro fue a menudo un galán seductor -un aristócrata
malvado-, como ocurre en Polidori y Stoker, o bien la vampiresa fue una
bellísima doncella -¡una "vampiresa"!-, como en Gautier y Sheridan Le
Fanu. En ambos casos, la figura se asoció al poder demoníaco.
Adelanto una conclusión: no basta ni el
más siniestro de los vampiros para escribir un buen cuento fantástico, como
parecen creer los autores más débiles del género. Se necesita mucho, mucho
arte. Si suponemos que esta selección fue más o menos correcta, de su casi
veintena de cuentos yo no rescataría más de cinco o seis. Los demás son
inferiores, o aun mediocres, como literatura y como entretención.
Los vampiros frustrantes
Entresacaré primero los textos que me
parecen insatisfactorios, indicando por qué.
J. W. Polidori, autor de "El
vampiro" (1816), fue secretario y médico personal de lord Byron, cuyo
carácter -visto con ojos vengativos- reprodujo en su lord Rutven: un noble
libertino, frío y malvado. Sólo me explico su gran influencia por haber creado
el arquetipo del vampiro byroniano, una especie de abuelo de Drácula, pues la
escritura y el argumento de su relato son pobres, simplones, artificiosos.
"Vampirismo" (1821), del famoso romántico alemán E. Hoffmann, es un
relato historiado y tosco, más necrófago que vampírico: prescindible. Algo
parecido sucede con "Berenice" (1833) de E. A. Poe, sobrevalorado y
tedioso. Y con "Varney, el vampiro" (1847), de J. M. Rymer, un best
seller de la época, convencional recreación de lord Rutven.
Del célebre Abraham Stoker leemos "El
invitado de Drácula" (1897), un subproducto de la novela que hizo época a
pesar de no valer gran cosa; menos aun vale este cuento. Le sigue "El beso
de Judas" (1894), de un mediocre amateur llamado Osgood Field. Dicen que
M. James influyó en Lovecraft, pero a juzgar por su relato "El conde
Magnus" (1904) no veo por dónde. "El almohadón de pluma"
(1907"), de Horacio Quiroga, "el Poe uruguayo", nunca me
convenció como fantasía. Los cuentos de E. Benson y R. Mathenson, fechados en
1912 y 1951, son insulsos. Y por fin "Páginas del diario de una
joven" (1975), del conocido Robert Aickman, aunque mucho mejor, más
ambicioso e interesante que los anteriores, es demoroso para entrar en materia
vampírica y demasiado extenso.
Los vampiros óptimos y terribles
Vamos ahora con los seis cuentos de esta
selección que realmente valen la pena como literatura y como exquisito horror.
"No despertéis a los muertos" (1880), del alemán J. L. Tieck, tiene
el mérito de la antigüedad, pero más que un cuento personal parece ser una
leyenda popular, por el exceso de lo fantástico (incluye vampirismo y
brujería). Aunque la escritura es convencional -tal vez el presunto autor sólo
recopiló la leyenda-, su pathos violento hasta la locura y su conjunción
demoníaca de sangre, amor y muerte producen el efecto horrible que se espera
del género.
El famoso poeta francés Théophile Gautier,
que cabalga entre el romanticismo y el Parnaso, es el autor del primer relato
vampírico propiamente literario, el excelente "La muerte enamorada"
(1836), que resulta original por varios motivos: la hermosa vampiresa ama de
veras, hasta donde esto pueda ser, y "cuida" a su amante, un
sacerdote recién ordenado, quien a su vez le concede con gusto su elixir vital.
Además, este amor sacrílego ocurre no sólo entre la vida y la muerte, sino
también entre el sueño y la realidad, y sus vicisitudes de conciencia moral,
que son dramáticas, terminan en un buen desenlace.
Alexis Tolstoi, desconocido primo del gran
novelista, y autor de "La familia del vurdalak" (1840), cultiva una
variante muy distinta del género, en las antípodas de la estilización romántica
del vampiro occidental: su macabro monstruo surge del fondo de las ancestrales
supersticiones eslavas, y protagoniza el terror del vampirismo colectivo en una
aldea entera de Serbia, casi toda ella vampirizada: las víctimas del vurdalak
-sus hijos y nietos- se convierten a su vez en verdugos, y de la succión de
sangre y consiguiente mutación sólo se libra por los pelos un extranjero.
El relato del irlandés Sheridan Le Fanu,
"Carmilla" (1872), más realista que romántico, es un relato muy bien
trabajado sobre antiguas vampiresas que duran por varias generaciones, pero se
extiende hasta llegar a ser una nouvelle de dieciséis capítulos, lo que no
sería problema sino porque su entrada en materia vampírica, al igual que el
texto de Aickman, es lenta y demorosa y llega, a mi parecer, demasiado tarde.
Por último, de Estados Unidos proceden dos
autores que alcanzan con gran sencillez narrativa una alta cota de belleza y
horror. F. M. Crawford, para mí un desconocido, escribe un tardío cuento
romántico muy bien ambientado en Sicilia, óptimo como relato de aventuras, y de
no poca singularidad dentro del género vampírico, "Porque la sangre es
vida" (1911). La amenísima historia está surcada de pasiones meridionales,
y su vampiresa es -al menos mientras vive- una simpática gitanilla. Su muerte
definitiva, con la clásica estaca en el pecho y en medio de exorcismos
católicos, precipita un desenlace tan macabro como pudiera desearse.
El otro autor es el conocido August
Derleth, amigo y editor y discípulo de Lovecraft, pero mucho más hábil que él
en la escritura, y con ciertos toques faulklerianos. "La nieve que
arrastra el viento" (1939) es un relato sintético y sutil, parco y eficaz,
muy bien concebido en su gradual entrega de información. Su escenario es una
casa rural aislada en medio de la nieve, donde la naturaleza y los muertos
parecen confundirse, y el vampiro -que luego son dos y tres por vampirización-
no aparece nunca en forma directa: sólo lo (los) percibimos en forma oblicua,
por sus efectos, lo que resulta mucho más logrado que si los viéramos en
acción.
Me sorprende el marcado contraste de
calidad entre los seis cuentos más valiosos, que abarcan un tercio de esta
selección, y los otros dos tercios de relatos medianejos que ella contiene. Y
me alegra que este extraño género, por lo visto tan fácil de malograrse, nos
haya brindado al menos cuatro obras de arte tan notables como las de Gautier,
Tolstoi, Crawford y Derleth.
Articulo : http://diario.elmercurio.com
23/10/2011
