CRÍTICA: David Remnick - La tumba de Lenin
El delantal de cuero y los guantes de
Blojin
Por Ignacio VIDAL-FOLCH
David Remnick, corresponsal de The
Washington Post en Moscú entre 1988 y 1992 y hoy director de The New
Yorker, narra en una apasionante crónica periodística el colapso del régimen
soviético. El libro, Premio Pulitzer en 1994, se publica ahora en España
El verdugo en jefe del KGB, mano derecha
de Laurenti Beria, se llamaba Vasili Blojin. Le correspondió en marzo de 1940 organizar
y dirigir personalmente el asesinato, ordenado por el Politburó del PCUS
dirigido por Stalin, de varios miles de oficiales polacos prisioneros del
Ejército soviético en Katyn, Kalinin y Starobelsk. Los asesinatos se hicieron
uno por uno y la tarea se prolongó, en las horas nocturnas, durante un mes. Se
conducía al prisionero a una cabaña con una habitación insonorizada. El mismo
Blojin, previsoramente pertrechado con un delantal de carnicero y guantes hasta
los codos, se encargó de pegar el tiro en la nuca a seis mil prisioneros, a
razón de uno cada tres minutos, lo que le ha valido pasar a la historia como
uno de los asesinos en serie más importante de la historia. Fue felicitado y
condecorado por servicios especiales a la patria. Pero más tarde, cuando
Jruschov desveló los crímenes de Stalin y se le retiraron las medallas, cayó en
el alcoholismo y la demencia, y se suicidó en 1955.
Estos datos que el chófer de Blojin, ya
anciano y ciego, contó ante una cámara a finales de los años ochenta, estos detalles
dantescos, el delantal de cuero y los guantes de Blojin, no tienen sólo el
atractivo magnético de lo monstruoso; son históricamente significantes, como
nos recuerda David Remnick, el autor de esta copiosa y fascinante crónica
periodística del colapso del imperio soviético; después de que Moscú
reconociese la autoría de la matanza de Katyn, ya no era concebible, si alguien
lo hubiera intentado, frenar el proceso democrático de Polonia. Y algo parecido
pasaba en otras partes del imperio: en Asia central, cuando se revela que las
repúblicas han sido reducidas a un monocultivo de algodón para vestir a toda la
URSS, llevándose por delante el mar de Aral; en las repúblicas bálticas, al
salir a la luz los protocolos secretos del pacto Molotov-Ribbentrop que las
entregaba a Moscú; en Ucrania, la catástrofe de Chernóbil y la torpe y engañosa
gestión de las autoridades en los días siguientes. Y por toda la extensión de
la URSS, a rebufo de la glásnost y la perestroika,las continuas,
sistemáticas, insoportables revelaciones del pasado siniestro, que
desmoralizaban y dejaban atónitos a los seguidores del antiguo régimen y a los
partidarios de una reforma más o menos epidérmica, e indignaban y galvanizaban
a quienes querían que aquel desapareciese sin dejar rastro.
Remnick llegó a Moscú, como corresponsal
de The Washington Post, en enero de 1998, y su primer objetivo fue
intentar entrevistar a Kagánevich, el único miembro del Politburó que ordenó la
matanza de Katyn que aún permanecía vivo; el relato de las numerosas y vanas
llamadas al timbre de su puerta da una sugestiva nota atmosférica, una más
entre tantas -personas encontradas, lugares significativos visitados,
conversaciones sostenidas, viajes efectuados a los lugares más remotos del
imperio- que contribuyen a dar a su crónica el tono febril de historia vivida,
de testimonio personal característico de los grandes relatos periodísticos.
Remnick permaneció en Moscú hasta finales de 1991. Esta crónica de aquellos
cuatro años, con frecuentes excursos hacia el pasado, que le valió el Premio
Pulitzer en 1994, se divide en cinco partes: la primera es un recuento de los
primeros pasos de la perestroika desde que Gorbachov, a la muerte de
Chernenko, es nombrado secretario general a propuesta nada menos que de Andréi
Gromyko, y los primeros efectos del proyecto, desbordado por los
acontecimientos, de renovar y adecentar el proyecto socialista; la segunda,
'Puntos de vista democráticos', describe el periodo, hasta finales de 1991, con
los movimientos y reacciones reflejas de Gorbachov ante los desafíos
cotidianos, la irrupción en la actividad política de nuevos agentes y fuerzas
nacionalistas y anticomunistas, y una magnífica variedad de fenómenos
interesantes, curiosos y a veces grotescos, desde el simbólico regreso de Sájarov
a Moscú hasta la floración de curanderos e hipnotizadores estrambóticos en la
televisión, o las campañas de los desprestigiados órganos del Estado para
presentarse ante una luz más favorable; incluida, por ejemplo, la elección de
"señorita KGB": la bella agente Katia Mayorova, que aparecía en la
portada del Komsomolskaya Pravdacolocándose el chaleco antibalas "con
gesto seductor", según el artículo que decía, "con una suavidad
exquisita, como si luciera un modelo de Pierre Cardin".
La tercera parte, 'Días de revolución',
cuenta la toma del poder por procapitalistas radicales en la región de Moscú y
la victoria del movimiento nacional en Lituania; la cuarta, 'Primero como
tragedia, luego como farsa', cuenta al detalle el fracasado golpe de Estado
fallido de agosto de 1991. Y en la quinta parte, los primeros pasos del
catastrófico Gobierno de Borís Yeltsin, la ilegalización del partido comunista,
el hundimiento de la economía, la diáspora de docenas de millones de rusos, la
entrega de las riquezas del país a las mafias y a los oligarcas... Lástima que
Remnick regresase de Moscú antes de 1993, y así nos haya dejado sin el relato
del bombardeo del Parlamento por el Ejército, que es el episodio más traumático
de la reciente historia rusa y que ilumina, cegadoramente, la era de Putin.
La tumba de Lenin
David Remnick
Traducción de Cristóbal Santa Cruz
Debate. Barcelona, 2011
850 páginas. 29 euros
Articulo : http://www.elpais.com 29/10/2011
