dimanche 30 octobre 2011

Ignacio VIDAL-FOLCH/Vladímir MAKANIN: 'El petróleo es la sangre de la guerra'



ENTREVISTA: Vladímir Makanin
'El petróleo es la sangre de la guerra'
Por Ignacio VIDAL-FOLCH

El gran maestro de la narrativa rusa contemporánea explora las más duras realidades físicas y psíquicas con una inteligencia más allá del juicio moral. Ahora publica el libro de relatos El prisionero del Cáucaso

No se puede decir que conocer a Vladímir Makanin sea exactamente "un placer": tanta serenidad y unos ojos tan claros y transparentes asustan un poco. Parece que haya regresado de sitios helados, imposibles. Su literatura también explora las más duras realidades físicas y psíquicas con una empatía pánica, con una inteligencia más allá del juicio moral. El pasado verano participó en Bilbao en el Festival Internacional de las Letras Gutun Zuria, donde habló con este diario a propósito de la inminente aparición deEl prisionero del Cáucaso, que acaba de publicarse (Acantilado). Alto, delgado, cojo (a consecuencia de un grave accidente, cuya larga y difícil convalecencia arrojaría como última consecuencia la inspiración para El profeta), con una voz grave y serena de inflexiones cordiales, Makanin (Orsk, 1937) tiene una presencia carismática, y hasta aura; aura de santidad; de santidad laica. Es una sensación inquietante: como si todo fuera serio, pero no grave...

A finales de los años ochenta las editoriales Alfaguara y Siruela publicaron algunos de sus libros: Solo y sola, El pasadizo, Un río de rápida corriente y El profeta, reeditada a principios de este año por la editorial Marbot. Desde entonces ha recibido los premios literarios más distinguidos de su país, especialmente por su novela Asan, que algunos consideran lo mejor que se ha escrito para explicar la guerra de Chechenia. Sobre esa guerra trata también el primero de los cuatro cuentos largos, o novelas cortas, de El prisionero del Cáucaso.

PREGUNTA. La primera frase de este libro dice: "Lo más probable es que ninguno de los dos soldados supiera que la belleza iba a salvar el mundo...". ¿Usted cree eso, que la belleza nos salvará?
RESPUESTA. Bueno, a mí, por lo menos, sí ha habido momentos en que me ha salvado... Sí, la belleza intenta salvar el mundo. Ella nos acompaña, va a nuestro lado. Se puede decir que está abrumándonos, preguntándonos: ¿qué estamos haciendo nosotros? A veces, después de hacer algo malo, feo, ofender a alguna persona o incluso matar a alguien... uno piensa que es muy malo, y que está perdido. Y de repente esta misma persona ve un paisaje precioso, montañas... Y en este mismo momento cobra nueva vida y esperanzas para alcanzar en su futuro algo mejor. En esta lucha por el alma de una persona, muchas veces la belleza pierde, pero no se cansa, lo sigue intentado.

P. El prisionero del Cáucaso es un título que exactamente o con ligeras variantes han utilizado antes Pushkin, Lérmontov, Tolstói y el narrador contemporáneo Andréi Bitov. ¿Por qué usted una vez más recurre a él?
R. Por una parte, para sugerir la continuidad incesante de ese conflicto, es muy difícil acabar las guerras caucásicas... Por otra parte, quería aportar la nueva visión: los soldados ya son prisioneros antes de empezar, por muchos motivos: por la belleza que les rodea, por la política... La idea es que Rusia es prisionera del Cáucaso.

P. Asan, que le valió en 2008 el mayor premio literario ruso, el Gran Libro, es un precedente muy cercano: también la historia de un militar ruso pasablemente corrupto en las guerras de Chechenia. Y de hecho el protagonista se llama Zhilin, como el de la novela de Tolstói de donde toma el título...
R. Asan describe todo lo que ha pasado en Chechenia. Asan es la manera de pronunciar Alejandro Magno, que en su día pasó por aquella región y el pueblo le tenía tanto miedo que se le quedó como nombre Asan, que es una contracción, en ruso, del nombre Alejandro, una de sus abreviaturas posibles, y que también significa Dios, pero con una connotación negativa, un dios malo. Y el nombre de pila del protagonista de mi novela, Zhilin, es Alejandro...

P. Tanto en Asan como en El prisionero... describe zonas de la guerra, y de la mentalidad de los soldados y sus oficiales poco exploradas por la literatura. ¿Cómo ha reunido conocimientos internos tan específicos sin haber participado en el conflicto? Algunos críticos en su país precisamente le reprochan que hable de ello sin haber combatido...
R. Se trata de la segunda parte de la guerra en Chechenia, en los años 1997-1998. Yo no combatí, pero tengo algún conocimiento de lo que pasó en esta zona por los datos de las noticias, y por mis conversaciones con los veteranos. No participé como soldado pero vivía en Mozdok, en la frontera de Chechenia. Esta ciudad está en la frontera del sur, y algunos de sus barrios pertenecían a Rusia, y la otra parte estaba en manos de los chechenos. Los trenes procedentes de Rusia llegaban hasta la ciudad pero de ahí no seguían a otras ciudades de Chechenia. Viví un par de meses allí por asuntos familiares. Lo pude ver todo con mis propios ojos. Y por primera vez vi con mis ojos la guerra por el petróleo. El petróleo es la sangre de la guerra. Los chechenos atacaban a los rusos que se movían por aquel territorio. Todos los convoyes militares que salían de la ciudad con sus armas, coches, petróleo, eran asaltados. La guerra abierta entre dos ejércitos aún no pasaba, los chechenos todavía no disponían de técnica, ni armas ni aviones. Recuerdo que una vez, los soldados rusos se desplazaban de un sitio a otro y en su columna llevaban dos grandes cisternas de petróleo. Rusos y chechenos se hostigaron y mataron hasta que todo quedó destruido, salvo aquellas cisternas, que ambos bandos querían salvar. La táctica de los chechenos era la siguiente: procuraban parar el primer tanque y el último, y así toda la columna quedaba paralizada. Entonces los rusos saltaban de los tanques, y tumbados en el suelo trataban de matar a los chechenos que les atacaba desde lo alto. Así pasaron dos o tres años.

P. En su relato, los generales de los dos ejércitos enemigos se visitan, toman el té mientras negocian, intercambian armas por comida... Como si lo que les interesara fuese regir la guerra, no ganarla.
R. El sentido de este momento era el cambio de la gente por el petróleo: es muy típico la venta y compra porque son las tierras del sur y del oeste, es muy típico de estos pueblos, allí se negocia cualquier cosa.

P. En Rusia el poeta sustituye incluso a la sociedad civil, y según algunos escritores distinguidos, una particularidad esencial de Rusia es que no tiene historia, que sólo da vueltas en círculo. Lev Danilkin decía el otro día que la historia rusa se repite en ciclos de dos etapas: represión política, y deshielo y brotes de libertad. Dmitri Bykov dice que son cuatro etapas: represión, reforma, deshielo y estancamiento. Vladímir Sharov habla de "círculos cerrados". ¿No estará esto relacionado con la conciencia literaria del pueblo ruso? 'Un cuento de amor logrado', último de los relatos de El prisionero, habla, entre otras cosas, de cómo los problemas de los escritores de la generación de usted con la censura del antiguo régimen se han transformado en la insignificancia social que tienen ahora...
R. La literatura ha sustituido en Rusia muchas cosas. Por ejemplo, durante setenta años de sistema comunista, y de persecución religiosa, en vez de religión el pueblo tenía la literatura. Ésta hacía el trabajo de la religión, de manera que no había valores más altos que la literatura; entonces, durante todos esos años la trascendencia de la literatura y su responsabilidad fueron demasiado grandes. Y por eso precisamente ahora disminuye su función: porque otra vez ha subido el papel de la religión y de la Iglesia ortodoxa. Ahora el momento es muy complicado...

P. Usted nació en el peor año para los escritores, el año 1937, el de la gran purga, cuando la intelligentsia fue exterminada.
R. Pues no sé si fue el peor. Durante la revolución de 1917, los soldados, obreros y campesinos que hacían la revolución mataron a los intelectuales, a la intelligentsia, en tres minutos, sin entrar en motivos, porque representaban a otra clase, al enemigo ideológico. Por eso el año 1937, comparado con 1917, fue más democrático, porque los procesos duraban tres días, el acusado era conducido ante el tribunal. Y después de la Segunda Guerra Mundial a los escritores ya no se les mataba, sino que los mandaban a Siberia para siempre. "Diez años sin derecho a escribirse": ésta es una fórmula que la gente conocía muy bien: si recibías esta sentencia significaba que ya podías considerarte muerto, y no por causas físicas, sino asesinado. Luego... mire, el poder soviético se puede comparar con la vida humana: empezó muy fuerte, duró setenta años y murió como un viejo exangüe.

P. Usted es de formación matemático. ¿Cómo se puso a escribir? ¿Fue una vocación súbita o un proceso?
R. Las matemáticas son una ciencia muy bonita, preciosa, pero mientras me dedicaba a ellas sentía el corazón frío, no tenía pasión por ellas. Para mí eran como una mujer muy bella que hay que admirarla pero sin tocarla. En cambio me apasionaba el ajedrez... Empecé a perder la vista porque estaba todo el día estudiando, y cuando cerraba los libros de texto me ponía a jugar, y luego me pasaba las noches repasando las partidas... Tuve que abandonar el ajedrez, y todavía ahora si me paso leyendo tengo problemas... Bien, el caso es que después de terminar la carrera fui contratado y trabajé durante cinco años en la Academia Militar que ahora lleva el nombre de Pedro I, proyectaba cohetes y se puede decir que trabajaba como ingeniero, pero estos puestos se llamaban "ingenieros secretos". El momento de inflexión fue en el año 1964 o 1965, cuando la crisis del Caribe (la crisis de Cuba, la crisis de los misiles). En aquel momento los que trabajábamos en la academia estábamos informados del conflicto y convencidos de que la guerra atómica era inevitable; algunos pensaban que eran los últimos días de la Humanidad, y al salir de la academia y ver a la gente dedicada a sus asuntos cotidianos, el contraste era muy grande. Yo era muy joven, pero sabía demasiado para sonreír. Y aquel contraste entre la vida real y la vida que llevaba yo con todos aquellos conocimientos me empujó. Esa situación provocó mi vocación literaria.

P. Los escritores rusos con los que he podido hablar estos días aquí son muy críticos con el presente político, social, y fatalistas respecto al futuro. ¿Usted lo es también?
R. No, yo no soy tan pesimista. Las cosas nos parecen horribles porque ahora sabemos mucho, el mundo está mucho más expuesto. Y por eso todo nos parece peor, pero siempre hubo dificultades. Cuando me dicen que la vida es muy dura, yo siempre pregunto: ¿y dónde es fácil la vida? ¿En Bilbao, quizá? Aquí y allí, seguimos teniendo la noche para soñar y las playas para descansar, y por la mañana abres los ojos y ves que la vida sigue dura y difícil.

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CRÍTICA
En las fronteras de la realidad
Por Víctor ANDRESCO 

La tradición del Cáucaso como elemento de inspiración y reflexión nacional está tan arraigada en la literatura rusa como la guerra entre el Estado y algunos pueblos montañeses del sur de la región.

Lo que Ronald Hingley definiera como "el rincón más interesante del Imperio" es, desde 1817, un polvorín de etnias desigualmente asociadas por un islamismo fluctuante y una desafección palmaria a los intereses de Moscú, tan explicables como los del resto de potencias coloniales que han odiado a daguestanos, osetios, ingusetios y chechenos desde que vieron la importancia estratégica de sus territorios. Pushkin, Lérmontov y, sobre todo, Tolstói con su deslumbrante Hadjí Muratfueron espejo y prueba de la importancia que el "lejano Este" ha tenido en la cultura rusa de los últimos doscientos años y que ha dado lugar a óperas, dramas y películas que han mantenido viva hasta hoy la inquietud colectiva por esa herida que diezma a las sucesivas generaciones sin visos de solución. A tan importante corpus puede sumarse, por temática y localización, este El prisionero del Cáucaso que vertebra el nuevo volumen de relatos de Vladímir Makanin (Orsk, 1937). Bien conocido en español por estar traducida la mayor parte de su obra, el autor de El profeta representa hoy alsenior que ha sabido utilizar la narrativa para indagar en el alma humana sin sucumbir a la mecánica prosa política. En el panorama de la literatura rusa actual, Vladímir Makanin es el patriarca discreto y sabio que no ha renunciado a la utopía y que bien podría recibir el Nobel porque, además de su talento, representa la dignidad del superviviente que, sin cambiar de país ni de lengua, ha sabido huir de la amargura. Pero este es también un libro importante porque en él Makanin desnuda todo su magisterio para traducir las inquietudes del hombre corriente -en este sentido cabe considerarlo el continuador de la mejor introspección chejoviana- en cualquier circunstancia, algo que ya había demostrado con sus convincentes incursiones en el mundo de la medicina o la ficción fantástica y que aquí aprovecha para indagar en la sentimentalidad de unos cuantos rusos de a pie, con nombres y apellidos. Tanto da si se trata de un militar, Rubajin, en la tesitura de sobrevivir a un canje de prisioneros en la primera nouvelle, o de Tartásov, el escritor que presenta 'Una taza de té en televisión' en el cuarto relato. Makanin no necesita exaltar la homosexualidad, la ternura o el miedo frente a las convenciones impuestas por la sociedad, la tradición castrense o la forzada lógica de la guerra: se permite acompañar, como narrador y como traductor, los discursos que estructuran la intimidad de los protagonistas. Si Rubajin es capaz de escuchar a su propio corazón por encima del ruido de las balas, la grandeza del autor es conseguir que el lector comparta las ondas que circulan por estos relatos delicados que cuentan unas vidas envueltas en rudeza. Lírico sin caer en el sentimentalismo y pulcro como solo un verdadero creador puede serlo, Makanin usa los paréntesis para modelar una escritura precisa y clara, a salvo de la mediocridad contextual. Los prisioneros de 'La letra A' o la mujer que presiente la violencia en su marido en 'Un antilíder' dan voz a una inquietud generalizada; el modo makaniniano de articularla es todo un triunfo sobre la realidad. De alguna manera, lo que le ha sucedido a Makanin durante su prolongada labor como narrador es lo que sus arquetipos, esencialmente realistas, no pueden conseguir. Juntas, al final las vidas de todos estos personajes prueban que Makanin maneja con maestría el corazón del lector y es sin duda uno de los imprescindibles.

El prisionero del Cáucaso y otros relatos
Vladímir Makanin
Traducción de Olga Korobenko
Acantilado. Barcelona, 2011
261 páginas. 20 euros

Articulo : http://www.elpais.com 29/10/2011

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