PENSAMIENTO
Yo sinceramente
Por Javier GOMÁ LANZÓN
Frente a la misantropía del sincero, hoy
más que nunca se necesitan las balsámicas hipocresías y la filantropía del
mentiroso
He observado que mucha gente, cuando ha de
admitir algún mérito propio, suele iniciar la frase diciendo: "La verdad
es que...". Por ejemplo, al comentario "tú eres un empresario de
éxito", el aludido contesta, en el tono de quien comprende que en este
caso el autoelogio es tan obvio que sería inútil tratar de negarlo: "Pues
la verdad es que no me puedo quejar". Y así todo: "La verdad es que
soy un gran perfeccionista", "la verdad es que tengo mucha facilidad
para el baile", etcétera. En cambio, cuando lo que ha de decirse es
desagradable y puede ofender, se suele preferir este otro sintagma: "Yo
sinceramente...". Verbigracia: "Yo sinceramente pienso que toda la
culpa fue tuya", "yo sinceramente te veo más grueso después de
verano", "yo sinceramente no soporto tu aliento". Se diría que,
por invocar la sinceridad, el impertinente goza de inmunidad casi absoluta y
que los demás debemos aceptar con paciencia su exabrupto, cuando no agradecer
el gesto de confianza. Se supone, en fin, que la sinceridad es ornato de almas
bellas y que sería necio por nuestra parte objetarla.
Durante largos siglos, del hombre se
esperaba no que fuera sincero sino que fuera virtuoso y que, educando su
naturaleza, alcanzara una excelencia moral que los demás pudieran aprovechar,
admirar y emular. En determinado momento del siglo XVIII, ese mismo hombre
decide que su yo verdadero, su yo más auténtico y real, reside en sus
inclinaciones naturales, en su modo espontáneo de sentir, pensar, actuar, y que
su único deber es el deber "de ser uno mismo". Las reglas morales que
supongan contradicción o superación de la propia naturaleza o aquellas otras
que vengan impuestas por la sociedad para reglamentar la vida en común -y que
siempre disciplinan en algún grado la esfera de la vida- son impugnadas ahora
en su totalidad como formas odiosas de alienación del auténtico yo. El
sacrificio, la renuncia, la autoexigencia o el duro trabajo de
perfeccionamiento sobre la indócil naturaleza humana son arrumbados como
muebles viejos y en su lugar se alza el nuevo ideal de la autenticidad, atento
sólo a los caprichos del corazón y a sus delicadas intermitencias; la
inhibición de las pasiones, la contención de los instintos, la represión de las
pulsiones destructivas o el respeto de las convenciones son motejados de
hipocresía, corrupción, disimulo y máscara. No mejorar la naturaleza sino
permitir que siga libremente su curso, así en lo positivo como en lo negativo.
Como dijo Goethe de forma inquietante, "quiero ser bueno y malo como la
Naturaleza". Nada de ser virtuosos, basta con ser sinceros y tener el
coraje de reconocer con franqueza lo que hay en nosotros de perverso (que es
tan nuestro y tan real como lo excelente) y después decir y decirse con
orgullo, incluso con insolencia: "Yo soy así".
Leamos al primer gran sincero de la
modernidad. En sus Confesiones Rousseau declara que con él Dios
rompió el molde: es distinto de los demás, sin parecido con nadie, y para dar a
conocer esa singularidad andante que es él ha querido desnudar su corazón
practicando "la sinceridad hasta la imprudencia, hasta el desinterés más
increíble" en un libro en el cual, añade, "dije lo bueno y lo malo
con igual franqueza. Me he mostrado cual fui; despreciable y vil cuando lo he
sido, bueno, generoso y sublime cuando lo he sido". Es imposible de
exagerar la influencia que esta "afectación de sinceridad" rousseauniana
tuvo en la educación sentimental de la posteridad europea. La cultura consiste
en crear mediaciones con la realidad: podríamos ir desnudos pero vestimos
algunas zonas de nuestro cuerpo; podríamos comer con las manos pero usamos
cuchillo y tenedor; podríamos gritar al prójimo la opinión que tenemos de él o
de sus acciones pero callamos por un sentido básico de cortesía. Esta segunda
naturaleza que son las mediaciones reales y simbólicas de la cultura quedó
arrasada como tierra quemada cuando la gran plaga de la sinceridad moderna -que
desprecia los frenos de las mediaciones-, desde unos inicios minoritarios y más
o menos tolerables, se extendió como una maldición a la generalidad de la
gente, y ahora estamos en esa situación desdichada en la que el que más o el
que menos -y no exactamente Goethe o Rousseau- te endilga a las primeras de
cambio su fastidiosa opinión añadiendo desafiante la apostilla de que no tiene
ningún problema en hacerlo "a la cara", porque es "su
verdad", en la inteligencia seguramente de que su verdad no vale menos que
la del rey Salomón y de que esa fabulosa exhibición de transparencia purifica
al punto cualquier posible error de juicio.
Antes de que la sinceridad se pudiera de
moda ya Molière había ridiculizado sus excesos en El
misántropo. Alcestes es un energúmeno que se niega a elogiar con algunas
pocas palabras de compromiso los vulgares versos de Oronte, infantilmente
complacido de su composición poética, porque "quiero que se sea sincero y
que, como hombre de honor, no se diga una palabra que no salga del
corazón". Su ruda inflexibilidad le gana el desdén de su enamorada, el
alejamiento de los amigos y el repudio de la sociedad, y al final el misántropo
se retira a su castillo a odiar al género humano. En el drama la voz de la
cultura se expresa por boca de Filinto, quien pide a los hombres un poco de
"virtud sociable". Estoy de acuerdo con él, y hoy más que nunca: se
necesitan esas balsámicas hipocresías, esas pequeñas claudicaciones, esas
piadosas insinceridades que hacen la vida amable porque crean la ilusión de una
mutua benevolencia.
Yo antes quiero la filantropía del
mentiroso que la misantropía del sincero. Cuando en lo sucesivo algún
antipático se me aproxime amagando un "mira, Javier, yo
sinceramente...", le atajaré en seco con un "¡alto ahí!" y le
diré: "La verdad es que... prefiero que me mientas".
Articulo : http://www.elpais.com 08/10/2011
