ENTREVISTA: JOSÉ ANTONIO ABREU
"La cultura para los pobres no puede
ser una pobre cultura"
Por Jesús RUÍZ MANTILLA
Escapar de lo marginal gracias a la
música. Es su fórmula magistral. Así ha logrado poblar Venezuela de orquestas y
formar a 400.000 niños y jóvenes. Ahora Europa, América y Asia miran a este
hombre para copiar su 'milagro'.
Quién es José Antonio Abreu? ¿Qué ha
conquistado? ¿Qué misteriosa fuerza habita su cuerpo enjuto capaz de derribar
todos los muros de la marginación camino del arte? Uno observa a este milagro
de hombre tenaz caminar y no acaba de entender de dónde brota su férrea
voluntad para cambiar el mundo. Pero el caso es que lo ha logrado. En su
ámbito. Lo va conquistando sin descanso, a su medida, ocupando cada onda de los
círculos concéntricos expandidos a lo largo de su vida para demostrar que la
música salva vidas.
Este economista apasionado de las
matemáticas que se decidió por perseguir la utopía de la dirección musical,
quizá embrujado por las notas de la Quinta sinfonía de Chaikovski, su
favorita, tuvo un día un sueño. Fue a la manera de Martin Luther King:
"Llenar Venezuela de orquestas". Eso, dicho hace 36 años movía a la
carcajada, a la burla. Pero él no se arredró.
Empezó con 11 músicos en un garaje
dispuesto con 25 atriles. El primer día de ensayo sobró espacio. Hoy no caben a
lo largo y ancho del país, donde ha abierto 280 escuelas. Hoy es una realidad
que ha implantado, además de un sistema pedagógico revolucionario donde se
multiplican los prodigios como el ya reconocido joven director Gustavo Dudamel,
los incontestables resultados de una inclusión social que ha rescatado de la
marginación actualmente a 400.000 niños y jóvenes -la mayoría, con escasos
recursos- en un país azotado por la violencia, el crimen y la inseguridad.
Y lo ha hecho a través de la música. Como
un visionario. Adaptando las fronteras no a la escueta realidad de los
informes, sino a sus propios anhelos. Como los grandes hombres, conscientes de
que la sociedad civil empuja los profundos cambios en estructuras inamovibles.
Con el inconformismo como actitud y la lógica aplastante de una idea romántica
como bandera.
Pero para lograr lo suyo, Abreu aúna en sí
una compleja personalidad en la que se mezclan el pragmatismo y la diplomacia
con la ambición de pedir lo imposible; la sensibilidad artística con el
compromiso; la estrategia -ocho Gobiernos lo han apoyado en su labor- con la
determinación. El resultado es un personaje hoy reconocido en todo el mundo
como un hombre por encima del bien y del mal, alabado por genios de la dirección
de orquesta e intérpretes -desde Claudio Abbado hasta Simon Rattle, Barenboim o
Plácido Domingo-, buscado como referente por instituciones como Naciones Unidas
y aclamado con premios que van desde el Príncipe de Asturias de las Artes hasta
el prestigioso Echo Klassik de la industria musical alemana.
Inconformista, sabio, delicado, culto,
pero de genio militar y fuerte carácter cuando es preciso, consciente de que
dirige una especie de ejército, el maestro Abreu no se para en barras. Su
sistema de orquestas ha cuajado con resultados asombrosos en Venezuela desde
hace cuatro décadas, pero ahora se extiende por América Latina en proyectos
similares dentro de las favelas de Río de Janeiro, los rincones más apartados
de Argentina o los barrios más hundidos en la miseria de Colombia. Por no
hablar de Estados Unidos, Asia y Europa, donde muchos países tratan de
implantar un método pedagógico que salve el nivel de sus estudiantes para el
futuro de la música clásica.
Cuesta mucho trabajo calificar de orquesta
"juvenil" a la Simón Bolívar. La que es formación más importante del
sistema, ¿ya ha roto la cáscara, propiamente?
El hecho es que se trata de una orquesta
joven, orgullosa de su condición porque se expresa en términos de vitalidad y
entusiasmo sin menoscabo de la excelencia. Ya está fuera de la cáscara, pero
ese aspecto no es importante. De lo que se trata es de salir al encuentro con
la música y su verdadero sentido. Su verdadera razón de ser, que para nosotros
es un mensaje que trasciende lo estético, lo musical.
¿Para llegar adónde?
A algo parecido, en cuanto al contagio, a
lo que supuso el boom literario latinoamericano hace años. Ellos han
creado un boom que seextiende a otras orquestas, que inspira para
configurar una generación dejóvenes con una visión diferente. Una visión que
encuentra su máxima justificación en el legado social. Este aspecto transforma
nuestro trabajo de manera radical.
¿En qué sentido?
Ya no solo sirve la música al mero
disfrute, sino que entra de lleno en la esfera de los valores. Ya no se atiene
al efecto que pueda causar en la crítica especializada o en ciertos sectores de
la élite, sino que busca abrirse a un público más amplio que se deje contagiar
precisamente por los orígenes de quienes forman las orquestas: niños y jóvenes
salidos de barrios marginales, con medios y bajos recursos, comprometidos con
sus entornos y sus países y su identidad latinoamericana como prueba de una
energía distinta.
¿De qué tipo?
Más unida, más solidaria, con una nueva
faz y empujes renovados en cada generación venidera. Los niños que llegan
detrás de estos multiplicarán su nivel.
¿Cómo logra el sistema un talento global?
Por el efecto demostración.
A ver...
Muy fácil. Por el impacto que un grupo
determinado dentro de un conglomerado artístico ejerce sobre el resto de sus
componentes. Dando ejemplo, así de sencillo.
O de complicado.
El hecho de que esté sentado frente a un
atril junto a alguien que toca mejor que yo es una palanca que me impulsa a
ascender, a mejorar. Yo viví esa experiencia cuando formaba parte de una
orquesta escuela en el Estado Lara.
¿Y aprendió esa clave de aquella
experiencia?
Allí estudiaba violín junto a una muchacha
que tocaba brillantemente. Trabajar con ella, la necesidad de adecuarme a su
nivel para ir al unísono, me hizo mejor. Nunca lo olvidé. Y con el tiempo
comprobé que ese efecto persistía en todos los grupos. Al principio consigues
resultados heterogéneos, pero, al final, los niveles superiores acaban
arrastrando a los inferiores. Nunca ocurre al revés, si fuera al contrario, la
orquesta se disolvería.
¿Cómo se llamaba la muchacha?
Se llamaba Pastora Guanipa. No es que
fuera una virtuosa; sencillamente, tocaba mejor que yo. Tuve la suerte de que
me colocaran al lado, porque me obligó a demostrar mi valía, y es algo que
después compruebo que ocurre todos los días en nuestras orquestas.
Puro efecto contagio.
Dinámica de grupo que funciona aún con más
fuerza en el campo coral y vocal. La proximidad es mayor, y la voz propia
remonta y remonta hasta límites desconocidos.
Pero ahí existe una frontera física.
Sí, pero cuando se exprime en él la
técnica vocal, el cantante logra traducir lo mejor de sí mismo en beneficio de
un efecto conjunto. Se aprecia en el campo infantil. Si el niño canta sin
orientación, grita, no controla su garganta ni su respiración.
Para el efecto contagio en grupo, ¿no es
necesario antes una sólida formación individual?
La clave de nuestro sistema es ese balance
entre la formación individual y el trabajo en grupo. No existía eso en la educación
musical. El esfuerzo del trabajo propio debe aplicarse a una disciplina de
grupo permanentemente, si no, queda en nada.
¿El espejo del compañero y el espejo del
profesor? ¿O existe algo más?
Se deben dar tres circunstancias para que
funcione todo el engranaje: la disposición individual, la dinámica de grupo y
una dirección que ejerza un liderazgo apto para obtener el mejor efecto
posible. Esos tres factores son los que proporcionan un gran nivel, cuando
falta alguno de ellos, el resultado es irremediablemente mediocre. El sistema
se encarga de articular los tres, cuando se conjugan sabiamente se logran los
resultados. Esa es la mayor clave de nuestra coherencia pedagógica.
¿Y todo encaminado a un objetivo social?
No puedes encaminar eso en virtud de una
comodidad. En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Nuestro
lema son los pobres primero y para los pobres los mejores instrumentos, los
mejores maestros, las mejores infraestructuras. La cultura para los pobres no
puede ser una pobre cultura. Debe ser grande, ambiciosa, refinada, avanzada,
nada de sobras. Además, ellos multiplican su efecto, porque son enormemente
agradecidos ante el esfuerzo. No es práctico incorporar a su vida esa faceta
como si fuera un florero.
¿Pero cómo se logra hacerles comprender en
determinados ambientes donde la lucha por la supervivencia es una guerra diaria
que la música puede ser crucial para ellos? ¿Qué argumento les resulta más
válido?
Cualquier muchacho de un barrio marginal,
sometido a las tensiones de la violencia, la inseguridad, el asesinato, el
robo, puede elegir tocar un instrumento como algo intrascendente. Pero la mera
presencia de ese instrumento en la casa puede volverse fundamental y cambiar su
vida. Cuando vives en una cloaca y un maestro toca a tu puerta, con ese
sencillo gesto ya estás realizando un acto de inclusión. El instrumento es el
cebo, del resto se encarga el sistema. Ambos combinados obran el milagro.
Habrá fallos, habrá fracasos.
Muy raro, parece mentira que un simple
instrumento obre eso, cuando después se ven atrapados en la red del sistema,
raramente regresan a la marginalidad. Nunca más. La marginalidad se ha
demostrado algo reversible a través de la música y el trabajo bien organizado.
Poruna razón muy sencilla.
¿Cuál?
Porque una vez que se empiezan a apreciar
los resultados, el muchacho se convierte en un héroe. Cuando hace años se
produjo una tragedia en La Guaira, a algunas personas afectadas se las
reconoció por su instrumento. Era lo que les diferenciaba en el barrio. Esa es
su seña de identidad. Me gusta recordar a Teresa de Calcuta en esto cuando dice
que la verdadera pobreza no es la falta de pan, ni de techo, la verdadera
pobreza viene de la sensación de no ser nadie.
Eso es una muerte en vida.
Yo lo veo constantemente. Cuando un
muchacho toca por primera vez ante sus padres, ese día nace un nuevo ser
humano. Se produce una revolución en la vida del niño: a partir de entonces es
alguien, adquiere una insólita dignidad que da lugar a una especie de
constelación de anillos en la que se agrupa su familia; después, los vecinos,
la gran comunidad, el gran anillo que lo protege. Las orquestas han cambiado
muchas áreas peligrosas en Caracas y las grandes ciudades o en Estados
alejados, junto al Amazonas, donde me propuse fundar núcleos del sistema.
Lugares donde, si no llegaban los instrumentos, los padres fabricaban los suyos
propios con restos de hojalata para tocar en bodas y bautizos. Ni se imagina la
gente la emoción tan grande que pudieron sentir cuando les llegaron los de
verdad.
¿No guardan los antiguos?
Conservan algunos.
Donde ha creado usted una verdadera
escuela es en la dirección de orquesta. ¿Cómo los detecta? Los muchachos dicen
que es un misterio.
Eso se descubre. Tiene uno que asistir a
la dinámica de una orquesta para verlo. Siempre hay tres o cuatro músicos a los
que les interesa, y ahora el fenómeno se está multiplicando por el efecto
Dudamel. Es bueno, porque eso les lleva a estudiar a fondo, a formarse, se
fijan en él y en los grandes, van a verlo, lo observan. Acuden a mí con cierta
ingenuidad y con mucho entusiasmo. Yo trato de atenderlos, para mí es una
cuestión prioritaria.
Pero habrá algunos que sirvan y otros que
no. ¿Cómo se sabe eso a una edad tan temprana?
Primero observo su actitud, luego calibro
su ambición: debe existir una ambición de liderazgo, y eso se detecta rápido.
Con el tiempo deben desarrollar ese liderazgo sin hacerse notar, discretamente;
si no, cuentas con el riesgo de que la orquesta se te ponga en contra y eso es
terrible. Después hay que fijarse en su musicalidad, esta debe ser
suficientemente aguda. La ambición lleva a una obsesión por el autodidactismo.
Saben que deben someterse a todas las disciplinas por severas que sean y que el
camino está lleno de obstáculos. Aprenden hasta de los malos directores,
viéndolos saben lo que no quieren ser. Son muy agudos en eso. Luego existe algo
infalible.
¿Qué?
Su reacción ante los errores. Un director
desarrolla un oído perspicaz, cuanto más perspicaz, más se inquieta ante los
fallos. Debe oír todo y oírlo bien. Si no es así no pueden controlar el
resultado. Entre la masa de sonido que desprende una orquesta debe ser capaz de
detectar cada fallo. Eso es una cualidad que se desarrolla. Algunos manifiestan
algunos tics y reacciones físicas. Algunos patean el suelo automáticamente,
todo eso va conformando una experiencia viva que otorga una solución a cada
tropiezo.
¿Empieza siempre con la misma partitura su
primera lección?
No utilizo una partitura específica. Elijo
algo personal y diferente para cada uno. Primero les educo el gesto, el control
métrico, la medida, el pulso, les enseño a manejar el tempo; esa cualidad, si
no la poseen, se les puede formar.
¿Cuándo empezó usted a soñar?
Desde la noche en que me senté a dar ese
concierto con Pastora Guanipa. Tenía 10 años. A partir de entonces siempre me
he sentido tan impetuoso como un niño. Me fascinó lo que yo experimenté tocando
en la orquesta, el misterio de aquello, el milagro. Todavía me causa
perplejidad, cada vez más.
Pese a sus trabas, sus inconveniencias, su
gestión, el duro camino para que todo suene como es debido, ¿habrá días en los
que no pueda más?
Ninguno. Pese a todo, porque no hay nada
más sublime en la vida que dar, y cuanto más das, más recibes, y esa es la
felicidad que uno tiene, con la que cuenta, y es mucha. Ahí reside el auténtico
sentido, todo el sentido.
¿De ahí saca las fuerzas, de esa
felicidad?
No hay jornada en que yo no sienta un
mandato diario. Sino respondo a él cada segundo, me encuentro mal. Debo
sentirme activo, con la intensidad de una entrega cotidiana.
Pero existen límites físicos.
Todos somos imperfectos, pero la capacidad
de entrega, para mí, no es limitada. En un mundo egoísta, materialista, la
tentación de aislarse, de egotizarse, es muy grande. Dios nos ayuda en la
lucha, sustancialmente, solos no podemos hacerlo.
¿De dónde le sale la motivación a estas
alturas, con los achaques? Todo el mundo se lo pregunta.
Siento la necesidad de no defraudar a
quienes dependen de mí, a una enorme comunidad, eso me convierte en un ser
infatigable.
Para descanso, el descanso eterno, repiten
sus discípulos. Ni vacaciones les da. ¿No es demasiado lo que les exige?
Lo que digo puede parecer un sacrilegio,
pero lo digo con el sentido más alto y más noble.
¿Y cómo imagina usted el descanso eterno?
Mientras permanecemos aquí no estamos para
eso, sino al servicio de los demás. Estoy convencido de que después de la
muerte seguimos trabajando donde quiera que acabemos: que en el cielo hay
trabajo, que la casa de Dios no es la del ocio, trabajamos con él, nos
asociamos con él, esa suerte tenemos. Contamos con el privilegio de hacerlo en
esta vida y después. Yo le ruego cada día que me haga sentir activo, útil,
dispuesto a compartir un mínimo esfuerzo por bien de la música.
Y la música, ¿qué es? ¿La armonía hasta el
límite infinito?
Es el último extremo, la máxima expresión
del hombre para alcanzar el mundo sublime, indescriptible, invisible, por eso
no se puede ver, ni palpar. Se vislumbra con los ojos del alma.
¿Los mandatarios entienden tanta
abstracción? Usted ha pasado por todos. Ocho presidentes en su país. Parece por
encima del bien y del mal.
Nunca diría eso. No me han podido negar su
apoyo jamás porque ahí están los resultados. No dependemos de los Gobiernos,
sino de esos frutos que damos. Al principio nos costaba e íbamos a los alcaldes
y a los gobernadores a convencerles de la necesidad de implantar núcleos. Hoy
son ellos quienes acuden a nosotros, y no solo en Venezuela, llegan a que les
montemos su escuela. Todo el mundo quiere su propia orquesta y su propio
Dudamel. Hoy, nuestro país entiende que la música le ha colocado en una
situación de prestigio internacional. Creo que es importante hacerles ver que
existe un progreso en la presencia de la música para articular la sociedad.
Además, los ciudadanos cada vez demandan más el arte y la dignidad del artista.
Cada vez los ensalzan más y reconocen la labor de los grandes creadores.
En eso, mucha gente se mostrará escéptica,
los artistas sobre todo.
No puedo hablar por otras partes del mundo
desconocidas para mí, pero en lo que se refiere a América Latina siento una
enorme receptividad ante el artista y el creador porque son figuras que
rescatan a sus sociedades del materialismo, el esnobismo, la cerrazón y lo
endogámico.
Incluso los artistas de más raigambre
popular. El sistema implantado por usted no olvida las raíces. ¿Cómo se
complementan los mambos con Mahler?
Los géneros de la gran música tienen su
raíz en lo popular. Parten de esa base para elevarlo después a algo más
sofisticado. Bach estuvo atento a la esencia de la música del pueblo en su día,
algunas danzas son el tema de sus suites para violonchelo, por
ejemplo. La música latinoamericana no se puede entender sin esa identidad en el
caso de compositores como Villalobos, Ginastera, Piazzolla. ¿Quién es Gershwin
en la música del siglo XX sino un músico popular? ¿De dónde sale el jazz? En
cuanto a la música que más impacto tendrá en esta época estoy convencido de que
será toda aquella que fomente la explosión del ritmo. Sobre todo en nuestro
ámbito, la juventud se engancha por ahí.
José Antonio Abreu
(Trujillo, Venezuela, 1939) quiso un día
aplicar su pasión por las matemáticas en progresión geométrica a la música.
Intérprete de piano, clave y órgano y director de orquesta, fundó en 1975 lo
que es hoy el Sistema Juvenil e Infantil de Orquestas de Venezuela. Un
entramado que enseña música a 400.000 niños y jóvenes en todo el país con
asombrosos resultados pedagógicos.
Antes de dedicar su vida a la música fue
catedrático de Economía y formó parte del Gobierno como ministro de Cultura. Ha
recibido numerosos reconocimientos internacionales, que van desde el Premio
Príncipe de Asturias hasta un Grammy honorífico, el Internacional de Música de
la Unesco y el Erasmus de Holanda.
Articulo : http://www.elpais.com
30/10/2011

