PENSAMIENTO
De euforia en euforia
Por Jordi GRACIA
Tan sólo cuatro años y menos de 200
páginas procuran los medios para reconciliarse con la ironía, la inteligencia y
la independencia de juicio.
Eso es lo que sucede con la nueva entrega
de los diarios de Iñaki Uriarte, esta vez algo más desnudo y algo más descarado
en su rasa y explícita vida de lujo si el lujo es un adorno del alma y del
cuerpo, si el lujo es compatible con las pastillas y los tranquilizantes, con
las rumias y las inanidades capaces de arruinarlo todo. El lujo de este libro
es tan humilde como la voz de Montaigne -un bajo continuo del autor- y tiene la
jugosidad del observador perspicaz y cabal, cordial y diría que felino si no
pareciese contaminación de sus amores gatunos.
La gasa de la humildad está en una línea
-"he leído los recientes libros de Marías y Bolaño, obras maestras para muchos.
No creo que vuelva a ellas nunca"- y está también en un clima que lo
atenúa todo para quedar en suspensión levemente irónica, a veces astutamente
perpleja y casi siempre calculada. Porque estas anotaciones van sueltas pero
cada una de ellas está abotonada con el cuidado de que valga por sí misma y
valga también como matiz para un mapa referencial que es social y político, que
es ideológico y es ocioso, que es estético y es ético, seguramente porque en
ese mapa navega un individuo particular y su autorretrato literario. Reconforta
como lo hace la literatura brotada a medias de la intención y a medias de algo
parecido a la biología del autor: "No me quejo mucho, desconfío poco de la
gente, tengo fe en el progreso y tiendo a ver las cosas buenas antes que las
malas".
La observación de los otros (y en gran
medida de uno mismo) emulsiona en anotaciones casi siempre breves, apenas
narrativas, de efectividad moral sin fe de moralista y dotadas de una frescura
de cosa recién exprimida, pese a la edad (o quizá precisamente porque sospecha
que más allá de los 60 años no nos hacemos más sabios sino más inflexibles, más
raros y más intolerantes). La lucidez de los demás a mí me euforiza sin remedio
y este librito, como el primero, me ha traído y llevado de euforia en euforia
(como la ruta que trazan las lianas en medio de la selva). Y por muchas razones
las sintonías me asaltan también sin querer. Carece de resentimiento quizá
porque carece de ambiciones fundamentales, insatisfechas como todas las
ambiciones fundamentales: ser escritor, ser novelista, ser cualquier cosa. No
tiene madera de héroe pero tiene el aplomo que da la buena cuna y la hacienda
protegida y con ellas el don de decir lo que piensa con poco aparato y casi con
las disculpas adelantadas por si alguien se molesta: "Recopilo citas desde
los egipcios y los griegos en las que se habla de los viejos y buenos tiempos y
se censura a la juventud de la época" (pero no las utiliza contra nadie) o
coloca una brevería tan cruda como esta: "Yo creo que el anticatalanismo
es la esencia del nacionalismo español". Dadas las fechas, el tomo tiene
la impagable ventaja colateral de evocarnos de nuevo la abyección de un
Gobierno entero mintiendo sobre los atentados del 11-M en Atocha, pero no es
mejor eso que el puñado de paradojas que lo nutren aquí y allá: "Cada vez
que nos vemos me reprocha que una vez le dije que me parece demasiado
susceptible". En realidad, la primera línea del volumen es casi todo lo
que hace falta saber para seguir leyendo: "Continúa la buena racha y casi
no apunto nada".
