Sobre Azul@rte :
GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, la PATRIA & la
FAMILIA
Por Juan Carlos GÓMEZ
A Gombrowicz se le presentaban verdaderas
dificultades cuando se las tenía que ver con sentimientos positivos, por
ejemplo, los que le despertaban la patria y la familia. No es que los temas de
sus obras aparezcan dibujados claramente pero “Transatlántico” y “El diario de
Stefan Czarniecki” pueden tomarse como una muestras de estas dificultades.
Cuando Gombrowicz ya se atrevía a mirar
fría y libremente el fenómeno de la independencia de Polonia, cuando estaba
desentrañando con maestría los arcanos del Dios y de la patria polacos, estalló
la guerra y todo se le vino abajo. “Sería fatal que, siguiendo el ejemplo de
muchos otros polacos, me deleitara con el recuerdo de nuestra independencia de
los años 1918-1930 (...)”
“Lo que pido es que no se confunda mi
frialdad con un efectivismo barato. El aire de libertad nos fue dado para que
emprendiéramos la lucha contra un enemigo más atormentador que todos los
opresores anteriores, contra nosotros mismos”. Hay en “Transatlántico” un
ambiente en el que aparecen en una misma escena, el estilo intelectual
imperante por Buenos Aires en esa época, y un puto millonario.
Es probable que el escritor vestido de
negro fuera una mezcla de Mallea con Borges, y Gonzalo, una mezcla de los putos
en estado de ebullición a los que hace referencia Gombrowicz en el “Diario” con
Manuel Mujica Láinez.. “Mi ‘Transatlántico’ no alude a un barco, sino a algo
como a través del Atlántico; se trata de una novela que mira hacia Polonia
desde la tierra argentina (...)”
“Sigue divirtiéndome ese ‘Transatlántico’,
jocoso, absurdo, escrito en un estilo arcaico, lleno de extravagancias
idiomáticas, a veces inventadas... Es la menos conocida de mis novelas, ya que
esas excentricidades lingüísticas no resultan fáciles de traducir. El fin de la
guerra no supuso una liberación para los polacos. En aquella triste Europa
central, significaba tan sólo la sustitución de una noche por otra (...)”
Se estaban reemplazando los verdugos de
Hitler por los de Stalin. En el mismo momento en que en los cafés parisinos las
almas nobles saludaban con un canto glorioso la emancipación del yugo feudal
por parte del pueblo polaco, en Polonia ocurría algo muy distinto. El mismo
cigarrillo encendido cambiaba simplemente de mano y seguía quemando la piel
humana (...)”
“Yo observaba todo esto desde la
Argentina, mientras me paseaba por la avenida Costanera. La palabra basta que
sin duda afloraba a los labios de cada polaco, empezó a exigir de mí una
solución concreta. Por el hecho de su situación geográfica y de su historia,
Polonia se veía condenada a ser eternamente desgarrada. ¿No era posible cambiar
algo en nosotros, los polacos, para salvar nuestra propia humanidad? (...)”
“Mientras en Polonia le rompían los
dientes a la gente, el mundo seguía insistiendo con sus declamaciones sobre el
romanticismo polaco y el idealismo polaco, o bien se repetían con insistencia y
monotonía las mismas trivialidades sobre la Polonia mártir. En materia de arte,
no creo en la utilidad de las pequeñas correcciones, hay que hacer acopio de
fuerzas y dar un salto, operar un cambio radical, desde la base (...)”
“Se requería, no una realidad de segunda
mano, una realidad polaca, sino una realidad más fundamental, la realidad
humana. Había que sacar al polaco de Polonia para hacer de él tan sólo un
hombre, hacer un polaco antipolaco. Me senté y me puse a escribir, sólo que,
empecé a escribir algo opuesto por completo a lo que hubiera sido conveniente
escribir (...)”
“En lugar de salirme la gravedad, me salió
la risa, los disparates y la diversión. Al escribir ‘El casamiento’ yo estaba
obnubilado con ‘Hamlet’ y con ‘Fausto’, pues bien, ‘Transatlántico’ nació en mí
como el ‘Pan Tadeusz’ de Mickiewicz, pero al revés. Este poema de Mickiewicz,
escrito también en el exilio, la obra maestra de nuestra poesía nacional,
supone un afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia (...)”
“En ‘Transatlántico’ estaba obsesionado
con Mickiewicz, a menudo me las arreglo bastante bien para estar en buenas
compañías”. La novela comienza cuando Gombrowicz manifiesta su necesidad de
comunicarle a su familia perdida en una Polonia destruida por la guerra, a sus
parientes y a sus amigos el comienzo de sus aventuras en la capital de la
Argentina, unas aventuras que ya duraban diez años.
Llega a Buenos Aires el 21 de agosto de
1939 y desde el primer día, a la salida de las recepciones, les agredían los
oídos con el grito obsesivo de “Polonia”. Ese grito se escuchaba en las calles
de Buenos Aires, Gombrowicz se daba cuenta que algo no andaba bien, no había
remedio, la guerra estallaría de hoy para mañana. El barco recibe la orden de
partir.
Gombrowicz se despide de un amigo
embarcado con él deseándole un buen viaje. El pobre compatriota sólo atina a
rogarle que se presente rápidamente en la embajada. Cuando el barco se está
alejando Gombrowicz pronuncia una blasfemia terrible contra Polonia y se
interna en la ciudad. Estaba completamente desorientado y sin dinero, así que
visita a un compatriota que había sido vecino de uno de sus primos en Polonia.
Lo va a ver para pedirle opinión y
consejo. Pero este hombre empieza a decirle que aprobaba y que no aprobaba su
decisión de quedarse. Que había hecho bien y tal vez mal, que él no estaba tan
loco como para opinar en estos tiempos o como para no opinar, que tenía que
presentarse enseguida en la embajada o no presentarse, que era igual si se
presentaba o si no se presentaba.
Que se podía exponer o no exponer a graves
riesgos. Y, en fin, que hiciera lo que le pareciera oportuno o que no lo
hiciera. Perdido entre la muchedumbre Gombrowicz decidió no inmiscuirse en el
asunto de la guerra, no era un asunto de su incumbencia, si allá tenían que
sucumbir, que sucumbieran. Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los
pies del embajador, le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre.
Le rogó que en ese momento sagrado, según
fuera su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona. El embajador le
dijo que sólo podía darle cincuenta pesos, que no tenía más, pero que si quería
irse a Río de Janeiro a importunar al embajador de allá, le pagaría el viaje y
le daría algo más, que no quería literatos por acá porque lo único que sabían
hacer era pedir plata y después ladrar.
Gombrowicz se dio cuenta de que el
embajador lo estaba despidiendo con moneda menuda, entonces le dijo que él era
una literato pero también era un Gombrowicz. Y cuando el embajador le preguntó
de cuáles Gombrowicz era Gombrowicz, le respondió que de los Gombrowicz
Gombrowicz, entonces el diplomático le ofreció ochenta pesos en vez de
cincuenta, ni un peso más.
Le recordó que estaban en guerra y que
había que marchar para vencer a los enemigos, matarlos, destrozarlos y
aplastarlos, y que no fuera ladrando por ahí que el embajador no había marchado
y hablado delante de él. Le pidió que escribiera artículos para celebrar la
gloria de los genios polacos, que por ese servicio le podía pagar setenta y
cinco pesos mensuales.
Era necesario ensalzar a la patria en
momentos tan difíciles, pero Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque
le daba vergüenza, entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le
recordó que la embajada le había rendido homenaje. Lo iba a presentar a los
extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz.
La primera consecuencia de su presentación
en la embajada fue que lo invitaron a una recepción. Se trataba de una reunión
en la casa de un pintor a la que iban a asistir los escritores y artistas
locales. Tenía una gran seguridad en su maestría y sabía que como maestro lograría
superar y dominar a todos los demás. Cuando llegó sus compatriotas lo
glorificaron.
El consejero Podsrocki lo presentaba y
ensalzaba como el gran maestro y genio polaco Gombrowicz. Como nadie le llevaba
el apunte, el consejero Podsrocki lo empezó a tratar de comemierda y le exigió
que hiciera algo para no avergonzarlos. Entró un hombre vestido de negro, se
notaba que era una persona muy importante, un gran escritor, un maestro.
Llevaba en los bolsillos una cantidad
inconcebible de papeles que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos
libros, se volvía a cada rato inteligentemente inteligente. Los compatriotas de
Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si
no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y a morder. Entonces Gombrowicz
habló con la persona más cercana en voz bastante alta.
“No me gusta la mantequilla demasiado
mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni la sémola demasiado semolosa,
ni los cereales demasiado cerealientos”. El hombre de negro le respondió que la
idea era interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus
“Eglogas”, entonces Gombrowicz le manifestó que no le importaba un comino lo
que decía Sartorio.
Lo que le importaba era lo que decía él,
el que hablaba; el gran escritor sin pensarlo dos veces le contestó que la idea
no era mala pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame
de Lespinnase en sus “Cartas”. Gombrowicz perdió el aliento, el canalla lo
había dejado sin palabras, entonces empezó a caminar, y cada vez caminaba con
más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y los demás de ira.
Pero alguien comenzó a caminar con él, era
un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran rojos,
estaban pintados de rojo. Huyó como si lo persiguiera el diablo. El moreno lo
siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al mediodía para tomar
café y luego salía a la calle y caminaba en busca de muchachos; aunque vivía en
una mansión simulaba ser su propio lacayo.
Tenía miedo que los muchachos le pegaran o
que lo asesinaran para sacarle la plata. El moreno estaba perdidamente
enamorado de un joven rubio hijo de un comandante polaco. Junto a Gombrowicz,
en la Plaza San Martín, vio al joven rubio, lo siguieron hasta el Parque
Japonés, y allí encontraron a los tres socios de la empresa equino-canina donde
trabajaba Gombrowicz.
Los socios empezaron a decirle a
Gombrowicz que entonces no era tan loco como pensaba la gente, que el moreno
tenía millones, insinuándole de esa manera una aventura con él. El joven rubio
estaba tomando cerveza con el padre, un hombre bueno, decente, cortés y
aterciopelado. Le comenta a Gombrowicz que va a enrolar a su único hijo en el
ejército polaco.
Gombrowicz lo previene contra el moreno y
le sugiere que se vaya del lugar, el padre no accede. El moreno brinda con el
padre desde lejos, el comandante se lo prohibe con un gesto. El moreno se
irrita y le arroja el jarro de cerveza, le parte la frente y brota la sangre.
Primero la vergüenza en la embajada, después en la casa del pintor, y ahora en
el Parque Japonés, mientras allá, del otro lado del océano, se derrama la
sangre.
A la mañana siguiente apareció el padre en
la pensión de Gombrowicz. Le rogó que desafiara al moreno en su nombre. Vaca o
no vaca el hecho era que ese malvado llevaba pantalones y que lo había ofendido
públicamente. Cuando Gombrowicz se lo contó al moreno éste le recriminó que se
hubiera puesto de parte del viejo y no del joven, que tenía que defender al
joven de la tiranía del padre.
De qué le servía a los polacos ser
polacos, ¿acaso habían tenido un buen destino? Gonzalo se preguntaba si no
estaban hasta la coronilla, si no les bastaba ya el martirio, el eterno
suplicio y el martirologio, había llegado el momento de la filiatría. Aceptaba
el duelo bajo la condición de que las balas fueran de salva, las verdaderas se
debían escamotear al momento de cargar la pistolas en el forro de la manga.
Para asegurar esta impostura Gombrowicz
nombró a dos socios de la empresa equino-canina como padrinos del duelo. El
moreno había rematado su exhortación con la palabra filiatría, y esta palabra
le retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto a los gritos de “Polonia, Polonia”
que escuchaba en la calle mientras caminaba presuroso hacia la embajada.
¡Viva nuestro heroísmo!, exclamaba el
embajador, un coronel ya le había contado lo del duelo entre el comandante y
Gonzalo. Como todos descontaban que el duelo terminaría sin sangre convinieron
en agasajar al comandante con una comida que se daría en la embajada; mientras
el consejero Podsrocki volcaba en el libro de actas la invitación que estaba
haciendo el embajador escribió también que iban a asistir al duelo.
Tenían que ver la valentía del polaco con
la pistola en la mano atacando al enemigo. Pero un duelo no es una partida de
caza, tenían que asistir con una excusa bien pensada, bien podría ser una
cacería con galgos a la que invitarían a los extranjeros. Mientras tanto
Gombrowicz le preguntaba al embajador cómo era posible que marcharan sobre
Berlín si los combates se estaban librando en los suburbios de Varsovia.
El embajador le dijo que todo se había ido
al diablo, que todo había terminado. Habían perdido la guerra y había dejado de
ser embajador, pero la cabalgata se iba a realizar de todos modos. Al día
siguiente, el duelo, se dio la señal y los adversarios entraron al terreno.
Gombrowicz cargó las pistolas y metió las balas en el forro de la manga. Vacío
absoluto, eran disparos vacíos.
A lo lejos apareció la cabalgata; vacío
porque no había balas y vacío porque no había liebres. El duelo era una trampa
que sin fin porque se había convenido a primera sangre. De pronto se oyó un
furioso ladrido de perros y un grito espantoso. El hijo estaba siendo atacado
por los perros, el padre disparó contra los animales enfurecidos pero con un
revolver vacío, entonces, el moreno se arrojó sobre la jauría y salvó la vida
joven.
El padre se conmovió y le ofreció su
amistad eterna que el moreno aceptó. Para cerrar todas las heridas Gonzalo lo
invito a su casa. No era el palacio de la ciudad, era otro distante a tres
leguas, el comandante tenía malos presentimientos pero igual fue. Pinturas,
esculturas, tapices, alfombras, cristales… se depreciaban muy rápidamente por
su abundancia excesiva.
La biblioteca estaba llena de libros y de
manuscritos amontonados en el suelo. Era una montaña que llegaba hasta el techo
sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo.
Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque
había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad.
Lo peor es que los libros se mordían como
si fuesen verdaderos perros rabiosos hasta darse muerte. El moreno regresó pero
vestido con una falda y le dio indicaciones a un muchacho para que se pusiera
en el medio de la sala y luciera su figura, que para eso le pagaba. Pero ese
mequetrefe estaba allí, más que para lucir su figura, para moverse en honor al
hijo, pues cada vez que se movía el hijo también se movía él.
Al final fue un alivio que el dueño de
casa diera la señal de ir a dormir. Le confiesa al padre que lo había
traicionado con el moreno realizando un duelo sin balas, Gombrowicz estaba
conmovido y estalló en llanto frente al padre que desesperado por la congoja le
hace un juramento sagrado. Iba a lavar su honra con sangre, pero no con la
sangre afeminada de ese miserable, sino con la sangre densa de su propio hijo.
Era la ofrenda del hijo que le hacía a la
guerra. Cuando el moreno se entera de que el padre quiere matar al hijo le dice
a Gombrowicz que tiene un medio para convencer al hijo de que mate al padre, y
al convertirse en parricida necesitará su amparo, se ablandará y caerá en sus
manos afectuosas y protectoras. El moreno y el hijo juegan en un frontón y
golpean a la pelota con todas sus fuerzas.
Bam, bam, bam, resonaban los golpes.
Mientras tanto el mequetrefe golpeaba con una madera unos palitos que estaban
mal colocados, bum, bum, bum. Y en medio de aquel bum-bam la pelota zumbaba y
el hijo golpeaba más fuerte porque sentía que tenía un partidario. El padre
comprendió que con el bumbam le estaban robando a su propio hijo…
Gombrowicz había perdido la patria, se
había asociado con el moreno en una empresa ignominiosa para humillar al padre…
Los compañeros de Gombrowicz de la empresa equino-canina donde trabajaba
sintieron la necesidad de llevar a cabo un hecho más terrible aún que el
filicidio y el parricidio que estaban planeando el padre y Gonzalo, un horror
que los colmara de poder.
Se propusieron entonces torturar al
embajador junto a su mujer y sus hijos. Después los matarían a todos
arrancándoles los ojos. Todo les parecía poco, así que pensaron que lo mejor
sería matar al hijo del comandante, esa muerte aumentaría tanto el horror que
la naturaleza, el destino y el mundo entero iban a cagarse en los pantalones.
El moreno y el hijo jugaban a la pelota.
El mequetrefe se movía con el joven
clavando palitos, bumbambeaban. Mientras tanto el comandante se paseaba
comiendo ciruelas. El hijo estaba delante de Gombrowicz con su vos fresca y
alegre, su risa armoniosa, los movimientos de todo su cuerpo ágiles y livianos.
El padre observaba al moreno que llevaba el ritmo del bumbam, y el bumbameo
unía a los muchachos debajo de los árboles.
¡A bailar!, un gentío increíble, la flor y
nata de la colonia polaca, mejor olvidar y no dejar transparentar nada. En la
oscuridad se escondían algunas siluetas monstruosas, unas siluetas que parecían
perros pero tenían cabezas humanas, se agrupaban en un montón y parecían brincar,
copular y morder. Los polacos de la empresa equino-canina se preparaban para
ser terribles matando al hijo.
Las parejas bailaban y el hijo bailaba con
una hermosa polaquita lleno de brillo y gallardía. Si el joven saltaba, el
mequetrefe saltaba, bailaban al ritmo del bumbam, temblaban los cristales, la
colonia polaca quería bailar la mazurca pero era imposible, sólo había bumbam.
El padre tomó un gran cuchillo y lo guardó en un bolsillo. Y, de pronto, bum,
el criado contra una lámpara.
Y el hijo, bam, a la lámpara; vuelve el
mequetrefe, bum, a un jarrón; y el hijo, bam, al jarrón. Bum, el criado contra
el padre; el padre cae al suelo y ya se apresuraba el hijo a bambearlo con su
bam. En aquel pecado general, mortal, en aquella debacle, en medio de esa
enorme corrupción no existía otra cosa que el llamado del bum-bam y el trueno
del asesinato.
El hijo volaba hacia el padre, pero en vez
de bambearlo con su bam, lo bambeó con una risa que le estalló en la garganta.
El embajador también estalló de risa. Fue un bramido de risa general en todo el
salón. Junto a las paredes habían quienes se pedorreaban y quienes se meaban de
risa. Bambeabam. “Y, entonces, de risa en risa, riendo, bum; riendo; bam, bum,
bumbambeaban”
“Mi casa natal, a pesar de las apariencias,
era el colmo de una disonancia que no cesaba de herir mis oídos infantiles.
Existían muchas razones para ello: una de las principales era el contraste de
temperamento entre mi padre y mi madre. Mi padre, un hombre hermoso y elegante,
de ‘raza’, como se solía subrayar en aquel entonces, tenía fama de persona
seria, responsable y honrada (...)”
“La discordancia entre su comportamiento,
correcto y respetable, y ciertas extravagancias nuestras, sus hijos,
despertaban en más de una ocasión reflexiones del tipo: ‘¿qué diría de eso su
padre?’, o bien, ‘¡qué pena que no hayan salido al viejo Gombrowicz!’. Tenía un
excelente aspecto unido a una mente sin especial profundidad ni amplios
intereses, pero perfectamente eficaz (...)”
“Esta personalidad le aseguraba esos
cargos más bien representativos en diversos consejos y organismos
administrativos. En cambio, mi madre se distinguía por un temperamento
extraordinariamente vivo y una imaginación exuberante. Nerviosa, exaltada,
inconsecuente, incapaz de controlarse, inocente y, aún peor, con una idea de sí
misma totalmente equivocada (...)” “Mi padre cedía a veces ante su lucidez e
inteligencia y, a menudo, soportaba en silencio sus exaltaciones, realmente
difíciles de superar. El hecho de no querer ser lo que era, de no reconocerse a
sí misma, terminó vengándose de mi madre, porque nosotros, sus hijos, le
declaramos la guerra. Nos enervaba. Nos Provocaba. Nos ponía los pelos de punta
(...)”
“Y fue allí, seguramente, donde comenzaron
mis dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca que
producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha de
risa, pero no resulta agradable”. Una discordancia tan drástica como la que
existía entre sus padres Gombrowicz la pone en juego en “El diario de Stefan
Czarniecki”.
El conflicto de la novela tiene unas
características ciertamente monstruosas. Esta segunda novela corta de
Gombrowicz, es contigua a “El bailarín del abogado Kraykowski” y la escribió en
el año 1926. El punto de inflexión del comportamiento del personaje es la
guerra, al regreso del frente ya no puede mantener las viejas creencias y se
desbarranca en la inmoralidad.
“Es algo grandioso y magnífico que una
pluma y un trozo de papel le baste a cualquiera para escribir lo que le plazca,
en su solo nombre, por su propia cuenta, para su propia satisfacción, sin
código alguno, sin sujeción, sin limitación. Si bien esta independencia es sólo
un espejismo sigue siendo ella la que más nos acerca a nuestra realidad
individual (...)”
“Y en una sociedad que hubiera suprimido
la libertad y la autonomía de la literatura, nadie podría saber lo que ocurre
en un hombre privado, en un individuo. Soy ateo, sin prejuicios, y además
filosemita, y además escritor de vanguardia, e incluso revolucionario en un
determinado sentido de la palabra. He vivido un cuarto de siglo en la miseria
(...)”
“Por lo que respecta a mis intereses
personales, tendría mucho que ganar en una revolución social; mis colegas de la
pluma gozan en los países socialistas de una posición mucho mejor que la mía.
En mi actual situación no hay nada que me ate a la clase capitalista. En tales
condiciones, tendría que ser un monstruo para preferir sin más, sólo por gusto,
la explotación a la justicia (...)”
“Si Freud y Marx han desenmascarado tantas
cosas, ¿no sería conveniente hoy mirar detrás de esa fachada que se denomina la
izquierda? Personalmente me molesta que la izquierda se convierta con demasiada
frecuencia en la pantalla de intereses personales absolutamente egoístas e imperialistas.
Soy un adversario declarado de todos los papeles, y más aún del papel de
escritor comprometido (...)”
“Lo lamento pero, verdaderamente, en eso
no puedo ser de ninguna utilidad. De hecho, tengo la absoluta certeza de que la
ciencia y la técnica no tardarán en restregarnos por la nariz esa oposición
entre la izquierda y la derecha y en ponernos frente a problemas radicalmente
diferentes. Mi política consiste en mantenerme a distancia de las formas,
vengan de la izquierda o de la derecha”
“Navegaba por el mundo en medio de
opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un sentimiento
misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la
necesidad de cometer una villanía”. Con estas palabras extrañas Gombrowicz
encuentra de manera cumplida una forma de definir la bastardía, no ya carnal
sino espiritual, del protagonista de “El diario de Stefan Czarniecki”
Este giro indigno de una conducta que
degenera de su origen está presente en toda la obra de Gombrowicz, y es también
el que alienta la idea del hijo ilegítimo. “El diario de Stefan Czarniecki” es
la segunda novela corta de Gombrowicz, es contigua a “El bailarín del abogado
Kraykowski” y la escribió en el año 1926. El punto de inflexión del
comportamiento del protagonista es la guerra.
Al regreso del frente ya no puede mantener las viejas creencias y se desbarranca en la inmoralidad. En “El diario de Stefan Czarniecki” no queda títere con cabeza. La familia, la polonidad, la política, la guerra, el amor, todo vuela por los aires, pero son más bien caricaturas las que vuelan por los aires, unas marionetas que Gombrowicz zarandea como una verdadera parodia de la realidad.
El estilo es brillante, humorístico e irónico, pero los componentes de la narración son más bien morbosos. La constitución sombría de la conciencia de Gombrowicz está metida en esta narración, pero no la arroja como si la tirara a una cloaca. Estaba intentando cancelar su deuda moral, quería que la obra lo absolviera. Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable.
Al regreso del frente ya no puede mantener las viejas creencias y se desbarranca en la inmoralidad. En “El diario de Stefan Czarniecki” no queda títere con cabeza. La familia, la polonidad, la política, la guerra, el amor, todo vuela por los aires, pero son más bien caricaturas las que vuelan por los aires, unas marionetas que Gombrowicz zarandea como una verdadera parodia de la realidad.
El estilo es brillante, humorístico e irónico, pero los componentes de la narración son más bien morbosos. La constitución sombría de la conciencia de Gombrowicz está metida en esta narración, pero no la arroja como si la tirara a una cloaca. Estaba intentando cancelar su deuda moral, quería que la obra lo absolviera. Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable.
El padre, un hombre fascinante y
orgulloso, poseía unos rasgos que personificaban una estirpe perfecta y una
raza noble. La madre andaba siempre vestida de negro con unos pendientes
antiguos como único adorno. Stefan se veía a sí mismo como un muchacho serio y
pensativo. Había en su vida familiar un solo punto oscuro, su padre odiaba a su
madre, no la soportaba, un enigma que lo condujo finalmente a la catástrofe
interior.
Se convirtió en un inútil inmoral, besaba
la mano de una dama babeándola, sacaba el pañuelo y se secaba la saliva
mientras le pedía perdón. El padre evitaba el contacto con la madre, a veces la
miraba a hurtadillas con expresión de infinito disgusto. Stefan, en cambio, no
manifestaba aversión hacia su madre a pesar de que había engordado muchísimo al
punto de tropezarse con todas las cosas.
Stefan se imaginaba que había sido
concebido realmente bajo coacción violentando los instintos, y que él era el
fruto del heroísmo del padre. Un día la repugnancia del padre estalló: –Te
estás quedando calva. Dentro de poco estarás más calva que un trasero. Eres
horrorosa. Ni siquiera adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no
comprendía el porqué debía considerar a la calvicie de la madre peor que la del
padre.
Además, los dientes de la madre eran
mejores y, sin embargo, ella no sentía repugnancia por él. Era una mujer
realmente majestuosa y muy religiosa, rodeada de una furia de ayunos y acciones
piadosas. A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo y a la camarera:
–¡Ruega, ruega pobre hijo mío por el alma de ese monstruo que tienes por padre!
¡Rogad por el alma de vuestro amo que se ha vendido al mismísimo diablo!
A la madre le producían horror las
acciones del padre, la forma desconsiderada en que la trataba, y al padre lo
que le producía horror era ella misma. No podía dejar de manifestar su asco:
–Créeme, querida, que estás cometiendo una falta de tacto. Cuando veo ante el
altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la convicción de que también
Cristo se siente un poco a disgusto.
A pesar de estas contrariedades, del
conflicto permanente entre los padres, Stefan fue un buen alumno, aplicado y
puntual, pero nunca gozó de la simpatía de los demás. En el recreo los alumnos
cantaban: –Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay judío que no sea un can/ Los
polacos en cambio son águilas de oro/ Uno, dos, tres, ahora le toca al loro.
Stefan estaba fascinado con estos versos pero debía apartarse de los otros
chicos cuando cantaban.
A pesar de los esfuerzos que hacía por
resultarles agradable a ellos y a los profesores con sus buenas maneras, lo
único que conseguía era una actitud hostil. Una tarde, un profesor de historia
y literatura, un vejete tranquilo y bastante inofensivo les estaba dando una
clase sobre los polacos: –Los polacos, señores míos, han sido siempre
perezosos, sin embargo, la pereza es siempre compañera del genio.
Los polacos han sido siempre valientes y
perezosos ¡Magnífico pueblo, el polaco! A partir de ese momento el interés de
Stefan por el estudio disminuyó. Sin embargo con este cambio no consiguió la
simpatía del profesor y de nada le sirvió su incipiente preferencia por los
desaplicados y los perezosos. La observaciones del profesor tenían mucha
influencia en la clase, especialmente cuando hablaba de los polacos.
Los polacos han sido siempre holgazanes,
pero las suecas, las danesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza
por nosotros, sin embargo, nosotros preferimos a las polacas. ¿No es acaso
famosa la belleza de la mujer polaca? El resultado de esas insinuaciones fue
que Stefan se enamoró de una joven pero ella no se daba por enterada. Una
mañana, después de haberle pedido consejo a sus compañeros, venció su timidez y
le dio un pellizco.
Ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo
había logrado. Se lo contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo
escucharon con interés, acto seguido se precipitaron sobre una rana y la
mataron a golpes. Stefan estaba emocionado y orgulloso de haber sido admitido
por los jóvenes y presintió que empezaba una nueva etapa de su vida. Para
congraciarse aún más atrapó una golondrina y le rompió un ala.
Cuando se disponía a golpearla con un palo
un alumno le dio una bofetada muy sonora en la cara. Como no se defendió todos
se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar escarnios ni insultos. En el
amor tampoco le iba nada bien, la joven pellizcada le hacía recriminaciones
porque era un consentido, un pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido
finalmente que, si bien el padre era de raza pura, su madre también lo era.
La madre lo era pero en el sentido
contrario, el padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de un rico
banquero. Se imaginaba que las dos razas hostiles de los padres, ambas
poderosas, se habían neutralizado. De ese modo habían parido un ratón sin
pigmentación, un ratón completamente neutro, por eso Stefan no tomaba parte de
nada a pesar de haber participado en todo, ése era su misterio.
La joven Jawdiga le pedía que fuera
valiente, le ordenaba que saltara zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara
abedules bajo la observación del vigilante, que arrojara agua sobre el sombrero
de los transeúntes. Cuando Stefan le preguntaba a Jawdiga cuál era la razón de
esos caprichos ella le decía que no lo sabía, que era un enigma, una esfinge,
un misterio para sí misma.
Si la joven fracasaba en algo se
entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía besar sus deliciosas
orejas, como premio, sin embargo, nunca se permitió responder a su apremiante:
–¡Te deseo! Le decía que había algo en él de repulsivo y no sabía bien qué era.
Pero Stefan sabía muy bien lo que querían decir esas palabras. Leía mucho y
trataba de comprender el significado de su secreto.
Se daba ánimos con el recuerdo de uno de
los temas escolares, la superioridad de los polacos: los alemanes son pesados,
brutales y tienen los pies planos; los franceses son pequeños, mezquinos y
depravados; los rusos son peludos; los italianos... bel canto. Ésta era la
razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran
los únicos que no causaban repulsión.
El horizonte político se volvía cada vez
más amenazador y la joven cada vez más nerviosa. La multitud en las calles, las
tropas se desplazaban hacia el frente. La movilización, los adioses, las
banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios, lágrimas, manifiestos,
indignación, exaltación y odio. La amada de Stefan ni lo miraba, no tenía ojos
más que para los militares.
Stefan afirmaba su patriotismo,
participaba en juicios sumarios contra espías, pero algo en la mirada de
Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario en el regimiento de ulanos.
Atravesaban la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus caballos, una
expresión maravillosa aparecía en el rostro de las mujeres y sentía que muchos
corazones latían también por él.
Y no entendía el porqué pues no había
dejado de ser el conde Stefan Czarniecki que era antes ni el hijo de una
Goldwasser, el único cambio era que ahora usaba botas militares y llevaba en el
cuello unas tiras color frambuesa. La madre lo convocaba para que no tuviera
piedad, para que arrasara, quemara y matara, para que destruyera a los
malvados. El padre, un gran patriota, lloraba en un rincón.
Le decía a Stefan que con la sangre podría
borrar la mancha de su origen; le rogaba que pensara siempre en él y ahuyentara
como la peste el recuerdo de la madre porque ese recuerdo podía serle fatal,
que no perdonara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La amada
le entregó por primera vez su boca, una verdadera delicia. La guerra era
hermosa.
Era precisamente la conciencia de ese
esplendor la que le proporcionaba las energías para combatir al implacable
enemigo del soldado: el miedo. De cuando en cuando lograba colocar un tiro de
fusil en el blanco preciso, y entonces se sentía columpiado por la sonrisa
impenetrable de las mujeres y hasta le parecía que se ganaba el afecto de los
caballos que hasta el momento sólo le habían propinado coces y mordiscos.
Sin embargo, ocurrió un incidente que lo
lanzó al abismo de la depravación moral de la que no pudo apartarse hasta el
día de hoy. La guerra se había desencadenado en todo el mundo. La esperanza,
consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa perspectiva del
porvenir: el regreso a casa y la liberación de su situación de ratón neutro,
pero las cosas no ocurrieron de esa manera.
El regimiento de Stefan estaba defendiendo
con tesón por tercer día consecutivo una colina en el frente, con la orden de
resistir hasta la muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le cortó de un
tajo ambas piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el
pobre, seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan
tuvo que acompañar. Cuando terminó la guerra y volvió a casa con aquella risa
sonándole en los oídos comprobó que todo lo que hasta entonces había sostenido
su existencia yacía hecho escombros, que no le quedaba más remedio que volverse
comunista. Stefan entendía el comunismo como un programa en el que los padres y
las madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería
nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales.
Un programa en el que su madre debía ser
cortada en pequeños trozos y repartida entre quienes no fueran suficientemente
devotos en sus oraciones; que lo mismo debería hacerse con su padre entre
aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que todas las
sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo
petición expresa, y que el rechazo injustificado fuera causal del castigo con
la cárcel.
Stefan elegía el término comunismo porque
constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan
incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros
brutales de esos intelectuales. Las conversaciones más irónicas y afectuosas
las tuvo con su adorada Jadwiga que lo había recibido con efusiones
extraordinarias al regreso de la guerra.
Stefan le preguntaba que si acaso la mujer
no era algo misterioso, y cuando ella le respondía que sí, que lo era, y que
ella misma era misteriosa y desencadenaba pasiones, que era una mujer esfinge,
entonces Stefan exclamaba que también él era un misterio, que tenía un lenguaje
personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara, que le encantaría
compartirlo con ella.
Le advirtió que le iba a meter un sapo
debajo de la blusa, y que ella tenía que repetir con él unas palabras: Cham,
bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso pronunciarlas, le
dijo que le daba vergüenza y se echó a llorar. Stefan no le hizo caso, tomó un
sapo grande y gordo y cumplió con su palabra. Se puso como loca. Se tiró al
suelo, y el grito que lanzó sólo podría compararse con el del soldado
destripado.
¿Pero es que para todas las personas las
mismas cosas deben ser bellas y agradables? Lo único que le quedó de agradable
en esa historia fue que ella enloqueció, incapaz de librarse del sapo que se
agitaba bajo su blusa. Es posible que Stefan Czarniecki no fuera comunista sino
tan solo un pacifista militante. “Navegaba por el mundo en medio de opiniones
totalmente incomprensibles (...)”
“Cada vez que tropezaba con un sentimiento
misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la
necesidad de cometer una villanía. Tal es el secreto personal que opongo al gran
misterio de la existencia. ¿Qué queréis?... cuando paso junto a una pareja
feliz, a una madre con un niño o a un anciano amable, pierdo la tranquilidad.
Pero a veces el corazón se me encoge y una gran nostalgia de vosotros, padre y
madre queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh santa
infancia mía!”

