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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, la FORMA, los INGENIEROS & los EDITORES
Witold GOMBROWICZ, la FORMA, los INGENIEROS & los EDITORES
Por Juan Carlos GÓMEZ
“El problema de la Forma, el hombre como
producto de la forma, el hombre como esclavo de las formas, la concepción de la
Forma Interhumana como fuerza creadora suprema, el hombre inauténtico”
Gombrowicz se hallaba ligado al estructuralismo por la afirmación de la forma.
Si la personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la define,
entonces es natural que el hombre sea una función.
Es una función de un sistema de
dependencias cercano a lo que llamamos estructura. Pero el mundo de los
estructuralistas, si bien tiene analogías con el suyo, es también su contrario.
En forma independiente había llegado a conclusiones similares a partir de un
estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano. Lo que los
separaba contaba más que lo que los ligaba.
“Pero en los estructuralistas la cosa es muy diferente, ellos buscan las estructuras en la cultura, yo en la realidad inmediata. Mi forma de ver las cosas estaba directamente relacionada con los acontecimientos de aquel entonces: hitlerismo, stalinismo, fascismo. Estaba fascinado por las formas grotescas y espantosas que surgían en la esfera de lo interhumano destruyendo todo lo que hasta entonces había sido venerable (...)”
“Pero en los estructuralistas la cosa es muy diferente, ellos buscan las estructuras en la cultura, yo en la realidad inmediata. Mi forma de ver las cosas estaba directamente relacionada con los acontecimientos de aquel entonces: hitlerismo, stalinismo, fascismo. Estaba fascinado por las formas grotescas y espantosas que surgían en la esfera de lo interhumano destruyendo todo lo que hasta entonces había sido venerable (...)”
“Era como si la humanidad estuviera
atravesando un cierto estadio para entrar en otro: el de una elaboración
consciente de la forma. En adelante el hombre podría ‘hacerse’, se fabricaban
la verdades a voluntad, y los ideales, los fanatismos e incluso se fabricaban
los sentimientos más íntimos. El hombre fue para mí como una abeja, que
secretaba continuamente no la miel sino la forma (...)”
“Se modelaba en el vacío. Una fórmula no
pude ser más que una fórmula y el agujero que atraviesa el razonamiento de los
estructuralistas terminará por engullirlos. En la ciencias exactas se puede
razonar en contra de la más evidente realidad cotidiana y personal, pero en las
ciencias humanas no ocurre lo mismo”
El ingeniero Juan Carlos Ferreyra tiene
algunas particularidades que lo distinguen del resto de los gombrowiczidas de
Tandil: leyó la traducción legendaria de “Ferdydurke” antes de que Gombrowicz
llegara a Tandil; alquiló la pieza de Venezuela cuando Gombrowicz se fue a
Berlín; y recibió uno de los motes más extraños de nuestro club: Ingeniero
Fireire.
Durante las décadas del 50 y el 60, la
escena filosófica francesa se caracterizó por la aparición del existencialismo
y el estructuralismo. Para esa época, el Ingeniero Fireire asiste a un curso de
filosofía que da Gombrowicz en la Biblioteca Municipal de Tandil en el que
decide exponer sus ideas de una manera sencilla –todavía no había determinado
si en Tandil había alguna persona inteligente.
Por las dudas se dedicó a hablar tan solo
de las tres capas que tiene el hombre: la física que estudia la anatomía, la
psicológica que estudia el psicoanálisis, y la metafísica que estudia la
metafísica, ejemplificando estos conceptos simples con el miedo a la muerte que
es psicológico y la angustia ante la muerte que es metafísica. En los cafés de
Tandil Gombrowicz a veces también se aburría.
Una tarde, sentado a una mesa con Flor de
Quilombo, Gombrowicz esperaba a otros contertulios. Pasada media hora de una
espera tediosa entra el Ingeniero Fireire, vacila, se sienta, después de un
minuto se levanta y sale rápidamente. Cuando vuelve a entrar Gombrowicz está
medio amoscado: –Profesor, si usted viene tan solo para irse no venga por
favor.
Un poco después de la lectura de
“Ferdydurke”, el Ingeniero Fireire, miembro del grupo que se formó al año
siguiente de la aparición de Gombrowicz en Tandil, se presentaba con una ramita
verde entre los dientes y se tocaba la oreja izquierda si alguna cosa no le
gustaba. Un día conoció a Gombrowicz en el León de Francia, uno de los cafés
importantes de la plaza principal de Tandil.
Ese día tuvo la seguridad de que Gombrowicz
era la encarnación de “Ferdydurke”. A Gombrowicz se le despertaban sus
tendencias agresivas cuando tomaba contacto con los ingenieros. Tenía la
costumbre de torturar al Pibe Luz, un ingeniero comunista contertulio del café
Rex. Durante horas enteras el pobre se defendía con una sonrisita crispada
hasta que no aguantaba más y se iba.
La operación magistral con la Gombrowicz
liquida la entidad de los ingenieros la realiza en “Ferdydurke”, desmoronando
al ingeniero Juventón hasta convertirlo en una piltrafa humana. Al tomar
contacto con la forma de los ingenieros Gombrowicz sentía la inmediata
necesidad de desestructurarse, se ponía voluntariamente en camino de perder el
juicio.
Uno de esos intentos lo hizo en los
diarios, un intento al que podríamos considerar como un intento metaliterario.
Gombrowicz se las arregla en este pasaje para desvincular a la forma de sus
ataduras y darle vida propia echando mano a Creta. Todo ocurre un día en que va
almorzar a la casa de un ingeniero que tiene una industria en la localidad de
Acassuso.
A medida que ponía atención se iba dando
cuenta que la casa, la mesa del comedor y los platos del ingeniero eran
demasiado renacentistas, mientras la conversación se centraba también en el
Renacimiento, una adoración por Grecia, Roma, la belleza desnuda y la llamada
del cuerpo. La conversación con el ingeniero giró alrededor de una columna de
Creta, y a Gombrowicz se le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración.
Se le había pegado, pero no de una manera
renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a este punto le
advierte al lector que él sabe que no debería escribir sobre esto. De vuelta en
la ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le
hacen señas unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa
comiendo unos bizcochos que mojaban en la crema.
Pero era una mistificación, la verdad es
que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro
barras de hierro torcidas, y la acción de comer consistía en meterse una cosa u
otra por un orificio practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus
narices despuntaban. Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y
se marcha alegando falta de tiempo.
El hecho de que estuvieran ocurriendo
cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo obligaba
a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Al salir del café París se dirigió al café
Rex. En el camino se le acerca una persona desconocida, le dice que hacía tiempo
que quería conocerlo, lo saluda, le da las gracias y se va.
Cuando iba a ponerlo de vuelta y media al
cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que esa persona sólo quería
conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la noche,
pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las
casas. En el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su
mujer.
Él también les hace señas. Henryk y su
mujer hablan y hacen señas. Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les
responde con señas. De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas,
enseña..., ¿pero qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si
fuera una botella. Los dos están haciendo señas, pero Henryk se enseña a sí mismo.
“Yo hago señas. De repente ella (pero no,
yo no puedo hacer el cretino; sin embargo, si tengo que desenmascarar al
Cretino debo hacer el cretino); entonces ella le enseña hasta que él se asoma y
ella le enseña con saña (pero qué es lo que enseña?), después de lo cual los
dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y, ¡puff!...
(¡Esto sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)”
El Ingeniero Fireire se vengó del
desprecio que Gombrowicz sentía por su profesión recurriendo a un procedimiento
simple: no lo admiró ni quiso ser uno de sus discípulos. “¿No es acaso
sospechosa una persona que, tras componer una obre literaria, tiene que
explicarla una y otra vez? Recurrió al apoyo de Kierkegaard y de Schopenhauer,
dos nombres fuertes de la filosofía (...)”
“También recurrió al apoyo de Paul Valery, como respaldo literario; al de Martin Buber, como apoyo y garantía general de seriedad. Parecía obtener una especie de lúgubre diversión en estos despliegues que embarullaban completamente a sus oyentes”. Estas reflexiones ponen al descubierto el carácter obsesivo de la naturaleza de Gombrowicz, naturaleza a la que yo no soy del todo ajeno.
Por esa inclinación que tiene el hombre de
encontrar una idea única que explique a todas las demás, yo también en mi
juventud la quería encontrar, pero mientras crecía, en vez de tener cada vez
menos ideas, cada día tenía más. La combinación de estos asuntos me iba creando
una confusión creciente en la cabeza que sólo me alivió un poco la pérdida de
la idea de Dios.
El único pensamiento que me acercaba a la
idea única era la matemática, pero a medida que avanzaba en su conocimiento
esta ciencia se me hacía un tanto indigesta, un poco por la dificultad de
comprenderla, otro por pereza, y otro más por su dureza inhumana. Si yo hubiera
conocido la historia de la mano que mucho tiempo después leí en los diarios de
Gombrowicz, hubiera resuelto mi problema.
Con una idea insignificante y sin mucho
entusiasmo Gombrowicz nos lleva a pasear por el carácter de las obsesiones. En
cuanto a la actividad de escribir se refiere mis obsesiones más conspicuas se
me presentaron con los editores, una obsesión que no se le presentaba a
Gombrowicz. En el año 1960 Jacobo Muchnik, por una sugerencia del Pterodáctilo,
le propuso a Gombrowicz la reedición de “Ferdydurke” en Fabril Editora.
Le ofreció un tercio de los derechos de autor potenciales en carácter de anticipo: “Eso es lo de menos, yo estoy dispuesto a autorizar la publicación de ‘Ferdydurke’ si ustedes se comprometen a editar otro libro, muy importante, que estoy escribiendo”. Sacó un par de hojas de los diarios en los que se refería a la Argentina y le pidió que las leyera en ese mismo momento.
“Sí, como muestra es ciertamente bien
elocuente, pero, honestamente, ¿cómo quiere usted que me comprometa a priori y
por mi cuenta a editar en nombre de una gran empresa un libro polémico dedicado
aparentemente a meterse belicosamente con lo más distinguido de la
intelectualidad argentina?”. Gombrowicz no respondió, se puso de pie y por
encima del escritorio le quitó de las manos las dos hojas, murmuró algo y se
fue.
Al conocimiento se le levantan unas
barreras infranqueables que le impiden desarrollar su actividad principal que
es la de conocer. Son unos velos pesados que caen delante del entendimiento y
nos impiden el acceso al ser y a las cosas. El que le puso el punto final al
impedimento de acceder al noúmeno con la razón fue Kant al que le siguieron
todos los filósofos que fueron apareciendo después.
Fue Sartre el más connotado de todos los pensadores por haber andado de malas desde el principio con el ser-en-sí. Acorralados de esta manera tan señalada, el conocimiento, el entendimiento y la razón se dirigieron a las cosas a ver si por ahí tenían algo de comer pero resultó ser que tampoco podían acceder a las leyes de la naturaleza, sólo podían acceder a su apariencia.
Fue Sartre el más connotado de todos los pensadores por haber andado de malas desde el principio con el ser-en-sí. Acorralados de esta manera tan señalada, el conocimiento, el entendimiento y la razón se dirigieron a las cosas a ver si por ahí tenían algo de comer pero resultó ser que tampoco podían acceder a las leyes de la naturaleza, sólo podían acceder a su apariencia.
Cuando Einstein declaró que el cosmos es
como un reloj del que sólo conocemos el movimiento de las agujas pero no su
mecanismo, se le cerró el camino al entendimiento. De tal modo todo lo que
existe se ha convertido en una gigantesca caja negra cuyas entrañas
desconocemos en la que por una puerta entran cosas y por otra salen
transformadas pero no sabemos el porqué.
Puesto que las editoriales están en el mundo también deben ser pequeñas cajas negras para las que he construido un modelo binario con el propósito de restringir la incertidumbre. Dediqué horas enteras a estudiar las relaciones que me vinculan a los editores, comparé a las editoriales con cajas negras, y analicé el comportamiento de los editores y de sus auxiliares llamados lectores a los que motejé de Pulgones.
Puesto que las editoriales están en el mundo también deben ser pequeñas cajas negras para las que he construido un modelo binario con el propósito de restringir la incertidumbre. Dediqué horas enteras a estudiar las relaciones que me vinculan a los editores, comparé a las editoriales con cajas negras, y analicé el comportamiento de los editores y de sus auxiliares llamados lectores a los que motejé de Pulgones.
Asocié los extremos de la conducta de los
Protoseres al comportamiento de los asesinos seriales y de los rufianes
melancólicos y determiné que su naturaleza sólo alcanza un desarrollo que no
pasa del nivel de los seres en estado de formación y por eso los llamé
Protoseres. Dividí en cinco grupos las técnicas que utilizan los editores para
contrariar a los autores.
Y al fin, estos personajes vinculados a la
actividad de escribir desde hace tantos siglos terminaron por hacerme perder la
paciencia y el humor. El verdadero orgasmo de los Protoseres se les produce
cuando los libros se venden, sin importarles en absoluto si los libros son buenos
o si son malos, ésa es una cuestión que dejó de interesarles hace mucho tiempo.
Después de haber meditado hondamente en la
verdadera naturaleza de los Protoseres, de los Pulgones y de la caja negra tuve
el convencimiento de que había agotado el tema, sin embargo, algunos
acontecimientos más recientes me han demostrado que no, que a todo hay quien
gane. El Orate Empobrecido me propuso editar un libro sobre la base de los
gombrowiczidas.
Esta proposición la acepté inmediatamente,
sin embargo, después del entusiasmo inicial, me asaltaron algunas dudas sobre
las reales condiciones de equilibrio de este Protoser, de modo que le pedí
opinión a un psiquiatra amigo. En cierto momento en que mi relación con el
Orate Empobrecido se había puesto un tanto confusa me manifestó sus temores de
que le pasara a él lo mismo que le había pasado a Huston con Sartre.
Huston le había pedido a Sartre que
escribiera un guión para hacer una película sobre Freud. Le propuso una cifra
realmente astronómica en concepto de honorarios y el contrato se concertó. Pero
Huston quería hacer una intriga policiaca al estilo Hollywood, presentar a un
Freud en el momento en que comienza a experimentar con la hipnosis.
Sartre se leyó la biografía sobre Freud de
Ernest Jones y algunas de las obras del propio Freud y presentó un largo guión
que evaluado por Huston arrojó que daría para un filme de cinco horas de
duración. Huston le devolvió el libreto con la recomendación de que lo hiciera
más breve y práctico a los fines de la producción. Sartre trabajó arduamente
durante varios meses y cuando le entregó el nuevo guión a Huston.
El filme ahora duraba ocho horas con el
nuevo guión. Huston entregó el libreto a dos profesionales para reducirlo a
dimensiones más realizables. Cuando Sartre lo supo se enojó y exigió que su
nombre fuese retirado de los créditos. Nunca vio el filme de Huston. Para hacer
desaparecer el temor que lo había asaltado al Orate Empobrecido le pedí que le
pusiera límites al trabajo.
Quería evitarle al Orate Empobrecido el
problema que se había suscitado entre Huston y Sartre. Llegados a este punto le
di mi acuerdo, le pedí una fecha para la firma del contrato y la percepción de
un anticipo, siguiendo la línea Huston-Sartre. Me estaba preparando para
suspender la preparación de gombrowiczidas, una suspensión necesaria para poder
cerrar el libro.
Cuando se lo comuniqué al Orate
Empobrecido me respondió que por el momento no tenía dinero disponible. En uno
de los tantos gombrowiczidas que escribo frecuentemente le abrí las puertas a
ciertas tendencias tanáticas que a veces se apoderan de mí y declaré que ya que
no podía doblegar a los editores entonces iba a tratar de destruirlos.
En medio de la penumbra y de una horrible
tensión que me zumbaba en los oídos, y sin saber a qué santo encomendarme para
salir de las entrañas de los Protoseres, una tarde caí en uno de esos estados
hipomaniacales en los que de vez en cuando caen los genios, y en cierto
momento, el destello de una luz intensísima que me venía desde la inteligencia
me hizo ver con claridad meridiana que tenía que dirigirme al Guitarrón.
Esto lo hice a pesar de un mal entendido
que ya había surgido entre nosotros siempre a propósito de Gombrowicz. No es
tan fácil ubicar al Guitarrón en el rango que cubren los Protoseres y que va
desde los asesinos seriales a los rufianes melancólicos y desde la dulzura a la
aspereza. La característica más sobresaliente de este distinguido gombrowiczida
es la de que, en la mayor parte del tiempo aparece emboscado.
Su aspecto es parecido al que tenían los
anarquistas eslavos prerevolucionarios de las historietas a los que presentan
con trajes negros, sombrero y una bomba esférica en la mano con la mecha
encendida. En la misma época en que los rusos se preparaban para dar el golpe
final en los acontecimientos revolucionarios más importantes que registra la
historia contemporánea, Iván Pavlov realizaba unos novedosos experimentos.
Estos experimentos se me asociaron
sorpresivamente con el Guitarrón. Iván Pavlov, el fisiólogo ruso que realizó
estudios sobre las glándulas digestivas, los reflejos condicionados, la
actividad nerviosa superior y los grandes hemisferios cerebrales, les hacía
mirar a los perros de su laboratorio unos círculos para asociar sus conductas
primarias a elementos abstractos.
Un día se le ocurrió ir estirando estos
círculos que, poco a poco, fueron adquiriendo la forma de elipses hasta que los
pobres pichichos, no pudiendo distinguir qué clase de figura estaban viendo,
tuvieron trastornos de conducta. No sé qué asociaciones de la imaginación me
indujeron a pensar que Pavlov podía venir en mi ayuda para provocar, como lo
hizo el ruso con los perros, trastornos en la conducta del Guitarrón.
El procedimiento que se me ocurrió era
benigno y podía ser interrumpido en cualquier momento, posibilidad que los
perros de Pavlov no tenían. Le propuse la publicación de “Gombrowicz, y todo lo
demás”, pero el libro no se lo mandé, y no se lo mandé con el pretexto de que
tenía cuarenta mil palabras y que, quizás, para evitarse una lectura prolongada
bastaba con que leyera sólo una parte.
Esa parte estaba constituida por el índice y la presentación del libro, y “Gombrowicz, la deserción y el destierro”, una conferencia que había dado en el Malba pues contenía una parte importante del libro que quería editar. Unos días después, y con la misma excusa anterior, le mandé al Guitarrón “Gombrowicz y los argentinos”, mi ponencia en la mesa redonda del Malba.
Esa parte estaba constituida por el índice y la presentación del libro, y “Gombrowicz, la deserción y el destierro”, una conferencia que había dado en el Malba pues contenía una parte importante del libro que quería editar. Unos días después, y con la misma excusa anterior, le mandé al Guitarrón “Gombrowicz y los argentinos”, mi ponencia en la mesa redonda del Malba.
Del mismo modo que la conferencia
contenía, aunque en menor cantidad, algunos pasajes del libro, pero tampoco
esta vez le mandé el libro. Y casi sin respiro realicé otro envío, el de
“Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, con el pretexto de que, por si
acaso no lo hubiera leído, le podría resultar de alguna utilidad para tomar un
decisión más fundada, pero el libro no se lo mandé.
El procedimiento me resultaba tan
estimulante que acto seguido le mandé “Goma”, “Goma 2” y “Goma 3” del Viejo Vate, para que se
informara de la repercusión que tenían mis escritos en Polonia, la patria de
Gombrowicz, pero el libro no se lo mandé. De todo esto iba a resultar al final
de la historia que el Guitarrón habría leído, si es que no interrumpía el
procedimiento en algún momento, cincuenta mil palabras.
Esta cantidad de palabras superaba en diez
mil las que tenía “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que por su ausencia
sistemática debería, pensaba yo, haber despertado en el Guitarrón un deseo
incontenible de poseerlo y de publicarlo. Pero las cosas no ocurrieron así. La
carta que me escribió el Guitarrón me puso sobre aviso de que al desempeñar su
papel de Protoser se había emboscado.
Pero como yo estaba decidido a llevar
hasta el final el experimento seguí haciendo maniobras de aproximación. El
Guitarrón no es persona de ir directamente al grano, igual que las gallinas,
cloquea mientras gira en círculos alrededor del maíz antes de comerlo. En vez
de desestimar de entrada la publicación de mi libro o de poner la respuesta en
un futuro incierto, puso la respuesta que me iba a dar en un futuro cierto.
Sin embargo la respuesta, por supuesto, no
me la dio. Así como en la presentación polaca de “Gombrowicz, este hombre me
causa problemas” enuncié el canon del treinta por ciento, canon con el que me
manejo para leer, ha llegado el momento que enuncie los tres principios con los
que me manejo para escribir, principios que no se pueden usar al mismo tiempo,
o uno u otro, porque son excluyentes.
1º Nadie lee nada de nada; 2º algunos leen
pero no entienden nada; 3º algunos entienden pero se olvidan enseguida Gombrowicz
no era muy entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente con temas
laterales. “Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez
no pasa nada. Pero ocurre algo diferente si vuelvo al cenicero y lo miro otra
vez (...)”
“Entonces me voy a preguntar por qué el
cenicero se ha convertido en un objeto más interesante que los demás. Y si
vuelvo a mirarlo una tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un
objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una
importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante.
Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras”
En el segundo intento que hizo con un tipo
de historias a las que podríamos considerar al margen de la literatura,
valiéndose de un tema de tan poco interés como el de mi charla apasionada en el
café Rex, utilizó una mano. Pero mientras yo trataba de despertar la atención
de los demás con el entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría que
tiene para sacarle jugo a las piedras.
A las diez de la mañana estaba tomando un
café en el Querandí. El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle
atención a su mano que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto,
sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una
vez desde la ventanilla del tren. La mano del mozo lo había asaltado de repente
en medio del silencio.
Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba con él.
Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba con él.
Un ser representante de la amargura, la
furia y el silencio de la humanidad. Silencioso como la mano del mozo. ¿Qué
estaría haciendo la mano en el Querandí mientras Gombrowicz estaba en casa? Si
dejara de pensar en la mano del mozo la mano se disiparía en la facilidad de la
nada, pero la mano volvía a él porque él había vuelto a ella con Nietzsche.
Después estuvo con la mano del Embajador
de Polonia con quien ahora estaba conversando. Miraba esa mano diplomática
apoyada en el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella otra
abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a tener miedo
del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo.
Pero la presencia del mal convertía su ser
en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo. Le
resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la
falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su propia mano
descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos
sobre las rodillas de los automovilistas que corrían en sus coches.
¿Y la mano del Querandí qué estaría
haciendo? Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se
sabe qué. ¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano? Sería un
intento fallido, como siempre, de construir un altar cualquiera. Una
desesperación por agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí. Más
tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo.
Este mozo también se le acercó con una
mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era importante para
él porque no era aquélla. Gombrowicz está adorando un objeto que él mismo
enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir que se
postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo depende de Gombrowicz.
Escogió esa mano del Querandí para
agarrarse de algo, para tener un punto de referencia. Pero no quiere que la
mano haga algo con él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y
San Martín. Discute con Gómez sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista
es que en “Crimen y Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido
clásico de la palabra.
El juicio de Raskólnikov no es el juicio
de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio reflejado, un
juicio de espejo. Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que
nos lleva a decir lo que nos pasa por la cabeza. Esta conciencia de espejo es
como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza de un
reflejo.
Así como se iba construyendo la conciencia
de Raskólnikov, así es como se le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz.
Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está alimentando de
Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas las palabras que
necesite. Llegó la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de
la aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento?
Todavía en el Querandí? ¿Descansará en
alguna almohada y se habrá puesto a dormir?
“Me pareció tranquila al verla por primera
vez en el Querandí... , pero se ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo
ya no sé qué es la que podría frenarla allá, en la periferia..., donde está mi
límite”

