Entrevista
El fantasma en la máquina y otros mitos de
la psicología humana
Por Juan Carlos Gonzalez
El cerebro humano no es una tábula rasa,
como lo proponían ciertas escuelas psicológicas. Esta noción tiene insospechadas
consecuencias, que van desde la antropología hasta la política, pasando por la
religión, la economía y la filosofía.
El Guardian tildó a Steven
Pinker de “agente provocador de la ciencia”, la revista Time lo llamó “pop star
evolucionita”, el Washington Post lo saludó como “niño prodigio” y
el Times de Londres lo aclamó de dos maneras, como “psicólogo
cognitivo número uno A” y “papito de la ciencia”. No obstante, Pinker, profesor
de psicología del Departamento de Neurología y Ciencias Cognitivas del
Instituto de Tecnología de Massachusetts, mit, es más que un científico
superestrella, pues también es autor de los exitosos libros Cómo funciona
la mente y El instinto del lenguaje. Su nueva obra, Tábula rasa:
la negación moderna de la naturaleza humana (todavía no traducida al
español), seguramente continuará su cadena de éxitos editoriales y lo mantendrá
en el epicentro de las discusiones sobre el significado y las implicaciones de
la psicología evolutiva, rama que cada vez cobra mayor importancia.
Los psicólogos evolutivos al estilo de
Pinker sostienen que la mente humana, al igual que el cuerpo, ha sido diseñada
por la selección natural mediante el proceso de evolución biológica. Los
hallazgos de la psicología evolutiva están transformando de manera dramática la
forma como los politólogos, los economistas, los antropólogos, los psicólogos
sociales, los lingüistas y los críticos de los estudios culturales conciben las
instituciones sociales y políticas. Si Pinker y sus colegas tienen razón,
resulta que sí hay una naturaleza humana innata común a todos los hombres.
Eso sí, no se trata de la naturaleza
humana de nuestro abuelo. Los psicólogos evolucionistas argumentan que el
cerebro es un sistema físico con circuitos neuronales incorporados que generan
un comportamiento ambientalmente apropiado y que se especializan en el manejo
de diferentes problemas adaptativos y, además, que la mayor parte del
funcionamiento del cerebro es inconsciente. A causa de que nuestros cerebros
evolucionaron para manejar los problemas enfrentados por nuestros antecesores
de la Edad de Piedra, algunos comportamientos innatos nos hacen estar
desadaptados en el mundo moderno. Entre éstos se encuentra nuestra tendencia a
dividir a las personas según estén dentro de nuestro círculo y/o fuera de él, o
nuestra apetencia por lo dulce, que les ayudaba a nuestros antepasados a
seleccionar la fruta madura en un mundo donde la comida escaseaba, pero que
lleva a la obesidad generalizada en sociedades donde abunda el alimento. Para
actividades como el aprendizaje social, el lenguaje, la alimentación, el
apareamiento y muchos otros comportamientos inconscientes existen módulos
cerebrales innatos.
La psicología evolutiva deja
desconcertados a muchos intelectuales y científicos, y Pinker ha sido víctima
de fuertes ataques de la derecha y de la izquierda. Algunos marxistas, como el
profesor de Harvard Richard Lewontin y el recientemente fallecido Stephen Jay
Gould, aseveran que la psicología evolutiva es poco más que una fatua
especulación de cafetería, mientras que los comentaristas conservadores
de Weekly Standard y de First Things acusan a Pinker de
socavar las bases religiosas de la moralidad.
El libro Tábula rasa, que combina los
aportes científicos de la genética, la neurociencia, la cibernética y la
biología evolutiva, es la réplica de Pinker a tales críticas. En este libro
deconstruye con maestría lo que llama los principales “mitos” sobre la
psicología humana, que han dominado y distorsionado el discurso intelectual
sobre la naturaleza humana durante el último siglo.
Pinker, oriundo de Montreal, cursó sus
estudios de pregrado en la Universidad de McGill en 1976 y obtuvo su Ph. D. en
psicología en Harvard en 1979. Después de ser profesor en Harvard y Stanford,
pasó al mit a comienzos de los ochenta. El corresponsal científico
de ReasonRonald Bailey y su director editorial Nick Gillespie hablaron con
él en Washington D.C., donde estaba dando una conferencia en la Institución
Carnegie.
¿Cuál es el propósito de Tábula rasa, tu nuevo libro?
Explorar por qué el concepto de naturaleza
humana y los enfoques biológicos sobre la mente en general se consideran tan
sospechosos políticamente. ¿Por qué suscitan tanta emoción? ¿Por qué se piensa
que hay en juego importantes asuntos morales y en cambio no se piensa lo mismo
sobre cuestiones empíricas relacionadas con el funcionamiento de la mente
humana?
Algunos de los asuntos que exploro
preocupan a la izquierda, que considera reaccionarios los enfoques evolutivos y
genéticos del estudio de la mente. Otros molestan a la derecha, para la cual un
punto de vista materialista de la mente, que incorpore la computación, la
neurociencia, la evolución y la genética, socava las bases de la moralidad y
nos deja sólo un peligroso amoralismo.
En el libro mencionas tres “mitos”
modernos: la tábula rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina.
Explícalos brevemente.
La doctrina de la tábula rasa plantea que
la mente no tiene una estructura única y que toda su organización es resultado
del medio ambiente, por medio de la socialización y el aprendizaje. La
concepción de la tábula rasa goza de popularidad entre quienes piensan que
cualquier rasgo humano se puede alterar con cambios apropiados en las
instituciones sociales. También es popular en las alas más radicales del
feminismo, aunque no entre sus planteamientos originales, que hacían énfasis en
la necesidad de equidad entre los sexos. Me parece que hasta cierto punto es
afín a las concepciones marxistas de la sociedad. No es que Marx literalmente
creyera en la tábula rasa, pero sí concebía que no se puede hablar
inteligentemente sobre la natura-leza humana sin tener en cuenta su interacción
siempre cambiante con el medio ambiente social.
La doctrina del buen salvaje afirma que el
ser humano no tiene impulsos malévolos y que toda la maldad es producto de las
instituciones sociales. El mito del buen salvaje está en la base de quienes
consideran que la violencia es un comportamiento aprendido, eslogan que se
repite sin cesar en las noticias sobre la violencia. También está detrás de la
idea romántica de que los violentos inconformes en realidad ven la hipocresía
de la sociedad y retan a las instituciones sociales desde un punto de vista
marginal, y no que se trata de psicópatas a quienes deberíamos impedir que
creen caos en el resto de la sociedad.
La doctrina del fantasma en la máquina
dice que a las personas las habita una alma inmaterial, donde está localizado
el libre albedrío y la capacidad de elección y que no se puede reducir a una
función cerebral. La concepción del fantasma en la máquina subyace en la
derecha cultural y religiosa, como por ejemplo quienes buscan modelar el debate
sobre las células madre en términos del momento en que se infunde el alma.
Pero también se encuentra presente en
forma más vaga entre quienes temen que un punto de vista materialista —la idea
de que la experiencia y la elección humanas son productos de un órgano físico
llamado cerebro— corroa la moralidad, el significado y el propósito final del
hombre.
¿Por qué llamas mitos a estas ideas?
Porque están erradas. Hablemos de la
tábula rasa. Mirando con la sola lógica, las tábulas rasas no hacen nada.
Simplemente existen. En cambio, los seres humanos sí hacen cosas. Le
encuentran sentido a su medio ambiente, adquieren un lenguaje, interactúan unos
con otros, usan el razonamiento para producir lo que desean. Aun si
reconocemos, como es obligatorio hacerlo, que el aprendizaje, la socialización
y la cultura son aspectos indispensables del comportamiento humano, es preciso
admitir que no podemos tener cultura a menos que, como primera medida, poseamos
algún tipo de circuitos innatos que puedan inventar y adquirir la cultura.
El mito del buen salvaje lo han refutado
los estudios acerca de los cazadores recolectores y las sociedades en general, que
muestran que la violencia y la guerra son universales humanos. Los informes
sobre tribus remotas que nunca han oído hablar de una guerra han resultado ser
leyendas urbanas. Me parece que a numerosos intelectuales de Occidente siempre
los había impresionado que muchas de las batallas entre los cazadores
recolectores concluían apenas mataban al primer par de personas. Esto llevó a
la idea de que la guerra entre las sociedades anteriores a los Estados era más
que todo un ritual. Pero, a decir verdad, si uno hace los cálculos y cuenta los
cadáveres, dos muertos en una banda de cincuenta personas son mucho más que los
de septiembre 11 en una sociedad del tamaño de la nuestra.
Algunos estudios cuidadosos muestran que
los cazadores y recolectores tomaban la guerra muy en serio. Construían las
armas más destructivas que su ingenio les permitía. Y si lograban salirse con
la suya masacraban a todo hombre, mujer o niño que se les atravesara. En
nuestra sociedad, que es muchísimo más pacífica que los grupos indígenas, si
uno le pregunta a la gente si ha tenido la fantasía de asesinar a alguien, algo
así como entre el 70 y el 90% de los hombres y el 40 y el 60% de las mujeres
dicen que sí se les ha ocurrido.
Y los demás mienten.
[Risas] Hay también partes del cerebro que
parecen asociarse con la violencia y las explosiones de ira. Lo conocemos en
parte por accidentes y operaciones en las que se les retiraron áreas cerebrales
a algunas personas. Al quitársele una especie de freno inhibidor, el individuo
se vuelve más proclive a la violencia.
Como científico cognitivo repienso el
problema en términos mecanicistas. Así como en el caso preciso de la tábula
rasa, no podemos aprender nada si carecemos de alguna especie de aparato de
aprendizaje. La violencia humana es un comportamiento muy poco aleatorio. No es
algo que pueda surgir de un simple error de funcionamiento. La idea popular es
que la violencia es una especie de enfermedad o problema de salud pública; esto
es lo que creen todas las instituciones de salud mental.
En Tábula rasa dices que Hobbes tenía
razón y Rousseau estaba equivocado. ¿Es la civilización básicamente el
desarrollo de instituciones diseñadas para mantener a raya la violencia
masculina?
En efecto, pienso que en ello hay mucho de
cierto. Para eso es la ley y para eso sirve también la democracia. No creo que
éstas hayan podido borrar del mapa esos impulsos, y las vidas que imaginamos
pueden no ser muy distintas de las que vive el guerrero yanomamo. Pero uno no
las lleva a cabo. Uno puede tener ideas criminales y lujuriosas en el corazón,
pero no necesariamente se reflejan en las acciones.
¿Por qué es un mito el fantasma en la
máquina?
La neurociencia está mostrando que todos
los aspectos de la vida mental —cada emoción, cada patrón de pensamiento, cada
recuerdo— pueden ligarse a la actividad fisiológica o a la estructura del
cerebro. La ciencia cognitiva ha mostrado que algunas hazañas antiguamente
concebidas como realizables sólo por la materia gris pueden ser replicadas por
las máquinas, que los motivos y propósitos se pueden comprender en términos de
retroalimentación y de mecanismos cibernéticos y que es posible entender el
pensamiento como una especie de computación. No idéntica a la de tu PC, pero de
todas maneras una forma de computación, una especie de opaco análogo a la
computación en paralelo. De manera que la inteligencia, antes tomada como
milagrosa —algo que la mera materia no podría de ninguna manera lograr—, puede
ahora concebirse como una clase de proceso computacional.
¿Consideras que estamos pasando por un
ciclo de sentimiento anticientífico o tecnofóbico? La biotecnología, en
particular, ha suscitado la ira tanto de la derecha como de la izquierda.
Me parece que parte del miedo a la
biotecnología en realidad procede de la noción del fantasma en la máquina. Uno
de los grandes temores con respecto a la clonación, la idea absurda de que con
ella se va a crear un ejército de zánganos sin inteligencia, proviene del
modelo mental de la clonación según el cual se estaría duplicando el cuerpo sin
alma. El otro temor es que se trata de una especie de embate faustiano a la
inmortalidad, el deseo arrogante de volvernos inmortales, que se basa en un
modelo mental de la clonación como forma de duplicación del alma junto con el
cuerpo. De modo que si yo me clono a mí mismo, en realidad ése voy a ser yo.
Gran parte del debate sobre la clonación procede de las falsas concepciones de
lo que ésta es. Lo cual me parece muy lógico, si el modelo mental que la mayor
parte de las personas tiene de otros seres humanos es el de un cuerpo habitado
por un fantasma.
También me parece que opera la
contraposición entre las nociones de pureza y contaminación. Es una especie de
mito del buen salvaje. Los psicólogos cognitivos lo llaman “esencialismo
intuitivo”, o sea, que los seres vivos tienen una esencia que da lugar a sus
propiedades biológicas. Es fácil pensar en alimentos genéticamente modificados
como seres vivos cuya esencia ha sido contaminada por elementos ensuciadores,
en contraposición al enfoque biológico, según el cual los organismos son grupos
de genes que varían continuamente con el curso de la evolución.
En un libro anterior, Cómo funciona
la mente, dices que es posible que no lleguemos nunca a comprender la mente.
¿Todavía lo crees?
Posiblemente nunca la comprendamos en un
nivel intuitivamente satisfactorio. Desde el punto de vista científico, me
parece que podemos sentirnos satisfechos con saber que todos los aspectos de la
experiencia consciente pueden estar ligados a algún proceso mental o ser
causados por él. Pero lo que se siente en realidad al tener un
cerebro es una de esas paradojas de siempre, que probablemente depende de la
manera como nuestra mente conceptualiza las cosas. Yo lo asemejaría a nuestra
perplejidad sobre cómo pudo comenzar el tiempo en el big bang. Es imposible no
pensar en cómo sería todo antes del big bang o qué efecto tiene el que el
universo se vuelva curvo en la cuarta dimensión. ¿Cómo exactamente se ve eso?
No se trata de un problema de déficit en la física; el problema está en las
carencias de nuestra intuición. Hay un aspecto de la realidad que nunca puede
ser satisfactorio de manera intuitiva aunque nuestra mejor ciencia diga que es
cierto.
En el nuevo libro planteas: “Es posible
que en nuestra concepción de la naturaleza humana debamos darle cabida a un
concepto explicativo precientífico: el destino”. ¿Qué quieres decir con eso?
Por destino no entiendo lo que
está ordenado desde antes por la Divinidad, sino la fortuna incontrolable. No
podemos explicar más o menos la mitad de las variaciones en asuntos tales como
la personalidad y el intelecto, y sospecho que este 50% de la variación no se
encuentra ni en los genes ni en la familia sino posiblemente en acontecimientos
aleatorios en el desarrollo, la manera como se forma nuestro cableado cerebral,
en medio de los constreñimientos de los genes.
Entonces, por alguna razón, durante el
desarrollo ¿algo hizo zig en vez de zag?
Sí; de pronto es que al crecer los axones
del cerebro hicieron zig en vez de zag. Puede ser que uno haya inhalado un
virus o la madre de uno lo haya hecho, o que le haya tocado el camarote de
arriba o el de abajo. Toda suerte de acontecimientos incontrolables pueden
desempeñar un papel importantísimo en convertirnos en lo que somos. La verdad
es que hay razones para sospechar, a partir de los estudios del desarrollo
biológico de los organismos simples, que el azar ha tenido mucho que ver.
Cuando se observan bien, se ve que las cepas genéticamente homogéneas de los
ascárides y las moscas de la fruta cultivadas en un medio ambiente de
laboratorio monótono y controlado no son iguales. No sólo muestran diferencias
físicas; también tienen diferencias en longevidad.
Has expuesto las raíces esencialmente
materialistas de la sociedad humana.
¿Cómo no implica esto que los seres
humanos somos monos precisamente de la manera que incomoda tanto a la derecha?
Sí somos monos, pero una especie
particular. No somos chimpancés ni gorilas. Somos una especie de mono con un
cerebro muy grande entre cuyas facultades está la capacidad de aprender de la
historia por medio del lenguaje y los documentos preservados, tener un sentido
moral y poder percibir las consecuencias de nuestras acciones.
La verdad es que no sé en qué parte del
cerebro está localizado el sentido moral porque, de cierta manera, incluye un
gran número de facultades diferentes. La moralidad abarca un sentido de
autonomía e intercambiabilidad de intereses, y además está ligada a nociones de
pureza y profanación y a nociones de conformidad con las normas de una comunidad.
Si tomáramos una persona y le interceptáramos sus intuiciones morales,
obtendríamos una mezcolanza de sentimientos, muchos de los cuales no coinciden
con la moralidad como la concebiría un filósofo moral.
La gente, por ejemplo, tiende a equiparar
la moralidad con la jerarquía superior, como lo observamos en el lenguaje.
Palabras como noble son ambiguas pues significan tanto un rango alto
como una gran calidad moral. Lo vemos en la adoración a la gente famosa: las
personas piensan que la princesa Diana y John Kennedy Jr. tenían una moral
elevada, aunque no eran sino personas del promedio. Se tiende a confundir la
belleza física con moralidad. Si uno muestra una serie de fotografías y se le
pide a la gente que juzgue qué tan bondadosas piensa que son las personas de
las fotos, resulta que a las más bonitas se las considera también las mejores.
Todo esto significa que la psicología de
la moralidad es multifacética. No hay una sola respuesta sobre dónde se halla
la moralidad en el cerebro. Las últimas investigaciones han apuntado hacia la
parte del cerebro llamada corteza prefrontal ventromedial, esa área que se
encuentra encima de las cuencas de los ojos. Cuando dicha sección se afecta a
causa de alguna lesión neurológica temprana, crecemos con lo que da la impresión
de ser falta de conciencia, e incapacidad de relacionarnos y de pensar cómo
resolver conflictos. Pero sospecho que se trata de un sistema complejo en el
que entran en juego muchas partes del cerebro.
El ser humano viene dotado de cerebro. Y
ese cerebro nos da placer y satisfacción a partir de ciertos resultados.
Apreciamos la belleza. Nos enamoramos. Tenemos un sentido de justicia y
moralidad. No sé por qué se considera tan terrible satisfacer estos valores
particulares que nuestros cerebros nos proporcionan.
En el caso de la moralidad hay una especie
de lógica de base: que es inherentemente contradictorio imponer a los demás
cánones de comportamiento que uno no quiere que se le apliquen a uno mismo. Un
egoísta amoral puede ser capaz de imponerse por la pura fuerza bruta y
atemorizar a los demás, pero si queremos justificar la manera como nos
comportamos con el prójimo, si somos parte de una comunidad en la que el
bienestar de la persona depende de los demás, no hay más remedio que recurrir a
alguna lógica moral. Por eso, el meollo universal de la moralidad es en todas
las culturas una especie de regla de oro de las mentalidades.
¿Cómo le suena el enfoque materialista a
la izquierda? ¿No se siente el impulso de decir: “Tomemos estos monos humanos y
entrenémoslos de una manera que sea más perfecta”?
La izquierda le teme a que, si en efecto
existe una naturaleza humana, no seamos libres para diseñar una sociedad mejor
en el futuro. Les preocupa que seamos marionetas o muñecos de carne puestos en
el extremo de unas cuerdas y que estemos destinados a crear un mundo de
opresión y desigualdad. Pero no se dan cuenta de que la inteligencia humana es
un sistema combinatorio abierto.
El lenguaje es el mejor ejemplo: aunque
venimos equipados con un conjunto de reglas gramaticales y un vocabulario
fijos, podemos emitir un conjunto impresionante de oraciones que nunca han sido
proferidas en el pasado, cada una de las cuales corresponde a un pensamiento
específico. La creatividad abierta del lenguaje es sólo la manera de llevar al
mundo exterior la creatividad abierta del pensamiento. Podemos dar con nuevas
formas de resolver conflictos o de lograr objetivos sociales de la misma manera
en que somos capaces de cranear soluciones tecnológicas nuevas para los problemas.
No es necesario un fantasma sin restricciones para explicar el ingenio humano.
Además, un buen número de personas piensa
que existe una especie de lógica que impulsa el progreso moral humano. A eso se
refiere el filósofo Peter Singer cuando habla del “círculo en expansión”. Las
intuiciones que pueden haber evolucionado para manejar la vida en el clan o en
la tribu nos permiten ahora extender la compasión a otras personas y tratarlas
como si tuvieran intereses equivalentes a los nuestros. En el transcurso de la
historia hemos expandido este círculo desde el clan a la tribu, a la nación, a
ambos sexos, a todas las razas y a toda la humanidad. El hecho de tener esta
clase de progreso moral no significa que se haya borrado y reprogramado la
naturaleza humana, sino simplemente que un mecanismo que evolucionó para
manejar el clan se puede aplicar a grupos más grandes de seres humanos.
¿No socava un enfoque materialista las
nociones de la Ilustración sobre el libre albedrío y la autonomía? Tal como lo
señalas en tu libro, ya se están usando excusas como: “No fui yo, fue mi
amígdala. Darwin me lo hizo hacer. Los genes se comieron la tarea que me puso
el profesor”.
Lo que llamamos libre albedrío es el
producto de una serie particular de circuitos cerebrales, que se presume están
concentrados en los lóbulos prefrontales y responden a contingencias de
responsabilidad, crédito, culpa, castigo y premio, y que alteran sus
operaciones como consecuencia de ello.
Nuestra decisión de exigir que la gente
responda por su comportamiento forma parte del medio ambiente en el cual
funciona el cerebro. Nuestro cerebro puede responder a un ambiente en el cual a
las personas se les responsabiliza por sus actos, razón por la cual debemos
seguir haciéndolo.
Más específicamente, es innecesario
invocar un alma o algún proceso misterioso de libre albedrío para que las
personas respondan por sus actos. De hecho, se puede sostener exactamente lo
opuesto: si en realidad estamos totalmente libres de constreñimientos, si hay
un yo o un alma que puede hacer lo que le viene en gana, entonces sí es una
tontería hacer que la gente responda por sus actos. El alma podría siempre
hacer caso omiso de las contingencias de crédito, culpa, castigo o premio: “No
me importa que pienses que estoy mintiendo, que soy un maldito tramposo. Hago
lo que me da la gana”.
Hay una caricatura sobre la evolución que
muestra una secuencia en la cual un pez saca la cabeza del charco, luego se ve
un anfibio, un reptil y un primate, y acaba con un hombre encorbatado. Las cuatro
primeras figuras tienen globos sobre la cabeza que dicen: “Come, sobrevive,
reprodúcete”. El último globo, que está sobre la cabeza del hombre, dice: “¿Qué
significa todo esto?”.
Nuestros genes están interesados sólo en
replicarse a sí mismos; la evolución nos diseñó a nosotros, y a todos los otros
seres vivos, con tal propósito en mente. Tú escribiste que si decidieras no
reproducirte estarías diciendo: “Si a mis genes no les gusta, se pueden ir al
carajo”. ¿Cómo se explica la capacidad de desafiar el imperativo evolucionista?
No creo que la evolución nos diseñara para
reproducirnos sino para disfrutar del sexo y querer a los hijos. A los hijos
nuestros, en todo caso. Hay una falacia en la que muy fácilmente se cae,
especialmente cuando se oyen explicaciones sobre la evolución que acuden a la
metáfora de los “motivos” de los genes. Es fácil confundir los motivos
metafóricos de los genes con los verdaderos motivos de la persona integral.
Por razones pedagógicas se puede adjudicar
una actitud a los genes, y ayuda pensar que los impulsa un supuesto deseo de
hacer copias de sí mismos. Pero es importante no confundirse con lo que las
personas desean. No creo que la mayor parte de la gente quiera hacer copias de
sí misma. La forma como los genes logran su objetivo metafórico de dejar copias
de sí mismos es haciendo un alambrado cerebral para que a uno le guste el sexo
y ame a los pequeños. En un mundo sin contracepción, eso basta para que los
genes hagan copias de sí mismos. Si uno cambia el mundo de manera que sí haya
contracepción y adopción, y muchas otras cosas que rompan estas antiguas
contingencias de causa y efecto, entonces se pueden tener los mismos deseos
pero éstos no necesariamente darán como resultado bebés.
¿Qué nos dice la psicología evolutiva sobre
cómo debe ser la sociedad?
Un concepto sobre la naturaleza humana le
da a uno luces acerca de los intereses humanos, de lo que hace feliz a la gente
en general. Pero comprenderlo no nos proporciona información sobre cómo
negociar la felicidad de una persona en contraposición a la de otras en casos
de conflicto. Por eso siempre tendremos discusiones políticas y morales, etc.
Muchos críticos de la psicología evolutiva
temen que ésta pueda exacerbar las desigualdades sociales y económicas al
justificarlas con bases biológicas.
Si los seres humanos son mentalmente
indistinguibles o no es un asunto empírico, y no vamos a convertir a las
personas en clones por el mero deseo de que lo sean, aun basados en la dudosa
premisa de que esto fuera lo más deseable.
No obstante, sí podemos adoptar medidas
que nos permitan una mayor igualdad si decidimos que es socialmente deseable.
Pienso que lo único que la biología nos dice es que en ello hay costos así como
beneficios. Ésta no es una idea nueva, pero la gente ha señalado que la
igualdad del resultado y la de la oportunidad no sólo son diferentes sino que
necesariamente están en conflicto. Esto no significa que necesariamente
tengamos que sacrificar la igualdad de resultados. Sólo que las diferentes
ideologías políticas se pueden organizar con el criterio de qué punto a lo
largo de la negociación argumenta cada una que es el mejor.
Un marxista autoritario extremo
sacrificaría toda la libertad para conseguir la igualdad de resultados y quizás
una posición libertaria extrema sacrificaría cualquier clase de igualdad de
resultados en aras de la igualdad de oportunidades. Si éstos son los términos
del debate, la ciencia no nos puede decir cuál es el punto óptimo en ese tire y
afloje.
Ahora bien, el principio moral respecto de
la igualdad es simplemente que a las personas no se las puede prejuzgar con
base en los promedios de ciertos grupos, los grupos a los que pertenecen. O
sea, no se debe discriminar a alguien por razones de sexo o de etnia. Lo cual
no quiere decir que todas las razas y grupos étnicos y todos los sexos sean
indistinguibles, aunque pueden serlo. Lo que quiere decir es que ni siquiera es
necesario preocuparse por eso pues lo que se debe hacer es tratar a los
individuos como individuos.
La explicación que da la psicología
evolutiva sobre el comportamiento humano es clara y sucinta, pero como lo dice
el físico Steven Weinberg: “Mientras más comprensible se vuelve el universo,
menos sentido parece tener”.
Puede no tenerlo en un cierto sentido
cósmico, en el sentido en que lo decía un joven personaje en la
película Annie Hall de Woody Allen: “El universo se está
expandiendo y algún día se partirá en mil pedazos y ahí se acabará todo, ¿de
modo que para qué tengo yo que hacer las tareas?”. Hay un punto en el cual la
ansiedad de Woody Allen —lo que podríamos llamar la “preocupación de
Karamazov”— está confundiendo dos niveles de análisis. La primera escala
consiste en miles de millones de años y un universo que puede haber empezado a
existir y después desaparecer. La segunda es la escala de las horas, minutos y
años en los que vivimos nuestra vida. Así como no nos preocupa poner el
computador sobre la mesa después de que el físico dice que en el nivel atómico
casi todo es espacio vacío, no nos preocupa que la vida sea una farsa sólo
porque el neurocientífico dice que la moralidad procede del cerebro.
Ahora estamos observando el interior de
los cerebros, y el sentido moral es un aspecto inexplicable de la experiencia
humana con la que tenemos que vivir, porque así precisamente está conformado
nuestro cerebro. Podemos hacer el ejercicio mental de salirnos del cerebro y
observar cómo funciona, pero al vivir nuestra vida y tratar a los demás como
individuos, éstas son las intuiciones que no podemos evitar, y, repito, no arbitrariamente
sino por razones que incluso podemos apreciar cuando nos salimos de nosotros
mismos.
Este maravilloso recurso que tenemos, de
ser capaces de salirnos y contemplar desde afuera cómo funciona nuestro cerebro
¿no nos deja la sensación de que todo en última instancia carece de sentido?
[Riéndose] Ajá.
En otras palabras, salvo en la ciencia, en
realidad ¿no hemos avanzado mucho más allá de Descartes cuando buscamos bases
para el significado y la existencia?
Sí, en cierto sentido. ¿Pero cuál es la
alternativa? No es que estemos abandonando alguna alternativa coherente. No fue
que el día de la creación Dios decretó que tal o cual es el significado de la
vida. La misma curiosidad que nos lleva a salirnos de nosotros mismos y
preguntarnos “¿Por qué tenemos intuiciones morales?” también nos hace salirnos
del mundo de Dios y preguntarnos: “¿Bueno, qué le dijo a Dios que
creara esto como significado de nuestra existencia?”.
De manera que nunca deja de roernos una
ansiedad existencial, pero permíteme regresar al asunto de si considerar la
moralidad como producto del cerebro se constituye en licencia para la
amoralidad. En la práctica, es menos peligroso que creer que la moralidad en
última instancia se fundamenta en los mandamientos de una autoridad religiosa.
El 11 de septiembre es sólo el más reciente ejemplo de que la moralidad
derivada de la religión lleva a atrocidades terribles.
Articulo : http://www.elmalpensante.com
Marzo 2003

