samedi 15 octobre 2011

Juan Ignacio RODRÍGUEZ/ La Alegría de Ser Ateo


La Alegría de Ser Ateo
Por Juan Ignacio Rodríguez 

Ya por su nombre, el ateísmo está irrenunciablemente ligado a Dios. Una ligazón que puede darse al modo de la diatriba contra él, de la nostalgia y pesimismo por el paraíso perdido o -por último- a la manera de aquel que se toma el asunto sin dramas; un ateísmo alegre, podríamos decir. En este tercer grupo se sitúa Agustín Squella con su libro ¿Cree usted en Dios? Yo no, pero..., publicado por Lolita Editores.

El cine y la literatura quebrantaron la fe de Squella. La fe o el miedo. Sí, porque el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales reconoce en el texto que esa fue la religiosidad que aprendió: "Una fe causada por el miedo a ser castigado por mis faltas", anota. A pesar de ello, decíamos, en su negación de Dios no está el resentimiento o militancia de un Michel Onfray, ni el pesimismo de un Cioran: "No veo ya la falta de fe como un empobrecimiento -escribe-, sino como expresión y precio de la lucidez, o, si se prefiere, de la determinación de mirar las cosas a la cara y no emplear la palabra 'misterio' para lo que es tan solo nuestra ignorancia". Y más adelante: "llamo 'secularismo' a la ideología y comportamiento de rechazo o repulsa a la religión, y llamo 'secularización' al intento humano, a la vez sostenido, gradual y exitoso, de conseguir una explicación del mundo sin necesidad de recurrir a la afirmación y ni siquiera a la hipótesis de Dios".

Lo de Squella es, entonces, la secularización. Squella cree en el hombre. Lo que implica discutir y pensar a Dios, o a su idea y lo que de ella se deriva, especialmente en el plano moral. Y así, el autor, tanto como argumenta a favor de una moral laica que -al igual que el arte, la ciencia, el derecho, el Estado o la política- no necesita de Dios, propone -siguiendo a Gianni Vattimo y Richard Rorty- una religión de la caridad y la fraternidad, en vez de esa de la verdad y el dogma: una religión de amigos y no de rebaños y pastores.

Más de una vez Agustín Squella dice que lo suyo no es un ensayo, sino que un testimonio. No obstante, en su obra hay mucho de la ligereza y el vagabundeo de Montaigne; por ejemplo, el debate sobre la posibilidad de una ética laica nos lleva a discutir sobre la justicia y la injusticia; o el cuestionamiento a la institucionalización de la religión deviene en un cuestionamiento al concepto de postmodernidad. Todo para mostrar que la respuesta a la pregunta ¿cree usted en Dios? es más compleja o tiene más matices que un mero sí o no. De ahí su "ateísmo -tal vez demasiado- preocupado de Dios".

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