LITERATURA
Por qué Borges es nuestro único clásico
universal
Por Gonzalo AGUILAR
Las claves de su marca en la literatura
universal. Nunca se amoldó a su espacio ni a su tiempo. Defendió el
entretenimiento como criterio de lectura y la composición por sobre el azar. Y
su literatura está más viva que nunca.
Borges es, entre todos los escritores
argentinos, nuestro único clásico universal. Su nombre puede ser colocado al
lado de los más grandes escritores de todos los tiempos sin provocar risa ni
escepticismo. Nacido en un arrabal del mundo literario, si Borges ha llegado a
ser un clásico universal no fue por la inverosímil efusión del genio sino por
la laboriosa tarea de un escritor que se fue haciendo y rehaciendo con el paso
del tiempo.
El principal modo de la universalidad de
Borges fue asumir una posición desplazada tanto respecto del espacio como de su
tiempo. La posición de desplazado, de orillero, de extraterritorial lo acompañó
durante su vida de escritor.
Así, en la Argentina siempre tuvo algo de
extranjero y no es casual que su última voluntad haya sido ser enterrado en
Suiza, la patria de los conjurados en la que pasó su adolescencia. En relación
con la elite cultural y de clase que frecuentaba, tenía algo de primo pobre y
arribista: en los treinta, mientras sus amigos viajaban a Europa, él acudía
puntualmente a su trabajo en la biblioteca municipal del barrio de Almagro. En
su relación con el siglo XX, fue un inactual, un intempestivo, alguien que
prefirió construir lo contemporáneo con textos de otros siglos. Fue ajeno a las
modas y cultivó, sobre todo en sus ensayos, una discrepancia con las voces
autorizadas que fue, a menudo, despiadada.
Frente a una tradición como la argentina,
caracterizada por su inclinación hispánica o francófila, Borges introdujo la
variable inglesa y defendió el uso de los géneros, el entretenimiento como
criterio de lectura, la composición por sobre el azar (postulado por los
surrealistas a quienes desdeñaba). Todas estas virtudes, las había encontrado,
según afirmaba él mismo, en los escritores anglosajones. A diferencia de los
escritores de su época que apostaban a la gran obra, Borges raramente escribió
textos de más de diez páginas, y en una literatura que buscaba con afán el
compromiso o la intervención, optó por el destiempo y compuso relatos que,
antes que recetas, ofrecieron deliberaciones conjeturales (no otra cosa es la
ficción en Borges). En un mundo en el que predominan el culto a la persona y a
la identidad, Borges nunca se resignó simplemente a ser Borges: proclamó
"la nadería de la personalidad" y simuló ser tan vasto y múltiple
como el universo.
La aspiración universal y cosmopolita de
Borges también se expresó en su permanente polémica con los nacionalistas,
sobre quienes tenía una ventaja: conocía mucho mejor la literatura nacional y
supo hacer de ella una interpretación más inteligente, desprejuiciada y libre
(de su paso por las vanguardias le había quedado una incredulidad perspicaz
contra el autoritarismo de cualquier tradición).
Si defendía a algún autor local no lo
hacía por ser argentino sino por considerarlo bueno.
Otra inflexión hace de Borges un clásico
universal: haber inventado en un género tan corriente como el cuento, una forma
inédita. Creó un narrador conjetural que parece estar al mismo tiempo
inventando tramas y constatando información.
Y lo hizo con un modo de narrar que
refiere los acontecimientos de manera indirecta y que casi siempre se vale de
fuentes librescas raras o apócrifas. El estilo de estos relatos es
inconfundible y sus procedimientos saben producir un pequeño escándalo en el
orden del lenguaje mediante dobles negaciones, oxímoros, paradojas,
enumeraciones desequilibradas.
Borges fue objeto de crítica desde
posiciones muy diversas.
Desde el peronismo, un ensayista mediocre
como José Hernández Arregui lo llamó "pájaro nocturno de la cultura
colonizada" y objetó su "colonialismo literario afeminado y sin
tierra". Los críticos de Contorno, que no eran mediocres, lo criticaron
por su falta de compromiso. Y sin embargo, no se puede concebir la literatura
de Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, César
Aira, Juan José Saer y muchos otros sin la consideración de lo que Alan Pauls
llamó "el factor Borges". Tampoco los mejores críticos locales como
Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, Sylvia Molloy o Noé Jitrik hubieran ensamblado
sus máquinas de lectura sin el auxilio de su literatura. Salvo en la poesía,
donde su influjo es menor que el de Oliverio Girondo o Juan L. Ortiz, Borges
conjugó para sus herederos narrativos la alegría del aprendizaje y la pesadilla
de lo insuperable.
Hay, de todos modos, entre los infinitos
Borges que la crítica ha relevado, uno que todavía está por descubrirse: el
cultor de los misterios narrativos que practica en su obra una magia profana y
profanadora. Porque si bien Borges pertenece a ese linaje de escritores que se
remonta a Edgar Allan Poe y concibe los relatos y los poemas como artefactos
deliberados, es decir, hechos a conciencia, también puede descubrirse en ellos
locura, animalidad, perversas elucubraciones. Más allá de sus apuestas al orden
y a la inteligencia, Borges nunca dejó de colocar en el centro de sus
narraciones un misterio que nos deja perplejos: ¿por qué Kilpatrick, el
protagonista de Tema del traidor y del héroe, termina colaborando con aquellos
a los que quiso traicionar? ¿Es la historia de Emma Zunz un incesto figurado
basado en una historia, la del padre, que nunca se podrá saber si es verdadera?
¿Cómo interpretar la referencia a la homosexualidad de la cita bíblica que
encabeza "La intrusa"? ¿Por qué el suicidio es la cifra de resolución
de varias de sus narraciones? Bajo el carácter supuestamente frío y cerebral de
su imaginación narrativa, a medida que pasa el tiempo se hace cada vez más
evidente la violencia sediciosa de sus delirios trágicos, de sus perversidades
y de su risa intempestiva. Borges todavía es un extemporáneo, Borges todavía
está en el futuro.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com
74/06/2011

