Cenas y escenas
Mis encuentros con Raúl Ruiz
Por Luis OSPINA
Además de un gran director de cine, el
chileno Raúl Ruiz (1941-2011) también fue un gran cultor de los placeres del
cuerpo. Poco después de su muerte, otro cineasta lo recuerda como genio y
auténtico sibarita.
La primera vez que vi el nombre de Raúl
Ruiz fue en 1971 en la revista peruana Hablemos de Cine. Se hablaba ahí
de Tres tristes tigres(1968), que de inmediato nos llamó la atención a
Andrés Caicedo y a mí por las connotaciones cabrerainfantescas de su título.
Había además una fascinante entrevista con Raúl, realizada por Federico de
Cárdenas, que incrementó nuestro interés por ver esa película mítica. Ningún
director latinoamericano se expresaba como él.
No obstante, pasaron varios años antes de
que pudiera realizar mi deseo. La primera película de Raúl que vi fue La
vocación suspendida(1978), recién llegué a París ese mismo año. Su nombre se
había quedado en mi memoria y ése fue el pórtico para comenzar a recorrer su
filmografía infinita, que en el momento de su muerte, el 19 de agosto de este
año, sobrepasaba las doscientas obras, entre largometrajes, mediometrajes,
cortometrajes, series de televisión e instalaciones. Luego vi Diálogos de
exiliados (1975), inversión libre del texto del mismo nombre de Bertolt
Brecht, que Raúl filmó a los pocos meses del golpe de Pinochet y de su arribo a
París. La película, mezcla de ficción y documental, venía precedida por la
polémica que causó su prematura y profética visión, no exenta de fina ironía,
de lo que iba a volverse el exilio para muchos latinoamericanos. Todos los
cineastas Patria o Muerte le cayeron encima a Raúl por burlarse de los
exiliados políticos en París, pocos meses después del golpe de Pinochet.
En el marco del Festival de Cine de París
pude ver La hipótesis del cuadro robado (1979), en la cual Raúl
continúa la exploración que comenzó en La vocación suspendida del universo
klossowskiano. En sus escasos 65 minutos nos plantea un enigma que puede o no
tener solución según el rol que asuma el espectador. Los cuadros del pintor
imaginario Tonnerre son recreados en preciosos tableaux vivants por el cineasta
y su director de fotografía Sacha Vierny. A la salida del filme, en compañía de
Hernando Guerrero, descubrimos a Raúl sentado en el bar del festival, tomándose
una copa de vino rojo. Al ver esa oportunidad de conocerlo vencí mi timidez y
lo abordé con la disculpa de que Pepe Sánchez me había dicho que fue uno de sus
grandes amigos cuando vivió exiliado en Chile y trabajó como asistente de
Miguel Littín en El chacal de Nahueltoro (1970). Pepe me había
contado que casi se alcoholiza por las cantidades ingentes de vino que tomó con
Raúl. Desde entonces siempre asocio a Raúl con el vino rojo. Le dije que yo era
un cineasta colombiano que acababa de filmar una película en Colombia y que la
estaba editando en París. Me preguntó de qué trataba y yo le dije que era sobre
la “pornomiseria”. Demostró interés por el tema y nos sonrió pícaramente con
sus ojos negros y sus cachetes rojos. Antes de despedirnos le dije que por
favor me diera su dirección y el teléfono para mandarle una invitación a la
premier deAgarrando pueblo cuando estuviera terminada. Nos dio sus señas
en la Rue Marsoulan y nos retiramos muy contentos de haber conocido un director
de cine consagrado.
A los pocos meses fue el estreno
de Agarrando pueblo en el cine République, administrado por Paulo
Branco, quien años después se convertiría en productor de Raúl. Averigüé
quiénes eran los directores latinoamericanos que residían en París y los invité
a todos. El único que apareció ese día fue Raúl. Debo admitir que me sentí un
poco intimidado por su presencia pues yo era un novel director desconocido que
presentaba un cortometraje hecho con escasos medios y él era ahora Raoul Ruiz,
un director que comenzaba a ser reconocido en Francia y había probado que podía
ser más francés que los franceses. Pero también me sentí muy agradecido de que
él se tomara la molestia de ver mi película un sábado en la mañana. Al final de
la proyección Raúl volvió a sonreírme con cara de complicidad y me felicitó con
la discreción característica de los chilenos.
En una de mis ausencias del apartamento
que compartía con Guerrero en la Rue des Vinaigriers, Hernando invitó a Raúl a
almorzar para hacerle una entrevista junto con el cinéfilo mayor José Ignacio
Ruiz Fuentes para la revista Cinemateca. Innúmeras botellas de vino rojo
fueron consumidas. Raúl habló de lo divino y lo humano con sabiduría y
erudición.
Otra cosa que siempre he asociado con Raúl
es la comida. Y fue por la comida que se produjo nuestro siguiente encuentro
gracias al azar maravilloso. Lo encontré sentado solo en un restaurante
japonés, como de una película de Ozu. Al verme me invitó a su mesa y tomó muy
en serio su oficio de anfitrión. Pidió sake e infinidad de platos exquisitos.
Se notaba que era un habitué del restaurante y fuimos atendidos por
el personal con muchas venias y sonrisas. Con Raúl se podía hablar de todo. Era
un encantador de serpientes. Ningún tema por bajo o por alto le era ajeno. Su
conversación era laberíntica llena de lo que ahora se llaman links e
hipervínculos, digresiones geniales y acotaciones eruditas. Quizá porque
estábamos en un restaurante japonés hablamos de Mizoguchi, director por el que
me había interesado mucho desde que vi un gran ciclo de sus películas en París.
Y de ahí Raúl, como un prestidigitador, saltó a otros temas, por ejemplo las
características de los chilenos, las costumbres de los dogones, las historias
de marineros, los tratados sobre las sombras chinas, los autos sacramentales,
los evangelios apócrifos y los teólogos esotéricos. A propósito de esto último,
Raúl me contó que en la transcripción de la entrevista que le hicieron Guerrero
y Ruiz Fuentes había algo que le causó mucha gracia. En un momento de la
entrevista él se refirió al teólogo Escoto Erígena pero cuando Guerrero
transcribió la ruidosa y animada grabación no oyó bien y le cambió el nombre al
renacentista carolingio por el de “Coto Berenjena”. A Raúl no le importó esta
tergiversación y se le hizo desopilante el error. La sobremesa, acompañada con
sake caliente y buena conversación, nos tomó el resto de la tarde. Salimos del
restaurante y nos despedimos sin saber cuándo sería el próximo encuentro.
En 1987, casi diez años después, estando
yo de visita en París, me invitó Barbet Schroeder a almorzar en casa de Raúl.
Pasó a recogerme a mí y a la artista Susana Carrié en su Volkswagen blanco
descapotable, acompañado de su esposa, la gran actriz Bulle Ogier. Nos bajamos
del carro y descargamos muchas botellas del mejor vino para subirlas donde
Raúl, quien nos recibió junto con su esposa, la montajista y directora Valeria
Sarmiento. El preámbulo al almuerzo fue largo y los entremeses muy variados,
así como la música que el propio Raúl ponía en el tornamesa, que iba desde lo
más sublime a lo más banal, desde música clásica persa al niño cantor Joselito,
pasando por Olga Guillot y Sarita Montiel. Raúl, oficiando de chef, preparaba con
parsimonia un exquisito gigot. Todo esto adobado con la enciclopédica
conversación de Raúl. “¡Qué luz, qué trato, qué conversación!”, como diría la
mamá de Mayolo. Cuando estuvo listo el cordero comimos y bebimos como unos
heliogábalos. Luego Raúl nos sirvió un licor de pera muy especial que dio paso
a enormes copas de coñac y a finos cigarros, seguidos después por más vino.
Susana Carrié padecía una fiebre de más de 40 grados y su malestar era tan
evidente que Raúl le ofreció su cama para que se recostara. Cuando la fui a
despertar, dos horas después, ella deliberaba en voz alta y repetía
estas palabras crípticas: “Parábolas baladíes...…parábolas baladíes”. Al volver
en sí me contó que había tenido los sueños más locos y hermosos de su vida; se
los atribuyó a haber puesto su cabeza sobre la almohada de Raúl; fue como si
ésta proyectara dentro de su subconsciente diálogos y escenas de las películas
del director surrealista.
Seguimos bebiendo y comiendo como si fuera
a pasar de moda. Nunca el vino tinto me supo tan rico. No solo tomamos trago
sino también fotos, algunas de las cuales todavía conservo. Nos pusimos
sombreros de paja y payaseamos ante el lente. Cuando estaba cayendo la tarde,
Raúl salió al balcón de su apartamento de Belleville a mostrarnos la vista.
Volvimos a la mesa y seguimos con los quesos, los postres y los licores
digestivos. La sobremesa se prolongó hasta casi las diez de la noche, cuando
Raúl de pronto exclamó: “¡Vamos a comer a un restaurante chino!”. Salimos a la
noche parisina y fuimos a un restaurante con espejos en el techo que
multiplicaban todos los deliciosos platos que Raúl escogió para nosotros.
Volvimos a comer y a beber. Al final de la velada hice cuentas: ¡duramos
comiendo once horas! El tiempo recuperado.
Nuestro siguiente encuentro se dio por
persona interpuesta. Ramón Suárez, director de fotografía cubano
de Memorias del subdesarrollo(1968) y quien había colaborado conmigo
en Pura sangre (1982), trabajó con Raúl en El ojo que
miente (1992). Tanto el franco-chileno como el franco-cubano me expresaron
el goce que fue haber trabajado juntos. Lo mismo digo yo. ¿Qué me iba a haber
imaginado que algún día nuestros rumbos se iban a cruzar? O el mundo es muy
pequeño o el cine muy grande.
Pasaron los años y las películas de Raúl
se sucedieron una a una vertiginosamente. Por fortuna llegó a Cali un ciclo
dedicado a él que disfruté mucho en compañía de mis amigos del Grupo de Cali.
Pudimos ver una copia impecable de Las tres coronas del marinero(1983),
que nos sorprendió enormemente no solo por su extraordinaria narración sino
también porque una escena sucede en un burdel de Buenaventura, una Buenaventura
irreal recreada por Raúl en un puerto de Portugal. Al ver varias películas de
Raúl sucesivamente, la una se fue fundiendo con la otra, como si se tratara de
una sola película infinita, como si el celuloide se hubiera convertido en una
cinta Möbius que forma un palíndromo cinematográfico. Eso me ha pasado con el
cine de Raúl desde entonces. Todas sus películas son una sola.
Nuestro siguiente encuentro se dio seis
años después en Bogotá, cuando la Embajada de Francia y Álvaro Restrepo,
director de la asab (Academia Superior de Artes de Bogotá), trajeron a Raúl
para dar un taller en la escuela. En esa oportunidad Raúl, quizá porque ya me
conocía, me escogió para ser su asistente en el taller, además de acompañarlo a
almorzar y a cenar. Esta serie de conferencias en torno al cine, que comenzó
con su famosa teoría del conflicto central, luego la convertiría en el
libro La poética del cine. Al final de la tarde él solía tomar pisco
sours en el bar El Chibcha del hotel Tequendama. Algunas veces yo lo
encontraba ahí escribiendo versos alejandrinos por el gusto de hacerlo. Cuando
se aproximaba el fin de semana la Embajada le propuso a Raúl llevarlo a hacer
turismo, cosa que no le entusiasmaba mucho, como me lo confesó. Ante esto a mí
se me ocurrió proponerle que prolongara el taller dos días para enseñarnos a
rodar rápido y barato. Él me dijo que si yo me conseguía las luces y las
cámaras podíamos codirigir un corto con los alumnos del taller, grabado por dos
unidades en una sola locación, en el bello y afrancesado edificio de la ASAB.
Al final de la charla del viernes Raúl invitó a todos los alumnos a participar
en el filme colectivo. Como primera tarea le pidió a cada uno de los alumnos
que trajera un objeto cualquiera para el día siguiente. Con esos objetos y un
par de escenas que Raúl trajo esbozadas en un papel se empezó la película.
Varios alumnos se incorporaron al guion, que se iría construyendo como un
cadáver exquisito, para ser grabado por Raúl y por mí separadamente. Ni él
sabría lo que yo estaba grabando ni yo sabría lo que él estaba grabando. Raúl
me retó a que apostáramos carreras a ver quién rodaba más rápido. Yo acepté ese
reto a sabiendas de que Raúl, maestro de la velocidad y la recursividad, sería
el vencedor desde un principio. Comenzamos a grabar y a la cámara de Raúl
comenzó a fallarle el color. Sin inmutarse, tomó la sabia decisión de continuar
grabando en blanco y negro. Me sorprendió su serenidad para tomar decisiones y
poner en escena, paseándose como un oso por el set mientras Rodrigo Lalinde
cuadraba las luces. Capítulo 66 corresponde a un episodio, de ahí el
título, de una especie de telenovela gótica que no sabemos cómo comenzó ni cómo
terminará. Sucede en una escuela en la cual se van creando dos bandos
antagónicos, zombis y amnésicos, a causa de los experimentos conductistas de
algunos de los profesores. Después de que terminamos el rodaje Raúl y yo nos
fuimos a cenar al Refugio Alpino. Como siempre comimos abundantemente y bebimos
mucho vino tinto. Raúl cambiaba de marca de vino cada vez que terminábamos una
botella. Como él se iba al día siguiente hablamos sobre la estructura que debía
tener la película y, en una servilleta, ordenó rápidamente las escenas que yo
después montaría por mi cuenta. Para todos los que asistimos al taller, la
experiencia de haber trabajado bajo las órdenes de este gran maestro fue
maravillosa y enriquecedora.
En 1998 Barbet Schroeder y sus asociados
de Hollywood le produjeron a Raúl el thriller Shattered Image, filme no
muy afortunado a causa de los choques que el chileno tuvo con el sistema
norteamericano de producción, como me lo confesó: “Al fin conocí gente peor que
Pinochet”.
Dos años después, en una cena
pantagruélica con su asistente Victoria Clay-Mendoza, en el majestuoso
restaurante chino Le Président en Belleville, Raúl hizo lo acostumbrado siempre
que nos veíamos y escogió de nuevo el menú. Pidió numerosos platos preparados
con animales de tierra, mar y aire, maridados, desde luego, con excelente vino
tinto. A medida que avanzaba la noche el rostro de Raúl se volvía cada vez más
rojo y su ingenio cada vez más agudo. Nadie ha sabido reírse más de los propios
chilenos que Raúl Ruiz. Gozaba caracterizando a sus compatriotas. Decía que los
chilenos eran tan tímidos que siempre que hablan con uno bajan la mirada como
si uno tuviera subtítulos en el pecho. Agregaba que hombre que se porta mal en
este mundo reencarna en chileno en el otro. Y por último decía que los chilenos
y los portugueses debían unirse y conformar un solo idioma pues los unos no
pronuncian las vocales y los otros no pronuncian las consonantes.
Volví a coincidir con Raúl en el Festival
de Venecia 2000 cuando acompañé a Barbet Schroeder y a Fernando Vallejo en la
premier deLa Virgen de los Sicarios. Raúl a su vez estrenaba La comedia de
la inocencia. En compañía de Barbet y Sandro Romero asistí a la conferencia de
prensa del filme. Al finalizar solo pude saludarlo brevemente y no lo volví a
ver en Venecia.
Nuestro último encuentro fue en el Buenos
Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) 2010, cuando el
festival hizo el “Reencuentro de dos potencias: Raúl Ruiz y Edgardo
Cozarinsky”. Ese día me los encontré en el hotel Abasto reunidos conspirando
para planear el evento de esa noche. Estos diálogos de eruditos, moderados por
el director del Bafici, Sergio Wolf, en una sala llena hasta las banderas,
fueron geniales. Edgardo hizo de straight man de Raúl. Máscara contra
pelo: dos mentes brillantes y sofisticadas jugaron un ping-pong intelectual
memorable. Al día siguiente encontré de nuevo a Raúl departiendo en el hotel
Abasto en compañía de su amigo y director de fotografía Ricardo Aronovich y
otras personas que yo no conocía. Me senté con ellos y, como cosa rara, no
tomamos vino tinto sino cerveza, quizá debido al problema hepático de Raúl. Lo
vi más flaco pero tan brillante como siempre. Cuando se despidió de mí por
última vez me dijo que iba para una librería porque quería comprar los libros
de Andrés Caicedo. Como en una de las películas de Raúl Ruiz, el principio se
encontró con el FIN.
Articulo : http://www.elmalpensante.com
Septiembre 2011

