Misteriosa novela de Sándor Márai
Por Luis Vargas Saavedra
En "La gaviota" lo esencial
sería el prodigio de la personalidad humana, la individualidad del ser, actuada
en un hombre y una mujer que conversan. Su diálogo y su monólogo (él la eclipsa
hablando) rastrean en ese enigma-dilema: "¡Qué poco sabemos de nosotros
mismos!
Como esta novela sucede con sorpresas y
suspensos, no conviene estropearle al lector tales efectos; por lo tanto, su
argumento no ha de ser relatado aquí. Más cortés y deferente es comentar el
trasfondo de La gaviota. Allí lo esencial sería el prodigio de la personalidad
humana, la individualidad del ser, actuada en un hombre y una mujer que
conversan. Su diálogo y su monólogo (él la eclipsa hablando) rastrean en ese
enigma-dilema: "¡Qué poco sabemos de nosotros mismos! ¡Qué poco de nuestro
cuerpo! ¿Qué podemos saber, pues, de nuestra alma, cuya naturaleza desconocemos
por completo y de la que sólo percibimos reacciones? ¿Y del alma de los demás,
que conocemos menos aun que la nuestra? ¿Qué podemos saber los hombres unos de
otros?...". Con tales dudas desafiantes comienza la novela y parte con un
brío y una hondura magistrales. Escasas obras poseen un inicio tan airoso y que
provoca a ser leído en voz alta.
En las sucesivas páginas el hombre se
preguntará qué, quién y cómo es alguien cuando los gobiernos reducen a los
individuos en meras variables numéricas. ¿Puede la repetición tener
diferencias? Dicho de otra manera, ¿puede el zapato fabricado en serie ser
distinto a los zapatos que lo preceden y a los zapatos que lo siguen en una
cadena sin fin?
De ese efecto masificante la obra pasa al contraste
esperanzador del ser y los seres únicos, que lo son gracias a sus matices de
siquis y de cuerpo. Personalidad versus multitud. Personajes inequívocos y no
enjambre de semejantes, como la abeja a la abeja.
Kafka ha expresado el horror de la anulación
del individuo en una aglomeración despótica. Márai batalla aquí contra ese
mismo cancelamiento empobrecedor, así él viene a ser un aliado de Kafka. Ambos
denuncian, alertan y claman contra la impersonalidad amaestrada de la gente en
un régimen inescrupuloso.
Esa especie de diálogo platónico provoca
una pregunta inquietante: ¿hasta dónde eso le ha ocurrido a uno: hasta qué
punto estamos exentos de deformaciones circunstanciales, en qué grado ha podido
quedar intacta nuestra personalidad a pesar de las presiones y compresiones del
entorno social? En suscitarnos esa inquietud existencial consistiría la misión
de esta breve novela que a su autor debe haberle servido de terapia en medio de
circunstancias dolorosas.
A Márai lo carcome la pérdida de los valores
europeos anteriores a la Primera y a la Segunda Guerra Mundial. Eso se capta en
la mayoría de sus libros; en éste la acción sucede en Hungría en 1943. La
población funciona tensa pero desinformada del inminente peligro de guerra y de
invasión que los noticiarios de cine no pueden desplegar porque carecen de
evidencias sobre un conflicto que culebrea con sigilo para morder de sorpresa.
La "gaviota" es una finlandesa
llamada Aino Laine, que significa "La única ola", un nombre
paradójico pues cada ola es otra ola en una repetición nunca repetida, en la
cual cada compuesto del incesante conjunto posee rasgos únicos (tal como las
rayas de las cebras y las motas de las jirafas).
"La única ola" y "la
gaviota", las dos metáforas vertebrales de la novela, generan conjeturas,
disquisiciones, utopías, repasos. Para mi gusto, todo eso se espesa en tratado.
El amontonamiento de conceptos que adornan el monólogo del hombre frena el
suspenso y la fluidez de la acción. Muchas de sus frases son de bronce o,
mejor, de platino, y darían para un florilegio estupendo. Pero cuesta creer que
pueda darse en la realidad de esa noche húngara, una meditación oral tan
extensa, tan vericueteada de asuntos, tan filosóficos, escuchados además por
una mujer de exquisita paciencia que no lo interrumpe... En todo caso, me
parece que la novela desmerece con ese acopio de ensayos, le sobran. Más aun,
sugiere que ellos han sido novelados para inquietar amenamente, para ofrecernos
en aspecto entretenido lo que en tratado hubiera sido fatigoso.
En suma, el abultamiento de opiniones que
derrama el funcionario ministerial estraga el suspenso y sólo se tolera por el
misterio de...
Articulo: http://diario.elmercurio.com/2011/10/09
