REPORTAJE: Año Dual España-Rusia
Un museo en el museo
Por Manuel DE LOPE
El Año Dual
España-Rusia culmina, en su aspecto cultural, con la gran exposición de
fondos del Hermitage de San Petersburgo que se verá en el Museo del Prado. Un
acontecimiento que da pie a una revisión de la nueva literatura postsoviética.
Hay algo enorme y milagroso en ver surgir
un velázquez de un cajón de embalaje. Cuatro o cinco personas en bata
blanca asistían al acontecimiento como un equipo de médicos y enfermeras
dispuesto a intervenir. A pocos metros se colgaba con las precauciones
necesarias Descanso en la huida a Egipto de Nicolas Poussin. El
maestro francés ha sido una referencia de composición en todos los iconos de la
pintura moderna, desde los bañistas de Cézanne a los saltimbanquis de Picasso.
La frialdad habitual de Poussin se ve compensada con algunos detalles tiernos.
El asno bebe en un pilón, María y el Niño reciben una bandeja de dátiles del
tamaño de meloncillos, José sonríe a la mujer que le ofrece un cuenco de agua.
El cuadro de Velázquez representa un almuerzo de mendigos y pícaros donde no
falta el lujo de un mantel de hilo que valoriza la escena como si fuera un
mantel de altar. Es curioso acoger a un velázquez en el Prado. Es
como recibir a un miembro de la familia que ha emigrado al extranjero. Uno de
los pícaros, con la cabeza rapada al cero para evitar los piojos, levanta el
dedo pulgar y sonríe al espectador. A pesar del ambiente despreocupado del
almuerzo toda la escena está impregnada de esa indecible melancolía velazqueña
que debió ser la melancolía de toda España en la época de los últimos Austrias.
Cuando yo era joven las obras de arte no
viajaban, o viajaban poco, cualquiera que hubiera sido su ajetreada vida
anterior. Una vez depositadas en las pinacotecas o en las grandes instituciones
culturales las obras de arte parecían alcanzar un descanso definitivo que a
veces se trataba de un merecido descanso. Con los riesgos y aventuras que han
sufrido algunos cuadros se podrían escribir novelas. Las obras de los grandes
maestros nacían en el taller, corrían una suerte diversa según los azares de la
historia o de las peripecias de sus propietarios sucesivos y terminaban por
disfrutar del sueño de los siglos en la penumbra entonces poco frecuentada de
los museos. Museo era sinónimo de panteón. Todo esto ha cambiado mucho. Las
obras de arte se mueven. Ahora no nos asombra, pero debería asombrarnos si no
hubiéramos perdido nuestra capacidad de asombro, que una selección de piezas
del Museo del Hermitage de San Petersburgo se exhiba en el Museo del Prado. Un
museo acoge al otro. Es un museo en el museo.
En 1941, San Petersburgo, entonces
Leningrado, sufrió el largo asedio de las tropas alemanas, lo mismo que Madrid
sufrió un asedio de tres años durante la Guerra Civil. Las colecciones del
Hermitage y del Prado fueron parcialmente evacuadas. Los dos museos tienen una
épica. El museo que fundó Catalina la Grande envía al Prado una muestra del
tesoro imperial, una exhibición de escultura y artes decorativas, y una
escogida selección de pintura que va desde los grandes maestros clásicos hasta
la modernidad. La exposición ha llegado acompañada por 13 conservadores y
funcionarios del museo ruso.
Junto con la selección de pintura, el
Museo del Hermitage ha desembarcado en Madrid una cueva de Alí Babá con
muestras de la colección de orfebrería. Antiguamente se almacenaba en una
dependencia de palacio llamada El Gabinete de las Maravillas. El gusto por la
abundancia de oro y joyas es un rasgo de carácter oriental. Buena parte de las
piezas exhibidas procede sin embargo de talleres occidentales, incluido el del
maestro Fabergé, el famoso fabricante by appointment de los huevos de
Pascua del zar. Resulta difícil imaginar que sobre esos tesoros intactos ha
pasado la revolución rusa, se ha asaltado el Palacio de Invierno y ha tenido
lugar la Segunda Guerra Mundial. Eso dice mucho sobre el genio protector que
vela por encima de las mayores convulsiones. Estas joyas brillan ahora como resucitadas
de otro mundo, supervivientes y testigos de un Antiguo Régimen casi
incomprensible en su esplendor. Cualquiera que sea su rango o su mérito, la
orfebrería fatiga pronto la mirada. Uno busca por instinto o por descanso las
piezas más sencillas, como esas flores azules, precisamente del taller de
Fabergé, que se reconocen como flores familiares de los caminos en los linderos
de campos de cereal. Es una sublimación de la naturaleza como hubiera podido
describirla un autor místico. Las flores son de esmalte, las espigas son de oro
y el vaso de agua, con un efecto óptico que engaña al ojo, está labrado en un
fragmento macizo de cristal de roca.
El tesoro arqueológico de los zares forma
la colección llamada del Oro Siberiano, el oro de los escitas, un pueblo
guerrero, etnológicamente mal definido, del que ya habla Herodoto. Es un arte
funerario arcaico, remoto para nosotros, remoto incluso para el mundo eslavo,
hallado en las tumbas de sus reyes, desperdigadas por la estepa euroasiática.
Algunos broches de formas suaves y bulto casi plano representan motivos
violentos y de lucha. Una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las
mandíbulas la cerviz de un caballo. La leona es leona y el caballo es caballo.
La parte monstruosa de los animales es un recurso decorativo. En la impresión
de crueldad y en el motivo mismo de la leona y la víctima se reconoce la
influencia de los bajorrelieves de Asiria. Un peine de largas púas representa
una escena de batalla. Dos guerreros a pie combaten contra un tercero a caballo
sobre el cadáver de otro caballo. Es una instantánea congelada, pero llena de
ruido y furia. Su perfil recuerda escenas similares labradas en el mármol de
frisos griegos o dibujadas en línea continua en las vasijas negras de Ática.
Desde Grecia y Asiria al mundo de los escitas. ¿Cómo se transmiten las formas?
Los elegantes brazaletes de sus mujeres han inspirado a Bulgari.
El guardián de toda la exposición es
un Perro de Paul Potter con mayor presencia que el retrato oficial de
la emperatriz en traje de gran gala. Es un perro de aspecto feroz pero flaco y
triste, que ha permanecido demasiado tiempo encadenado. El pintor holandés ha
firmado su nombre sobre la caseta del perro como si fuera la puerta de su casa.
Me pregunto cuál sería en aquel momento su estado de ánimo. Paul Potter es el
autor de un famoso cuadro que representa a un novillo de raza, redondo, bien
cebado, que se exhibe en el museo Mauritshuis de La Haya. Entre aquel novillo
satisfecho y este perro desgraciado algo debió pasar en la vida del artista.
En la sala de escultura surge un busto de
Voltaire por Houdon. Es un Voltaire calvo, escéptico y viejo, con toga de
senador romano. La mueca cínica del joven Voltaire de Houdon que está en París
se ha transformado en la sonrisa de este viejo desdentado. Trabaja el escultor
y trabaja el tiempo. El filósofo librepensador fue unos años el ideólogo por
necesidad de la despótica Catalina ilustrada. La emperatriz compró el busto en
memoria de aquella relación.
De repente, un San Sebastián de
Tiziano. Parece que se abren las puertas, que se nos caen escamas de los ojos.
Su presencia se impone en la sala como la presencia del perro. Nada que ver con
los sansebastianes torneados. Como en el tenebroso San
Sebastián de Ribera se tiene la impresión de contemplar a un verdadero
hombre sacrificado, al hijo de aquel Adán expulsado del Paraíso. La
organización del museo ha escogido a un Efebo de Caravaggio tocando
el laúd como imagen pública de toda la exposición. Mirar cuadros es como sacar
cerezas de un cesto. Las cerezas se enredan como los cuadros recuerdan otros
cuadros. El adolescente del laúd evoca toda la serie de efebos de Caravaggio
dispersada por los museos de medio continente como una incitación al abuso de
menores. Hay que pasear la mirada entre este Caravaggio y aquel Tiziano para
comprender la distancia entre la sugerencia del placer y la evidencia del
dolor.
En la segunda planta, dedicada a la
pintura moderna, la mayoría de los cuadros expuestos proceden de aquellos
legendarios coleccionistas rusos que emigraron con la revolución. Un
gran matisse azul domina la sala. Picasso se halla bien representado
con un Bodegón con botella de Pernod de la época cubista, una
enorme Mujer desnuda de la época del arte negro, desparramada sobre
un diván como una marioneta sin hilos y una triste prostituta a punto de
convertirse en un espectro delante de un vaso de absenta. Pero es el gran
lienzo de Matisse el que atrae las miradas. A Picasso le hubiera dado un ataque
de nervios. Matisse se ha retratado a sí mismo de perfil, prisionero en un
pijama de rayas en una especie de estado sonámbulo. Una misteriosa mujer
sentada, también de perfil, se funde a medias en el azul de la noche. Todo el
cuadro está impregnado de atmósfera onírica. El motivo de la ventana abierta,
recurrente en Matisse, se abre sobre las llagas de un jardín sembrado de
tulipanes rojos. El arabesco de la barandilla de hierro separa el jardín
luminoso de la atmósfera del sueño. Algo hace pensar en la consulta de Edipo a
la Esfinge. Seguramente se puede hacer un rosario de interpretaciones pero sólo
Matisse sabía lo que soñó aquella noche.
La exposición se cierra con aquello que en
la escena final de las películas del cine mudo se llamaba un fundido en negro.
La historia empieza con un cézanne inacabado, un remolino de follaje
azul que parece inaugurar en la pintura moderna la expresión abstracta del
motivo. Y hay un Cuadrado negro de Malévich que parece representar el
camino sin salida de la abstracción. Entre aquel cézanne y este malévich sólo
pasaron treinta años. Seguramente Malévich llegó a esa intuición temprana en un
momento desesperado, pero su Cuadrado negro fue acogido con tal éxito
que Malévich lo repitió en varios ejemplares como lo hubiera hecho un buen
pintor de oficio. En realidad, por todo lo que anunciaba sobre el largo camino
de la pintura abstracta, es un cuadro sobrecogedor.
El Hermitage en el Prado. Paseo del
Prado, s/n. Madrid. Del 8 de noviembre al 25 de marzo de 2012. Exposición
patrocinada por la Fundación BBVA y Acción Cultural Española. Manuel de
Lope (Burgos, 1949) ha publicado recientemente Azul sobre
azul (RBA. Barcelona, 2011. 492 páginas. 24 euros).
Articulo : http://www.elpais.com 29/10/2011

