SILLÓN DE OREJAS
Historias para dormir fatal
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO
Acudí a la 29º edición de Liber "sin
esperanza, con convencimiento", tal como compareció Ángel González en uno
de sus poemarios.
Quiero decir que lo hice disciplinada y
puntualmente, aunque siga sin entender muy bien la necesidad de una feria
(cara) que se celebra tan sólo unos días antes de la de Fráncfort y menos de
dos meses de la de Guadalajara (México), que es, hoy por hoy, la mayor
plataforma mundial del libro hispánico. Me dicen los convencidos (y
esperanzados), y también algunos visitantes subvencionados, que Liber
constituye un importante evento comercial para nuestro mercado del libro, pero
a mí se me antoja un poco redundante. Y, para decirlo todo, nunca me gustó su
diseño: un año en Madrid y otro en Barcelona, para que nadie se enfade. Una
feria con dos cabezas, es decir, un poco esquizoide. El discurso inaugural, a
cargo del presidente de la Federación de Gremios de Editores, repitió el
protocolo anual: primero, los saludos a los feriantes y al país invitado y,
luego, los consabidos, pautados y suaves tirones de oreja al Ministerio de
Cultura a cuenta de sus, también consabidas, "tibiezas" e
"indecisiones".
El rito ya fosilizado exige que, cuando le
llega el turno al representante de la Administración, replique considerando
duras o injustas las críticas y ponderando los esfuerzos del Estado en el blablablá
no transferido. Y así también respondió este año la ministra, cuyo tono me
pareció algo más melancólico y cansado que en otras ocasiones. Nada que ver con
el triunfalismo de Ignacio González, aguerrido mirmidón del Tea Party
capitalino de Esperanza Aguirre, que identificó Liber con Madrid y, si me
apuran, el español con el madrileño. La ausencia más notoria en el discurso del
presidente de la FGEE fue la tradicional referencia al precio fijo (PF). Tal
omisión podría deberse a dos causas: a) que el PF esté plenamente
asumido como rasgo esencial e inamovible de nuestro sector del libro y, por
tanto, no haga falta mencionarlo; o, b) que haya aumentado el número
de quienes no lo tengan claro y sea preferible obviar toda mención para no
meterse en camisa de once varas. Bueno, ya sé que lo que voy a decir no va a
gustar a muchos, pero me temo que a nuestro viejo amigo el precio fijo no le
quedan muchos telediarios. La verdad es que con el desembarco en España de la
mayor librería del planeta, la puesta en venta de dispositivos lectores cada
vez más baratos (el Kindle de última generación ya se vende en Francia a 99
euros), el abaratamiento de los libros virtuales y las profundas
transformaciones internacionales y globalizadas del negocio editorial, las
medidas proteccionistas lo van a tener difícil.
Especialmente con la perspectiva de
Gobiernos neoliberales de larga duración, ahora más dispuestos que nunca a que
los grandes y poderosos sigan siendo ambas cosas. De modo que convendría hablar
claro y reanimar el debate sobre el PF en los distintos subsectores, para que
el porvenir, que tiene nombre de Rajoy, no nos coja mirándonos el ombligo
("Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso /
a comer en su mano", musitaba Ángel González en uno de los poemas
de Sin esperanza,con convencimiento, 1961). Por cierto que en Reino
Unido, donde la abolición (1996) del Net Book Agreement -equivalente a nuestra
norma de precio fijo- ha propiciado el adelgazamiento hasta la anorexia del tejido
librero independiente, se han levantado recientemente voces que deploran la
llamativa ausencia de librerías en las calles más comerciales (un 26% ha
desaparecido en los últimos cinco años), argumentando que no sólo constituyen
un factor fundamental para la salud cultural del país, sino un importante
dinamizador del comercio en general. También allí lo llevan crudo: entre los
precios de los alquileres, los impuestos y la deserción de los clientes hacia
Amazon, hasta las cadenas lo están teniendo "complicado", un eufemismo
muy utilizado cuando se quiere evitar la palabra "desastre".
Datos
Aquí también estamos pasando un año
"complicado", con importantes caídas en la venta de libros respecto
al pasado (que tampoco fue para echar cohetes). Y lo malo es que continúan los
brindis al sol, como señalan las estadísticas. Los datos no pueden ser más
surrealistas: resulta que, con la que está cayendo, el número de libros
publicados (en todos los soportes) osciló entre los 114.459 que declara el
Ministerio de Cultura y los 79.839 que contabiliza el Gremio de Editores. En
los dos casos suponen significativos aumentos respecto a la producción de 2009.
Mientras los libreros se quejan de que venden menos (títulos y ejemplares), las
obstinadas cifras confirman la loca fuga hacia adelante. Claro que no todo
sube. Baja, por ejemplo, la tirada media, que, según el Gremio de Editores,
está en 3.790 ejemplares y, según el Instituto Nacional de Estadística, en
2.467. Créanme: hay títulos de no ficción que entran en las listas de best
sellers de algunos periódicos con poco más de 2.000 ejemplares vendidos,
lo que indica cómo anda el negocio. Y, encima, la temporada editorial no ayuda:
el Nobel Tranströmer (felicidades a Diego Moreno, de Nórdica, que ha publicado
la obra poética del galardonado) no va a animar el corralito librero como lo
hizo Vargas Llosa; no hay (por ahora) en las mesas de novedades nada
comercialmente comparable a El tiempo entre costuras; y los
hambrientos de Zafón tendrán que esperar hasta el 17 de noviembre para devorar
un ejemplar del millón (¿seguro?) previsto para El prisionero del
cielo (Planeta), tercera entrega de la más golosa tetralogía de la
literatura en español. Menos mal que se acerca Halloween (siempre que lo
permitan los mercados, naturalmente) y podremos seguir contándonos cuentos de
miedo.
Traca
Sí, ya sé que este sillón me está saliendo
ceniciento. Por eso guardo para el final una doble traca de libros breves (no
he tenido tiempo para más) para quitarles el mal sabor de boca. Me divertí
bastante leyendo (en un avión que se movía mucho) Cementerios. Historias
de lamentos y de locuras, de Giuseppe Marcenaro, publicado por la
editorial argentina Adriana Hidalgo. Se trata de un recorrido erudito y
ligeramente antropológico -aunque no exento de sentido del humor- por esos
recintos de la angustia y, al mismo tiempo, del absurdo, que son los
camposantos. Marcenaro los explora y analiza, apoyándose en la peripecia vital
y mortuoria de difuntos célebres (Walter Benjamin, Poe, Evita Perón, Rasputín,
Juana Calamidad, etcétera). Más amable (pero en el lado de acá de la delgada
línea que separa la ternura del dulce de leche) me resultó El teatro de la
vida (Maeva), una novela breve de Siegfried Lenz (¿recuerdan la
estupenda Lección de alemán, Debate?) que relata la azarosa fuga de
prisión de un grupo de maleantes de poca monta doblados en cómicos. La leí en
menos tiempo del que tardé en olvidar las pretenciosas transcendencias
de El árbol de la vida, esa peli de Terrence Malick que tiene a
(casi) todo el mundo patidifuso.
