SILLÓN DE OREJAS
Nocturno planetario con poeta al fondo
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO
Casi se me atraganta el cerdo char
siu que estaba degustando (sigo consumiendo comida china a pesar
del Contagio de Soderbergh) cuando salieron en la tele nuestros
principales príncipes bailándole el agua al señor Lara en el show anual
de su compañía. No estaban solos: les acompañaban, entre otros ilustres,
el matrimoni Mas, el señor Bono y una pequeña corte de prebostillos,
algunos ya en el catálogo de la casa, y otros haciendo méritos para estarlo.
Resulta chocante que miembros de la Casa
Real (estos u otros) asistan con irritante frecuencia a la ceremonia de entrega
de un premio que concede una empresa privada y cuya honradez ha sido
repetidamente puesta en entredicho. Una cosa es acudir, en ocasiones señaladas,
a respaldar una meritoria labor empresarial (incluida la de Planeta) y otra
apuntarse casi por sistema a los bombardeos mediáticos del primer grupo
editorial en lengua española (propietario también, vaya por Dios, de
importantes medios de comunicación). Y conste que reconozco el esfuerzo que en
las últimas convocatorias han realizado sus responsables para lavarle la cara a
un galardón que -no hace falta repetirlo- es el mejor dotado de todos los
premios no institucionales que se conceden en el mundo mundial. En cuanto a
los royals, y ya puestos, hubiera sido más coherente (y simpático)
que acudieran a la presentación deYo, Cayetana (Espasa, Grupo Planeta): al
fin y al cabo, la terrateniente favorita de nuestro imprevisible pueblo les cae
más cercana que el presidente del grupo mediático. Por cierto que, en la página
de créditos del libro de la duquesa, se puede leer en cuerpo menor "con la
colaboración de Ana R. Cañil", una buena periodista que ha publicado
varias novelas en el mismo sello que la señora Stuart y Silva. Lo constato
porque espero que nadie, ni siquiera su flamante consorte enamorado, se haya
imaginado nunca a nuestra más mediática aristócrata dándole al teclado del
ordenador para cumplir los plazos de entrega.
Guinness
Sólo es una idea, pero quizás en la
próxima edición del Guinness World Records (aquí también lo publica
Planeta) podrían incorporarse, en el apartado correspondiente a
"edición", algunas de las cifras de producción que publica el sector
editorial, dado que también en ese aspecto somos un país desmesurado y proclive
a los récords (incluido el de la cortedad de las tiradas medias). En la edición
de 2012 de esa imprescindible biblia de sabiduría inútil, que tengo en el baño
de mi casa y consulto casi cada día (gracias a Activia, aunque soy consciente
de que nadie me ha solicitado tal dato autobiográfico), me entero de que el
japonés Ryuho Okawa ha escrito (ojo: y publicado) en un solo año ¡52 libros!,
situándose a la cabeza de su categoría. La verdad es que no creo que nuestros
Corín Tellado o José Mallorquí le anduvieran muy a la zaga, pero hace tiempo
que nos abandonaron. Por lo demás, me quedo fascinado por la hazaña de la
ucrania Tatiana Dudzan, que colocó media docena de huevos en hueveras en sólo
42,60 segundos. ¿Su mérito?: lo hizo usando sólo los pies. A ver si Rajoy lo mejora.
Satisfacción
De mi (breve) época en Espasa conservo
algunos buenos recuerdos, referidos a personas con las que trabajé, y una
porción de malos, protagonizados casi todos por los que entonces imponían sus
criterios en la histórica empresa, propiedad de Planeta desde principios de los
noventa. Por aquellos días la industria editorial española -inmersa en un
atrabiliario proceso de concentración- se pobló de managers y
gestores empeñados en trasplantar a la edición métodos y rentabilidades más
propias de otros sectores de la producción. El aterrizaje fue muy llamativo: de
repente los editores comenzaron a despachar con responsables y gerentes que ya
no hablaban de libros, sino de "producto", un término que en sus
petulantes bocas constituía toda una declaración de intenciones. Algunos recién
llegados -conocí a uno con grandes responsabilidades editoriales que había
medrado como gestor en una famosa empresa dedicada a la fabricación de bayetas,
y de quien se dudaba que hubiera leído libro alguno en el lustro anterior a su
aterrizaje- actuaron como auténticos depredadores: ignoraban la historia del
sello que les habían encargado "sanear" y desdeñaban todo lo que no
engordara ipso facto la cuenta de resultados. Fue una época terrible
en la que resultaba agotador defender ante intransigentes comisarios,
protegidos por contratos blindados, libros que fueran, simplemente, excelentes.
Entre los originales de los que me siento orgulloso de haber publicado entonces
destaca Nada del otro mundo, un volumen de cuentos de Antonio Muñoz
Molina que ahora reedita, casi veinte años después, Seix Barral, el sello más
literario de Planeta. Recuerdo que Celia Torroja se ocupó con su proverbial
minuciosidad de la edición de aquellos doce cuentos que daban una idea cabal de
los registros de un narrador que ya había acreditado su madurez en El
Jinete Polaco (1991; por cierto, Premio Planeta). Para esta edición, Muñoz
Molina ha incorporado dos relatos más; uno de ellos, extenso y rigurosamente
inédito, se llama 'El miedo de los niños', y es uno de los mejores cuentos que
he leído en mucho tiempo. Transcurre entre Mágina y Madrid, en un lapso de casi
cincuenta años. Es un mecanismo narrativo emocionante y perfecto, como a veces
ocurre cuando alguien con talento y sabiduría convierte una epifanía en relato.
Leyéndolo he revivido vicariamente la vieja satisfacción que siente todo editor
cuando publica algo en cuya calidad cree firmemente. La única pega a la nueva
edición tiene que ver con el continente: los de Seix Barral siguen empecinados
en ahorrarse el chocolate del loro fresando los libros. Pero así es la vida.
Poeta
El poeta del título es Antonio Martínez
Sarrión, del que Tusquets acaba de publicar un poemario excepcional de título
polisémico, Farol de Saturno, que les recomiendo vivamente. A
Sarrión, uno de los más sólidos poetas de lo que alguien llamó (equivocándose:
algunos no lo eran tanto) "novísimos" y otro (también errando)
"generación del 70", le van las pautas (una vez las escribió para
conjurados) y los retratos oblicuos (e implacables) de grupo. Ahora, con su
habitual retranca quevedesca, glosa en la primera parte de su libro los hábitos
de los discípulos de Buda, una cofradía en la que milita hace tiempo. El poeta,
que nunca sale de su casa "sin plantarme / mi escafandra de buzo"
vuelve a mirar hacia adentro y hacia alrededor, en este tiempo en el que es
"bien duro aprendizaje/ ese de estar callado". De nuevo, vanguardia y
tradición asumidas en un proyecto personalísimo y en el que la ocasional
ternura no resta fuerza a la diatriba moral y, a veces, al sarcasmo redentor.
Leyéndolo me venían a la memoria imágenes del Goya más desencantado.
Articulo : http://www.elpais.com
22/10/2011
