Artículo
La soledad inconclusa
Por Marcel VENTURA
Al suicidarse en 2008, David Foster
Wallace dejó una novela sin terminar. El libro fue publicado el pasado mes de
abril y casi de inmediato despertó una agria polémica. ¿Valió la pena sacar a
la luz esas páginas?
Es un escritor de 46 años, ganador de una
beca McArthur, conocido por los forenses como David Wallace y por el resto del
mundo como David Foster Wallace. Está acostado en una camilla dentro de una
ambulancia sin sirena; luce shorts grises, camiseta azul, medias amarillas,
zapatos deportivos blancos algo curtidos por el uso. Su hígado marca 33.16
grados; tiene una marca en la parte frontal del cuello. En vida fue autor de
las 1.079 páginas de la novela La broma infinita, celebrada por Time, Harper’s, The
New York Times, Salon,The New Yorker, Newsweek, premiada con 150.000
dólares por la Fundación Lannan, traducida al alemán, al italiano, al español;
biografía ficticia de la familia Incandenza, satírica, histérica, tal vez
excesiva como toda su narrativa. En la morge descubren que Foster Wallace
pesaba escasos 73 kilogramos para los 183 centímetros de altura que a las 21:28
estaban suspendidos en el jardín trasero de su casa en la 4201 Oak Hollow Road,
Claremont, California, el hogar que compartía con sus perros, Warner y Bella, y
desde 2004 con su esposa Karen Green, la mujer que había salido a hacer compras
y a las 21:32 levantaba el teléfono: 9, 1, 1.
El expediente 06413 de Los Angeles County
Coroner asegura que ese hombre caucásico, sin embalsamar y refrigerado nació el
21 de febrero de 1962 en Ithaca, Nueva York, que fue declarado muerto a las
21:43 del 12 de septiembre de 2008, que antes de ese día ya llevaba dos
intentos de suicidio –porque incluso en la literatura a la tercera puede ir la
vencida–, que durante los últimos meses se había sometido a doce terapias
electroconvulsivas; que Nardol1, Klonopin y Restoril fueron parte de una larga
lista de antidepresivos incapaces de evitar este momento, que la marca en la
garganta tiene un centímetro de profundidad, que se subió a una silla con 41
centímetros de altura, que se ató las manos con cinta de embalaje, que pateó
levemente la silla, esa silla, y se regaló una muerte neuronal isquémica2.
David Foster Wallace nunca fue amigo de los finales y era de esperar que su
propia vida no terminara con un párrafo exhaustivo, ni siquiera con una nota a
pie de página.
Su obra puede verse como un gran
experimento alrededor de la inconclusión y no deja de ser curioso que esa
muerte haya estado hecha de la misma materia. Sin embargo, su novela más
reciente plantea una pregunta ambigua; al fin y al cabo, ¿qué significa estar o
ser inconcluso? The Pale King fue publicada en el mercado
estadounidense el pasado 15 de abril y desde entonces varios críticos han
analizado la naturaleza del manuscrito. Se repite la duda de si el libro,
fragmentario siempre, puede considerarse una novela y no falta el eterno
reclamo de respeto hacia los muertos: si no quiso publicar en vida, por algo
será. Ambas premisas son frágiles.
Foster Wallace no creía en la linealidad
como un modo verosímil de explicar el mundo y la vida. “Tienes un problema si
piensas que es así”, dijo públicamente en varias ocasiones; por eso es común
que algunos lectores acusen cierta incontinencia en el estadounidense, firme
defensor de las digresiones como dinamizador narrativo. No en vano, siendo
amante del cine, insistió en la destreza de David Lynch para hacer con retazos
inconexos un retrato de la psicología individual.
Metódico y obsesivo, es curioso que su
esposa haya encontrado un sobre con la pregunta “For L. B. advance?” en el
escritorio donde trabajaba, clara alusión a Little Brown, editorial con la que
publicó el grueso de su obra. Adentro, 250 páginas sin orden preestablecido,
pero sí el nombre de la novela repitiéndose una y otra vez. Había personajes,
anotaciones exhaustivas y fragmentos ya publicados en revistas, de modo que
Foster Wallace estaba en alguna medida encaminado hacia eso que publicaron en
abril.
***
Durante la madrugada del 13 de septiembre,
la noticia de la muerte del escritor ocupó las páginas web de muchos periódicos
estadounidenses y antes del amanecer no había medio importante en el que
faltara alguna nota sobre su obra. De inmediato se convirtió en el autor más
brillante de su generación, etiqueta que no pocos críticos le habían dado en
vida y ahora la muerte se encargaba de sellar. Llegaron las despedidas
enternecedoras, las declaraciones de familiares, conocidos, ex novias y
alumnos, de ésos que brotan por todos lados en estos casos para recordar cuánto
de ellos se va con el que ha partido.
El dolor era genuino.
A menudo se recuerda el carácter frágil y
afectuoso de Foster Wallace, aterrado por la posibilidad de proyectar una
imagen distorsionada en los demás: “Creo que ser tímido básicamente significa
estar absorbido por uno mismo... Si estoy contigo ni siquiera puedo saber si me
simpatizas o no porque me preocupa demasiado si yo te simpatizo”3. Tal vez la
única preocupación mayor que ésa era la de pasar por un escritor que va a
presentaciones de libros, come con famosos y dispara frases hechas en
entrevistas; confusión apenas posible entre aquellos que jamás se han asomado a
sus personajes, hechos de sus propios miedos. Sobre todo de eso.
Solo publicó dos novelas en vida, La
broma infnita y The Broom of the System –sin traducción en
nuestro idioma–, pero al sumarles sus relatos breves se entiende que la crítica
estuviera esperando desde 1996 un tercer proyecto de largo aliento. David lo
sabía y así lo repitió muchas veces a su editor de confianza, Michael Pietsch,
y a su agente Bonnie Nadell. “Estoy trabajando en algo largo” se convirtió en
una frase-código indefinida y hasta el 12 de septiembre ninguno de los dos
había tenido mayores noticias. Luego de encontrar el sobre, Karen Green los
llamó y entre todos descubrieron esa suerte de rompecabezas críptico. Al
manuscrito toca sumar carpetas, discos portátiles, cuadernos… 328 capítulos,
fragmentos y borradores sin mayor hoja de ruta.
Bajo el título The Pale King se
lee claramente “An Unfinished Novel” –una novela inconclusa–, gesto que habla
del respeto de Little Brown hacia el autor. Pietsch explica en la introducción
cómo ordenó desde el desconcierto esa suma de anotaciones, tachaduras, nombres
que iban y venían, posibles protagonistas y notas a pie de página hasta llegar
a una versión de la novela. De hecho, no duda en aclarar que algunos textos
están lejos del nivel de perfección al que Foster Wallace sometía cada frase,
pero también recuerda que sería insensato esperar un final cerrado. Si el
proceso creativo del escritor fue inconcluso, no es evidente que el desarrollo
del libro lo sea, pues en buena medida obedece a la tendencia de dejar el
destino de sus personajes dando tumbos en el vacío, como si el exasperante
nivel de detalle fuera un extraño destello de conciencia hecho para
desvanecerse sin dar justificación alguna.
1. Aquí la morgue comete un error. El
nombre del medicamento que tomaba desde 1989 es Nardil, un antidepresivo lleno
de efectos secundarios que correo por los pasillos sombríos de la psiquiatría
desde los años cincuenta. Cuando consumía esta droga, Foster Wallace debía
alejarse de chocolates, carnes curadas y bananos muy maduros, así que en 2007,
luego de sentir una pequeña mejoría, decidió abandonar el tratamiento para
buscar el apetito extraviado. Semanas antes de morir, su madre adivinó el
delicado estado emocional y se dedicó a prepararle sus platos favoritos: pies, casseroles y
fresas con crema.
2. Casi ningún suicidio por ahorcamiento
es provocado por asfixia: el traumatismo puede afectar directamente el cerebro,
desplazar vértebras e, incluso, desencadenar ataques cardíacos. David Foster
Wallace lo sabía, por eso palpó su cuello ancho pero delgado hasta sentir el
cartílago tiroides, a 90 grados, visible, y clavó la correa de cuero a 250
centímetros del piso. Aunque los estadounidenses prefieren utilizar armas de
fuego en estos casos, un pacifista como él no podría pintar de plomo y vísceras
el suelo: "Nunca sé cómo terminar las conversaciones. He perdido amigos
por eso", dijo en 1996.
3. Fragmento de Although of Course
You End Up Becoming Yourself, larga conversación entre Foster Wallace y el
colaborador deRollingStone, David Lipsky, en 1996.
Esta novela puede ser la peor opción para
iniciarse en la narrativa de Foster Wallace, pero es un documento valiosísimo
para entender el nivel al que había llegado en sus últimos años. A diferencia
de The Broom of the System y de La broma infinita, The Pale
King se ubica en el pasado y no en el futuro: Peoria, Illinios, 1985. El
cuarteto protagónico tiene a un tal David Wallace, a Sylvanshine, Meredith y
Lane A. Dean Jr. Todos trabajan en el irs, la oficina que recauda impuestos en
Estados Unidos y, por extensión, se trata de una trama sustancialmente
aburrida. Foster Wallace tenía tiempo repitiendo la idea de que ahí estaban
muchas claves de la vida moderna y hacia el final del libro su homónimo lo
verbaliza: “Si eres inmune al aburrimiento, literalmente no hay nada que no
puedas lograr”.
Detrás de la cortina burocrática el autor
esconde que nuestra lucha más intensa es contra el aburrimiento y que éste, a
su vez, es la forma más repetida de la intrascendencia. Aunque la palabra
“suicidio” soloaparece seis veces, está la idea inquietante de que el
dolor físico como estímulo es necesario para distraernos de otro dolor más
profundo que pasamos ignorando toda la vida. No es una frase
excepcional. The Pale King es la voz de un hombre completamente
perdido en las dinámicas sociales, y aunque David Wallace debería parecerse más
al autor, las digresiones interminables de Sylvanshine se leen como los
tormentos que podían azotar al estadounidense. Irónicamente, el libro termina
pareciéndose a lo que más detestaba de la literatura experimental, “una
cantidad de trabajo por parte del lector que es grotescamente desproporcionada
frente a lo que éste obtiene”, pues de tanto insistir en el aburrimiento varios
capítulos terminan siendo aburridos.
Pero hasta aquí nada es completamente
extraño en comparación con el resto de su obra. Relatos de Entrevistas
breves con hombres repulsivos y Extinción pueden desesperar a
cualquier lector inmerso en un estilo que es todo menos contenido. En las
descripciones obsesivas del mundo ocurren realidades que pueden ir del hartazgo
a la más fina de las sátiras, y tal vez esa ambigüedad es una de las
aprehensiones más poderosas que tiene su ficción. Ya sea en una larga
enumeraciónborgiana en “El suicidio como una especie de regalo” y “La
muerte no es el final”, o en el horror angustioso de “Encarnaciones de niños
quemados”, David Foster Wallace fue un narrador cuyas ambiciones literarias
distaban mucho de sus inseguridades personales, dispuesto a dejar por escrito
todo lo que el mundo amplificado le permitiera contar. En esa apuesta ocurre la
revelación de la historia nunca antes leída así como los párrafos enteros que
parecieran salirse de sus límites, pero se trata de una licencia que vale la
pena conceder. En su mundo todo puede sorprender y aburrir, divertir y
desagradar; todo al mismo tiempo, en igual proporción, en sus versiones más
extremas.
La broma infinita es el gran ejemplo.
Casi 1.200 páginas en su versión española, 388 notas que pueden convertirse en
relatos independientes, una familia de trágicos superdotados y una sociedad
controlada por las empresas privadas. Canadá, Estados Unidos y México conforman
un solo país y, en el corazón de la familia Incandenza, James Orin Jr.
crea La broma infinita, una película tan entretenida que genera una suerte
de hipnotismo en el público, hasta el punto de llegar a vaciar su conciencia.
Una fábula inmensa de la humanidad en un entorno mediatizado, escrita en 1996 y
capaz de disminuir hasta su mínima expresión toda la obra de McLuhan. Los
Incandenza se mueven entre el cine, el deporte, las depresiones más hondas y la
progresiva autodestrucción, cuatro fuerzas que moldearon –y le ganaron– al
supuesto creador todopoderoso. En La broma infinita yace la terrible
evidencia de que David Foster Wallace no supo, o no pudo, sobrevivir a su obra.
***
A pesar del desconcierto, las 560
páginas The Pale King no vienen del vacío. Lectores
de Harper’s y The New Yorker reconocerán cuatro capítulos
que ya aparecieron en estas revistas a modo de cuentos supuestamente inconexos.
De la primera vienen “A New Examiner” y “The Compliance Branch”, capítulos 16 y
35, respectivamente, mientras que la segunda había publicado “Good People” y
“The Wiggle Room”, capítulos 6 y 33. Tres de los cuatro hablan de Lane A. Dean
Jr., un muchacho a medio camino entre el conformismo y la mediocridad, pero
entre todos es “Good People” el que mejor adelantó la tensión del libro: algo
muy dramático está a punto de ocurrir pero termina perdiéndose en las vidas
miserables de los seres humanos. El presente es un buen lugar para unir los
cabos sueltos del pasado y lo cierto es que ni el propio Pietsch advirtió en su
momento que Dean Jr. era un brochazo de la esperada tercera novela.
Aunque formalmente el libro se lee como
una construcción a cargo de un tercero, la historia central y el tema del
aburrimiento están claros, y en sí mismos son razones suficientes para
reconocer episodios fulminantes. The Pale King tiene algunos de los
fragmentos más brillantes en la obra del escritor y ése es el mayor
desconsuelo. Además, la inusual lectura está reforzada por el capítulo 9, donde
por primera vez en toda su bibliografía Foster Wallace rompe la sutileza
metaficcional y utiliza una variación de la paradoja de Epiménides. Dice ahí
que The Pale King no es una novela sino una memoria, por lo tanto una
historia real, al tiempo que cita la última página del libro, donde se asegura
que todos los personajes son ficcionales; ergo, él también es una mentira. Es
difícil advertir qué estaba buscando con esa intervención tan violenta que
equivale a romper la cuarta pared del cine y el teatro, pero cada pocas
páginas, en una palabra, en una supuesta inconsistencia, la duda va y viene:
¿lo hubiera dejado así?
Como dice Pietsch en la introducción, él
ya no está aquí para impedir que lo lean ni para perdonar a quienes lo hagan, de
modo que el carácter incompleto debe asumirse como una búsqueda. Tal vez con
más tiempo, Foster Wallace lo hubiera convertido en otra forma del infinito,
sin duda el tema que más veces marcó sus ficciones sobredimensionadas. Lo mismo
daban mil páginas que cinco; en su plenitud era capaz de hacer que las
historias se leyeran como líneas de fuga sin horizonte a la vista, hechas para
no acabar nunca.
El territorio de la no-ficción, también
brillante, era más contenido: “No sé de periodismo, pero cuando una revista me
asigna un tema lo veo como un servicio y una ocasión para observar a personas
brillantes y comunes que usualmente no podría observar”. Como en una versión de
Norman Mailer con esteroides, se acerca con una lupa aparentemente
distorsionada a todas las esquinas y personajes, y justo donde tantos prefieren
ubicarse en el centro del radar, él confía todos los desenlaces a su
inteligencia. Lo que parece un relato lineal que se limita a explicar la
epidermis del mundo termina por apuntar siempre a un Estados Unidos hondo y
primitivo, pero sin juicios ni grandes malabarismos estéticos. El cronista es
un intérprete silente y enHablemos de langostas queda demostrado su
olfato. Por eso no es de extrañar que un lector avezado recomiende a todo
principiante abrir ese libro antes que cualquier otro: en esos nueve essays no
hay puntada sin dedal. Si hay una mínima cuota de justicia por repartir en el
mundo, “Gran hijo rojo” y “Arriba, Simba” serán textos de referencia en las
escuelas de periodismo y en las de literatura.
Al leer y escuchar con detenimiento las
entrevistas que concedió, incómodo y nervioso, se identifican algunas máximas
en su concepto de ficción: “Recordarle al lector lo inteligente que es como
lector ... Un libro debe enseñarle cómo ser leído”, pero quizás en el fondo
reposa la necesidad de escribir para estar menos solo y vaciar las voces que
más lo aturdían: “Creo que mirar una habitación y asumir automáticamente que la
vida interior de alguien es menos rica y complicada que la mía no me hace un
buen escritor. Eso significa que estaré actuando para una audiencia sin rostro
en lugar de tratar de entablar una conversación con una persona”, una frase en
la que está la semilla de su pasión lectora, esa “conversación solitaria” que
aprendió en casa cuando su papá, el filósofo James Wallace, le leíaMoby Dick.
Su hermana Amy trataba de escaparse mientras él quedaba embelesado por la voz
antes que por la palabra. Otro de sus recuerdos de infancia era el de sus
padres en la cama, tomados de la mano, leyéndose el Ulises en voz
alta como si se tratara de una declaración de amor.
En la imaginaria línea de tiempo de su
vida, los últimos años fueron una especie de deja vu del final de los ochenta,
separados en el medio por la época más feliz. Cuando publicó La broma
infinita los círculos literarios de Estados Unidos se paralizaron a tal
punto que en Nueva York, cuentan, todos hacían lo imposible por llegar a las
pocas lecturas en voz alta que programó durante su gira promocional. Las
mujeres se peleaban por estar en primera fila y cruzar alguna mirada, pero para
él no era suficiente: “No quiero preguntarles si quieren ir conmigo al hotel,
quiero que me digan: Voy contigo al hotel. ¿Dónde es? Ninguna lo hace”.
Manhattan, esa isla del tamaño del mundo que describió como un jacuzzi lleno de
tiburones blancos, inició desde entonces un romance definitivo, insospechado
para el mismo David que años atrás, en Harvard, le dio un primer vistazo a su
fragilidad emocional. Sobre esa época universitaria corrieron muchos rumores y
todavía hoy se encuentran referencias a una presunta adicción a la heroína y la
cocaína. Pero él no se permitiría semejante cliché: “Las probé, pero no tenía
la resistencia física para ser un adicto y escribir tanto”. Los cuadros
depresivos se acentuaron y en el año 1988 conoció su primer cuarto de
supervisión especial para pacientes con tendencias suicidas en el hospital
McLean de Boston. Durante esos meses le hablaron de terapias electroconvulsivas
pero la idea siempre lo paralizó. Por eso en 1996 tenía tantos motivos para
estar feliz: “Tuve suerte y lo superé, sentí que me dieron otras razones para
trabajar y vivir, y no quiero joder eso. No quiero. Por eso vivo con mucho cuidado...
creo que cultivo la normalidad”. Todos necesitamos nuestros propios engaños y
hasta bien entrada la década del 2000 David repetía que no era clínicamente
depresivo.
En 2005 fue orador invitado en la
graduación de Kenyon College. No aceptó otra invitación así en su vida. Este
año Literatura Mondadori planea publicar El rey pálido y también la
traducción de ese discurso, que en inglés se titula This Is Water.
Comienza con una parábola sobre dos peces jóvenes que se encuentran con uno
mayor. Éste los saluda y les pregunta cómo está el agua. Los dos peces siguen nadando,
algo sorprendidos, hasta que uno le pregunta al otro: “¿Qué es el agua?”. Tal
vez por alguna risa tímida, aunque sin duda preparado, David advierte: “No soy
el pez viejo y sabio”, y desarrolla un texto lleno de ternura que acusa la
facilidad de vernos como el centro del universo. Solo al superar la sensación
de haber tenido y perdido una cosa infinita podemos ser personas verdaderamente
valiosas en el mundo, dijo.
Si el coraje consiste en resistir el tedio
en un espacio confinado, como asegura un personaje en The Pale King, queda
la pregunta de cuál era ese espacio en el que David Foster Wallace quiso jugar
a no aburrirse. Si todo terminó en el jardín trasero de su casa será porque
hubo algo que nunca pudo volver a encontrar, pero quienes lo leemos con nostalgia
aprendemos a ser huérfanos en sus libros, a reconocer la soledad como una noche
intermitente y no infinita. Lástima que no podamos devolverle el favor.
Articulo : http://www.elmalpensante.com
Septiembre 2011

