dimanche 9 octobre 2011

Marcos MAYER/Criminales sin palabras


Criminales sin palabras
Por Marcos MAYER 
Escritor y periodista. Es autor, entre otros, de “La tecla populista”.

Hay una tradición de relatos de criminales que se ha ido perdiendo, afirma el autor, para quien Dostoievski y Arlt “llevan al terreno del cuerpo lo que en el relato inglés del crimen es un duelo de inteligencias”.

Aparte de ser uno de los narradores de esa fascinante novela coral que es Crímenes de película , de Jake Arnott, Tony Meehan tiene un raro trabajo. Trabaja como ghost writer de criminales para una editorial londinense que publica la colección Truecrime. La tarea del escritor fantasma exige borrarse y asumir la personalidad del otro para poder escribir su vida. Para quienes lo practican, es un trabajo tan atractivo como desagradecido. El buen ghost writer termina por olvidar que ha sido él quien ha escrito eso que firma otro. Es el precio a pagar para poder hacer causa común con quien lo contrata. A Tony le pasa algo de eso con Eddie Doyle, un ladrón de alta escuela cuya vida debe poner en palabras.

Para cumplir con ese mandato debe meterse en la piel del otro. Y entrar en las razones de un criminal es algo que pone en cuestión a quien lo intenta. No se trata de volcar las memorias más o menos mentirosas de una estrella mediática ni las reflexiones de un hombre que se supone sabio. Son libros que desde la picaresca, el sentido común o el pastiche cuestionan lo más profundo de la moral ambiente. Hoy que el género de la biografía o la autobiografía no incluyen a personajes del delito parece haberse perdido la lógica del crimen, de ese cuestionamiento. Se podrían nombrar como excepciones entre nosotros Postales tumberas de Jorge Larrosa y es de esperar que alguna editorial se decida a publicar las memorias de La “Garza” Sosa.

Larrosa y Sosa se conocen y ambos de algún modo reivindican la historia de los ladrones vocacionales, aquellos que eligen robar, a diferencia de los que lo hacen por necesidad. Son delincuentes que evitan obsesivamente la droga y el alcohol, porque entorpecen los movimientos en circunstancias que requieren mucha velocidad mental y física, y mantienen ciertos códigos de convivencia con la policía, uno de cuyos principales compromisos mutuos es no matar a menos que sea absolutamente imprescindible. Reivindican una cierta épica del hecho criminal que es aquel que individualiza al delincuente y en algunos casos lo convierte en leyenda.

Hoy la lectura del delito es renuente a reconocer sujetos diferenciados que puedan convocar tanto la repulsa como la admiración. La llamada inseguridad divide a la sociedad en mapas inconciliables y los delincuentes son mostrados a través de los medios (sobre todo la televisión) como integrantes de un ejército, pertrechado a base de armas, pero sobre todo de drogas, que son las que alimentan tanto el coraje como la brutalidad. Ese ejército tiene hábitos pero no límites. Nadie se destaca en esa muchedumbre oscura e incluso se tiende a identificarlos por clase social, hábitat y ciertas vestimentas como el anorak, las capuchas, la ropa deportiva y las infaltables zapatillas de marca conocida y origen trucho. En más de un sentido, la biografía de Víctor Manuel, el “Frente”, Vital, un pibe chorro, contada por Cristian Alarcón en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia , rompe con ese mandato de ver a todos los ladrones por necesidad como un universo uniforme, sin nombre y sin historia personal. Claro que ese mandato cumple una misión social: construir también un ejército indiferenciado de víctimas, que carecen de armas y que sólo se sostienen en su voluntad de sobrevivir a una implacable hostilidad, cuyas razones parecen no importar demasiado.

Hay una tradición de relatos de criminales que se ha ido perdiendo. Tomemos uno hoy bastante olvidado pero que ha dejado su marca en muchas otras historias. Pocos meses antes de ser llevado a la guillotina en 1836, el también poeta Pierre François Lacenaire escribió Memorias de un asesino , donde no sólo cuenta el proceso que lo llevó a matar sino que pone en cuestión los mecanismos de la ley y la existencia misma de la justicia. Fue reivindicado por Baudelaire como un héroe cultural, su libro sirvió de inspiración a Dostoievski para Crimen y castigo y muy recientemente François Girod filmó su vida con Daniel Auteil en el papel principal. El final del libro podría resultar demagógico de no ser las circunstancias en que fue escrito: “Seguramente mi cabeza caerá mañana. (…) Ustedes que me leerán cuando el verdugo haya limpiado el triángulo de tierra que yo habré enrojecido, ¡oh, guárdenme un lugar en su recuerdo!”.

En ese párrafo puede leerse una convicción: quien comete un crimen merece convertirse en alguien memorable, para bien o para mal. Su acto cambia el destino de su identidad, el criminal pasa a quedar definido por el momento en que cruzó el umbral de la ley, ese instante lo hace ser. Ese postulado de Lacenaire pasa a cierta zona de la ficción dedicada al crimen, cuyo punto más explícito es Dostoievski, para pasar entre nosotros a Roberto Arlt. En El juguete rabioso y en Los siete locos aparece el tema de los seres que llevan una marca en el cuerpo (el Rengo, Hipólita), la única manera de hacerse de la propia marca (la que no otorga la naturaleza) es el crimen, –la delación en Astier, el asesinato en Erdosain.

Raskolnikov y sus continuadores arltianos llevan al terreno del cuerpo lo que en el relato inglés del crimen es un duelo de inteligencias. Raffles, la contrapartida de Sherlock Holmes, escrito por venganza por E. W. Hornung el cuñado de Conan Doyle, practica apenas una inversión de legalidades, como Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco creado por Maurice Leblanc; personajes que tratan de demostrar, casi como si se tratara de un teorema, la posibilidad del crimen perfecto, tal como los detectives existen para que se verifique lo contrario.

Parte de esta saga se continuó en películas sobre el procedimiento del crimen como Rififi , la consiguiente serie de grandes robos de los 60 y setenta y hasta su parodia, la que quedó como la más famosa de este subgénero, Los desconocidos de siempre .

Después de Jim Thompson y de Patricia Highsmith, dos grandes indagadores del alma criminal –influenciados, de distinto modo, por el existencialismo–, hemos vuelto la mirada al alma del detective, aunque esta vez, como ocurre en Mankell o en la trilogía de Steig Larsson, se coloca en el centro de una escena cuya maldad es banal y falta de interés, aunque resulte fatal y uno sospecha irremediable, Claro que la relación con los criminales en la vida real es un tanto más compleja. Los norteamericanos practican una especie de culto del serial killer , cuya serie, en términos de repercusión mediática, fue abierta por Charles Manson. En la red, su club de fans vende remeras (también se consiguen en Mercado Libre a cincuenta pesos), copias de su disco Lie y posters. No es el único en convocar esas adhesiones: Jeffrey Dahmer tiene más de un grupo de seguidores, incluso en Facebook. Otro tanto ocurre con Ted Bundy. De todos modos, hay algo frívolo aunque bastante siniestro en estas formas de admiración, que se sostienen en un fenómeno que, por su horror y por la incapacidad de explicarlo acabadamente, se resiste a ser absorbido por el sistema, aunque la figura del serial killer no represente ni una utopía ni un modelo a seguir. Se lo puede admirar en la medida en que sea un fantasma, por eso en cierto sentido es lo mismo el Manson real que el ficticio doctor Lector, celebrado en pintadas en las calles porteñas.

Desaparecido, esfumado en un paisaje del mal sin matices o convertido en un espectro cibernético, con la construcción de un criminal carente de vida y de representación se ha perdido una dimensión, seguramente no de las más encomiables, de la experiencia humana. Aunque hable bastante de quienes somos y de lo que tenemos que llegar a ser. Ese ser al que Tony busca dotar de palabras, reaparece cada tanto para contar una parte de la historia que nadie parece querer escuchar.

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 07/10/2011

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