Por Marcos MAYER
Escritor y periodista. Es autor, entre
otros, de “La tecla populista”.
Hay una tradición de relatos de criminales
que se ha ido perdiendo, afirma el autor, para quien Dostoievski y Arlt “llevan
al terreno del cuerpo lo que en el relato inglés del crimen es un duelo de
inteligencias”.
Aparte de ser uno de los narradores de esa
fascinante novela coral que es Crímenes de película , de Jake Arnott, Tony
Meehan tiene un raro trabajo. Trabaja como ghost writer de criminales
para una editorial londinense que publica la colección Truecrime. La tarea del
escritor fantasma exige borrarse y asumir la personalidad del otro para poder
escribir su vida. Para quienes lo practican, es un trabajo tan atractivo como
desagradecido. El buen ghost writer termina por olvidar que ha sido
él quien ha escrito eso que firma otro. Es el precio a pagar para poder hacer
causa común con quien lo contrata. A Tony le pasa algo de eso con Eddie Doyle,
un ladrón de alta escuela cuya vida debe poner en palabras.
Para cumplir con ese mandato debe meterse
en la piel del otro. Y entrar en las razones de un criminal es algo que pone en
cuestión a quien lo intenta. No se trata de volcar las memorias más o menos
mentirosas de una estrella mediática ni las reflexiones de un hombre que se
supone sabio. Son libros que desde la picaresca, el sentido común o el pastiche
cuestionan lo más profundo de la moral ambiente. Hoy que el género de la
biografía o la autobiografía no incluyen a personajes del delito parece haberse
perdido la lógica del crimen, de ese cuestionamiento. Se podrían nombrar como
excepciones entre nosotros Postales tumberas de Jorge Larrosa y es de esperar
que alguna editorial se decida a publicar las memorias de La “Garza” Sosa.
Larrosa y Sosa se conocen y ambos de algún
modo reivindican la historia de los ladrones vocacionales, aquellos que eligen
robar, a diferencia de los que lo hacen por necesidad. Son delincuentes que
evitan obsesivamente la droga y el alcohol, porque entorpecen los movimientos
en circunstancias que requieren mucha velocidad mental y física, y mantienen
ciertos códigos de convivencia con la policía, uno de cuyos principales
compromisos mutuos es no matar a menos que sea absolutamente imprescindible.
Reivindican una cierta épica del hecho criminal que es aquel que individualiza
al delincuente y en algunos casos lo convierte en leyenda.
Hoy la lectura del delito es renuente a
reconocer sujetos diferenciados que puedan convocar tanto la repulsa como la
admiración. La llamada inseguridad divide a la sociedad en mapas inconciliables
y los delincuentes son mostrados a través de los medios (sobre todo la
televisión) como integrantes de un ejército, pertrechado a base de armas, pero
sobre todo de drogas, que son las que alimentan tanto el coraje como la
brutalidad. Ese ejército tiene hábitos pero no límites. Nadie se destaca en esa
muchedumbre oscura e incluso se tiende a identificarlos por clase social,
hábitat y ciertas vestimentas como el anorak, las capuchas, la ropa deportiva y
las infaltables zapatillas de marca conocida y origen trucho. En más de un
sentido, la biografía de Víctor Manuel, el “Frente”, Vital, un pibe chorro,
contada por Cristian Alarcón en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia ,
rompe con ese mandato de ver a todos los ladrones por necesidad como un
universo uniforme, sin nombre y sin historia personal. Claro que ese mandato
cumple una misión social: construir también un ejército indiferenciado de
víctimas, que carecen de armas y que sólo se sostienen en su voluntad de
sobrevivir a una implacable hostilidad, cuyas razones parecen no importar
demasiado.
Hay una tradición de relatos de criminales
que se ha ido perdiendo. Tomemos uno hoy bastante olvidado pero que ha dejado
su marca en muchas otras historias. Pocos meses antes de ser llevado a la
guillotina en 1836, el también poeta Pierre François Lacenaire escribió
Memorias de un asesino , donde no sólo cuenta el proceso que lo llevó a matar
sino que pone en cuestión los mecanismos de la ley y la existencia misma de la
justicia. Fue reivindicado por Baudelaire como un héroe cultural, su libro
sirvió de inspiración a Dostoievski para Crimen y castigo y muy recientemente
François Girod filmó su vida con Daniel Auteil en el papel principal. El final
del libro podría resultar demagógico de no ser las circunstancias en que fue
escrito: “Seguramente mi cabeza caerá mañana. (…) Ustedes que me leerán cuando
el verdugo haya limpiado el triángulo de tierra que yo habré enrojecido, ¡oh,
guárdenme un lugar en su recuerdo!”.
En ese párrafo puede leerse una
convicción: quien comete un crimen merece convertirse en alguien memorable,
para bien o para mal. Su acto cambia el destino de su identidad, el criminal
pasa a quedar definido por el momento en que cruzó el umbral de la ley, ese instante
lo hace ser. Ese postulado de Lacenaire pasa a cierta zona de la ficción
dedicada al crimen, cuyo punto más explícito es Dostoievski, para pasar entre
nosotros a Roberto Arlt. En El juguete rabioso y en Los siete locos aparece el
tema de los seres que llevan una marca en el cuerpo (el Rengo, Hipólita), la
única manera de hacerse de la propia marca (la que no otorga la naturaleza) es
el crimen, –la delación en Astier, el asesinato en Erdosain.
Raskolnikov y sus continuadores arltianos
llevan al terreno del cuerpo lo que en el relato inglés del crimen es un duelo
de inteligencias. Raffles, la contrapartida de Sherlock Holmes, escrito por
venganza por E. W. Hornung el cuñado de Conan Doyle, practica apenas una
inversión de legalidades, como Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco creado
por Maurice Leblanc; personajes que tratan de demostrar, casi como si se
tratara de un teorema, la posibilidad del crimen perfecto, tal como los
detectives existen para que se verifique lo contrario.
Parte de esta saga se continuó en
películas sobre el procedimiento del crimen como Rififi , la consiguiente serie
de grandes robos de los 60 y setenta y hasta su parodia, la que quedó como la
más famosa de este subgénero, Los desconocidos de siempre .
Después de Jim Thompson y de Patricia
Highsmith, dos grandes indagadores del alma criminal –influenciados, de
distinto modo, por el existencialismo–, hemos vuelto la mirada al alma del
detective, aunque esta vez, como ocurre en Mankell o en la trilogía de Steig
Larsson, se coloca en el centro de una escena cuya maldad es banal y falta de
interés, aunque resulte fatal y uno sospecha irremediable, Claro que la
relación con los criminales en la vida real es un tanto más compleja. Los
norteamericanos practican una especie de culto del serial killer ,
cuya serie, en términos de repercusión mediática, fue abierta por Charles
Manson. En la red, su club de fans vende remeras (también se consiguen en
Mercado Libre a cincuenta pesos), copias de su disco Lie y posters. No es el único
en convocar esas adhesiones: Jeffrey Dahmer tiene más de un grupo de
seguidores, incluso en Facebook. Otro tanto ocurre con Ted Bundy. De todos
modos, hay algo frívolo aunque bastante siniestro en estas formas de
admiración, que se sostienen en un fenómeno que, por su horror y por la
incapacidad de explicarlo acabadamente, se resiste a ser absorbido por el
sistema, aunque la figura del serial killer no represente ni una utopía ni un
modelo a seguir. Se lo puede admirar en la medida en que sea un fantasma, por
eso en cierto sentido es lo mismo el Manson real que el ficticio doctor Lector,
celebrado en pintadas en las calles porteñas.
Desaparecido, esfumado en un paisaje del
mal sin matices o convertido en un espectro cibernético, con la construcción de
un criminal carente de vida y de representación se ha perdido una dimensión,
seguramente no de las más encomiables, de la experiencia humana. Aunque hable
bastante de quienes somos y de lo que tenemos que llegar a ser. Ese ser al que
Tony busca dotar de palabras, reaparece cada tanto para contar una parte de la
historia que nadie parece querer escuchar.

