Artículo : Un perfil de Carlos Caicedo
El cazador invisible
Por María Alexandra Cabrera
A lo largo de cinco décadas, Carlos
Caicedo acumuló un valioso testimonio fotográfico del siglo XX en Colombia.
Este perfil recorre su vida, sus fotos emblemáticas y algunos grandes episodios
capturados por su cámara. Reconocimiento a uno de los más importantes
reporteros gráficos de un país que ha dado poco a esa profesión.
Buena parte de la historia de la
reportería gráfica colombiana reposa en tres sobres de manila y algunas cajas
guardadas en el clóset de Carlos Caicedo.
A los 81 años, camina con pasos muy cortos
que emiten un chirrido áspero. En la mano derecha sostiene un bastón que usa
hace seis meses por un desgaste de los meniscos. En la izquierda, los sobres en
los que atesora cientos de fotografías y casi mil negativos.
Desparrama las fotos y comienza a
rememorar situaciones al paso de las imágenes. “Ésta fue una Vuelta a Colombia
en la que capté a los coleros con una fila de carros atrás; la tomé desde
arriba, un ángulo que me gustaba mucho porque en el periódico me decían enano y
yo con esas fotos demostraba que no lo era. Ésta otra es la única toma aérea del
incendio del edificio de Avianca. Tuve suerte porque el que manejaba el
helicóptero me conocía y me subió. Ésta es la del ciclista Efraín Forero el día
de su matrimonio; si están mirando a la cámara es porque me conocían. Yo los
llamé y voltearon a mirarme, no es que estuvieran posando, yo detesto ese tipo
de fotos”. Los nudillos de la mano derecha descargan continuos golpes sobre la
mesa. Su espalda se yergue y una voz acompasada lanza su primera sentencia: “No
vaya a pensar que yo soy un héroe, he tenido una vida demasiado normal”.
Vive con dos gatos negros y con Blanca, su
esposa desde hace sesenta años. “Yo he tenido mucha fortuna en la vida, sobre
todo con la compañera que me tocó, ella ha sido mi brazo derecho”, dice y sus
ojos verdes se iluminan.
En la sala hay dos sofás, uno crema y uno
verde biche, dos sillas forradas con terciopelo vinotinto y una mesa redonda
cercada por cuatro sillas. Las paredes están decoradas con algunos de los
diplomas de sus premios: el Simón Bolívar, el título de periodista que le
otorgó el Ministerio de Comunicaciones en los años ochenta; una carta del
entonces ministro de Hacienda, Juan Manuel Santos, felicitándolo por la
exposición que el Fotomuseo realizó con su obra en el año 2000 y afiches de las
exposiciones de tres amigos artistas: Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar
y Ana Mercedes Hoyos.
Tiene una biblioteca repleta de
clásicos: El viejo y el mar, Las uvas de la ira, La
odisea, La vorágine, El corazón de las tinieblas. En esos estantes
también está uno de sus mayores tesoros: una edición de 1973 de Cien años
de soledad con una dedicatoria del autor: “Para Blanca con compasión por
la vaina que le tocó. Gabo”. Frente a la biblioteca hay una repisa con su
colección de cámaras: la Rolleiflex abollada por los golpes que le dio el ex
presidente Valencia, una Graflex de veinte libras que tenía como flash un
bombillo, una Leica, una Capri para hacer filmaciones de ocho milímetros que
casi no ha usado y dos cámaras digitales, una Canon y una Kodak.
En la Kodak me muestra las últimas
fotografías que ha hecho. “No tomo fotos todos los días, pero cuando veo algún
detalle no dudo en disparar; el problema es que físicamente estoy anulado.
Además, el digitalismo no me gusta, uno no se puede volver carguero por el
hecho de que la máquina haga todo. Mire, aquí hay una foto del trancón de la 26
que saqué hace unos días desde el puente. El detalle es el ángulo”. Y así,
desde las alturas, enseña el techo de algunos buses rodeados por la
contaminación.
Su vida está llena de rutinas inamovibles:
caminar hasta la Iglesia de San Alfonso, desayunar una taza de chocolate y pan,
rezar el rosario, y llenar los bolsillos de su chaqueta con unos pocos objetos
sin los que se siente incapaz de salir de casa: un cortaúñas, dos micropuntas, una
libreta y una cámara Kodak de 8.2 megapixeles que su hija Margarita le trajo de
Miami. A las nueve llega a la Unidad de Medios Audiovisuales de la Universidad
Central, donde ejerce como coordinador del Departamento de Fotografía. “Aquí me
tienen porque al jefe Rafael Santos le caigo bien, pero estoy esperando que la
universidad me retire. No quisiera volver, pero necesito esa entrada. Además,
quisiera dedicarme a la caricatura”.
“Una vida demasiado normal”
Caicedo nació el 20 de septiembre de 1929
en Cáqueza, Cundinamarca, y llegó a Bogotá cuando tenía seis meses. Sus padres,
Oliverio Caicedo y Margarita Zambrano, dos campesinos desplazados de su tierra
por los violentos enfrentamientos entre liberales y conservadores, arribaron a
la capital en busca de una vida más tranquila. La utopía se desvaneció a los
pocos meses cuando los godos mataron a Oliverio en un pueblo de los Llanos a
donde Carlos jamás supo por qué su viejo había ido.
Sola con dos hijos, Margarita alquiló una
pieza en el popular barrio Restrepo y empezó a trabajar en lo primero que le
ofrecieron: vender leche en cantinas. Carlos, quien desde muy niño era callado
y discreto, en ocasiones acompañaba a su madre a trabajar. Otras veces
permanecía solo en la pieza observando la vida del barrio. De Luis, su hermano
menor, con quien perdió contacto hace varias décadas, no tiene recuerdos de esa
época. Su madre no lo podía mantener y una señora con mayores posibilidades
económicas aceptó llevárselo. Eso es lo único que sabe de él, además de que no ha
muerto.
Desde el día en que su madre consiguió
trabajo como empleada del servicio en una elegante casa del barrio Teusaquillo,
la soledad marcó la infancia de Carlos Caicedo. Tenía seis años y durante los
dos siguientes su hogar fue un internado de la Cruz Roja en el que compartió
cuarto con treinta niños más y cumplió estoicamente la rutina de levantarse al
amanecer, hacer gimnasia y rezar alguna oración. Durante el día asistía
entusiasmado al colegio Acevedo Tejada, donde estudió la primaria hasta que una
de sus tías se lo llevó a pastorear vacas cerca de la hacienda presidencial
Hatogrande.
En el campo no duró mucho tiempo. Con once
años llegó al estudio Foto Schimmer –una tía se enteró de que necesitaban un
chino mandadero–, ubicado en la calle 12 entre carreras sexta y séptima. Allí
se limitó a cumplir, observando y callando, con su nuevo trabajo: hacer
mandados, lavar cubetas y aprender a retocar negativos y a revelar las fotos
que su patrón, el alemán Emilio Schimmer, le entregaba en un chasís de 20 x 25
centímetros. La recompensa: seis pesos mensuales, un poco más de un salario
mínimo de hoy.
Por discreto y callado, virtudes que
asegura le han servido para toda la vida, se ganó la estima de su patrón y de
su esposa Isabel Garay, quienes le ofrecieron como residencia el cuarto de la
azotea de su casa, en la calle 21 con carrera quinta. “Era una amistad muy
lejana; ellos en el comedor y yo en la cocina con la servidumbre”. De nuevo los
golpes en la mesa, fuertes, constantes. Suelta su segunda sentencia y su voz
produce un quiebre casi imperceptible: “Nunca tuve nada extraordinario”.
Sin embargo, los tres años que vivió donde
los Schimmer lo cambiaron para siempre. En la casa del alemán descubrió su
gusto por la lectura, el vals y la caricatura. Fue la pasión por esta última la
que le reveló que no solo servía para hacer mandados y lavar cubetas.
Diariamente copiaba las tiras cómicas que salían en el periódico y soñaba con
ser un gran dibujante. “Alguna vez hice algo en Semana, pero el trabajo me
absorbió. Ahora he pensado retomar esa vieja pasión, pero si lo hago tengo que
consagrarme exclusivamente a eso”.
Caicedo estuvo expuesto a la manera de
retratar de Schimmer, quien según cuenta Daniel Samper Pizano se tomaba su
tiempo para realizar cada retrato. “Llegaba el cliente (por lo general niños y
jovencitas), lo desnudaba (si era niño, por supuesto: a las jovencitas les
agregaba una pañoleta), lo colocaba encima de una alfombra (niño) o al pie de
una columna con un falso paisaje al fondo (jovencita), lo aquietaba durante
tres segundos, chequeaba luces, se metía debajo del paño negro, alzaba la mano
y disparaba la máquina”.
Un día, mientras buscaba las tiras
cómicas, descubrió una foto de un arquero suspendido en el aire con las manos
estiradas buscando el balón. La imagen le demostró que había otra manera de
hacer fotografías y lo hizo olvidar por siete lustros el dibujo. Sin esos
momentos de total quietud que Schimmer les exigía a sus clientes, Caicedo no
creía que fuera posible sacar una foto. Ésta del arquero flotando se convirtió
en una obsesión. ¿Cómo se había logrado esa imagen?, ¿con qué cámara se había
tomado?
Al poco tiempo, tal vez un cliente o un
empleado del estudio le entregó un regalo definitivo: una Kodak de plástico
destartalada. Caicedo examinó aquel objeto que no parecía tener nada en común
con la aparatosa cámara de fuelle a la que le quitaba el polvo a diario y
sentenció, a sus catorce años, que podría arreglarla. Pegó algunos pedazos con
cinta y las partes más afectadas con cola. Luego, sin que nadie lo viera, se
internó en el cuarto oscuro y arrancó un pedazo de película de un rollo de 828
que fijó en la Kodak remendada. El sábado, día en que se metía hora y media en
un bus para ir a Soacha a ver a su madre, probaría la cámara.
En el campo disparó a lo primero que le
llamó la atención: dos campesinos arando la tierra. “¡Zas!”, sintió por primera
vez el sonido seco de la cámara. Para su sorpresa la foto estaba enfocada y con
buen encuadre. Pasaron más de tres años antes de que tomara otra fotografía.
Tiempos de Rolleiflex
En 1947 empezó a trabajar como
laboratorista en el estudio de Sady González, el primer fotógrafo en abrir una
oficina de reportería gráfica en Colombia, la cual vendía fotos a periódicos
como El Tiempo, El Espectador, El Siglo y El Liberal. Ahora
ganaba veinte pesos mensuales, suficiente para la alimentación y una pieza en
el Restrepo.
Pero fue el 9 de abril de 1948 aquello que
lo obligó a despertar el ojo y asumir una pasión a la que no podría darle más
demoras: la reportería gráfica.
“Sady me equipó con una Rolleiflex y me
dijo: ‘Vaya a ver qué pasa por la séptima con 18” . Había una cantidad de
gente saqueando los almacenes y recuerdo que a unos tipos no les gustó nada que
yo anduviera con cámara. Entonces empezaron a gritarme, con machete en mano,
que me iban a matar. Gracias a Dios reaccioné rápido y les dije: ‘No, pero si
yo voy a llevar esta cámara a que me la arreglen’, y los tipos me creyeron y
terminaron dándome whisky y galletas”, recuerda. Ese día Caicedo no tomó una
sola foto, pero la pasión por el oficio se le pegó al alma.
Aunque él ya no lo recuerda, según un
texto de William Fernando Martínez, titulado “Carlos Caicedo, el hombre de los
instantes”, al día siguiente volvió al centro de Bogotá a ver qué encontraba.
“En plena avenida Jiménez subió a un autobús con unos estudiantes de la
Universidad Nacional que ayudaban a evacuar cadáveres. Apenas alcanzaron a
doblar la primera esquina cuando un retén militar los obligó a descender del
bus y pararse de espaldas contra un muro con las manos arriba. El oficial al
mando amenazó con fusilarlos a todos... Los estudiantes voltearon a mirar y:
ahí estaban... los soldados, divertidos, disparando contra el cielo. Los
oficiales se rieron y se fueron. Caicedo los siguió y también disparó: de ahí
salió su primera foto publicada en El Tiempo con el crédito de Foto
Sady: ‘El francotirador, un soldado cegado por las cenizas aprieta el gatillo
desesperadamente’ ”.
Poco después compró su primera cámara, una
Nikon. Y un año más tarde, cuando los periódicos comenzaban a inaugurar sus
propios departamentos de fotografía, llegó a El Siglo, entonces dirigido
por Álvaro Gómez Hurtado.
En 1949, su primer año como fotógrafo del
diario conservador, vivió un episodio difícil de olvidar. El presidente de la
República, Mariano Ospina Pérez, fue invitado a inaugurar un nuevo pabellón del
hospital San Juan de Dios. Caicedo se acercó excesivamente al mandatario cuando
iba subiendo por unas escaleras, y en ese momento el flash de la cámara –tal
vez una Busch Pressman con bombillos de filamento– hizo corto y estalló a
espaldas del presidente, quien se volteó a reclamarle. “Cuando él siguió, mi
papá vio que le había quedado un roto grande en el pantalón y que se le veían
los calzoncillos, entonces salió corriendo”, cuenta Felipe, el único de sus
seis hijos que se dedicó a la reportería gráfica. Sobre ese hecho, Caicedo solo
asegura: “Me dio una vergüenza terrible, pero son detalles”.
Es precisamente la capacidad de darse
cuenta de los detalles lo que hace que su ojo sea tan singular y codiciado. “En
realidad uno no tiene que hacer maromas para lograr una buena foto. Hay que
observar con cuidado la vida cotidiana, eso es todo”.
Fue un reportaje sobre la llegada de los
jugadores de Millonarios, después de un triunfo internacional, lo que le dio la
oportunidad de comenzar a explorar una mirada más íntima de los hechos.
Caicedo, fiel hincha de Santa Fe, encontró en el equipo rival la oportunidad
perfecta para mostrar otra faceta del suceso. Observando y callando, lejos de
los demás reporteros que buscaban la foto del equipo formado en cuclillas,
sorprendió a los jugadores llorando mientras saludaban a sus madres y esposas.
La foto publicada en El Siglo superaba a toda la competencia, y los
directivos de otros periódicos empezaron a poner sus ojos en el artífice de
esas imágenes.
En 1951 dejó el diario conservador cuando
el editor fotográfico Heriberto Wolf le ofreció trabajo en la
revista Semana. “Después me contactó Enrique Santos y me fui a trabajar
con ellos ganándome la escandalosa suma de treinta pesos mensuales”.
En el diario de los Santos
En 1954, Caicedo comenzó su trabajo
en El Tiempo. Fue allí donde consolidó un estilo que lo convertiría en uno
de los mejores reporteros gráficos del siglo XX en Colombia. Literalmente,
viajó por el país de arriba a abajo: estuvo en los Llanos, donde además de
fotografiar la entrega de Guadalupe Salcedo también dirigió su mirada a los
jóvenes soldados del ejército; siguió pedaleo tras pedaleo el trajín de los
ciclistas en la Vuelta a a Colombia; fotografió con gracia sin par los
encuentros de la tradición y la modernidad en fincas de Risaralda o el Quindío;
se montó en barcos, en lanchas, en aviones, en buses de escalera. A fuerza de
oficio y misticismo, “Caicedito” (como le decían los Santos) registró algunos
de los acontecimientos históricos más importantes y, casi sin proponérselo,
captó decenas de imágenes –hoy piezas clásicas– de la vida en nuestro país.
En su primer lustro en El
Tiempo protagonizó el escándalo más célebre de su carrera. Hernando Santos
recordó el hecho en su columna “Detrás de la noticia”, en junio de 1976: “El
presidente Guillermo León Valencia había convocado secretamente a una reunión
privada en casa de un destacado economista. Allí se debería discutir la gestión
oficial y si era necesario buscarle nuevos rumbos. Carlos Caicedo con su
máquina alerta montó guardia. Valencia salió hacia Palacio cuando aclaraba el
día. La discusión no había sido fácil y el muy noble y simpático mandatario se
encontraba agotado y nervioso. Cuando el flash de la cámara de Caicedo lo
captó, el presidente no pudo contener su ira y lo agredió causando daños a su
equipo de trabajo”.
Valencia le pegó tres patadas en una
pierna y arruinó para siempre su cámara más preciada: la Rolleiflex. Sin
embargo, para Caicedo aquella noche no sucedió nada extraordinario. “No me
gusta hablar de eso, no quiero que piensen que quiero protagonismo, fue un
error del presidente, nada más”.
En 1965 su foto de Alfonso Romero, el niño
de once años con la ropa sucia y la mirada perdida que recibe suero en su brazo
derecho, le dio la vuelta al mundo en la revista Life y a través de
varias agencias de prensa. Era el testimonio gráfico del envenenamiento con
Folidol que padecieron 230 personas por comer los productos de una panadería de
Chiquinquirá. “Vi al chino ahí tirado, entré, tomé la foto y salí; fue cuestión
de segundos”, explica.
En 1981 tomó otra de sus imágenes más
conocidas. Tenía que cubrir una corrida, tema que jamás disfrutó. El sol
rechinaba en la plaza de toros y la sombra del torero alargada sobre la arena
le recordó las formas distorsionadas que había visto en los dibujos de toros de
Picasso. Entonces fue al apartamento de su amigo Daniel Samper Pizano en las
Torres del Parque, se acercó a la ventana, y ¡zas!, disparó con la Leica de 35
milímetros. Al día siguiente apareció en el periódico la imagen titulada
“Imitando a Picasso”.
“Con esa foto, Carlos demostró que tenía
las dos miradas, la periodística y la artística”, asegura Rafael Santos, quien
de niño conoció al reportero y luego fue su jefe en El Tiempo. Sin
embargo, para Caicedo la conquista de esa imagen fue solo un momento de azar.
“Se me ocurrió sacar la foto desde arriba para salir con algo distinto”. Otra
vez los golpes, fuertes, constantes. “Qué más le puedo decir, tuve suerte”.
Aunque insista en ello, es claro que
fotografías como éstas no solo dependen de la casualidad, sino también del ojo
de un buen cazador. El mismo ojo gracias al cual el mundo pudo ver en 1965 a un Martín Emilio
Cochise extenuado, tirado en el piso, con una botella de gaseosa entre de las
piernas, o al presidente Alfonso López Michelsen con una pícara sonrisa
mientras recibía un obsequio de dos modelos en vestido de baño. Fotos que sus
presas jamás notaron. Como tampoco lo notó la mujer que la policía desalojó de
una casa en el centro de Bogotá por vivir con una manada de perros
callejeros.
Sobre esa secuencia, con la que ganó el
Premio Simón Bolívar de periodismo gráfico en 1976, Caicedo comenta: “La señora
le lanzó orines a la policía para defenderse y luego se desmayó. En ese momento
más de cuarenta perros la rodearon para protegerla. Yo observé el detalle,
estaba bien parado. Fue suerte”.
Desde el tercer piso del diario, en la
avenida Jiménez con sexta, exploró uno de los temas más frecuentes en su obra:
la lluvia. Un niño que escapa de un torrencial aguacero, una pareja saltando un
charco en el que se reflejan sus cuerpos, tres colegialas al caer en un arroyo,
un hombre con paraguas brincando para esquivar el agua. Son imágenes que evocan
la fotografía de otro grande: Henri Cartier-Bresson. Hoy, Caicedo reconoce el
impacto que sintió cuando Guillermo Gómez Moncayo, jefe de redacción de El
Siglo, le enseñó por primera vez el trabajo del reportero francés. “Estábamos
haciendo cosas similares, pero yo ya tenía mi estilo, nunca quise copiarlo,
aunque lo he admirado toda la vida”.
También la imagen de una niña abrazando
una botella de leche recuerda una foto de Cartier-Bresson en la que un niño
camina con dos botellas de vino, pero mientras éste luce una sonrisa orgullosa,
la niña retratada por Caicedo refleja en su mirada apagada un entorno solitario
y sombrío. Los niños aparecen de manera recurrente en su trabajo. Le pregunto
si puede tratarse de una manera de exorcizar su infancia humilde y solitaria,
pero lo niega. “Retratar niños no significó nada para mí, eran cosas del
trabajo. La lluvia sí. Ése es un tema que siempre me ha llamado la atención sin
saber por qué”.
Cambio de foco
El trabajo de Caicedo en El
Tiempo no se redujo a la fotografía. Durante diez años escribió la columna
“Cámara y Letras”, dedicada a explorar con humor e ironía el oficio del
reportero gráfico y situaciones cotidianas que en ocasiones recreaba con
divertidas parodias, como la incomodidad de una señora bogotana cuando le piden
limosna en un bus, el diálogo con sus jefes en el momento en que le solicitaron
que fuera jurado en una exposición de fotografía en Cúcuta, o la historia del
niño que se coló en una rifa de balones de fútbol en El Campín. “Eran temas
cotidianos escritos en un lenguaje muy sencillo, sin pretensiones. Disfruté
hacer la columna, pero cuando me nombraron jefe de fotografía ya no me quedó
tiempo ni para eso”.
Serio y con fama de malgeniado, fueron
pocos los que presenciaron la faceta de bufón del reportero, de la cual dan
testimonio varias fotos que le tomaron en la época. Fabio Cardona, reportero
gráfico de El Tiempo entre 1963 y 1990, rememora cómo el cuarto
oscuro en muchas ocasiones fue el escenario de las picardías lideradas por
Caicedo. “En esa época el cuarto oscuro tenía doble puerta; en la segunda
nosotros poníamos una caja para que cuando entrara don Hernando le cayera en la
cabeza. O colocábamos un platón con agua fría para que se le mojaran los pies.
Él gritaba: ‘¡Estos pendejos!’, y después se le pasaba la piedra. Con don
Enrique no se podía hacer eso. Yo también fui víctima de las travesuras de
Carlos. Una noche tomé tanto que me quedé a dormir en el cuarto oscuro y Caicedo
aprovechó para ponerme un vómito de plástico al lado. ¿Se imagina la vergüenza
que pasé?”.
Pero Caicedo hoy no recuerda ninguna de
esas bromas, ni las reuniones que realizaba con sus compañeros en el cuarto
oscuro para tomarse un aguardiente y ver las fotos indiscretas –un escote, una
mujer mal sentada– que hacían cuando debían cubrir lo que más detesta un
reportero gráfico: eventos sociales. “Son cuentos. Mi vida ha sido muy
discreta, nada de maromas”. Su espalda se yergue, sus nudillos vuelven a
descargar golpes, fuertes, constantes. Pronuncia una tercera sentencia para
dejarlo muy claro: “Mire, por eso no me gustan las entrevistas, porque la gente
puede malinterpretar las cosas. Pero de todas maneras mil gracias por el
sacrificio que está haciendo aquí conmigo”.
El periódico creció y en 1978 se trasladó
a su actual sede en la avenida El Dorado. Las noches de bohemia, acostumbradas
en lugares como el Café Pasaje, El Automático y el San Carlos, tuvieron que
aceptar la redacción del diario como su nuevo espacio, el cuarto oscuro se
convirtió en una especie de bodega donde se guardaban las botellas de whisky y
aguardiente, y los frascos de tapa gris de los rollos de fotografía sirvieron
de improvisadas copas. Caicedo, nombrado jefe de fotografía en 1977, también
tuvo que adaptarse a una labor que lo privó de lo que más disfrutaba: salir a
tomar fotos. “No me gustó mucho el nombramiento, pero tocaba. Yo no lo pedí y
mi cargo se volvió más simbólico”.
Para Rafael Santos, el periódico se
equivocó designándolo editor. “Privamos a El Tiempo de un gran
fotógrafo. Un editor tiene otro perfil y a él le gustaba salir a hacer las
fotos, eso precipitó su pensión, que es ridícula. Sé que le dio muy duro”. A
ello añade Miguel Díaz, reportero gráfico del periódico entre 1965 y 1994, que
el carácter de Caicedo le causó a éste muchos problemas con sus compañeros.
“Perdimos un buen fotógrafo y nos ganamos un mal jefe. Era muy temperamental”,
me dijo.
En 1986 Caicedo dejó el periódico. Hoy
afirma que le dolió irse, pero que su relación con los Santos siempre fue
buena. “Al poco tiempo el jefe, Rafa, me llamó para que le diera una mano en la
Facultad de Periodismo de la Universidad Central, de la que él era decano, y
ahí estoy desde el año 90. El cambio de trabajo me permitió reencontrarme con
mi familia”.
El sueño de Blanca
En treinta años, Blanca Chacón no ha
abandonado la idea de hacer un libro con algunas de las imágenes que durante
décadas captó el lente de su esposo. Un sueño que varias personas han tratado
de cumplir a través de diversos caminos.
A pesar de los esfuerzos, en el último
lustro solo un intento por rescatar su obra ha dado frutos: la muestra que el
Fotomuseo organizó en el 2000 con 58 de sus mejores fotografías. “Caicedo es el
maestro de maestros de la reportería gráfica en Colombia –cuenta Gilma Suárez,
directora del Fotomuseo–. Cuando lo busqué se sorprendió de que alguien se
fijara en su trabajo, tal vez porque creyó que sus fotos nunca iban a ser
importantes, pero luego accedió a prestarme varios negativos que estaban en muy
mal estado. Debido al éxito de la exposición el banco Davivienda quiso publicar
un libro con sus fotos, pero por falta de material no se pudo hacer nada... Yo
sigo esperando que el Ministerio de Cultura le dé el premio de toda una vida
por su obra, ése es el verdadero reconocimiento que él se merece”.
Maryluz Vallejo, directora de la revista
Directo Bogotá, y Katia González, viuda del periodista y escritor Arturo Alape,
también soñaron con rendirle un homenaje en vida al maestro. “En 2007 lo
buscamos con el propósito de ver las fotografías que guardaba y constatamos que
solo tenía unas cien. Entonces fuimos al archivo de El Tiempo y nos enteramos
de que está bastante incompleto, solo hay fotos a partir de mediados de los años
setenta. Simplemente estábamos explorando la posibilidad de recoger su obra y
si encontrábamos material suficiente queríamos presentar un proyecto en las
convocatorias del Distrito. Pero nos desanimó la falta de material”, dice
Vallejo.
Al visitar a Caicedo comprobé que esta
afirmación no podía ser cierta. Entre lo que sacó de las cajas y los sobres de
manila podían llegar a sumar más de trescientas fotografías y mil negativos,
material suficiente para hacer un libro o planear una exposición.
En 2008, otro intento por rescatar la obra
de Caicedo fue liderado por Beatriz González (quien de 1966 a 1981 formó tres
carpetas con decenas de recortes con fotos del reportero) y el profesor e
investigador de la Universidad Nacional, Miguel Huertas. “Yo estaba interesada
en que se hiciera una muestra sobre Caicedo en el Museo de Arte de la
Universidad Nacional porque lo considero el gran reportero gráfico del país,
pero se terminó haciendo una exposición sobre las fuentes de mi obra –sostiene
González–. Si tuviera tiempo me volvería a vincular al proyecto, pero creo que
hay jóvenes investigadores que pueden trabajarlo”.
Por su parte, Miguel Huertas asegura que
la idea era realizar una exhibición de la obra de Caicedo desde la mirada de
González para relacionar el papel de la fotografía y la prensa en la
modernidad. “Esa exposición habría sido muy importante. Lamentablemente no se
pudo realizar por la falta de apoyo del museo. Veo muy difícil retomarla
ahora”.
Con libro o sin él, al margen de la
atención que muchos sienten que merece, Caicedo asegura haber quedado
satisfecho con su trabajo, no feliz. “Qué se puede decir que es la felicidad,
yo no lo sé ni creo mucho en esa palabra. Lo que sí tengo claro es que cumplí
con mi deber de informar y de llevar noticias en imágenes al lector. Pero nada
de pensar que fui el mejor del país, eso es un cepillazo que me dan los
amigos”. Y otra vez sus nudillos y esos golpes y el afán de quien quiere
terminar una entrevista a la que no le encuentra sentido, tal vez el agotamiento
de explicar lo que solo se puede entender a través de sus imágenes.
Con parsimonia levanta sus tesoros, esas
fotografías que registraron la historia política y social del país por más de
cuatro décadas. Unas regresan a un sobre de manila arrugado, otras van a la
caja que una vez fue de zapatos. El blanco y negro, las sombras alargadas, los
reflejos de los cuerpos en el agua, los niños de mirada triste, la gente
escapando de la lluvia. Esos momentos precisos, solitarios, casi milagrosos.
Todo queda ahí: en una caja, en un sobre.
Articulo : http://www.elmalpensante.com
Septiembre 2011

