samedi 15 octobre 2011

María Alexandra CABRERA/ El cazador invisible




Artículo : Un perfil de Carlos Caicedo
El cazador invisible
Por María Alexandra Cabrera

A lo largo de cinco décadas, Carlos Caicedo acumuló un valioso testimonio fotográfico del siglo XX en Colombia. Este perfil recorre su vida, sus fotos emblemáticas y algunos grandes episodios capturados por su cámara. Reconocimiento a uno de los más importantes reporteros gráficos de un país que ha dado poco a esa profesión.

Buena parte de la historia de la reportería gráfica colombiana reposa en tres sobres de manila y algunas cajas guardadas en el clóset de Carlos Caicedo.

A los 81 años, camina con pasos muy cortos que emiten un chirrido áspero. En la mano derecha sostiene un bastón que usa hace seis meses por un desgaste de los meniscos. En la izquierda, los sobres en los que atesora cientos de fotografías y casi mil negativos.

Desparrama las fotos y comienza a rememorar situaciones al paso de las imágenes. “Ésta fue una Vuelta a Colombia en la que capté a los coleros con una fila de carros atrás; la tomé desde arriba, un ángulo que me gustaba mucho porque en el periódico me decían enano y yo con esas fotos demostraba que no lo era. Ésta otra es la única toma aérea del incendio del edificio de Avianca. Tuve suerte porque el que manejaba el helicóptero me conocía y me subió. Ésta es la del ciclista Efraín Forero el día de su matrimonio; si están mirando a la cámara es porque me conocían. Yo los llamé y voltearon a mirarme, no es que estuvieran posando, yo detesto ese tipo de fotos”. Los nudillos de la mano derecha descargan continuos golpes sobre la mesa. Su espalda se yergue y una voz acompasada lanza su primera sentencia: “No vaya a pensar que yo soy un héroe, he tenido una vida demasiado normal”.

Vive con dos gatos negros y con Blanca, su esposa desde hace sesenta años. “Yo he tenido mucha fortuna en la vida, sobre todo con la compañera que me tocó, ella ha sido mi brazo derecho”, dice y sus ojos verdes se iluminan. 

En la sala hay dos sofás, uno crema y uno verde biche, dos sillas forradas con terciopelo vinotinto y una mesa redonda cercada por cuatro sillas. Las paredes están decoradas con algunos de los diplomas de sus premios: el Simón Bolívar, el título de periodista que le otorgó el Ministerio de Comunicaciones en los años ochenta; una carta del entonces ministro de Hacienda, Juan Manuel Santos, felicitándolo por la exposición que el Fotomuseo realizó con su obra en el año 2000 y afiches de las exposiciones de tres amigos artistas: Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar y Ana Mercedes Hoyos.

Tiene una biblioteca repleta de clásicos: El viejo y el mar, Las uvas de la ira, La odisea, La vorágine, El corazón de las tinieblas. En esos estantes también está uno de sus mayores tesoros: una edición de 1973 de Cien años de soledad con una dedicatoria del autor: “Para Blanca con compasión por la vaina que le tocó. Gabo”. Frente a la biblioteca hay una repisa con su colección de cámaras: la Rolleiflex abollada por los golpes que le dio el ex presidente Valencia, una Graflex de veinte libras que tenía como flash un bombillo, una Leica, una Capri para hacer filmaciones de ocho milímetros que casi no ha usado y dos cámaras digitales, una Canon y una Kodak. 

En la Kodak me muestra las últimas fotografías que ha hecho. “No tomo fotos todos los días, pero cuando veo algún detalle no dudo en disparar; el problema es que físicamente estoy anulado. Además, el digitalismo no me gusta, uno no se puede volver carguero por el hecho de que la máquina haga todo. Mire, aquí hay una foto del trancón de la 26 que saqué hace unos días desde el puente. El detalle es el ángulo”. Y así, desde las alturas, enseña el techo de algunos buses rodeados por la contaminación. 

Su vida está llena de rutinas inamovibles: caminar hasta la Iglesia de San Alfonso, desayunar una taza de chocolate y pan, rezar el rosario, y llenar los bolsillos de su chaqueta con unos pocos objetos sin los que se siente incapaz de salir de casa: un cortaúñas, dos micropuntas, una libreta y una cámara Kodak de 8.2 megapixeles que su hija Margarita le trajo de Miami. A las nueve llega a la Unidad de Medios Audiovisuales de la Universidad Central, donde ejerce como coordinador del Departamento de Fotografía. “Aquí me tienen porque al jefe Rafael Santos le caigo bien, pero estoy esperando que la universidad me retire. No quisiera volver, pero necesito esa entrada. Además, quisiera dedicarme a la caricatura”.

“Una vida demasiado normal”

Caicedo nació el 20 de septiembre de 1929 en Cáqueza, Cundinamarca, y llegó a Bogotá cuando tenía seis meses. Sus padres, Oliverio Caicedo y Margarita Zambrano, dos campesinos desplazados de su tierra por los violentos enfrentamientos entre liberales y conservadores, arribaron a la capital en busca de una vida más tranquila. La utopía se desvaneció a los pocos meses cuando los godos mataron a Oliverio en un pueblo de los Llanos a donde Carlos jamás supo por qué su viejo había ido. 

Sola con dos hijos, Margarita alquiló una pieza en el popular barrio Restrepo y empezó a trabajar en lo primero que le ofrecieron: vender leche en cantinas. Carlos, quien desde muy niño era callado y discreto, en ocasiones acompañaba a su madre a trabajar. Otras veces permanecía solo en la pieza observando la vida del barrio. De Luis, su hermano menor, con quien perdió contacto hace varias décadas, no tiene recuerdos de esa época. Su madre no lo podía mantener y una señora con mayores posibilidades económicas aceptó llevárselo. Eso es lo único que sabe de él, además de que no ha muerto. 

Desde el día en que su madre consiguió trabajo como empleada del servicio en una elegante casa del barrio Teusaquillo, la soledad marcó la infancia de Carlos Caicedo. Tenía seis años y durante los dos siguientes su hogar fue un internado de la Cruz Roja en el que compartió cuarto con treinta niños más y cumplió estoicamente la rutina de levantarse al amanecer, hacer gimnasia y rezar alguna oración. Durante el día asistía entusiasmado al colegio Acevedo Tejada, donde estudió la primaria hasta que una de sus tías se lo llevó a pastorear vacas cerca de la hacienda presidencial Hatogrande.

En el campo no duró mucho tiempo. Con once años llegó al estudio Foto Schimmer –una tía se enteró de que necesitaban un chino mandadero–, ubicado en la calle 12 entre carreras sexta y séptima. Allí se limitó a cumplir, observando y callando, con su nuevo trabajo: hacer mandados, lavar cubetas y aprender a retocar negativos y a revelar las fotos que su patrón, el alemán Emilio Schimmer, le entregaba en un chasís de 20 x 25 centímetros. La recompensa: seis pesos mensuales, un poco más de un salario mínimo de hoy.

Por discreto y callado, virtudes que asegura le han servido para toda la vida, se ganó la estima de su patrón y de su esposa Isabel Garay, quienes le ofrecieron como residencia el cuarto de la azotea de su casa, en la calle 21 con carrera quinta. “Era una amistad muy lejana; ellos en el comedor y yo en la cocina con la servidumbre”. De nuevo los golpes en la mesa, fuertes, constantes. Suelta su segunda sentencia y su voz produce un quiebre casi imperceptible: “Nunca tuve nada extraordinario”.

Sin embargo, los tres años que vivió donde los Schimmer lo cambiaron para siempre. En la casa del alemán descubrió su gusto por la lectura, el vals y la caricatura. Fue la pasión por esta última la que le reveló que no solo servía para hacer mandados y lavar cubetas. Diariamente copiaba las tiras cómicas que salían en el periódico y soñaba con ser un gran dibujante. “Alguna vez hice algo en Semana, pero el trabajo me absorbió. Ahora he pensado retomar esa vieja pasión, pero si lo hago tengo que consagrarme exclusivamente a eso”.

Caicedo estuvo expuesto a la manera de retratar de Schimmer, quien según cuenta Daniel Samper Pizano se tomaba su tiempo para realizar cada retrato. “Llegaba el cliente (por lo general niños y jovencitas), lo desnudaba (si era niño, por supuesto: a las jovencitas les agregaba una pañoleta), lo colocaba encima de una alfombra (niño) o al pie de una columna con un falso paisaje al fondo (jovencita), lo aquietaba durante tres segundos, chequeaba luces, se metía debajo del paño negro, alzaba la mano y disparaba la máquina”. 

Un día, mientras buscaba las tiras cómicas, descubrió una foto de un arquero suspendido en el aire con las manos estiradas buscando el balón. La imagen le demostró que había otra manera de hacer fotografías y lo hizo olvidar por siete lustros el dibujo. Sin esos momentos de total quietud que Schimmer les exigía a sus clientes, Caicedo no creía que fuera posible sacar una foto. Ésta del arquero flotando se convirtió en una obsesión. ¿Cómo se había logrado esa imagen?, ¿con qué cámara se había tomado? 

Al poco tiempo, tal vez un cliente o un empleado del estudio le entregó un regalo definitivo: una Kodak de plástico destartalada. Caicedo examinó aquel objeto que no parecía tener nada en común con la aparatosa cámara de fuelle a la que le quitaba el polvo a diario y sentenció, a sus catorce años, que podría arreglarla. Pegó algunos pedazos con cinta y las partes más afectadas con cola. Luego, sin que nadie lo viera, se internó en el cuarto oscuro y arrancó un pedazo de película de un rollo de 828 que fijó en la Kodak remendada. El sábado, día en que se metía hora y media en un bus para ir a Soacha a ver a su madre, probaría la cámara. 

En el campo disparó a lo primero que le llamó la atención: dos campesinos arando la tierra. “¡Zas!”, sintió por primera vez el sonido seco de la cámara. Para su sorpresa la foto estaba enfocada y con buen encuadre. Pasaron más de tres años antes de que tomara otra fotografía.

Tiempos de Rolleiflex

En 1947 empezó a trabajar como laboratorista en el estudio de Sady González, el primer fotógrafo en abrir una oficina de reportería gráfica en Colombia, la cual vendía fotos a periódicos como El Tiempo, El Espectador, El Siglo y El Liberal. Ahora ganaba veinte pesos mensuales, suficiente para la alimentación y una pieza en el Restrepo. 

Pero fue el 9 de abril de 1948 aquello que lo obligó a despertar el ojo y asumir una pasión a la que no podría darle más demoras: la reportería gráfica. 

“Sady me equipó con una Rolleiflex y me dijo: ‘Vaya a ver qué pasa por la séptima con 18”. Había una cantidad de gente saqueando los almacenes y recuerdo que a unos tipos no les gustó nada que yo anduviera con cámara. Entonces empezaron a gritarme, con machete en mano, que me iban a matar. Gracias a Dios reaccioné rápido y les dije: ‘No, pero si yo voy a llevar esta cámara a que me la arreglen’, y los tipos me creyeron y terminaron dándome whisky y galletas”, recuerda. Ese día Caicedo no tomó una sola foto, pero la pasión por el oficio se le pegó al alma. 

Aunque él ya no lo recuerda, según un texto de William Fernando Martínez, titulado “Carlos Caicedo, el hombre de los instantes”, al día siguiente volvió al centro de Bogotá a ver qué encontraba. “En plena avenida Jiménez subió a un autobús con unos estudiantes de la Universidad Nacional que ayudaban a evacuar cadáveres. Apenas alcanzaron a doblar la primera esquina cuando un retén militar los obligó a descender del bus y pararse de espaldas contra un muro con las manos arriba. El oficial al mando amenazó con fusilarlos a todos... Los estudiantes voltearon a mirar y: ahí estaban... los soldados, divertidos, disparando contra el cielo. Los oficiales se rieron y se fueron. Caicedo los siguió y también disparó: de ahí salió su primera foto publicada en El Tiempo con el crédito de Foto Sady: ‘El francotirador, un soldado cegado por las cenizas aprieta el gatillo desesperadamente’ ”. 

Poco después compró su primera cámara, una Nikon. Y un año más tarde, cuando los periódicos comenzaban a inaugurar sus propios departamentos de fotografía, llegó a El Siglo, entonces dirigido por Álvaro Gómez Hurtado. 

En 1949, su primer año como fotógrafo del diario conservador, vivió un episodio difícil de olvidar. El presidente de la República, Mariano Ospina Pérez, fue invitado a inaugurar un nuevo pabellón del hospital San Juan de Dios. Caicedo se acercó excesivamente al mandatario cuando iba subiendo por unas escaleras, y en ese momento el flash de la cámara –tal vez una Busch Pressman con bombillos de filamento– hizo corto y estalló a espaldas del presidente, quien se volteó a reclamarle. “Cuando él siguió, mi papá vio que le había quedado un roto grande en el pantalón y que se le veían los calzoncillos, entonces salió corriendo”, cuenta Felipe, el único de sus seis hijos que se dedicó a la reportería gráfica. Sobre ese hecho, Caicedo solo asegura: “Me dio una vergüenza terrible, pero son detalles”. 

Es precisamente la capacidad de darse cuenta de los detalles lo que hace que su ojo sea tan singular y codiciado. “En realidad uno no tiene que hacer maromas para lograr una buena foto. Hay que observar con cuidado la vida cotidiana, eso es todo”.

Fue un reportaje sobre la llegada de los jugadores de Millonarios, después de un triunfo internacional, lo que le dio la oportunidad de comenzar a explorar una mirada más íntima de los hechos. Caicedo, fiel hincha de Santa Fe, encontró en el equipo rival la oportunidad perfecta para mostrar otra faceta del suceso. Observando y callando, lejos de los demás reporteros que buscaban la foto del equipo formado en cuclillas, sorprendió a los jugadores llorando mientras saludaban a sus madres y esposas. La foto publicada en El Siglo superaba a toda la competencia, y los directivos de otros periódicos empezaron a poner sus ojos en el artífice de esas imágenes. 

En 1951 dejó el diario conservador cuando el editor fotográfico Heriberto Wolf le ofreció trabajo en la revista Semana. “Después me contactó Enrique Santos y me fui a trabajar con ellos ganándome la escandalosa suma de treinta pesos mensuales”.

En el diario de los Santos

En 1954, Caicedo comenzó su trabajo en El Tiempo. Fue allí donde consolidó un estilo que lo convertiría en uno de los mejores reporteros gráficos del siglo XX en Colombia. Literalmente, viajó por el país de arriba a abajo: estuvo en los Llanos, donde además de fotografiar la entrega de Guadalupe Salcedo también dirigió su mirada a los jóvenes soldados del ejército; siguió pedaleo tras pedaleo el trajín de los ciclistas en la Vuelta a a Colombia; fotografió con gracia sin par los encuentros de la tradición y la modernidad en fincas de Risaralda o el Quindío; se montó en barcos, en lanchas, en aviones, en buses de escalera. A fuerza de oficio y misticismo, “Caicedito” (como le decían los Santos) registró algunos de los acontecimientos históricos más importantes y, casi sin proponérselo, captó decenas de imágenes –hoy piezas clásicas– de la vida en nuestro país.

En su primer lustro en El Tiempo protagonizó el escándalo más célebre de su carrera. Hernando Santos recordó el hecho en su columna “Detrás de la noticia”, en junio de 1976: “El presidente Guillermo León Valencia había convocado secretamente a una reunión privada en casa de un destacado economista. Allí se debería discutir la gestión oficial y si era necesario buscarle nuevos rumbos. Carlos Caicedo con su máquina alerta montó guardia. Valencia salió hacia Palacio cuando aclaraba el día. La discusión no había sido fácil y el muy noble y simpático mandatario se encontraba agotado y nervioso. Cuando el flash de la cámara de Caicedo lo captó, el presidente no pudo contener su ira y lo agredió causando daños a su equipo de trabajo”. 

Valencia le pegó tres patadas en una pierna y arruinó para siempre su cámara más preciada: la Rolleiflex. Sin embargo, para Caicedo aquella noche no sucedió nada extraordinario. “No me gusta hablar de eso, no quiero que piensen que quiero protagonismo, fue un error del presidente, nada más”. 

En 1965 su foto de Alfonso Romero, el niño de once años con la ropa sucia y la mirada perdida que recibe suero en su brazo derecho, le dio la vuelta al mundo en la revista Life y a través de varias agencias de prensa. Era el testimonio gráfico del envenenamiento con Folidol que padecieron 230 personas por comer los productos de una panadería de Chiquinquirá. “Vi al chino ahí tirado, entré, tomé la foto y salí; fue cuestión de segundos”, explica. 

En 1981 tomó otra de sus imágenes más conocidas. Tenía que cubrir una corrida, tema que jamás disfrutó. El sol rechinaba en la plaza de toros y la sombra del torero alargada sobre la arena le recordó las formas distorsionadas que había visto en los dibujos de toros de Picasso. Entonces fue al apartamento de su amigo Daniel Samper Pizano en las Torres del Parque, se acercó a la ventana, y ¡zas!, disparó con la Leica de 35 milímetros. Al día siguiente apareció en el periódico la imagen titulada “Imitando a Picasso”. 

“Con esa foto, Carlos demostró que tenía las dos miradas, la periodística y la artística”, asegura Rafael Santos, quien de niño conoció al reportero y luego fue su jefe en El Tiempo. Sin embargo, para Caicedo la conquista de esa imagen fue solo un momento de azar. “Se me ocurrió sacar la foto desde arriba para salir con algo distinto”. Otra vez los golpes, fuertes, constantes. “Qué más le puedo decir, tuve suerte”.

Aunque insista en ello, es claro que fotografías como éstas no solo dependen de la casualidad, sino también del ojo de un buen cazador. El mismo ojo gracias al cual el mundo pudo ver en 1965 a un Martín Emilio Cochise extenuado, tirado en el piso, con una botella de gaseosa entre de las piernas, o al presidente Alfonso López Michelsen con una pícara sonrisa mientras recibía un obsequio de dos modelos en vestido de baño. Fotos que sus presas jamás notaron. Como tampoco lo notó la mujer que la policía desalojó de una casa en el centro de Bogotá por vivir con una manada de perros callejeros. 

Sobre esa secuencia, con la que ganó el Premio Simón Bolívar de periodismo gráfico en 1976, Caicedo comenta: “La señora le lanzó orines a la policía para defenderse y luego se desmayó. En ese momento más de cuarenta perros la rodearon para protegerla. Yo observé el detalle, estaba bien parado. Fue suerte”. 

Desde el tercer piso del diario, en la avenida Jiménez con sexta, exploró uno de los temas más frecuentes en su obra: la lluvia. Un niño que escapa de un torrencial aguacero, una pareja saltando un charco en el que se reflejan sus cuerpos, tres colegialas al caer en un arroyo, un hombre con paraguas brincando para esquivar el agua. Son imágenes que evocan la fotografía de otro grande: Henri Cartier-Bresson. Hoy, Caicedo reconoce el impacto que sintió cuando Guillermo Gómez Moncayo, jefe de redacción de El Siglo, le enseñó por primera vez el trabajo del reportero francés. “Estábamos haciendo cosas similares, pero yo ya tenía mi estilo, nunca quise copiarlo, aunque lo he admirado toda la vida”. 

También la imagen de una niña abrazando una botella de leche recuerda una foto de Cartier-Bresson en la que un niño camina con dos botellas de vino, pero mientras éste luce una sonrisa orgullosa, la niña retratada por Caicedo refleja en su mirada apagada un entorno solitario y sombrío. Los niños aparecen de manera recurrente en su trabajo. Le pregunto si puede tratarse de una manera de exorcizar su infancia humilde y solitaria, pero lo niega. “Retratar niños no significó nada para mí, eran cosas del trabajo. La lluvia sí. Ése es un tema que siempre me ha llamado la atención sin saber por qué”.

Cambio de foco

El trabajo de Caicedo en El Tiempo no se redujo a la fotografía. Durante diez años escribió la columna “Cámara y Letras”, dedicada a explorar con humor e ironía el oficio del reportero gráfico y situaciones cotidianas que en ocasiones recreaba con divertidas parodias, como la incomodidad de una señora bogotana cuando le piden limosna en un bus, el diálogo con sus jefes en el momento en que le solicitaron que fuera jurado en una exposición de fotografía en Cúcuta, o la historia del niño que se coló en una rifa de balones de fútbol en El Campín. “Eran temas cotidianos escritos en un lenguaje muy sencillo, sin pretensiones. Disfruté hacer la columna, pero cuando me nombraron jefe de fotografía ya no me quedó tiempo ni para eso”.

Serio y con fama de malgeniado, fueron pocos los que presenciaron la faceta de bufón del reportero, de la cual dan testimonio varias fotos que le tomaron en la época. Fabio Cardona, reportero gráfico de El Tiempo entre 1963 y 1990, rememora cómo el cuarto oscuro en muchas ocasiones fue el escenario de las picardías lideradas por Caicedo. “En esa época el cuarto oscuro tenía doble puerta; en la segunda nosotros poníamos una caja para que cuando entrara don Hernando le cayera en la cabeza. O colocábamos un platón con agua fría para que se le mojaran los pies. Él gritaba: ‘¡Estos pendejos!’, y después se le pasaba la piedra. Con don Enrique no se podía hacer eso. Yo también fui víctima de las travesuras de Carlos. Una noche tomé tanto que me quedé a dormir en el cuarto oscuro y Caicedo aprovechó para ponerme un vómito de plástico al lado. ¿Se imagina la vergüenza que pasé?”. 

Pero Caicedo hoy no recuerda ninguna de esas bromas, ni las reuniones que realizaba con sus compañeros en el cuarto oscuro para tomarse un aguardiente y ver las fotos indiscretas –un escote, una mujer mal sentada– que hacían cuando debían cubrir lo que más detesta un reportero gráfico: eventos sociales. “Son cuentos. Mi vida ha sido muy discreta, nada de maromas”. Su espalda se yergue, sus nudillos vuelven a descargar golpes, fuertes, constantes. Pronuncia una tercera sentencia para dejarlo muy claro: “Mire, por eso no me gustan las entrevistas, porque la gente puede malinterpretar las cosas. Pero de todas maneras mil gracias por el sacrificio que está haciendo aquí conmigo”.

El periódico creció y en 1978 se trasladó a su actual sede en la avenida El Dorado. Las noches de bohemia, acostumbradas en lugares como el Café Pasaje, El Automático y el San Carlos, tuvieron que aceptar la redacción del diario como su nuevo espacio, el cuarto oscuro se convirtió en una especie de bodega donde se guardaban las botellas de whisky y aguardiente, y los frascos de tapa gris de los rollos de fotografía sirvieron de improvisadas copas. Caicedo, nombrado jefe de fotografía en 1977, también tuvo que adaptarse a una labor que lo privó de lo que más disfrutaba: salir a tomar fotos. “No me gustó mucho el nombramiento, pero tocaba. Yo no lo pedí y mi cargo se volvió más simbólico”. 

Para Rafael Santos, el periódico se equivocó designándolo editor. “Privamos a El Tiempo de un gran fotógrafo. Un editor tiene otro perfil y a él le gustaba salir a hacer las fotos, eso precipitó su pensión, que es ridícula. Sé que le dio muy duro”. A ello añade Miguel Díaz, reportero gráfico del periódico entre 1965 y 1994, que el carácter de Caicedo le causó a éste muchos problemas con sus compañeros. “Perdimos un buen fotógrafo y nos ganamos un mal jefe. Era muy temperamental”, me dijo. 

En 1986 Caicedo dejó el periódico. Hoy afirma que le dolió irse, pero que su relación con los Santos siempre fue buena. “Al poco tiempo el jefe, Rafa, me llamó para que le diera una mano en la Facultad de Periodismo de la Universidad Central, de la que él era decano, y ahí estoy desde el año 90. El cambio de trabajo me permitió reencontrarme con mi familia”.

El sueño de Blanca

En treinta años, Blanca Chacón no ha abandonado la idea de hacer un libro con algunas de las imágenes que durante décadas captó el lente de su esposo. Un sueño que varias personas han tratado de cumplir a través de diversos caminos. 

A pesar de los esfuerzos, en el último lustro solo un intento por rescatar su obra ha dado frutos: la muestra que el Fotomuseo organizó en el 2000 con 58 de sus mejores fotografías. “Caicedo es el maestro de maestros de la reportería gráfica en Colombia –cuenta Gilma Suárez, directora del Fotomuseo–. Cuando lo busqué se sorprendió de que alguien se fijara en su trabajo, tal vez porque creyó que sus fotos nunca iban a ser importantes, pero luego accedió a prestarme varios negativos que estaban en muy mal estado. Debido al éxito de la exposición el banco Davivienda quiso publicar un libro con sus fotos, pero por falta de material no se pudo hacer nada... Yo sigo esperando que el Ministerio de Cultura le dé el premio de toda una vida por su obra, ése es el verdadero reconocimiento que él se merece”.

Maryluz Vallejo, directora de la revista Directo Bogotá, y Katia González, viuda del periodista y escritor Arturo Alape, también soñaron con rendirle un homenaje en vida al maestro. “En 2007 lo buscamos con el propósito de ver las fotografías que guardaba y constatamos que solo tenía unas cien. Entonces fuimos al archivo de El Tiempo y nos enteramos de que está bastante incompleto, solo hay fotos a partir de mediados de los años setenta. Simplemente estábamos explorando la posibilidad de recoger su obra y si encontrábamos material suficiente queríamos presentar un proyecto en las convocatorias del Distrito. Pero nos desanimó la falta de material”, dice Vallejo. 

Al visitar a Caicedo comprobé que esta afirmación no podía ser cierta. Entre lo que sacó de las cajas y los sobres de manila podían llegar a sumar más de trescientas fotografías y mil negativos, material suficiente para hacer un libro o planear una exposición. 

En 2008, otro intento por rescatar la obra de Caicedo fue liderado por Beatriz González (quien de 1966 a 1981 formó tres carpetas con decenas de recortes con fotos del reportero) y el profesor e investigador de la Universidad Nacional, Miguel Huertas. “Yo estaba interesada en que se hiciera una muestra sobre Caicedo en el Museo de Arte de la Universidad Nacional porque lo considero el gran reportero gráfico del país, pero se terminó haciendo una exposición sobre las fuentes de mi obra –sostiene González–. Si tuviera tiempo me volvería a vincular al proyecto, pero creo que hay jóvenes investigadores que pueden trabajarlo”.

Por su parte, Miguel Huertas asegura que la idea era realizar una exhibición de la obra de Caicedo desde la mirada de González para relacionar el papel de la fotografía y la prensa en la modernidad. “Esa exposición habría sido muy importante. Lamentablemente no se pudo realizar por la falta de apoyo del museo. Veo muy difícil retomarla ahora”.

Con libro o sin él, al margen de la atención que muchos sienten que merece, Caicedo asegura haber quedado satisfecho con su trabajo, no feliz. “Qué se puede decir que es la felicidad, yo no lo sé ni creo mucho en esa palabra. Lo que sí tengo claro es que cumplí con mi deber de informar y de llevar noticias en imágenes al lector. Pero nada de pensar que fui el mejor del país, eso es un cepillazo que me dan los amigos”. Y otra vez sus nudillos y esos golpes y el afán de quien quiere terminar una entrevista a la que no le encuentra sentido, tal vez el agotamiento de explicar lo que solo se puede entender a través de sus imágenes. 

Con parsimonia levanta sus tesoros, esas fotografías que registraron la historia política y social del país por más de cuatro décadas. Unas regresan a un sobre de manila arrugado, otras van a la caja que una vez fue de zapatos. El blanco y negro, las sombras alargadas, los reflejos de los cuerpos en el agua, los niños de mirada triste, la gente escapando de la lluvia. Esos momentos precisos, solitarios, casi milagrosos. Todo queda ahí: en una caja, en un sobre.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Septiembre 2011

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