samedi 1 octobre 2011

Mario CAMPAÑA/Irrestricta independencia



LITERATURA - Poesía
Irrestricta independencia
Por Mario CAMPAÑA

Los poetas latinoamericanos actuales están conectados: Internet, blogs, festivales. Sin negar continuidades, la lengua y el género amplían horizontes mientras avanzan la desconexión histórica y la reducción de la angustia.

Lo que sea la poesía latinoamericana lo sabemos hoy mejor que hace treinta años. A fines de los setenta, conocíamos a dos Premios Nobel y dos mitos modernos: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, César Vallejo y Octavio Paz. Y a otros fundadores: Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Lezama Lima. Y a Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, Enrique Molina, Olga Orozco, Juan Gelman, Roberto Juarroz. Y quizá también a los ‘poetas comunicantes’: Benedetti, Dalton, Adoum, Cardenal, Fernández Retamar, Rojas, Nicanor Parra e Idea Vilariño. A grandes rasgos, esa era la poesía latinoamericana. No existían Westphalen (1911), Giannuzzi (1924), Eielson (1924), Martínez Rivas (1924), Jara Idrovo (1926), Gerardo Deniz (1934) ni Luis A. Martínez (1942), poetas nacionales.

Gracias al espejo cibernético, hoy tenemos a la mano veinte o treinta nuevos poetas de cada país, todos conocidos entre sí (es improbable que haya alguno secreto), pues se encuentran a menudo en los festivales de poesía para jóvenes o en los blogs que mantienen. Con libros de Cravan y Bukowski bajo el brazo, recorren América siguiendo circuitos que les están dedicados. No hay país, región o ciudad que se precie que no tenga su Festival Internacional de Poesía, cuyas repercusiones están todavía por ser evaluadas: de Michoacán (el más antiguo; 1986) a Medellín (1991), de Ciudad de México a Rosario, de Caracas a Quito, de Quetzaltenango a Buenos Aires y Lima, de San Pablo a Pereira, de Santiago de Chile a San Juan de Puerto Rico los festivales se multiplican en Latinoamérica.

Lengua y género

Pero el continente de la poesía se ha ampliado más bien por el lado de la lengua y el género. No en los festivales sino en talleres y casas comunales de provincias algunas lenguas aborígenes como el kichwa, el k’iché, zapoteca, guaraní, mapundungun o nahuált, y lenguas europeas como el inglés y el francés, se han inscrito con dignidad en el mapa poético de Sudamérica y el Caribe. Si la poesía indígena no existió en el espacio público colonial –ni en el republicano, hasta bien avanzado el siglo XX–, y si desde la época prehispánica de la señora de Tula, Axolohua y Macuilxochitzin las tierras americanas no pudieron escuchar poetas indígenas mujeres, los últimos treinta años nos han devuelto las lenguas originarias para la poesía, a hombres y mujeres indígenas –no son sólo Elicura Chihuailaf (mapuche), Humberto Ak’abal (k’iché), Andrés Alencastre (kichwa), Francisco Morales Baranda (náhuatl) o Inma Pineda Santiago (zapoteca)– que hoy versifican en sus lenguas maternas: toda una literatura.

Más visible y más determinante es la revolución que está provocando el desarrollo de la escritura poética de la mujer. Quizá sea válida para toda América Latina la afirmación de la investigadora brasileña Heloísa Buarque de Hollanda que dice: “en los últimos veinticinco años la poesía escrita por mujeres ha sido la fuerza dominante en la nueva literatura brasileña”. Esa poesía es en efecto una fuerza que ya no puede ser soslayada en ningún país. La obra de Diana Bellessi e Irene Gruss tiene tanta presencia como la de Arturo Carrera o Fabián Casas; Elsa Cross o Coral Bracho cuentan tanto como Homero Aridjis o David Huerta; Carmen Ollé no importa menos que Antonio Cisneros. Se trata de una escritura muy diversa, por supuesto, que incide en espacios de crisis con vocación crítica. Crítica de la ética y la estética, la política y la erótica, el lenguaje y la cultura, la vida cotidiana y la trascendente.

Surrealismo, realismo y revolución

Dividir a la poesía tanto por su materia como por su expresión en dos tendencias recurrentes llamadas ‘comunicativa’ y hermética’; o ‘realista’ y ‘surrealista’; o ‘conversacional’ y ‘neobarroca’ puede ser grosero pero no del todo arbitrario. Con muchas gradaciones y colores ideológicos, en América se percibe aún una doble alianza compuesta por la poesía surrealista- expresionista-neobarroca, por una parte, y la realista-comunicativa-experiencial, por otra.

Desde los ochenta el neobarroco es el único movimiento de carácter continental. Teorizado inicialmente en la Cuba de Lezama y Sarduy y el Brasil de Haroldo de Campos, el neobarroco se desarrolló por igual a ambos lados del Río de la Plata. Después de la muerte de Osvaldo Lamborghini (1985), la vida y obra de Néstor Perlongher (1949-1992) se erigieron en sus referencias principales, hasta que en 1996 apareció la antología Medusario , una especie de manifiesto fundacional en que junto a Roberto Echavarren y José Kózer figuraban poetas como Eduardo Milán, David Huerta, Raúl Zurita, Rodolfo Hinostroza y Tamara Kamenszain. El llamado de atención sobre los poderes de los significantes y la reivindicación de los principios de inestabilidad e hibridación dieron al neobarroco una notable capacidad para entroncar con el magisterio de Gerardo Deniz en México, el vanguardismo chileno, el surrealismo en Perú, la tradición expresionista en Ecuador y cierto culturalismo centroamericano, lo que le ha valido un innegable empuje para el nuevo ciclo que parece vivir ahora.

La poesía realista, comunicativa y experiencial se conecta con lo que en los setenta se llamó “nueva poesía latinoamericana”, que hacía de la realidad sensible y del mundo social e histórico su materia principal; y del habla su vehículo. La anécdota y la narración, una retórica del coloquio, el juego y la ironía, y formas antilíricas y antipoéticas, buscaban fundamentar lo estético en lo ético y lo artístico en lo político. En los años noventa ese puente con lo histórico empezó a desaparecer. El aborto de la revolución sandinista puso fin a la era revolucionaria. Hizo fortuna un postulado de Enrique Lihn, quien en 1981 escribió: “Si se ha de escribir correctamente poesía/no estaría de más bajar un poco el tono/ sin adoptar por ello un silencio monolítico/ ni decidirse por la murmuración”.

La noción de poesía ‘correcta’ caló hondo: de bajo tono y apegada a lo concreto, se expandió de forma paralela a la antipoesía. Hoy gran parte de los jóvenes transitan esos caminos, aunque su obra carezca en muchos casos del sustento ético-político de antes. No es raro: no hay revolución por la que luchar. Venezuela no es Cuba ni su Ministerio de Poder Popular para la Cultura es Casa de las Américas.

Libertad como atributo

Tampoco los aspectos intrínsecos de la poesía han experimentado grandes transformaciones. Desde los años cuarenta en que aparecieron los libros de Lezama, Martínez Rivas, Olga Orozco, Gonzalo Rojas y Octavio Paz, la poesía latinoamericana ostenta una línea de continuidad que no ha sido abandonada. Su seña es la libertad, un atributo que no sólo se afirma frente al poder y la censura política ni menciona principalmente procedimientos experimentales, sino que defiende una irrestricta independencia frente a toda forma de servilismo: frente a la tradición, las instituciones y convenciones literarias, la lengua, sus tropos y su léxico y aún frente a las normas que emanan de las grandes obras del pasado. El apego a su propia tradición que se respira en la poesía española, por ejemplo, no tiene equivalente en Latinoamérica.

Desconexiones y alertas 

Tal vez el mayor cambio en la poesía de las últimas décadas provenga de cierta mutación en la conciencia de sus elites. La noción de infinito, expandida en Europa después del giro copernicano, que dejó atrás el cerrado universo cristiano; el sentimiento de soledad provocado por la ruptura de los vínculos comunitarios; y la percepción de lo temporal como progresiva caducidad de lo humano, que alimentaron la poesía moderna en Occidente y su ámbito de influencia, empezaron a disiparse por doquier en las últimas décadas del siglo XX, también en Latinoamérica, que había escrito su poesía clásica –la que empieza en los años cuarenta– con la angustia ante la infinitud y la fugacidad del tiempo, con la soledad y la noche como sentimientos y escenarios primordiales: Parra tiene conflictos con Dios; Gelman, con la soledad y Pacheco, con el tiempo, etc.

Todo eso ha quedado atrás. El sujeto poético de hoy rara vez se angustia; no parece estar solo; no padece por la temporalidad. En la era de la pospolítica, buena parte de la poesía se ha desconectado del transcurrir de lo histórico. Adiós al toque ético-crítico de los Perlongher, Giannuzzi o Parra. Si éste escribió que “la poesía tiene más que ver con el ethos que con la aesthesis”, buena parte de los poetas de hoy escapan a esa polaridad. Ni Ethos ni Aesthesis. En nuestras tierras un individuo sobrealertado contra una corriente que pretende borrarlo se perfila como el nuevo amo de la casa de la poesía.

Articulo :   http://www.revistaenie.clarin.com/ 30/09/2011


Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...