LITERATURA - Poesía
Irrestricta independencia
Por Mario CAMPAÑA
Los poetas latinoamericanos actuales están
conectados: Internet, blogs, festivales. Sin negar continuidades, la lengua y
el género amplían horizontes mientras avanzan la desconexión histórica y la
reducción de la angustia.
Lo que sea la poesía latinoamericana lo
sabemos hoy mejor que hace treinta años. A fines de los setenta, conocíamos a
dos Premios Nobel y dos mitos modernos: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, César
Vallejo y Octavio Paz. Y a otros fundadores: Jorge Luis Borges, Vicente
Huidobro, Oliverio Girondo, Lezama Lima. Y a Efraín Huerta, José Emilio
Pacheco, Homero Aridjis, Enrique Molina, Olga Orozco, Juan Gelman, Roberto
Juarroz. Y quizá también a los ‘poetas comunicantes’: Benedetti, Dalton, Adoum,
Cardenal, Fernández Retamar, Rojas, Nicanor Parra e Idea Vilariño. A grandes
rasgos, esa era la poesía latinoamericana. No existían Westphalen (1911),
Giannuzzi (1924), Eielson (1924), Martínez Rivas (1924), Jara Idrovo (1926),
Gerardo Deniz (1934) ni Luis A. Martínez (1942), poetas nacionales.
Gracias al espejo cibernético, hoy tenemos
a la mano veinte o treinta nuevos poetas de cada país, todos conocidos entre sí
(es improbable que haya alguno secreto), pues se encuentran a menudo en los
festivales de poesía para jóvenes o en los blogs que mantienen. Con libros de
Cravan y Bukowski bajo el brazo, recorren América siguiendo circuitos que les
están dedicados. No hay país, región o ciudad que se precie que no tenga su
Festival Internacional de Poesía, cuyas repercusiones están todavía por ser
evaluadas: de Michoacán (el más antiguo; 1986) a Medellín (1991), de Ciudad de
México a Rosario, de Caracas a Quito, de Quetzaltenango a Buenos Aires y Lima,
de San Pablo a Pereira, de Santiago de Chile a San Juan de Puerto Rico los festivales
se multiplican en Latinoamérica.
Lengua y género
Pero el continente de la poesía se ha
ampliado más bien por el lado de la lengua y el género. No en los festivales
sino en talleres y casas comunales de provincias algunas lenguas aborígenes
como el kichwa, el k’iché, zapoteca, guaraní, mapundungun o nahuált, y lenguas
europeas como el inglés y el francés, se han inscrito con dignidad en el mapa
poético de Sudamérica y el Caribe. Si la poesía indígena no existió en el
espacio público colonial –ni en el republicano, hasta bien avanzado el siglo
XX–, y si desde la época prehispánica de la señora de Tula, Axolohua y
Macuilxochitzin las tierras americanas no pudieron escuchar poetas indígenas
mujeres, los últimos treinta años nos han devuelto las lenguas originarias para
la poesía, a hombres y mujeres indígenas –no son sólo Elicura Chihuailaf
(mapuche), Humberto Ak’abal (k’iché), Andrés Alencastre (kichwa), Francisco
Morales Baranda (náhuatl) o Inma Pineda Santiago (zapoteca)– que hoy versifican
en sus lenguas maternas: toda una literatura.
Más visible y más determinante es la
revolución que está provocando el desarrollo de la escritura poética de la
mujer. Quizá sea válida para toda América Latina la afirmación de la
investigadora brasileña Heloísa Buarque de Hollanda que dice: “en los últimos
veinticinco años la poesía escrita por mujeres ha sido la fuerza dominante en
la nueva literatura brasileña”. Esa poesía es en efecto una fuerza que ya no
puede ser soslayada en ningún país. La obra de Diana Bellessi e Irene Gruss
tiene tanta presencia como la de Arturo Carrera o Fabián Casas; Elsa Cross o
Coral Bracho cuentan tanto como Homero Aridjis o David Huerta; Carmen Ollé no
importa menos que Antonio Cisneros. Se trata de una escritura muy diversa, por
supuesto, que incide en espacios de crisis con vocación crítica. Crítica de la
ética y la estética, la política y la erótica, el lenguaje y la cultura, la
vida cotidiana y la trascendente.
Surrealismo, realismo y revolución
Dividir a la poesía tanto por su materia
como por su expresión en dos tendencias recurrentes llamadas ‘comunicativa’ y
hermética’; o ‘realista’ y ‘surrealista’; o ‘conversacional’ y ‘neobarroca’
puede ser grosero pero no del todo arbitrario. Con muchas gradaciones y colores
ideológicos, en América se percibe aún una doble alianza compuesta por la poesía
surrealista- expresionista-neobarroca, por una parte, y la
realista-comunicativa-experiencial, por otra.
Desde los ochenta el neobarroco es el
único movimiento de carácter continental. Teorizado inicialmente en la Cuba de
Lezama y Sarduy y el Brasil de Haroldo de Campos, el neobarroco se desarrolló
por igual a ambos lados del Río de la Plata. Después de la muerte de Osvaldo
Lamborghini (1985), la vida y obra de Néstor Perlongher (1949-1992) se
erigieron en sus referencias principales, hasta que en 1996 apareció la
antología Medusario , una especie de manifiesto fundacional en que junto a
Roberto Echavarren y José Kózer figuraban poetas como Eduardo Milán, David
Huerta, Raúl Zurita, Rodolfo Hinostroza y Tamara Kamenszain. El llamado de
atención sobre los poderes de los significantes y la reivindicación de los
principios de inestabilidad e hibridación dieron al neobarroco una notable
capacidad para entroncar con el magisterio de Gerardo Deniz en México, el
vanguardismo chileno, el surrealismo en Perú, la tradición expresionista en
Ecuador y cierto culturalismo centroamericano, lo que le ha valido un innegable
empuje para el nuevo ciclo que parece vivir ahora.
La poesía realista, comunicativa y
experiencial se conecta con lo que en los setenta se llamó “nueva poesía
latinoamericana”, que hacía de la realidad sensible y del mundo social e
histórico su materia principal; y del habla su vehículo. La anécdota y la
narración, una retórica del coloquio, el juego y la ironía, y formas
antilíricas y antipoéticas, buscaban fundamentar lo estético en lo ético y lo
artístico en lo político. En los años noventa ese puente con lo histórico
empezó a desaparecer. El aborto de la revolución sandinista puso fin a la era
revolucionaria. Hizo fortuna un postulado de Enrique Lihn, quien en 1981
escribió: “Si se ha de escribir correctamente poesía/no estaría de más bajar un
poco el tono/ sin adoptar por ello un silencio monolítico/ ni decidirse por la
murmuración”.
La noción de poesía ‘correcta’ caló hondo:
de bajo tono y apegada a lo concreto, se expandió de forma paralela a la
antipoesía. Hoy gran parte de los jóvenes transitan esos caminos, aunque su
obra carezca en muchos casos del sustento ético-político de antes. No es raro:
no hay revolución por la que luchar. Venezuela no es Cuba ni su Ministerio de
Poder Popular para la Cultura es Casa de las Américas.
Libertad como atributo
Tampoco los aspectos intrínsecos de la
poesía han experimentado grandes transformaciones. Desde los años cuarenta en
que aparecieron los libros de Lezama, Martínez Rivas, Olga Orozco, Gonzalo
Rojas y Octavio Paz, la poesía latinoamericana ostenta una línea de continuidad
que no ha sido abandonada. Su seña es la libertad, un atributo que no sólo se
afirma frente al poder y la censura política ni menciona principalmente
procedimientos experimentales, sino que defiende una irrestricta independencia
frente a toda forma de servilismo: frente a la tradición, las instituciones y
convenciones literarias, la lengua, sus tropos y su léxico y aún frente a las
normas que emanan de las grandes obras del pasado. El apego a su propia
tradición que se respira en la poesía española, por ejemplo, no tiene
equivalente en Latinoamérica.
Desconexiones y alertas
Tal vez el mayor cambio en la poesía de
las últimas décadas provenga de cierta mutación en la conciencia de sus elites.
La noción de infinito, expandida en Europa después del giro copernicano, que
dejó atrás el cerrado universo cristiano; el sentimiento de soledad provocado
por la ruptura de los vínculos comunitarios; y la percepción de lo temporal
como progresiva caducidad de lo humano, que alimentaron la poesía moderna en
Occidente y su ámbito de influencia, empezaron a disiparse por doquier en las
últimas décadas del siglo XX, también en Latinoamérica, que había escrito su
poesía clásica –la que empieza en los años cuarenta– con la angustia ante la
infinitud y la fugacidad del tiempo, con la soledad y la noche como
sentimientos y escenarios primordiales: Parra tiene conflictos con Dios;
Gelman, con la soledad y Pacheco, con el tiempo, etc.
Todo eso ha quedado atrás. El sujeto
poético de hoy rara vez se angustia; no parece estar solo; no padece por la
temporalidad. En la era de la pospolítica, buena parte de la poesía se ha
desconectado del transcurrir de lo histórico. Adiós al toque ético-crítico de
los Perlongher, Giannuzzi o Parra. Si éste escribió que “la poesía tiene más
que ver con el ethos que con la aesthesis”, buena parte de los poetas de hoy
escapan a esa polaridad. Ni Ethos ni Aesthesis. En nuestras tierras un
individuo sobrealertado contra una corriente que pretende borrarlo se perfila
como el nuevo amo de la casa de la poesía.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com/ 30/09/2011

