El Carnicero de Praga
Por Mario Vargas Llosa
Hace por lo menos tres décadas que no leía
un Premio Goncourt. En los años sesenta, cuando trabajaba en la Radio
Televisión Francesa, lo hacía de manera obligatoria, pues debíamos dedicarle el
programa La literatura en debate, en el que, con Jorge Edwards, Carlos Semprún
y Jean Supervielle pasábamos revista semanal a la actualidad literaria
francesa. O mi memoria es injusta, o aquellos premios eran bastante flojos,
pues no recuerdo uno solo de los siete que en aquellos años comenté.
Pero estoy seguro, en cambio, que este
Goncourt que acabo de leer, HHhH, de Laurent Binet -tiene 39 años, es profesor
y esta es su primera novela- lo recordaré con nitidez lo que me queda de vida.
No diría que es una gran obra de ficción, pero sí que es un magnífico libro. Su
misterioso título son las siglas de una frase que, al parecer, se decía en
Alemania en tiempos de Hitler: "Himmlers Hirn heisst Heydrich" (El
cerebro de Himmler se llama Heydrich).
La recreación histórica de la vida y la
época del jefe de la Gestapo, Reinhard Heydrich, de la creación y funciones de
las SS, así como de la preparación y ejecución del atentado de la resistencia
checoslovaca que puso fin a la vida del Carnicero de Praga (se le apodaba
también La bestia rubia) es inmejorable. Se advierte que hay detrás de ella una
investigación exhaustiva y un rigor extremo que lleva al autor a prevenir al
lector cada vez que se siente tentado -y no puede resistir la tentación- de
exagerar o colorear algún hecho, de rellenar algún vacío con fantasías o
alterar alguna circunstancia para dar mayor eficacia al relato. Esta es la
parte más novelesca del libro, los comentarios en los que el narrador se
detiene para referir cómo nació su fascinación por el personaje, los estados
emocionales que experimenta a lo largo de los años que le toma el trabajo, las
pequeñas anécdotas que vivió mientras se documentaba y escribía. Todo esto está
contado con gracia y elegancia, pero es, a fin de cuentas, adjetivo comparado
con la formidable reconstrucción de las atroces hazañas perpetradas por Heydrich,
que fue, en efecto, el brazo derecho de Himmler y uno de los jerarcas nazis más
estimados por el propio Führer.
Carnicero, Bestia y otros apodos igual de
feroces no bastan, sin embargo, para describir a cabalidad la vertiginosa
crueldad de esa encarnación del mal en que se convirtió Reinhard Heydrich a
medida que escalaba posiciones en las fuerzas de choque del nazismo hasta
llegar a ser nombrado por Hitler el protector de las provincias anexadas al
Reich de Bohemia y Moravia. Era hijo de un pasable compositor y recibió una
buena educación, en un colegio de niños bien donde sus compañeros lo
atormentaban acusándolo de ser judío, acusación que estropeó luego su carrera
en la Marina de Guerra. Tal vez su precoz incorporación a las SS, cuando este cuerpo
de elite del nazismo estaba apenas constituyéndose, fue la manera que utilizó
para poner fin a esa sospecha que ponía en duda su pureza aria y que hubiera
podido arruinar su futuro político. Fue gracias a su talento organizador y su
absoluta falta de escrúpulos que las SS pasaron a ser la maquinaria más
efectiva para la implantación del régimen nazi en toda la sociedad alemana, la
fuerza de choque que destrozaba los comercios judíos, asesinaba disidentes y
críticos, sembraba el terror en sindicatos independientes o fuerzas políticas
insumisas, y, comenzada la guerra, la punta de lanza de la estrategia de
sujeción y exterminación de las razas inferiores.
En la célebre conferencia de Wannsee, del
20 de enero de 1942, fue Heydrich, secundado por Eichmann, quien presentó, con
lujo de detalles, el proyecto de Solución Final, es decir, de industrializar el
genocidio judío -la liquidación de once millones de personas- utilizando
técnicas modernas como las cámaras de gas, en vez de continuar con la
liquidación a balazos y por pequeños grupos, lo que, según explicó, extenuaba
física y psicológicamente a sus Einsatzgruppen. Cuentan que cuando Himmler
asistió por primera vez a las operaciones de exterminio masivo de hombres,
mujeres y niños, la impresión fue tan grande que se desmayó. Heydrich estaba
vacunado contra esas debilidades: él asistía a los asesinatos colectivos con
papel y lápiz a la mano, tomando nota de aquello que podía ser perfeccionado en
número de víctimas, rapidez en la matanza o en la pulverización de los restos.
Era frío, elegante, buen marido y buen padre, ávido de honores y de bienes
materiales, y, a los pocos meses de asumir su protectorado, se jactaba de haber
limpiado Checoslovaquia de saboteadores y resistentes y de haber empezado ya la
germanización acelerada de checos y eslovacos. Hitler, feliz, lo llamaba a
Berlín con frecuencia para coloquios privados.
En estos precisos momentos, el Gobierno
checo en el exilio de Londres, presidido por Benes, decide montar la Operación
Antropoide, para ajusticiar al Carnicero de Praga, a fin de levantar la moral
de la diezmada resistencia interna y mostrar al mundo que Checoslovaquia no se
ha rendido del todo al ocupante. Entre todos los voluntarios que se ofrecen, se
elige a dos muchachos humildes, provincianos y sencillos, el eslovaco Jozef
Gabcík y el checo Jan Kubi?. Ambos son adiestrados en la campiña inglesa por
los jefes militares del exilio y lanzados en paracaídas. Durante varios meses,
malvivirán en escondrijos transeúntes, ayudados por los pequeños grupos de
resistentes, mientras hacen las averiguaciones que les permitan montar un
atentado exitoso en el que, tanto Gabcík como Kubi? lo saben, tienen muy pocas
posibilidades de salir con vida.
Las páginas que Binet dedica a narrar el
atentado, lo que ocurre después, la cacería enloquecida de los autores por una
jauría que asesina, tortura y deporta a miles de inocentes, son de una gran
maestría literaria. El lenguaje limpio, transparente, que evita toda
truculencia, que parece desaparecer detrás de lo que narra, ejerce una
impresión hipnótica sobre el lector, quien se siente trasladado en el espacio y
en el tiempo al lugar de los hechos narrados, deslizado literalmente en la
intimidad incandescente de los dos jóvenes que esperan la llegada del coche descapotable
de su víctima, los imprevistos de último minuto que alteran sus planes, el
revólver que se encasquilla, la bomba que hace saltar solo parte del coche, la
persecución por el chofer. Todos los pormenores tienen tanta fuerza persuasiva
que quedan grabados de manera indeleble en la memoria del lector.
Parece mentira que, luego de este cráter,
el libro de Laurent Binet sea capaz todavía de hacer vivir una nueva
experiencia convulsiva a sus lectores, con el relato de los días que siguen al
atentado que acabó con la vida de Heydrich. Hay algo de tragedia griega y de
espléndido thriller en esas páginas en que un grupo de checos patriotas se
multiplica para esconder a los ajusticiadores, sabiendo muy bien que por esa
acción deberán morir también ellos, hasta el epónimo final en que, vendidos por
un Judas llamado Karel Curda, Gabcík, Kubi? y cinco compañeros de la
resistencia se enfrentan a balazos a 800 SS durante cinco horas, en la cripta
de una iglesia, antes de suicidarse para no caer prisioneros.
La muerte de Heydrich desencadenó
represalias indescriptibles, como el exterminio de toda la población de Lídice,
y torturas y matanzas de centenares de familias eslovacas y checas. Pero,
también, mostró al mundo lo que, todavía en 1942, muchos se negaban a admitir:
la verdadera naturaleza sanguinaria y la inhumanidad esencial del nazismo. En
Checoslovaquia mismo, pese al horror que se vivió en las semanas y meses
siguientes a la Operación Antropoide, la muerte de Heydrich mantuvo viva la
convicción de que, pese a todo su poderío, el Tercer Reich no era invencible.
Un buen libro, como este, perdura en la
conciencia, y es un gusanito que no nos da sosiego con esas preguntas
inquietantes: ¿cómo fue posible que existiera una inmundicia humana de la
catadura de un Reinhard Heydrich? ¿Cómo fue posible el régimen en que
individuos como él podían prosperar, alcanzar las más altas posiciones,
convertirse en amos absolutos de millones de personas? ¿Qué debemos hacer para
que una ignominia semejante no vuelva a repetirse?
© Mario Vargas Llosa 2.011. Derechos
mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a EDICIONES EL PAÍS, S.L.
Articulo : http://www.ultimahora.com 09/10/2011
