samedi 15 octobre 2011

Unos chicos malos


Unos chicos malos

El dominio del oficio, la inteligencia y el rigor a la hora de desarrollar una estructura narrativa, el manejo cuidado de descripciones y diálogos, la utilización ejemplar del monólogo interior, de los flashbacks, de las elipsis narrativas, son los logros evidentes que celebrar en "La cena".

Concluida la lectura de La cena, la última novela del escritor holandés Herman Koch (1953), se podría estar tentado a aseverar aquel sabio consejo popular: a menudo deben buscarse precisamente en las virtudes y en los méritos de un fenómeno el origen de sus debilidades, en su solidez la clave de sus flaquezas. El dominio del oficio, la inteligencia y el rigor a la hora de desarrollar una estructura narrativa, el manejo cuidado de descripciones y diálogos, la utilización ejemplar del monólogo interior, de los flashbacks, de las elipsis narrativas, son los logros evidentes que celebrar en La cena. Koch es, en tal sentido, un narrador ejemplar. Pero es quizás en el mismo exceso de celo formal donde debe buscarse la raíz de la que podría ser la carencia elemental del texto: una palmaria escasez de espontaneidad que vuelve a la novela una rígida y axiomática resolución de problemáticas establecidas de antemano.

Un par de primos adolescentes, Michel y Rick, son los responsables de un crimen que ha escandalizado a la opinión pública holandesa. Las investigaciones policiales, todavía en curso en el momento en que se desarrolla la narración, se encuentran estancadas por la ausencia de evidencia concluyente: sólo disponen, para esclarecer la identidad de los culpables, de un confuso video captado por la cámara de vigilancia del cajero automático en el que se desarrollaron los sucesos. De regreso de una juerga nocturna, con la intención de conseguir un poco más de dinero para continuar con ella, dos jóvenes intentan ingresar al cajero y se encuentran con el inconveniente de que una mujer indigente, que se ha refugiado en el lugar para capear la noche, les impide el paso. Las imágenes reproducen con detalle, sin atenuantes, la bestial escalada de la violencia: la burla inicial de los adolescentes, en la que toda una sociedad puede ver reflejado el sustrato de odiosidad y discriminación que la determinan, terminará amplificándose hasta el punto de traducirse en maltrato, en apaleamiento y finalmente en homicidio.

En torno a las implicancias de dicho acontecimiento se anuda la trama de La cena. La estrategia narrativa escogida por Koch, por cierto, es sumamente atractiva: la novela apuesta, más que por una exposición directa de los hechos, por un sutil flujo de insinuaciones y sugerencias, por el ambiguo esbozo que de ellos se desprende desde la conversación sostenida entre cuatro personajes durante el curso de una velada. Paul y Serge Lohman, junto a sus respectivas esposas, deben decidir cómo lidiar con el peso de la verdad intolerable que los aflige: sus hijos se han convertido en asesinos, y ellos son los únicos que lo saben. La narración, cuya estructura reproduce las etapas sucesivas de la cena que se lleva a cabo -aperitivo, entrantes, segundo, postres, digestivo y propina-, consigue articular satisfactoriamente la tensión que implica este dilema moral en el fuero interno de sus protagonistas. La disquisición interior de Paul, en quien se focalizará el relato de principio a fin y por cuya voz obtendremos las señas para reconstruir el pasado, le permitirá al autor hacer palpables cada uno de los elementos que conforman dicho dilema, desde la inquietud legítima, necesaria, acerca de las causas profundas del crimen cometido, hasta la conflictiva encrucijada que se plantea a partir de él: la aceptación de las culpas impuestas por la justicia civil o el encubrimiento visceral que prescriben los lazos familiares.

Si el texto se limitara a exhibir el peso de las contradicciones que la intensidad de su trama pone en juego, a sugerir e insinuar, por medio del manejo de sus recursos narrativos, la complejidad del conflicto que lo moviliza, el acierto de Koch sería incontestable. El problema es que, en su afán de no dejar casi ningún cabo suelto, de ahorrarle al lector la tarea de llenar los vacíos y de despejar las incógnitas, la narración incurre con demasiada frecuencia en la obviedad de las explicaciones. La alusión insistente a la frase con la que Tolstoi abre Ana Karenina -"Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar"-, casi una sinopsis de lo que la novela pretende plantear, contribuye menos a enriquecer la historia que ha tornarla demasiado premeditada y literal. La tesis según la cual el origen de la violencia podría estar determinado por la herencia biológica, la atrayente idea de que en sociedades donde reinan la abundancia y el control existe un trasfondo reprimido de barbarie, la reflexión en torno a la primacía de los vínculos de sangre, tres motivos esenciales en La cena , ganarían fuerza y vigor si no fueran tan manifiestamente aludidos en sus páginas, si la trama no fuese -como parece a ratos- una excusa para enunciarlos y tratarlos. A veces el exceso de cálculo sepulta, en literatura, al brío y la viveza.

Herman Koch (1953) es, en la actualidad, uno de los escritores más destacados de los Países Bajos. Es conocido por sus libros, sus columnas periodísticas y su trabajo en televisión. Koch debutó en 1985 con la colección de relatos De voorbijganger , y en 1989 obtuvo un gran éxito con la publicación de su primera novela, Red ons, Maria Montanelli , a la que seguirían Eindelijk oorlog(1998), Eten met Emma (2000), Odessa Star (2003) y Denken aan Bruce Kennedy (2005). La cena fue la sorpresa editorial del año 2009 en Holanda. Hasta la fecha, ha superado los 340 mil ejemplares vendidos

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