dimanche 6 novembre 2011

Antonio PUENTE/ El ORY que reluce



TRIBUNA:
El Ory que reluce
Por Antonio PUENTE 

Señalado de poeta postista y ciudadano asumidamente postizo, Carlos Edmundo de Ory no parece ahora más póstumo que en vida. En fecha tan redonda, y esbelta, como el 11 del 11 del 11, se cumple un año de su desaparición.

Un capicúa muy propio (entre cábala de fútbol y supercuponazo posdifuntos) para su fijación por las autodefiniciones más saltimbanquis. "Soy un errantómano en permanente orgiasmo", decía; y se aviaba, para corroborarlo, con una rica panoplia de disfraces, acordes al carnavaleo de su Cádiz natal: desde "lobo", "payaso", "apátrida", "trotamundos"... hasta "monje nihilista", "arlequín errante", "náufrago del éxodo", "pordiosero erótico" o "viudo mágico" ... Autor de una poesía de difícil asiento, siempre en proceso y atenta a la conjura de los dualismos más dispares, cuyos restos nunca dejan de formar parte del alud ("En mi poesía no hay sitios; sólo hay fulgor"), una caricaturesca proyección como poeta maudit, junto a un cúmulo de paradojas, ha difuminado su justa ubicación. Y es que, aun guiado por una insobornable actitud órfica y privadamente fundacional -afín, en ese sentido, a otros coetáneos incunables, como Cirlot, Brossa o F. Pino-, en su caso es posible que el hambre, siempre voraz, de los caricaturistas haya coincidido con sus proclamadas ganas de comer aparte. Pues, en algunos respiros de su "itinerario del solista proscrito", De Ory no se corta en anunciar, por ejemplo: "Me duele el corazón de ser un genio", "El mundo de los necios abandono" o, en fin, "Mi poesía aspira a ser escuchada por Dios"... Pero aun así -tachándose, además, de "huraño criminal de la infancia" o "delincuente puro"-, hay factores objetivos que han incidido en su desdibujamiento. Entre ellos, el desajuste entre una creación tan torrencial y precoz, como ha podido verse luego, y su escasa difusión, hasta que, en 1970, en edición de Félix Grande, apareciera la antología Poesía, 1945-1969. Sólo a partir deMúsica de lobo (Galaxia Gutenberg, 2002), que reúne 14 títulos, en edición de Jaume Pont, se ve del todo el genio horizontal de un De Ory, liberado de restricciones programáticas. "Los dos poderes más grandes son / la excitación religiosa y el anhelo sensual", sintetizará ahí, para agregar en sus Diarios: "El erotismo es inseparable de la muerte, y la cantidad de lirismo proviene del aniquilamiento, de la perdición". Bajo esa identidad entre erotismo y destrucción, su rasgo estriba, muchas veces, en dar cuenta de la elegía desamorosa en el momento presente del fervor carnal, y, sobre todo, en equiparar este último al acto poético: "Todo poema vive en los labios donde fue / vivida la dulzura de muchacha besada". La esencia de la poesía y del amor se expresan a través de la feminidad; "las palabras son mujeres", asevera, para apreciar, en su reverso destructivo, que la reciente mujer amante, ahora "Te mira ojo a ojo Te / pide no sé qué Te mata", y concluir, en otra parte, con estas inquietantes tablas: "Hablar a una mujer que nos ama / de otra mujer que amamos / no se puede hacer en este mundo / ¿Pero quién tiene la culpa? / Yo me callo -nieve helada". Sólo su posteridad cierra el círculo de un poeta sincronizante, de vocación polifónica, con los más diversos flancos entretejidos en un inoperable palimpsesto. Deja ver, por ejemplo, que la factura de sus cuadros sobresale de sus marcos programáticos. Así, cofundador, sobre todo, del postismo (1945), un movimiento efímero y tan contradictorio como agazaparse a la retaguardiadel vanguardismo, y de otros rótulos rutilantes, al rebufo de las modas europeas, parecería que el Ory más mate es el que se empeña en calzarse zapatos más pequeños que sus pies; y en darles luego, según cada nueva horma contingente, abruptos cambios de rumbo, lo que, sin duda, resulta ocioso a su demostrada capacidad de navegar en solitario, sin minueto ni carta preconcebida, "Con voluptuosidad de góndola vacía". Por fortuna, reconoce que "Nadie nada nunca me es constante", y que "mi poesía no sale por la puerta, sino por las rendijas", y muy pronto vuelve a surtir el Ory más genuino, aquel precisamente capaz de aunar y pulverizar los ismos más dispares. El que, hermanando lo órfico y lo dionisiaco, inocula el vanguardismo en las estructuras clásicas, hasta obtener un fluido inextricable; y hace dialogar a Novalis y a Nietzsche con Unamuno y Vallejo (sobre todo, 'Vallejo', como se titula uno de sus poemas emblemáticos). El Ory que cincela, con los materiales más encontrados, una "autobiografía espiritual", que es, en esencia, carnal ("Amo a una mujer de larga cabellera"). El Ory que se conmina a "escribir a mandíbula batiente", para escrutar "lo callado a manos llenas"; y que ensaya, por eso mismo, una escritura orgánica, de su propia respiración, a través de "libros que son bronquios". El Ory que persigue "poner arriba el abajo" y "llamar a las cosas por sus cumbres". El que proclama: "La poesía es un vómito de piedras preciosas", o también (se puede decir más bajo pero no más oscuro) "Poner un huevo negro en el nido del no-decir". –

Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario.

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CRÍTICA: POESÍA Carlos Edmundo de Ory - La memoria amorosa
Testamento de un trágico feliz
Por Ángel L. PRIETO DE PAULA

La memoria amorosa, obra póstuma de Carlos Edmundo de Ory, resume el genio del poeta

En la reseña de un volumen antológico de Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923-Thézy, Francia, 2010), me refería hace años al peligro de que el brillo del personaje terminara velando al artista que hay tras él. Ni aquel excelente libro, titulado Música de lobo(2003) y preparado por Jaume Pont, oriano mayor del reino, ni el Diario en tres tomos publicado un año después, consiguieron integrar totalmente al autor en el normal sistema de las codificaciones estéticas. Es como si pervivieran restos de la incuria de 1970, cuando Félix Grande descubrió y nos descubrió al gaditano en una recopilación histórica (Poesía 1945-1969), no sin antes pellizcarse para comprobar que no se estaba inventando a Ory, quien simplemente parecía no existir. En buena medida, a ese desplazamiento no fue ajeno él mismo, durante mucho tiempo conocido no por sus libros (no publicó el primero, Los sonetos, hasta 1963) sino por sus agitaciones goliardescas, concretadas en la capitanía de movimientos artísticos experimentales: Postismo (1945),Introrrealismo (1951) y, ya en Francia, Atelier de Poésie Ouverte (1968). Llegado a Madrid tras la etapa formativa en su Cádiz natal, Ory cruzó la alta posguerra como un activista de la vanguardia disfrazado de probo funcionario (era bibliotecario del Parque Móvil de Ministerios Civiles: ¿hay algo tan postista?), mientras escribía, sin que nadie se percatara, los sonetos más extraordinarios de todo aquel tiempo. Su emparedamiento entre los garcilasistas por un lado, defensores de una poesía repeinada y de invernadero, y la columna de existenciales y socialrealistas por otro, con su grito en ristre aquellos y su "arma cargada de futuro" estos, le hizo desistir de ejercer de español, y mucho más de "postista" profesional. Se convirtió así en un apátrida espiritual con residencia en París, Amiens, Thézy-Glimont. Esa España que abandonaba está descrita sin misericordia en una sección de La memoria amorosa, cuya edición dejó encargada antes de morir a Jesús Fernández Palacios: "País de forajidos y de esclavos, de opulencias y de esa gran inercia del paupérrimo cuerpo sin energías. Arrogancia y dolor demacrado; desierto y jardín, toros y chinches...". Afirma Fernández Palacios en su prólogo que estamos ante un libro plenamente autobiográfico. Nadie mejor que él para saberlo, pues asistió a su gestación; y a entenderlo así nos induce la organización de sus prosas en cuatro bloques correspondientes a los grandes periodos biográficos del autor, vinculados a otros tantos lugares que les dan título: Tarsis (Cádiz), Mayrit (Madrid), Lutecia (París) y Picardía (Amiens, Thézy-Glimont). Sin embargo, el medio centenar de estampas en prosa de este volumen no responde, salvo excepciones, a las clásicas retrospecciones bañadas de nostalgia. Al contrario, en ellas está, cierto que fragmentado en esquirlas diminutas, todo Ory en un presente continuo: el del arrebato expresionista y el de la consolación de la filosofía, el del microrrelato y el del esbozo dramático, el de la desvertebración vallejiana y el de la acuarela sugeridora... El título apunta, sí, a su carácter memorialístico, y la secuencia de los capitulillos a la sucesividad biográfica; pero en Ory casi nada es lo que parece. De hecho, los tramos de esta existencia están presididos por la idea de la muerte a la que se acerca el autor, inscrita en una cita de Filóstrato (Apolonio de Tiana) para la primera sección, la de la niñez: los habitantes de Gades, dice, "han elevado un altar a la Vejez, y son los únicos hombres en la tierra que cantan himnos a la Muerte". Esta presidencia se muestra en la prosa inicial, sobre un artista vagabundo -al que llama Durero por su semejanza con el pintor bávaro- que dibuja en el suelo una espléndida batalla, con caballos piafantes, entrechocar de lanzas, carne machacada y muertos entrelazados, como en un poema del divino Aldana, antibelicista subyugado por la carnicería bélica. Aunque con menos aparato y con una piedad anunciada en el adjetivo del título, la muerte asoma también en la estación final; así en la recreación africana de Rimbaud, a través de las cartas a su familia. La vida embrutecida del expoeta errabundo y sin otra perspectiva que morir de pena conmueve al poeta viejo que se entrena en el ars moriendi: "Da tristeza leer todo esto [...]. Cierro el libro, me aguanto de llorar". Esta circularidad tiene reflejo en la disposición del conjunto, si se considera que Tarsis es tanto la Cádiz del nacimiento como un topónimo del que procedería Thézy, de la parroquia de Glimont, donde Ory vivió sus años de vejez y encontró la muerte. La memoria amorosa no es, en fin, un rosario de evocaciones de juventud y madurez teñidas de melancolía por la noticia de la consumación, sino un haz de prosas líricas, narrativas o dramáticas donde, sin estertores patéticos y con más indulgencia que otras veces, resplandece el Ory antidoméstico, arrobado, desafecto y genial de sus mejores libros.

La memoria amorosa
Carlos Edmundo de Ory
Edición y prólogo de J. Fernández Palacios
Visor. Madrid, 2011. 120 páginas. 10 euros

Articulo : http://www.elpais.com 05/11/2011

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