samedi 26 novembre 2011


ENSAYO | Último libro del escritor italiano:
Novelas con Eco
Por Patricio TAPIA 

Pronto a cumplir 80 años, Umberto Eco publica una serie de ensayos sobre por qué se considera un "joven novelista".

Cuando en 1980, bordeando la cincuentena, Umberto Eco -un distinguido académico de teoría literaria, estética y semiótica- publicó su primera novela, un misterio de asesinato monástico, en un contexto de historia medieval e intrincadas alusiones literarias, titulada El nombre de la rosa, los críticos dijeron en un primer momento que era el producto de una iluminación. Luego, a medida que aumentaba sus ventas y su popularidad al punto de vender millones de ejemplares, lo que al parecer manchaba su pureza intelectual, los mismos críticos cambiaron de opinión y lo acusaron de haber seguido una receta (secreta, supuestamente) para convertirse en best seller e incluso que el libro era el producto de un programa informático.

Es comprensible, entonces, cierto fastidio de Eco y que a la pregunta de los entrevistadores "¿Cómo escribe sus novelas?", respondiera secamente: "De izquierda a derecha". En Confesiones de un joven novelista, que reúne sus conferencias Richard Ellmann en la Universidad de Emory en 2008, se explaya un poco más. Es un libro breve cuyo primer capítulo se centra en cómo escribió sus novelas; los capítulos segundo y tercero abordan problemas de teoría literaria haciendo uso de sus trabajos académicos, y el último, es una mezcla de ambos. En su conjunto, permiten una mirada tras bambalinas sobre la creación de El péndulo de Foucault, La isla del día antes, Baudolino , La misteriosa llama de la Reina Loana y, particularmente, El nombre de la rosa (ya había contado detalles en las "Apostillas" a ese libro). Por cierto, no habla nada de su sexta y última novela, El cementerio de Praga, pues fue publicada con posterioridad a las conferencias en que se basa el libro.

No obstante su título, de "confesiones" el libro tiene poco o nada. Lamentablemente. Porque unas memorias de Eco -con toda la gente que ha conocido desde su temprano trabajo en la televisión italiana hasta la academia y sus viajes por todo el mundo- tendrían interesantes pecados que contar. Lo que aquí confiesa es motivo más de pavoneo que de vergüenza.

De la "ciencia" a la literatura

¿Existen muchas diferencias entre la escritura "creativa" y la "científica"? En este libro Eco considera que no son tantas: "Nunca he entendido por qué a Homero se lo considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista científico no lo es?". Aquí cuenta cómo escribió de niño novelas de aventuras que dejaba inconclusas y poemas de joven: "No recuerdo si fue la necesidad de poesía la causa del florecimiento de mi primer (platónico e inconfesado) amor, o si fue al revés".

Pero luego abandonó la "escritura creativa" por muchos años. Se consideraba un ensayista o un teórico, alguien que ya tenía celebridad con sus nociones de "obra abierta" -el texto como algo susceptible de múltiples lecturas- o la distinción entre "apocalípticos e integrados". Hasta que en 1978 una amiga suya que trabajaba en una pequeña editorial le dijo que estaba pidiendo a autores sin experiencia en la novela que escribieran un relato breve sobre detectives. Eco le contestó que no le interesaba y concluyó: "Si tuviera que escribir una novela negra, esta tendría por lo menos quinientas páginas y estaría ambientada en un monasterio medieval".

Así nació El nombre de la rosa. Escribirla, confiesa, le tomó apenas dos años, porque no tuvo que investigar sobre la Edad Media (su tesis doctoral era sobre la estética medieval). Sus restantes novelas le tomaron más tiempo.

Así, nos cuenta sus rutinas y preferencias, cómo se documenta, las restricciones que se impone (por ejemplo, de un período histórico), cómo visita los lugares en que ambienta sus libros: "Cuando preparaba la redacción de La isla del día antes , fui por supuesto a los mares del Sur, a la localización geográfica exacta donde transcurre la acción del libro, para ver los colores del agua y del cielo a diferentes horas del día, y los matices de los peces y de los corales". Pero no sólo de pasarlo bien se trata: "También me pasé dos o tres años estudiando dibujos y modelos de barcos de la época, para averiguar cómo era de grande una cabina o un cuchitril, y cómo podía una persona moverse del uno al otro".

Lecturas y listas

En otras partes del libro se ocupa del sentido del texto literario y las variadas interpretaciones sobre él, del estatuto de los personajes ficcionales y de consideraciones de cómo la ficción puede parecer real y cómo el lector se emociona por el destino de personajes que sólo existen en las páginas de un libro. En general, no dice nada nuevo y se basa en lo que ya ha dicho en otros trabajos suyos, los cuales refiere de cuando en cuando. Señala: "Un texto es una máquina perezosa que desea implicar a los lectores en su trabajo; es decir, es un artilugio concebido para provocar interpretaciones". En cuanto teórico preocupado de las formas en que los lectores interpretan los textos, él ha vivido la experiencia de cómo las lecturas de una novela escapan del control e intenciones de su creador y alcanzan niveles demenciales. Sin embargo, sus dos afirmaciones: 1) que el texto es una máquina concebida para dar interpretaciones y 2) que hay lecturas válidas y otras que no, podrían verse como algo contradictorias. Por otra parte, la mayoría de las ridículas sobreinterpretaciones de su obra que cita Eco son triviales. Son los casos no triviales los que llevan a la cuestión de cuándo una lectura es aceptable.

El capítulo final, que abarca casi un tercio del libro, es una suerte de compendio y glosa de su libro El vértigo de las listas. "Como tuve una educación católica, me acostumbré a recitar y a escuchar letanías", señala. Parte del contenido son enumeraciones que aparecen en sus propias novelas, junto a enumeraciones de Homero, Plinio, Rabelais, Joyce, Whitman o Borges.

Ser novelista

En el libro Eco reafirma teorías, recicla, repite y resume. En Sobre la literatura había un capítulo acerca de cómo escribía que coincide en parte con el primer capítulo. Pasajes de Seis paseos sobre los bosques narrativos y de Interpretación y sobreinterpretación son repetidos. "Interpretación y sobreinterpretación" es una conferencia de 1990. Entonces recordaba una reacción que había recibido "recientemente" (en este libro repite la anécdota, pero sin quitar el "recientemente").

Lo más llamativo que tiene que decir es fundamentalmente anecdótico -y buena parte, ya conocido-: el origen del nombre de un personaje. O bien su popularidad e incluso la devoción de algunos lectores: cuenta cómo unos jóvenes hicieron un álbum fotográfico con la reconstrucción de la ruta nocturna, en París, de un personaje de El péndulo de Foucault. O el origen de sus novelas en una "idea fecunda": quienes leyeron sus apostillas pudieron creer que El nombre de la rosa nació del deseo del autor de envenenar a un monje, según afirmó, pero, en realidad, surgió de una experiencia adolescente, cuando visitó un monasterio benedictino y llegó a una biblioteca oscura donde encontró un enorme volumen de Acta Santorum ...

Confesiones de un joven novelista es entretenido, a ratos sutil, y siempre brilla el ingenio de su autor. Sin embargo, no agrega nada nuevo al conocimiento de su vida y obra. Mucho menos entrega claves para escribir una ficción exitosa. Como dijo William Somerset Maugham: "Hay tres reglas para escribir una novela. Lamentablemente, nadie sabe cuáles son".

Articulo : http://diario.elmercurio.com 20/11/2011

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