vendredi 18 novembre 2011

Fernando GARCIA/"Vivo en todas partes"



CON EL ESCRITOR HOLANDÉS CEES NOOTEBOOM
"Vivo en todas partes"
 Por Fernando García
(desde Buenos Aires)

EN EL SUBSUELO de un café estilo vintage del barrio Norte de Buenos Aires, Cees Nooteboom arquea las cejas y arrastra las palmas de sus manos hasta el borde de las rodillas. Tiene una cara bastante grande y su cuerpo excede el asiento que ocupa. El desborde en la gestualidad de este holandés errante de 78 años hace eclosión hacia el final de la entrevista cuando, tras no aguantar más, surge la pregunta sobre su periódica candidatura al Premio Nobel de literatura. Acaso Nooteboom pensaba que esta vez iba a ser la excepción, que no se le iba a preguntar sobre el asunto pero sí, sucede, y el fastidio se le trasluce en todo el cuerpo.

Hay que darle la derecha a Nooteboom porque su bibliografía, oscilante entre crónicas de viajes, ensayos muy personales sobre el arte visual, y novelas, excede la pregunta y la respuesta. Importa menos saber si Nooteboom lo merece como que su último libro traducido al español (Los zorros vienen de noche, Siruela, 2011) es un conjunto magnífico de relatos situados en el Mediterráneo con hombres y mujeres nórdicos como protagonistas.

Nooteboom necesita solo 138 páginas para transferirle a cualquier lector el quebradizo espíritu de ingleses, holandeses o alemanes tratando de obtener una caricia tibia del sol del sur. Quien lea esas páginas nunca olvidará el desasosiego de Heinz, un cónsul holandés más decorativo que honorario en la Liguria italiana. O la ausencia de Paula, la mujer que Nooteboom reconstruye en dos relatos a partir del, siguiendo a Roland Barthes, punctum de una fotografía.

Estas historias de Nooteboom podrían haber merecido como prólogo la misma nota final que sigue a los títulos en la película Mediterráneo (Gabriele Salvatore, 1991): "Dedicado a todos los que escapan". Entre el carácter y la geografía, Nooteboom encuentra un punto de sutura para hilvanar un fenómeno migratorio, el turismo, observado acaso solo en su superficie.

Invitado a participar del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, donde protagonizó dos eventos literarios, Nooteboom prefiere extremar su concentración y dar esta entrevista en español antes que relajarse en la cómoda lengua franca que es el inglés. Es una cuestión de cortesía pero también un intento suyo por habitar la lengua del continente donde ahora mismo acumula apuntes para un futuro libro. Pero ahora los lectores disfrutan de Los zorros vienen de noche, obra que ofrece la posibilidad de la novela como un territorio fronterizo donde se revisan los mecanismos del lenguaje. Se pone al día la función atávica de la oralidad y se establece al menos una idea, un concepto sobre la experiencia de habitar el mundo.
SIGUIENDO EL SOL.
-En su nuevo libro los relatos suceden todos en locaciones mediterráneas pero están protagonizados por gentes del norte de Europa. ¿Cuál es su mirada sobre esa migración que se da desde el norte y cómo se transforma esa gente al vivir en el sur?
-Hay algunos ejemplos anteriores, ¿no? Tomemos a los americanos de la época de Henry James o de Scott Fitzgerald en Europa; los rusos de Chéjov en Europa. Yo no hablo de eso porque no soy alemán; pero hay 18 mil alemanes en Palma de Mallorca. Yo mismo tengo una finca en Menorca donde voy a trabajar, porque es muy tranquilo, aunque el clima no es tan agradable como la gente cree. En estos lugares vive gente a la que se puede observar y de esto resultan estas historias. Hay muchos extranjeros viviendo en España, como la vieja dama o el almirante de mi libro. En Menorca, sobre todo, hay muchos ingleses. No se trata de la observación del turismo, no es eso, sino de migraciones como las de los americanos que viven en Florida por el clima. Esto empezó a pasar cuando España era mucho más barata que Inglaterra, cosa que ahora no ocurre y hace la vida mucho más difícil. Quiero decir con todo esto que lo que hice no es otra cosa que un ejercicio de escritor que mira lo que pasa a su alrededor. Mi editor está en el sur de Francia y tengo un hermano viviendo en Italia. Hay un movimiento. No creo que sea el tema del libro pero es una circunstancia. Yo he trasladado una historia de un lugar a otro. Es muy sencillo transportar una historia que ví en Italia a España. Siempre he utilizado mis viajes para eso. Mi anteúltima novela es sobre dos chicas brasileñas que viajan a Australia. Yo conozco esos lugares y además soy holandés, pero vivo en todas partes. Para mí es normal viajar. El último gran viaje que hice a Latinoamérica fue desde Valparaíso, bajé al Cabo de Hornos y subí hasta Montevideo, pero no me pida impresiones sobre la ciudad pues ha sido demasiado breve mi paso. Para este viaje llegué dos meses atrás a Medellín y sigo aquí, es el tiempo que llevo en Latinoamérica.

-¿Qué es lo que está viendo del continente?
-En Colombia me sorprendí porque Medellín era una tierra con mala reputación y violencia. Y encontré todo lo contrario. Mujeres bellas, gente agradable. Bibliotecas por todas partes. Allí tengo un amigo holandés que estuvo involucrado en todas las estrategias que sucedieron en los últimos cinco años y él me ha dicho que el cambio es enorme. Hemos recorrido juntos las escuelas y me he llevado una enorme sorpresa. Ha sido un viaje intenso por las montañas de Ecuador y el Amazonas. Mi último libro de viajes que salió en Alemania y Holanda, todavía no se tradujo al español, es sobre este viaje por el Pacífico que decía antes. Se trató de un viaje de turismo pero los pasajeros tenían una característica común: son gente que lee. Y entonces a mí me han pagado para dar dos o tres conferencias a bordo. Unos treinta pasajeros por conferencia, todos alemanes. El libro se llama Diario de a bordo.

-Pero usted sí fue marinero cuando era joven.
-Eso tiene partes iguales de mitología y de verdad. Y es un caballito de batalla en mis reseñas biográficas. Fue mi primera vez en Sudamérica. Yo me enamoré muy joven de una chica de la colonia holandesa Surinam y su padre tenía que ver con una compañía de navegación en las costas de este continente. Se había mandado a construir en Holanda un barco especialmente para este viaje, que después quedaría en Centroamérica. Para este viaje buscaban tripulación. El padre quería verme porque la chica tenía dieciocho años y en ese entonces necesitaba su permiso. El padre me escribió una carta diciendo que podía ir como pasajero pero que también tendría que trabajar. Y me dijo "An american would do it" (Un americano lo habría hecho). Acepté. Éramos entonces una tripulación de todos los colores, catorce hombres en total. Y me dejaban trabajar. Fue toda una experiencia. Un viaje muy largo.

-¿Eso lo utilizó para una novela?
-No, solo para unos relatos. No fueron traducidos. Es que hay cosas mías que no se tradujeron por algo que yo llamo "la perversión de la cronología".

-¿Qué es?
-Sucede que en un momento dado tú has escrito varios libros y resulta que tienes un éxito en Alemania y los alemanes quieren un nuevo libro, no les interesa lo que hiciste antes. Hay un movimiento continuo. Aquí, por ejemplo, no tienen la que yo llamo "la novela brasileña". Y de pronto publican uno de hace veinte años. Eso es lo que llamo la perversión de la cronología. En Alemania acaban de publicar un libro de cuando tenía 45 años y no es lo que estoy escribiendo ahora.

-¿Y usted quizá no tiene ganas de hablar de eso?
-Yo no puedo hacer nada... Hay un momento en que el libro está terminado en la mente y viene gente como tú que quieren saber algo... Por eso yo digo que los libros no te dejan tranquilo, te persiguen... No hay remedio para eso.

SOL CON SOLEDAD

-Mejor hablemos del último libro.
-Sí, está muy bien. Es de lo que quiero hablar.

-Lo más sugestivo de su dedicación por la migración que va del norte de Europa al sur es que no se ocupa de situaciones soleadas sino de cierta soledad.
-Son las situaciones propias de vivir en otro clima. Normalmente yo paso mis veranos en Menorca, vienen ingleses, vienen norteamericanos. Yo llegué en el `65, y los norteamericanos, "americanos buenos" les decimos, llegaron más o menos por entonces. Pero hay otro fenómeno social del que yo me he ocupado en la novela. Los trabajadores que vienen de la América Latina. Nosotros tenemos una mujer de Uruguay que cuida nuestra pequeña finca. Y es mormona. Muy amable, le confiamos la casa cuando no estamos. La segunda vez que vino me dio una biblia mormona en holandés. No es que me quisiera convertir, el problema era que ella no podía entenderla. Esta isla no es tan paradisíaca como parece, porque el invierno puede ser muy duro. Y estos inmigrantes le dan realmente color a la isla porque los menorquines son unas personas muy cerradas. Entre ellos, normalmente, no hablan castellano sino una forma del catalán que es el menorquín. Y antes, estas islas tenían un barco a la semana solamente. Viven muy entre ellos. Harán dinero con los turistas y extranjeros, pero cuando llega el invierno es cuando se sienten más felices.

-Usted comentaba antes que es holandés pero que vive en todas partes. ¿Cree que eso forma parte de cierta genética social del holandés?
-Siempre hemos sido un país de navegantes y de comerciantes. Los comerciantes deben relacionarse con otros países. Por eso hablamos varios idiomas. Tu eres pequeño y el mundo es grande. Yo he aprendido en la escuela francés, alemán e inglés. Y mis padres, por razones que ahora no vienen al caso, se cambiaron de casa en mis primeros seis años unas ocho veces. Era la crisis en Europa durante los años `30.

-Usted vivió parte de su infancia durante los años de la Segunda Guerra Mundial.
-Sí, entre mis seis y once años. Mi padre murió durante un bombardeo en febrero de 1945. Todo eso junto da una idea de movilidad. Tengo casa en Holanda, no es que no... Pero para concentrarme necesito salir de Amsterdam.

EL LUTO COMO ACTIVIDAD

-En varios de los relatos los muertos terminan de morir solo cuando dejan de ser recordados. ¿Qué le hizo pensar en esa posibilidad?
-Usted habrá visto que la fotografía tiene un papel importante en este libro. Como ya han dicho Susan Sontag y Roland Barthes la fotografía es un papel donde la gente que desaparece queda fija y si hay alguien que conoció a alguna de esas personas se transforma en un motor para la memoria. Mi opinión es que este libro se trata del luto como actividad. En ese sentido, la historia de Heinz es un doble luto. Luto del protagonista por su mujer y luto del narrador por Heinz. Con las personas que desaparecen siempre desaparece parte de ti. Yo pienso que el luto es una actividad que se debe vivir. Y no tanto un sentimiento.

-¿Tuvo que ver esto con que murieran amigos suyos en los últimos años?
-Sí, también. Que yo los haya sobrevivido hace que pueda escribir esto.

-Ya que usted lo nombró le pregunto por "Heinz" que es el personaje más atractivo del libro. ¿Está inspirado en alguien que usted conoció?
-Ah... Eso son los secretos... La cocina. Pero si miras bien encontrarás muchos "Heinz" en el mundo. Es también un fenómeno de aquella gente que en un punto de la vida se deja ir y sobreviven, pero ya abandonaron la vida. Es un tipo de persona... que he observado en distintos lugares.

-Un arquetipo.
-Sí, podríamos ponerlo así.

-Usted quiere decir que los "Heinz" son aquellos que se han despedido del mundo pero su cuerpo sigue en la tierra.
-Exactamente. El cuerpo tiene que tratar de seguir y necesita del alcohol para eso.

MODELO DE VOGUE

-En "Paula", otro de sus relatos, el narrador sostiene que a cambio de espíritus hay fotografía. ¿Cree usted que en el futuro la fotografía podría ser vista como una forma de comunicación con lo que llamamos el más allá?
-Bueno es una posibilidad pero no quiero arriesgar ideas sobre el futuro. "Paula" surgió, por ejemplo, de una foto que yo vi, y que quería para la portada de este libro, pero no pudo ser posible porque esa persona existe, vive. Era una modelo de Vogue a la que nunca conocí. Pero esa foto ha sido el motor, después fueron apareciendo memorias de mujeres que he conocido.

-Es un trabajo muy interesante. A partir de una foto de la que desconoce su procedencia puede imaginar una historia.
-Sí pero en esta mujer había... No podíamos encontrarla. Ella era francesa de origen ruso y había llegado a ser una actriz más o menos conocida aunque yo no la recordaba. La editorial ha pedido permiso pero nunca les contestaron. Quizás fue mejor, ahora que lo veo en retrospectiva. Porque hemos encontrado esta ilustración de Gauguin.

-¿Cómo se topó con esa cara de Vogue?
-La vi en un catálogo de mi editor de libros de arte. Tengo dos editores en Alemania. Uno para ficción y otro para... Por ejemplo el libro Tumbas de poetas y pensadores, que yo considero muy importante en mi bibliografía. Es un libro que hice con mi mujer que es fotógrafa. Tumbas... es un libro que hemos hecho viajando a la búsqueda de tumbas de poetas. Stevenson en Samoa, Neruda en Chile, Borges en Ginebra, Hölderlin en Alemania, Proust en París.

-¿Y usted hizo el texto a partir de las fotos?
-No. Realicé un texto más general porque sabemos que en la tumba de Proust no hay Proust; Proust está en sus obras completas. Pero hay un sentimiento. Cuando uno está frente a la tumba de Joyce en Zurich y vienen otros, yo sé que ellos lo han leído. Yo no voy a preguntarles si también leyeron a Joyce pero se arma una especie de pequeña comunidad momentánea. Unidos por un mismo sentimiento.

-¿Por qué quiso hacer ese libro?
-Bueno, soy un proustiano. Una vez que he visitado su tumba en París me han venido una infinidad de pensamientos y mi mujer hizo una hermosa foto y después en el mismo cementerio encontramos a Paul Eluard, Cortázar, César Vallejo y de pronto nos dimos cuenta de que estábamos haciendo una colección. Siempre que hemos viajado nos hicimos un tiempo para esto. Yo empecé a escribir pequeños ensayos no solo sobre los poetas sino sobre la experiencia de buscar sus tumbas. Son tumbas sorprendentes.

-¿Cuál lo conmocionó más?
-Bueno, yo he traducido muchos poemas de César Vallejo. Esa tumba sigue siendo una especie de altar. Ponen guantes, ponen lápices, papel para escribir, cigarrillos. En la tumba de Cortázar había una botella de Absenta. Hasta que mi editor dijo "Basta Cees, ya son demasiados muertos".

-Hay poetas que ni siquiera pueden ubicarse, como García Lorca.
-No, no tiene tumba. Tampoco hay una tumba para Virginia Woolf, pero sabemos al menos que sus cenizas fueron arrojadas al jardín de la casa.

OJOS DE PINTOR

-Usted también escribe ensayos sobre arte. ¿Qué puertas le abre al lenguaje la contemplación de una obra maestra?
-Es difícil decirlo. Aquí en una librería tienen mi libro sobre Zurbarán. En mi libro sobre España, que se llama El desvío a Santiago, escribo sobre Zurbarán, Velázquez. También he escrito sobre los maestros holandeses.

-Se ha dicho de usted que tiene ojos de pintor con cabeza de escritor.
-¡No lo sabía! ¿Dónde leíste eso?

-Pues de un crítico alemán en Internet.
-Bueno, es que Internet es el óceano... Yo tengo un libro llamado El enigma de la luz, donde busco comparar a Vermeer con Edward Hopper, o analizarlos en cruce.

-Pero su punto de vista no es el de un teórico del arte.
-No, para nada. No tengo teorías, no soy un historiador del arte. Yo miro esas obras como una persona que busca dar sus impresiones y lo hago desde un ángulo muy diferente al de los historiadores del arte, que tienen un saber del que yo no dispongo. Los confronto como quien soy. No quiero hacer lo que los otros hacen... Yo quiero dar mi propia impresión.

-¿Qué diría que es diferente al escribir sobre una obra de arte en relación a una crónica de viajes o a imaginar una historia a partir de una foto?
-Es distinto... Vienen pensamientos... Cuando estoy frente a una obra de Hieronymus Bosch, por ejemplo, no la puedo ver como un ser medieval, no puedo tener ojos medievales frente a esa obra. El pensamiento sobre obras que tienen entre doscientos y seiscientos años de antigüedad cambia todo el tiempo. Cambia porque nosotros somos otros. Cuando miro un español del siglo XVII, Zurbarán, por ejemplo, lo que sabemos es que pintó monjes. Yo he visto que Zurbarán no ha pintado monjes sino tela. Si pudieras recortar de una pintura de Zurbarán dos metros cuadrados verías que es un estudio del blanco o el negro. Eso que queda, si pudieras recortarlo, es pintura abstracta. Esas cosas. Todo libro, ha dicho Umberto Eco, es una máquina de interpretación. Pero yo lo transporto a una obra de arte. Cuando uno escribe sobre un libro o un cuadro quiere decir que la máquina está en marcha, que la obra es viva.

ETERNA POSTULACIÓN

-Su nombre aparece muy relacionado con el próximo Nobel.
-(interrumpe) Esperaba que me hiciera esa pregunta, por suerte no fue al principio y la reservó para el final. No tengo nada que decir sobre el tema porque cuando los periodistas manejan sus listas de candidatos… Uf… Si tienen una lista es porque no es oficial. Eso queda entre las quince personas que lo deciden.

-¿Pero usted tiene ansiedad por ganar el premio? ¿Siente que le aporta algo a la obra a los que lo ganan?
-Si quieres una respuesta honesta... No sé... Una buena razón es que eres leído porque la gente repentinamente se interesa por tus libros. Por lo demás.

-¿Nada cambia?
-Sí, cambia. Más y más entrevistas e invitaciones y protocolo... Y yo ya tengo 78 años y solo tengo necesidad de escribir.

Articulo : http://www.elpais.com.uy Nov 2011 

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