dimanche 6 novembre 2011

Jordi SOLER/ Literatura de Todos los Santos


Literatura de Todos los Santos
Por Jordi SOLER 

Ensayos y novelas que tratan sobre la pérdida de seres queridos llenan la mesa de novedades - ¿Puede servir la escritura para superar la melancolía del duelo?

Para paliar el dolor insoportable de la pérdida, la escritora neoyorquina Joyce Carol Oates empezó a poner por escrito su propia historia frente a la muerte de su esposo. Como durante el proceso de duelo no podía escribir páginas largas, porque la pena y sus fantasmas recurrentes ocupaban la mayor parte de su energía, dedicó aquel periodo oscuro a vaciar su experiencia en textos breves, en una serie de entradas de diario que con el tiempo, y la perspectiva, fue convirtiéndose en Memorias de una viuda, una conmovedora obra literaria. La pérdida y el duelo de Joyce Carol Oates la llevaron a construir una historia por un camino que no había recorrido antes, el de la narración construida a fuerza de fragmentos, y el proceso de escritura de esta obra la ayudó a sobreponerse a la muerte de su esposo.

Situada también en ese territorio terapéutico de la literatura está Meghan O'Rourke, poetisa nacida en Brooklyn que, a partir del duelo que sentía por la muerte prematura de su madre, escribió The long goodbye.

Estas dos historias y otras que tratan la pérdida de los seres queridos y pueblan la mesa de novedades justamente hoy, Día de Todos los Santos, son parientas de El año del pensamiento mágico, que la escritora californiana Joan Didion publicó en 2005, una historia sobre la muerte, que es un tema tabú en Estados Unidos y que empieza con estas líneas contundentes: "La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba". Didion nos cuenta, en este libro sobrecogedor, la crónica de sus propias acciones, reacciones y reflexiones frente a la muerte súbita e inesperada de su marido.

Estas obras de pérdida y duelo, que además son memorias de una etapa negra y salvavidas de quien las escribe, funcionan también para los lectores que consiguen encontrar en ellas elementos con los cuales encuadrar mejor, y eventualmente reconducir, la onda expansiva de una pérdida.

Reflexionando sobre esto, la poetisa Meghan O'Rourke sostiene, en una entrevista reciente, que este tipo de historias son, entre otras cosas, un espacio público donde se puede conversar, sin ningún riesgo, sobre la pérdida y el duelo, son "una respuesta orgánica a la pérdida".

Estas historias escritas desde el dolor que produce la muerte de alguien muy querido, cuyo filón terapéutico no tiene nada que ver con los libros de autoayuda, han ido llegando en los últimos meses a las librerías, como una versión actual de esa escritura de duelo que ha existido siempre en la literatura, comenzando por Hamlet, ese melancólico arquetípico que va arrastrando la muerte de su padre, una pena que lo parte en dos y que tiene que purgar solo, con una intensidad que es la sustancia de la historia, porque Gertrude, su madre, ya se ha ido con su tío Claudio.

Entre los libros de "respuesta orgánica a la pérdida", para utilizar la terminología de Meghan O'Rourke, que han ido apareciendo en los últimos tiempos están Vidas ajenas,del desasosegante escritor francés Emanuelle Carrere; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron; Correr el tupido velo, donde Pilar Donoso disecciona su historia con José Donoso, su padre; Azul serenidad o la muerte de los seres queridos, de Luis Mateo Díez; Diario del duelo, el oscuro lamento de Roland Barthes por la pérdida de su madre, o Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

El psicoanalista inglés Darian Leader aborda el tema de la pérdida y el duelo en un ensayo, de muy reciente aparición, titulado La moda negra y con el subtítulo Duelo, melancolía y depresión. Leader se puso a trabajar a partir del ensayo Duelo y melancolía de Freud y, desconcertado ante la poca información que encontraba en los libros de sus colegas, recurrió a la literatura y ahí encontró una gran cantidad de obras que lo hicieron formularse la pregunta que dio origen a su ensayo: "¿Podrían las artes ser de hecho una herramienta vital que nos permita dar sentido a las inevitables pérdidas en nuestras vidas?".

Darian Leader, en sintonía con Meghan O'Rourke, la poetisa de Brooklyn que escribióThe long goodbye, ve en este tipo de obras un elemento terapéutico: "El lugar de las artes en nuestra cultura adquiere un nuevo sentido: como un conjunto de instrumentos que nos ayudan a vivir el duelo. Las artes existen para permitirnos acceder al dolor y hacen esto mostrando públicamente cómo la creación puede emerger de la turbulencia de una vida humana. En nuestro uso inconsciente de las artes, tenemos que ir fuera de nosotros para volver adentro".

La autora de Memorias de una viuda, Joyce Carol Oates, dice que el duelo es la más humana de las emociones, pero que se trata de una emoción que va rigurosamente en un solo sentido, porque no puede ser recíproca.

Darian Leader cita en La moda negra a la psicoanalista Ginette Raimbault, y redondea, de una manera involuntaria, la idea de Joyce Carol Oates: "El trabajo de escritores, artistas, poetas y músicos es muy importante para ayudar a sacar a la luz la naturaleza universal de lo que siente una persona en duelo, pero no en el sentido de que todos sentirán lo mismo. Por el contrario: lo que nadie puede entender de mi dolor, alguien puede expresarlo en tal forma que yo pueda reconocerme a mí misma en lo que no puedo compartir".

Entusiasma la idea de Leader, que comparten las dos escritoras, de que estos libros donde un autor exorciza la muerte sirven también de exorcismo para el lector; la literatura, que, como todas las artes, forma parte de las cosas que no sirven para nada, cobra aquí una dimensión terapéutica. La idea es, desde luego, opinable, pero, de entrada, no está mal que en este milenio en donde todo debe tener una utilidad, y producir algún tipo de ganancia, aparezcan de pronto estas obras que tienen, desde el punto de vista de Leader, una utilidad añadida a sus méritos literarios.

No deja de ser curioso que un tema tan grave como la muerte, y el duelo, se trate con más amplitud y generosidad en la literatura que en el mundo del psicoanálisis, donde Leader buscó ideas infructuosamente; quizá se deba a que estos libros escritos desde el duelo son obras que rozan la ficción y que, aunque sean rigurosamente verdad, utilizan recursos narrativos propios de las novelas. Probablemente la muerte, la pérdida y el duelo, son una realidad tan real, tan insoportablemente puntual y veraz, que termina tocándose con la ficción, con ese mundo de mentiras donde las cosas no existen, hasta el día en que se convierten en verdad.

Letras terapéuticas

Libros sobre la pérdida aparecidos en los últimos meses.

- Vidas ajenas (Anagrama), de Emanuelle Carrere.
- El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori), de Patricio Pron.
- Correr el tupido velo (Alfaguara), de Pilar Donoso.
- Azul serenidad o la muerte de los seres queridos (Alfaguara), de Luis Mateo Díez.
- Diario del duelo (Paidós), de Roland Barthes.
- La moda negra (Sexto Piso), de Darian Leader.
- Memorias de una viuda (Alfaguara), de Joyce Carol Oates.

***
La moda negra (Sexto Piso), de Darian Leader.

Introduccion:

Después de recibir una receta para uno de los antidepresivos más populares y recogerla de la farmacia, una joven mujer regresó a casa y abrió la pequeña caja. Había imaginado una botella amarilla llena de cápsulas enfrascadas de forma apretada, como pastillas de vitaminas. En cambio, encontró un envoltorio metálico plano, con cada pastilla separada de su vecina por un desproporcionado espacio de aluminio vacío. «Cada pastilla está en completa soledad», dijo ella, «como en conchas metálicas mirando hacia fuera a las demás. Están todas en sus pequeñas prisiones individuales. ¿Por qué no están todas juntas en una caja, sueltas y libres?» Le preocupó la forma en que las pastillas estaban empaquetadas. «Están alineadas como pequeños soldaditos obedientes ¿por qué ni uno de ellos rompe filas?» Su siguiente pensamiento fue tomarse todas las pastillas juntas. Cuando le pregunté por qué, me dijo, «Para
que no se sintieran tan solas y con claustrofobia.»

Aunque los antidepresivos son recetados a millones de personas en el mundo occidental, con estadísticas que se elevan sin parar en otros países, parece que a ningún cuidador de remedios médicos para la depresión se le ha ocurrido que el remedio puede funcionar como un espejo de la enfermedad. La pastilla solitaria envía un mensaje cruel a cualquiera que abre el paquete. Esta imagen sombría de unidades separadas expresa el lado negativo del individualismo moderno, donde cada uno de nosotros se toma como un agente aislado, desconectado de los demás e impulsado por la competencia por bienes y servicios en el mercado más que por la comunidad y el esfuerzo compartido.

Por supuesto, el paquete de antidepresivos tiene su razón de ser. Las píldoras aisladas permiten a los usuarios llevar la cuenta de cuántas han tomado. Permite, pudiera decirse, un mejor manejo de la depresión. Incluso pudiera pensarse que al separar cada pastilla con una placa de envoltura vacía o de plástico el usuario está siendo disuadido de tomar demasiadas.

¿Pero cuántas personas, podríamos pensar, han mirado el envoltorio de sus antidepresivos con pensamientos similares a aquéllos de la joven mujer en cuestión?

Podríamos ver esta situación como una metáfora de la forma en que la depresión es tratada a menudo en la sociedad actual. La vida interior del doliente se deja sin examinar y se le da prioridad a las soluciones médicas. Seguir las instrucciones de cómo tomar las píldoras se vuelve más importante que examinar la relación en sí de la persona con la píldora. La depresión aquí es concebida como un problema biológico, parecido a una infección bacteriana, la cual requiere un específico remedio biológico. Los pacientes deben ser devueltos a sus estados anteriores productivos y felices. En otras palabras, la exploración de la interioridad humana está siendo reemplazada con una idea fija de higiene mental. El problema debe ser eliminado más que comprendido.

¿Pudiera ser que esta forma de entender la depresión sea parte del problema mismo? Al tiempo que tantos aspectos diferentes de la condición humana son explicados hoy en día en términos de déficits biológicos, las personas son despojadas de la complejidad de su vida mental inconsciente. La depresión se considera el resultado de una falta de serotonina, más que la respuesta a experiencias de pérdida y separación. La medicación tiene como objetivo restaurar al paciente los niveles óptimos de adaptación social y utilidad, con poca consideración sobre las causas a largo plazo y en los posibles efectos de los problemas psicológicos.

Sin embargo, cuanto más ve la sociedad la vida humana en estos términos mecanicistas, más probable es que los estados depresivos se ramifiquen. Tratar una depresión de la misma forma que, digamos, una infección que requiere antibióticos, siempre es una decisión peligrosa. La medicina no curará lo que ha deprimido a la persona en primera instancia, y cuanto más se conciban los síntomas como signos de desviación o de comportamiento inadaptado, más sentirá el paciente el peso de la norma, de lo que se supone debe ser. Se convierten en «bajas» según el punto de vista actual, el cual considera a los seres humanos como «recursos» y en el cual una persona es sólo una unidad energética, un paquete de habilidades y competencias que pueden ser compradas y vendidas en el mercado.

Si la vida humana se ha convertido en esto, ¿es sorprendente acaso que tantas personas elijan negarse a este destino, perdiendo su energía y su potencial en el mercado al caer en la depresión y la miseria?

En este libro argumento que debemos renunciar al concepto de depresión como está enmarcado en la actualidad. En cambio, debemos ver lo que llamamos depresión como un conjunto de síntomas que derivan de historias humanas complejas y siempre distintas. Estas historias involucrarán las experiencias de separación y pérdida, incluso si a veces no somos conscientes de ellas. A menudo somos afectados por sucesos en nuestras vidas sin darnos cuenta de su importancia o de cómo nos han cambiado. Con el propósito de dar sentido a la
forma en que hemos respondido a tales experiencias, necesitamos tener las herramientas conceptuales correctas; y éstas, creo, pueden ser encontradas en las viejas nociones de duelo y melancolía. La depresión es un término vago para una variedad de estados. El duelo y la melancolía, no obstante, son conceptos más precisos que pueden ayudar a arrojar luz sobre cómo lidiamos (o fracasamos en lidiar) con las pérdidas que son parte de la vida humana.

En la psicología popular, el duelo es a menudo equiparado con la idea de superar una pérdida. ¿Pero alguna vez superamos nuestras pérdidas? ¿No es más bien que las hacemos parte de nuestras vidas en diferentes formas, a veces de manera fructífera, a veces catastrófica, pero nunca sin dolor? una perspectiva más cuidadosa y detallada del duelo exploraría sus mecanismos y vicisitudes. Respecto a la melancolía, ésta es por lo general considerada una categoría anticuada, un tema de curiosidad histórica o un término poético para un humor
de tristeza ensimismada. Como veremos, detrás de ella hay mucho más que eso, y puede ayudarnos a entender algunos de los casos más serios de depresión en los cuales una persona está convencida de que su vida no vale nada y es imposible vivir.
*  *  *
Cuando releí el breve y escueto ensayo de Freud, Duelo y melancolía, hace algunos años, me llamó la atención lo poco que había sido escrito acerca del duelo por generaciones posteriores de analistas. Encontré incontables descripciones del comportamiento de personas afrontando la pérdida, pero mucho menos acerca de la más profunda psicología del duelo. El colega de Freud, Karl Abraham, había escrito algunos brillantes papeles sobre el tema y su propia alumna, Melanie Klein, retomó el tema en su visión del desarrollo psíquico. Sin embargo, los comentarios de analistas posteriores parecían más reservados.

De hecho, la mayoría de la literatura en lengua inglesa sobre los temas del ensayo de Freud podía ser leída en cuestión de semanas. Comparado con la montaña de libros, documentos y actas de congresos sobre otros temas psicoanalíticos que hubiera tomado años leer, la literatura sobre el duelo era mínima.

Me pregunté por qué. Lo mismo era cierto sobre la melancolía. Aparte de unos
pocos estudios históricos, los analistas habían escrito muy poco sobre lo que ciertamente había llamado la atención de Freud como un concepto crucial. ¿Qué podía explicar esta negligencia? una respuesta parecía obvia. Donde una vez el duelo y la melancolía habían sido términos aceptados, actualmente se habla de depresión. La desaparición de los viejos términos podía ser entendida en relación con la ubicuidad del concepto más nuevo. Categorías fuera de moda han sido reemplazadas por una idea más moderna y más precisa y, ciertamente, no ha faltado ausencia de literatura sobre la depresión. De hecho, es un campo de investigación tan vasto que sería imposible mantenerse al día de todo lo que se publica.

Sin embargo, incluso un vistazo superficial a gran parte del trabajo actual sobre la depresión muestra que no puede ser la solución a nuestra pregunta. Los problemas en los que los investigadores de hoy se enfocan están muy alejados de aquéllos que preocupaban a Freud y a sus alumnos. Sus complicadas teorías de cómo respondemos mentalmente a la experiencia de la pérdida han sido reemplazadas con descripciones de conducta externa, dudosa bioquímica y psicología superficial. Por ningún lado encontré en las estadísticas y las gráficas el testimonio real de los pacientes mismos, como si escuchar ya no importara. La riqueza de la investigación anterior se había perdido. Estaba ausente la intrincación e inquietud por la subjetividad humana que había caracterizado los estudios de los primeros analistas. Simplemente no se trataba del mismo conjunto de problemas. ¿Era esto un progreso?

Después se me ocurrió otra idea. Había ido a librerías locales con la esperanza de encontrar algunos estudios decentes sobre el tema de la pérdida. Después de echar un vistazo entre la no-ficción y no encontrar nada nuevo, fui hacia los estantes de ficción. Ahí había libros de todos los rincones del mundo, escritos por jóvenes novelistas, favoritos experimentados y los grandes maestros del pasado. Muchos eran claramente historias de pérdida, separación y aflicción. Por un momento, la enorme cantidad de obras me aturdió. Había pasado semanas intrigado por la ausencia de literatura sobre mi tema de investigación y ahora estaba frente a estantes y estantes de obras que prácticamente no hablaban de otra cosa. Entonces se me ocurrió que tal vez la literatura científica sobre el duelo que había estado buscando era simplemente toda la literatura. Este mar de libros sobre cualquier tema imaginable era de hecho la literatura científica sobre el duelo. Y esto me puso a pensar en la relación entre duelo, pérdida y creatividad. ¿Qué lugar tenían las artes en el proceso del duelo? ¿Podrían las artes ser de hecho una herramienta vital que nos permita dar sentido a las inevitables pérdidas en nuestras vidas?
*  *  *
Esto todavía no respondía a mis preguntas. ¿Qué sentido podríamos darle a las categorías de duelo y melancolía hoy en día? ¿Tienen los viejos conceptos freudianos todavía el mismo apoyo o algo nuevo debía ser agregado? ¿Cómo debían ser diferenciados los dos conceptos y cómo nos permitirían repensar los terribles estados de dolor y angustia experimentados por aquéllos que se quejan de depresión? Con el propósito de comenzar a pensar en estas preguntas, el primer paso era levantar la pesada manta del término mismo de «depresión»; es usado tan ampliamente y con tan poco cuidado que actúa como una barrera para explorar en detalle nuestras respuestas a la pérdida. Las sociedades occidentales contemporáneas han adaptado en aumento el concepto de depresión a lo largo de los últimos treinta años, más o menos; esto, sin embargo, con poca justificación real. El hecho de que el diagnóstico haya alcanzado tal dominio exige una explicación.

Cuanto más se utiliza de manera acrítica el concepto de depresión y más se reducen las respuestas humanas a problemas bioquímicos, menos espacio hay para explorar las intrincadas estructuras del duelo y la melancolía que tanto fascinaron a Freud. Mi argumento es que estos conceptos necesitan ser revividos y que la idea de la depresión debería ser usada meramente como un término descriptivo para referirse a rasgos superficiales de conducta. Después de una breve introducción a algunos de los debates acerca de la depresión hoy en día, volví a revisar las teorías de Freud en detalle; éstas han sido criticadas por analistas posteriores y veremos cómo tanto Karl Abraham como Melanie Klein hicieron importantes contribuciones al estudio de la pérdida tras las investigaciones iniciales de Freud. Aunque sus ideas hoy pudieran parecer improbables o en el mejor de los casos pasadas de moda, veremos cómo aún hay mucho que aprender de ellas.

Después de los primeros trabajos innovadores, una crítica crucial del ensayo de Freud se volvió inevitable. Freud veía el duelo como un trabajo individual; sin embargo, toda sociedad humana documentada les da un lugar central a los rituales públicos del duelo. La pérdida es insertada en la comunidad a través de un sistema de ritos, costumbres y códigos, que van desde los cambios en la vestimenta y los hábitos de comer hasta las ceremonias conmemorativas altamente estilizadas. Éstas involucran no sólo al individuo afligido y a su familia inmediata, también lo hacen sobre el grupo social más amplio. Y sin embargo, ¿por qué la pérdida debiera ser enfrentada de manera pública? Y si las sociedades de hoy, sospechosas de tales demostraciones públicas, tienden a hacer el dolor más y más un suceso privado, inmerso en el dominio del individuo, ¿podría esto tener un efecto en el duelo mismo? ¿Es el duelo más difícil hoy en día por esta erosión de los ritos sociales de duelo? El duelo, argumentaré, requiere de otras personas.

Explorar estas preguntas nos lleva a definir las tareas del duelo. El dolor tal vez sea nuestra primera reacción a la pérdida, pero el dolor y el duelo no son exactamente lo mismo. Si perdemos a alguien que amamos, ya sea por muerte o separación, el duelo no es nunca un proceso automático. Para mucha gente, de hecho, nunca tiene lugar. Describiremos cuatro aspectos del proceso de duelo que señalan que el trabajo de pensar profundamente sobre el dolor está llevándose a cabo. Sin esto, permanecemos atrapados en un duelo estancado, no resuelto, o en una melancolía. En el duelo, lloramos a los muertos; en la melancolía, morimos con ellos. En la última sección, bosquejaré una teoría de la melancolía que se basa en las ideas de Freud y ofrece un recuento del lugar clave que ocupa la creatividad en esta condición tan dolorosa y devastadora.

Me gustaría agradecer a varias personas por sus contribuciones a este libro. Antes que a nadie, a mis analizados, por sus puntos de vista, su esfuerzo y valor para hablar de lo que es más doloroso en sus vidas. Mucho de lo que sigue ha sido formulado por ellos y a menudo he sentido que hice poco más que transcribir sus palabras. También le debo mucho a Geneviève Morel, cuyo trabajo me ha provisto de continua inspiración para mi exploración del duelo y la melancolía. Un grupo de estudio en el Centro de Análisis Freudiano e Investigación me permitió elaborar muchos de los temas del libro, y me gustaría agradecer a éste por todo el apoyo. Especial agradecimiento también a Ed Cohen; su interés, ánimo y crítica fueron inestimables, y a los amigos y colegas que han contribuido al libro: Maria Alvarez, Pat Blackett, Vincent Dachy, Marie Darrieussecq, Abi Fellows, Astrid Gessert, Anouchka Grose, Franz Kaltenbeck, Michael Kennedy, Hanif Kureishi, Janet Low, Zoe Manzi, Pete owe, Vicken Parsons, Hara Pepeli, Alan Rowan y Lindsay Watson. Dany Nobus tuvo la generosidad de publicar un primer borrador técnico de una parte de mi investigación en el Diario de estudios lacanianos. En Hamish Hamilton, Simon Prosser fue un editor perfecto, Anna ridley y Francesca Main dieron una ayuda muy necesitada, y Georgina Capel de Capel-Land fue, como siempre, la agente más amable y paciente. 1

La depresión hoy en día está en todas partes. Los médicos generales la diagnostican, las celebridades revelan que la padecen, a los niños les dan recetas para combatirla, se discute en los medios de comunicación, los personajes de telenovela luchan por vencerla. Sin embargo, hace cuarenta años la depresión casi no se encontraba por ningún lado. Se consideraba que un pequeño porcentaje de la población sufría de depresión y tenía poca dignidad como categoría diagnóstica. La gente era ansiosa o neurótica, pero no deprimida. A veces esto se explica en términos de crecimiento en conocimiento científico. Ya que ni siquiera hoy entendemos realmente qué es la depresión, podemos mirar atrás y darnos cuenta de cómo siempre había estado presente y sin embargo sin diagnosticar. El florecimiento del diagnóstico es simplemente un signo de progreso científico.

Desde esta perspectiva, la depresión es el nombre de una enfermedad única. Tiene rasgos biológicos específicos y es encontrada en todas las sociedades humanas. Involucra síntomas tales como el insomnio, la falta de apetito y la baja energía, y esta disminución de tono biológico y vital es atribuida a un problema químico en el cerebro. Una vez que hayamos desarrollado estos síntomas iniciales, la cultura tal vez pueda ayudar a darles forma, dando prominencia a algunos e incitándonos a ser discretos respecto a otros. Tal vez no tengamos problema diciendo a nuestros amigos o a nuestro doctor que nos sentimos exhaustos, pero seremos muy discretos sobre nuestra pérdida de libido.

Según este punto de vista, nuestros estados biológicos serán interpretados como humores y emociones por nuestro ambiente cultural. La baja energía, por ejemplo, tal vez sea interpretada como «tristeza» o «culpa» en una sociedad pero no en otra. De igual forma, cómo responderá cada cultura a estos sentimientos variará ampliamente, yendo de preocupación y cuidado a la indiferencia y el rechazo. Algunas culturas proveerán vocabularios ricos para describir estos sentimientos y les otorgarán legitimidad, mientras que otras no. Desde este punto de vista, lo que llamamos «depresión» es la particular interpretación médica occidental de cierto conjunto de estados biológicos, con la química cerebral como problema de base. Una perspectiva alterna ve la depresión como un resultado
de cambios profundos en nuestras sociedades. El surgimiento de las economías de mercado crea una ruptura de los mecanismos de apoyo social y del sentido de comunidad. Las personas pierden la sensación de estar conectadas a grupos sociales y entonces se sienten empobrecidas y solitarias. Privadas de recursos, inestables económicamente, sujetas a presiones agudas y con pocos caminos alternativos y esperanzas, caen enfermas.

Las causas de la depresión, de acuerdo con este punto de vista, son sociales. Presiones sociales prolongadas acabarán necesariamente por afectar nuestros cuerpos, pero las presiones vienen primero, la respuesta biológica después. Este punto de vista social se refleja en la perspectiva de algunos psicoanalistas, quienes ven a la depresión como una forma de protesta. Ya que los humanos son vistos como unidades de energía en las sociedades industriales, opondrán resistencia, sean conscientes de ello o no. Así, mucho de lo que es etiquetado hoy como depresión puede ser entendido como la pasada de moda histeria, en el sentido de la negativa a las formas presentes de autoridad y dominio. Cuanto más insista la sociedad en los valores de eficiencia y productividad económica, más proliferará la depresión como una consecuencia necesaria. De forma similar, cuanto más nos apremie la sociedad moderna a alcanzar la autonomía y la independencia en nuestra búsqueda de la realización, más adoptará la resistencia la forma del opuesto exacto de estos valores; colocará a la miseria en medio de la abundancia. La depresión es, entonces, una forma de decir No a lo que nos dicen que debemos ser.
*  *  *
De acuerdo con la organización Mundial de la Salud, para el 2010 la depresión será el problema más grande de salud pública después de las enfermedades del corazón. Afectará a entre veinticinco y cuarenta y cinco por ciento de la población adulta, con un incremento en niños y adolescentes. Según la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente, hay en la actualidad 3,5 millones de niños deprimidos en Estados unidos, y más del seis por ciento de los niños estadounidenses están tomando medicamentos psiquiátricos. En 1950, sin embargo, se estimaba que la depresión afectaba sólo a un 0,5 por ciento de la población. ¿Qué pudo haber pasado durante la última mitad de siglo?

Historiadores de psiquiatría y psicoanálisis han coincidido en general en que la depresión fue creada como una categoría clínica por una variedad de factores durante la segunda mitad del siglo veinte: había presión por empaquetar los problemas psicológicos como otros problemas de salud, y así salió a la luz un nuevo énfasis en el comportamiento exterior, más que en los mecanismos inconscientes; el mercado para los tranquilizantes menores se colapsó en los setenta, después de que sus propiedades adictivas fueran divulgadas, y así había que popularizar una nueva categoría diagnóstica (y un remedio para ella) para justificar y atender el malestar de las poblaciones urbanas; y nuevas leyes sobre pruebas de drogas favorecieron una concepción simplista, discreta de qué enfermedad se trataba. Como resultado, las compañías de drogas manufacturaron la idea de enfermedad y de cura al mismo tiempo. La mayor parte de la investigación publicada había sido financiada por ellos; y la depresión vino a ser menos un complejo de síntomas con diversas causas inconscientes y más simplemente aquello sobre lo que actuaban los antidepresivos. Si las drogas afectaban al humor, al apetito y a los patrones de sueño, entonces la depresión consistía en un problema con el humor, el apetito y los patrones de sueño. La depresión, en otras palabras, fue creada tanto como fue descubierta.

Hoy en día, hay cierto escepticismo acerca de las afirmaciones hechas sobre los antidepresivos. Es ahora bien sabido que la mayoría de los estudios de su efectividad son financiados por la industria y que, hasta hace muy poco, los resultados negativos rara vez fueron publicados. También se han cuestionado fuertemente las afirmaciones sobre la especificidad de las drogas. Pero a pesar de tanta cautela, la idea de la depresión como un problema cerebral mantiene su atracción incluso para los escépticos. Cuando los artículos de periódico señalan los peligros de una droga en particular como el Seroxat, sugiriendo que aumentan el riesgo de suicidio, las razones para esto son explicadas entonces en términos bioquímicos: la droga causa los pensamientos suicidas. Estos críticos de la droga comparten así la creencia de los responsables: que nuestros pensamientos y acciones pueden ser determinados bioquímicamente.

La implicación de tales críticas es simplemente que las drogas no son lo suficientemente buenas: necesitan ser más específicas, promover pensamientos positivos en vez de negativos. Esta perspectiva ignora por completo la idea de que los suicidas puedan ser a veces consecuencia de un diagnóstico inicial erróneo (por ejemplo, como veremos más adelante, diagnosticar equivocadamente melancolía como «depresión») y de igual relevancia es el hecho de no considerar que la depresión puede ser en sí misma un mecanismo de defensa y, si se la anula, hace que las acciones desesperadas sean más probables.

Algunos estudios, de hecho, han afirmado que las depresiones ligeras tal vez incluso protegen contra el suicidio. En otros casos, la forma en que una droga embrutece los estados mentales de una persona puede causar un corto circuito en la producción de defensas genuinas contra los sentimientos suicidas. El mito de la depresión como una enfermedad exclusivamente biológica ha venido a reemplazar al detallado estudio de la variedad de respuestas humanas a la pérdida y la decepción. Las fuerzas sociales y económicas, ciertamente, han tomado parte en este esfuerzo por transformar el dolor en depresión.

Somos enseñados a ver casi cualquier aspecto de la condición humana como si de alguna manera estuviera sujeto a nuestra decisión consciente y a nuestro control potencial, y entonces cuando las compañías de farmacéuticos comercializan sus productos juegan con estos modernos ingredientes de nuestra propia imagen. Puede ser que estemos enfermos, pero podemos elegir tomar las medicinas y así recuperarnos. No hacerlo parecería irracional y autodestructivo. Incluso en los rústicos pueblos de Lima, en Perú, los grandes y coloridos anuncios incitan al público a preguntar a su médico general por antidepresivos de marca. Las drogas, se afirma, nos restaurarán a nuestro ser anterior.

Aunque existen bastantes estudios que muestran que los antidepresivos, de hecho, no hacen lo que se supone que deben hacer, nuestra sociedad parece solo tener oídos para los comunicados de prensa positivos. Sabemos que la mayor parte de la investigación está patrocinada por la industria, que las drogas no son tan específicas como se afirma que son, que sí tienen serios efectos secundarios y producen significativos problemas de abstinencia y que, con el tiempo, la psicoterapia provee un tratamiento mejor y más sólido. Sin embargo las recetas continúan, junto con nueva y aparentemente «científica» propaganda emitida por las compañías farmacéuticas. A nivel mundial, esto constituye un mercado que implica miles de millones de dólares, y sería difícil imaginar a alguien dentro de la industria decir que es el momento de cerrar el negocio.

En Gran Bretaña, la industria farmacéutica es la tercera actividad económica más lucrativa, después del turismo y las finanzas. El Sistema Nacional de Salud gasta alrededor de siete mil millones de libras esterlinas en medicamentos en Inglaterra, con alrededor de un ochenta por ciento de ese gasto destinado a productos de marca patentados. Da la impresión de que esto merece una investigación imparcial; sin embargo, hoy en día 27 de 35 miembros del comité gubernamental encargados de seleccionar y aprobar drogas para el Sistema Nacional de Salud reciben salarios privados de la industria farmacéutica. Mientras que el trabajo de un investigador individual que estudie tales drogas tal vez tenga una tirada de cincuenta o cien ejemplares para enviar a sus colegas, los resultados financiados por la industria tal vez tengan tiradas de 100 000 ejemplares y se distribuyan gratis a los doctores. Estos factores económicos dan la ilusión de que la opinión se inclina a favor de las drogas.

El problema aquí no es sólo acerca del acceso a la información sino de lo que cuenta como información en primer lugar. Estudiar un antidepresivo en particular tal vez no sea tan difícil, pero un proyecto que está encaminado a cuestionar la validez misma de los antidepresivos no encontrará patrocinio con facilidad. Dirigir tales estudios y divulgar sus resultados requiere un poderoso apoyo, el cual significa la clase de dinero que en realidad sólo tiene la industria. Agregado a esto, para que tales estudios cuenten como «científicos» deben usar el mismo lenguaje y sistemas diagnósticos que los productores de las drogas. De otra forma, se cree que no puede hacerse ninguna comparación significativa. Esto tiene el desafortunado resultado de que incluso los conceptos más básicos (tales como la depresión misma) tienden a evitar el escrutinio crítico.

Sin embargo, ¿por qué vemos la depresión como una entidad aislada, única? Claramente, esto es lo que la industria farmacéutica quiere que hagamos, esto es lo que permite la venta de las drogas que afirman curarla. Pero no debemos responsabilizar solamente a las farmacéuticas en esto. La sociedad contemporánea (es decir, nosotros) también juega su parte en configurar cómo deseamos vernos a nosotros mismos y a nuestros malestares. Cuando las cosas salen mal, queremos nombrar rápidamente al problema, lo cual nos hace a todos más receptivos a las etiquetas que los doctores y las farmacéuticas nos ofrecen. La mayoría de nosotros también quiere evitar la labor de explorar nuestras vidas interiores, lo cual quiere decir que preferimos ver síntomas como signos de una alteración local, antes que como dificultades que conciernen a la totalidad de nuestra existencia. Ser capaces de agrupar nuestros sentimientos de malestar, ansiedad o tristeza bajo el término general de «depresión», y después tomar una píldora para eso, será visto naturalmente como algo más atractivo que poner toda nuestra vida bajo un microscopio psicológico.

Pero, ¿y qué si la depresión misma fuera tan múltiple y variada como aquéllos a quienes se les dice que la padecen? Por qué no ver los síntomas manifiestos de la depresión como más parecidos a un estado como la fiebre: tal vez parecieran
iguales entre un amplio número de personas pero sus causas serán muy diversas. Así como la fiebre puede ser un signo de malaria o de un virus de gripe común, también la pérdida de apetito, digamos, podría ser un signo de estar enamorado sin saberlo o de una negativa a las abrumadoras demandas de otras personas o de algún dolor privado. Descubrir estas causas jamás podrá conseguirse en un espacio de diez (o veinte) minutos de consulta general, sino que requiere de una escucha y diálogos largos y detallados. Hay una crucial diferencia entre el fenómeno superficial, tal como la apatía, el insomnio y la
pérdida de apetito, y los problemas subyacentes que están generando estos estados, usualmente más lejos de nuestro ser consciente.

¿Qué pasa aquí con las terapias psicológicas? ¿En verdad están disponibles a través de médicos generales y hospitales que ofrecen el contrapunto necesario a tratamientos basados en medicación? ¿No proveen precisamente el espacio para la escucha que el paciente deprimido necesita? Desafortunadamente, esto está lejos de ser así. Las terapias psicológicas están a menudo disponibles, pero el término mismo puede ser engañoso: casi siempre significa terapia cognitivo-conductual a corto plazo y rara vez se referirá a psicoterapia psicoanalítica a largo plazo. La terapia cognitivo-conductual ve los síntomas de la gente como el resultado de defectos de aprendizaje. Con apropiada reeducación, pueden corregir su comportamiento y llevarlo más cerca de la norma deseada. En sí misma, la terapia cognitivo-conductual es una forma de condicionamiento que
aspira a la higiene mental. No tiene lugar para las realidades de la sexualidad o la violencia que yacen en el corazón de la vida humana. Éstas son vistas como anomalías o errores de aprendizaje más que como impulsos primarios y fundamentales. De igual forma, los síntomas no son vistos como los portadores de la verdad sino más bien como errores que deben ser evitados, un punto al que volveremos más adelante en este libro.

La terapia cognitivo-conductual, no obstante, es casi la única terapia psicológica ofrecida a través de sistemas de salud pública. Esto se debe a una razón muy simple: funciona. Pero quizá no en el sentido que deseamos. Como un tratamiento superficial, no puede acceder a complejos e impulsos inconscientes. Lo que puede hacer es dar resultados en papel que mantengan felices a los agentes del Sistema Nacional de Salud. Viene equipada con sus propios exámenes y cuestionarios de evaluación, los cuales tienden a dar resultados muy positivos. En el papel, puede ayudar a deshacerse de síntomas y hacer más feliz a la gente. Pero más allá del hecho de que los métodos de cuestionarios son notoriamente poco fiables, no toma en cuenta los futuros o alternativos síntomas que la gente puede desarrollar más adelante. Cuando éstos aparecen, el paciente termina anotado al final en una lista de espera, y ya que los síntomas superficiales pueden bien ser diferentes ahora, no parecerá que el primer tratamiento fracasó. Una vez más, la diferencia entre fenómeno superficial y estructura subyacente es ignorada.

Las aproximaciones psicoanalíticas a la depresión son muy diferentes de aquéllas de la terapia cognitivo-conductual. Si un paciente dice «estoy deprimido», el analista no afirmará saber lo que esto significa o lo que será mejor para él. Por el contrario, será una cuestión de desenvolver las palabras para saber qué significan para ese individuo en particular y explorar cómo sus presentes problemas han sido moldeados por su vida mental inconsciente. El analista no sabe más que el paciente y su principal meta no es deshacerse de los síntomas, incluso si esto llega a ser un resultado. Más bien lo que importa es permitir que lo que se está expresando en los síntomas se articule, sin importar en qué medida está esto en desacuerdo con las normas sociales. Aquí el paciente es el experto y no el analista.

El paciente en verdad sabe más que el analista sobre los orígenes de sus problemas, pero este conocimiento es más bien peculiar. No es conocimiento consciente sino inconsciente. El paciente lo sabe sin saberlo, de la misma forma en que podemos ser conscientes de que nuestros sueños significan algo sin ser capaces de explicarlos o interpretarlos. El análisis estará enfocado a traer material inconsciente a la luz, y esto siempre será un proceso difícil e impredecible. Nada puede saberse por adelantado, y la relación entre el paciente y el analista bien puede resultar ser tan turbulenta como cualquier otra forma de lazo humano íntimo. Estas características del análisis significan que difícilmente puede encajar con lo que nuestra sociedad contemporánea anti-riesgos considera deseable: resultados rápidos y predecibles, absoluta transparencia y la eliminación del comportamiento no deseable. Es precisamente la terapia cognitivo-conductual y no el análisis la que afirma ofrecer estas últimas soluciones. El precio a pagar, no obstante, es un tratamiento cosmético que apunta a los problemas superficiales y no a los profundos subyacentes.

Pensar sobre el duelo y la melancolía nos permite movernos más allá de estas características superficiales a lo que yace debajo de ellas; a diferencia de publicitar la nueva droga antidepresiva, no significa ningún gran negocio para nadie. Sin embargo, mientras leemos artículo tras artículo sobre cómo la depresión es considerada una enfermedad cerebral, perdemos por completo cualquier sentido de que en el núcleo de la experiencia de inercia y de falta de interés en la vida de mucha gente está la pérdida de una relación humana muy querida o una crisis de significado personal. Si estos factores no son reconocidos en absoluto, se transforman en una vaga charla sobre «estrés» y son relegados a la periferia del diagnóstico. En nuestra nueva edad oscura, la experiencia individual y la vida interior inconsciente no tienen ya lugar en la forma en que nos incitan a pensar sobre nosotros mismos. Nuestras carencias y deseos son tomados al pie de la letra, en vez de ser vistos como máscaras de conflictos y a menudo deseos inconscientes incompatibles.

La depresión es un término demasiado general para sernos útil. Aunque no todas las apariciones de estados depresivos indican un duelo o melancolía subyacentes, estos conceptos nos pueden no obstante permitir aproximarnos al problema de la pérdida con mucha mayor claridad. Pueden decirnos algo sobre por qué una reacción depresiva puede desarrollarse hasta convertirse en un serio abatimiento sostenido o, por momentos, una terrible, interminable pesadilla de autoflagelación y culpa. En la vida diaria, los más obvios detonantes de estados depresivos involucran a nuestra propia imagen. Algo pasa que nos hace cuestionarnos la forma en que nos gustaría ser vistos: nuestro jefe hace un comentario crítico, nuestro amante se vuelve más distante, nuestros colegas no reconocen algún logro. En otras palabras, una imagen ideal de nosotros como dignos de ser amados es herida.

Pero las depresiones son igual de probables no sólo cuando una imagen ideal es cuestionada sino cuando en verdad logramos alcanzar nuestro ideal: el atleta que rompe una marca mundial, el seductor que finalmente logra su conquista, el trabajador que obtiene la tan esperada promoción. En estas instancias, nuestro deseo es de súbito eliminado. Tal vez hayamos luchado durante años para alcanzar alguna meta, pero cuando no hay ya nada más que alcanzar sentimos la presencia de un vacío en el núcleo de nuestras vidas. Muchas personas habrán sentido esto de alguna forma después de terminar exámenes. El momento tan largamente esperado ha sido alcanzado y ahora sólo hay tristeza.

Estos estados depresivos no siempre llevan a largos serios períodos de desesperación y abatimiento, pero, cuando es así, podemos sospechar que cuestiones de duelo y, en algunos casos, melancolía, están presentes. Subidas y bajadas son por supuesto parte de la vida humana, sería un error tornar patológico cada episodio de tristeza. Pero cuando las bajadas comienzan a volverse una bola de nieve, acumulando su propio impulso depresivo, debemos preguntarnos qué otros problemas han revivido o absorbido. En la mayoría de los casos, esto no estará disponible a la introspección consciente y requerirá un diálogo y un análisis más cuidadoso.

Una mujer joven cayó en una profunda depresión cuando finalmente fue capaz de mudarse con su novio. Habían continuado una relación a distancia durante dos años, viajando en fines de semana alternados a través del Atlántico para verse. Cuando él estuvo de acuerdo en mudarse a Londres, parecía que el agotador horario de vuelos, jet-lag y extenuación terminaría al fin. Ahora podrían estar juntos y compartir un espacio por primera vez. Ambos estaban llenos de esperanza, sin embargo unos días después de su llegada, ella se sintió
triste, inerte y ansiosa. Al tiempo que estos sentimientos se volvían más penetrantes, la relación se colapsó, y sólo años después en su análisis pudo dar sentido a qué fue lo que precipitó su estado depresivo. ¿Por qué todo se había derrumbado precisamente en el momento en que ella consiguió lo que quería?

La explicación inmediata era simplemente que ella ya no tenía más deseos. La relación se había caracterizado por la añoranza y la distancia, y ahora que esas barreras habían sido eliminadas, ya no había nada más que anhelar. La depresión era una consecuencia del vacío que este logro había presentado. Aunque bien puede haber algo de verdad en este punto de vista, la situación era de hecho más complicada. ¿En qué, después de todo, había consistido la relación a distancia? Al tiempo que describía los viajes de fin de semana de ida y vuelta a Estados unidos, se dio cuenta de que la clave para ella habían sido los momentos de partida; los momentos, en otras palabras, cuando ella tenía que despedirse. Sus recuerdos estaban enfocados alrededor de estas escenas llorosas y emocionales en los aeropuertos de Heathrow o JFK. ¿Pero por qué eran tan importantes?

Cuando ella tenía catorce años, su padre murió de cáncer; sin embargo, nadie en la familia le había dicho lo que él padecía o que resultaría ser fatal. Ella sabía que él estaba mal, pero aun así la noticia de su muerte sobrevino como un terrible e impredecible shock. Ella había asumido durante todo ese tiempo que lo vería pronto, sin embargo cuando fue llamada fuera de la clase en la escuela para recibir la mala noticia, fue como si, dijo ella, «nada tuviera ya sentido». Él había estado en el hospital durante varias semanas, sin embargo ella no había podido verlo. Él murió sin que ella pudiera decirle adiós jamás.
Entendió entonces lo que había sostenido la relación con su novio y también lo que la había terminado. No había sido un accidente que ella se enamorara de un hombre que vivía tan lejos. Los viajes de fin de semana le permitían escenificar lo que ella llamaba «nuestros cientos de adioses». Cada vez que partían, ella decía adiós apasionadamente, exactamente como nunca había sido capaz de hacer con su padre. Fue precisamente en el momento en que ya no pudo decir adiós, cuando su novio se mudó a Londres y así eliminó la distancia entre ellos, que su amor comenzó a declinar y comenzó la depresión.
Debajo de los sentimientos depresivos estaba un duelo no resuelto por la muerte de su padre.
*  *  *
Para empezar a pensar en la cuestión de la pérdida y el duelo, podemos comenzar con el breve ensayo de Freud Duelo y Melancolía, esbozado en 1915 y publicado un par de años después. Quizá demos por sentado que tanto el duelo como la melancolía involucran respuestas a una pérdida. Si el duelo se refiere a la labor del dolor subsecuente a una pérdida, asociar la melancolía con la experiencia de la pérdida no era de ninguna forma un punto de vista bien recibido. Antes de Freud, la literatura médica no los había relacionado de una forma tan sistemática.

Leyendo textos previos, nos topamos con asociaciones ocasionales entre la melancolía y la pérdida, pero éstas tienden a ser tratadas como detalles contingentes y más bien episódicos. Robert Burton, autor del amplio texto anatomía de la melancolía, publicado por primera vez en 1621, escribió bromeando que la melancolía era «conocida para pocos, desconocida todavía para menos», pero estudios recientes del concepto de melancolía han destacado sus formas cambiantes y la inestabilidad de sus síntomas característicos. Si hoy en día la asociamos con la tristeza o con una nostalgia dolorosa, en el pasado era a menudo relacionada con estados maníacos o con períodos de creatividad. Al mirar entre las diferentes descripciones, los síntomas más comunes serían un sentimiento de miedo y tristeza sin causa evidente. Hasta bien entrado el siglo diecinueve, la tristeza y el sentirse decaído no eran rasgos definitorios de la melancolía. De hecho, la fijación por un solo tema, después conocido como monomanía, era un criterio mucho más común. Y el panorama clínico de la melancolía que podemos destilar de tales recuentos pone un mayor énfasis en la ansiedad que en los sentimientos de depresión. Esto puede parecer sorprendente, especialmente dada la tendencia de cierto pensamiento psiquiátrico a separar la ansiedad de la depresión. Aunque la mayoría de los psiquiatras practicantes son conscientes de que los dos estados no pueden ser tan rápidamente diferenciados, todavía es común en la literatura encontrar que estos dos son tratados de forma separada. Sin embargo, cualquiera que ha experimentado una pérdida puede estar familiarizado con el ritmo inquietante de un sentido de agotamiento seguido de uno de temor expectante. «Nadie jamás me dijo que el dolor se sentía tan parecido al miedo», se lee en el primer enunciado de Una pena en observación, el relato de C. S. Lewis de sus sentimientos después de la muerte de su esposa debida al cáncer. De hecho, la forma más pura de la ansiedad se encuentra en la melancolía, y trataremos de explicar por qué más adelante.

Freud vio tanto al duelo como a la melancolía como formas en que los seres humanos respondemos a la experiencia de una pérdida, ¿pero cómo las diferencia? El duelo involucra la larga y dolorosa labor de separarnos del ser amado que hemos perdido. «Su función», escribe Freud, «es separar los recuerdos y esperanzas de los sobrevivientes de la persona muerta.» El duelo, entonces, es diferente del dolor. El dolor es nuestra reacción a la pérdida, pero el duelo es cómo procesamos este dolor. Cada recuerdo y expectativa ligada a esta persona que hemos perdido debe ser revivida y confrontada con el juicio de que se ha ido para siempre. Éste es el difícil y terrible período en el que nuestros pensamientos regresan perpetuamente a la persona que hemos perdido. Pensamos en su presencia en nuestras vidas, volvemos a recuerdos de momentos que pasamos juntos, imaginamos que los vemos en la calle, esperamos escuchar su voz cuando suena el teléfono. De hecho, los investigadores afirman que al menos un cincuenta por ciento de personas afligidas de hecho experimentan alguna forma de alucinación de la persona amada perdida. Ellos están ahí, obsesionándonos durante el proceso de duelo, pero cada vez que pensamos en ellos, una parte de la intensidad de nuestros sentimientos está siendo fraccionada.

Las acciones cotidianas como ir de compras, caminar en el parque, ir al cine o estar en ciertas partes de nuestra ciudad de súbito se tornan increíblemente dolorosas. Cada lugar que visitamos, incluso el más familiar, revive recuerdos de cuando estuvimos ahí con la persona que amábamos. Si comprar en el supermercado o caminar por la calle con nuestro compañero nunca habían sido experiencias particularmente especiales, hacerlas ahora se vuelve doloroso. No es sólo el resurgimiento de recuerdos felices ligados a aquellos lugares que importan, sino el hecho de saber que no los veremos ahí nunca más. Incluso las nuevas experiencias pueden volverse angustiosas. Ver una película, ver una exposición o escuchar un fragmento de música nos hace querer compartirlo con aquél que hemos perdido. El hecho de que no esté ahí hace que nuestra realidad cotidiana parezca agudamente vacía. El mundo a nuestro alrededor parece albergar un lugar vacío, un hueco. Pierde su magia.

Con el tiempo, nuestro apego disminuirá. Freud le dijo a uno de sus pacientes que este proceso llevaría entre uno y dos años. Pero no sería fácil. Recaemos, dijo, a causa de cualquier actividad que causa dolor, y así hay «una sublevación en nuestras mentes en contra del duelo.» No pasará automáticamente y tal vez incluso estemos haciendo todo lo posible para resistirnos a ello sin saberlo conscientemente. Si no obstante somos capaces de seguir el proceso de duelo, dicho dolor se volverá menor, junto con nuestros sentimientos de remordimiento y de autorreproche. Nos damos cuenta poco a poco de que la persona que amábamos se ha ido y la energía de nuestro apego a dicha persona se volverá gradualmente menor para que algún día pueda quizás estar vinculada a alguien más. Nos daremos cuenta de que la vida aún tiene algo qué ofrecer.

Una mujer que perdió a su madre a una edad muy joven era perseguida por la poderosa imagen de la tienda de dulces donde ella alguna vez trabajó. Los detalles de la tienda, los colores y olores estaban todos tan presentes para ella como lo habían estado durante tantos años atrás, y, como señaló ella misma, estaban incluso más presentes. La muerte de la madre había vuelto estas sensaciones más agudas, como si hubieran sido amplificadas por su ausencia. Como tomaron el valor de indicador de la madre perdida, crecieron en intensidad. Sin embargo, después de un prolongado y difícil proceso de duelo, la tienda de dulces apareció ante ella en un sueño rodeada, por primera vez, por otras tiendas. «La tienda de dulces», dijo ella, «era sólo una tienda entre todas las demás.» El duelo había desecho el apego al indicador privilegiado y la tienda ya no era especial.

Freud no se refiere simplemente al duelo aquí. Usa la expresión de «trabajo de duelo», en una frase que recuerda el concepto que ya había introducido en su libro la interpretación de los sueños, «el trabajo de sueño» o «trabajo onírico». El trabajo de sueño es lo que transforma un pensamiento o deseo que quizá tenemos en un sueño manifiesto, complejo. Consiste en desplazamientos, distorsiones y condensaciones, equivalentes al mecanismo del inconsciente mismo. Freud usa el mismo tipo de expresión para hablar del duelo, quizá para indicar que no sólo son nuestros pensamientos sobre la persona amada perdida los que cuentan, sino lo que hacemos con ellos: cómo son organizados, dispuestos, repasados, alterados. En este proceso, nuestros recuerdos y esperanzas sobre aquél que hemos perdido deben ser sacados a la luz en todas las posibles formas en que han sido registrados, como mirar un diamante no sólo desde un ángulo sino desde todos los ángulos posibles, de modo que cada una de sus facetas pueda ser observada. En términos freudianos, debe accederse al objeto perdido en todas sus representaciones variables.

Cuando Freud habla del objeto perdido no quiere decir una persona perdida por la muerte. La frase también puede referirse a una pérdida que sobreviene debido a la separación o el extrañamiento. Aquel que hemos perdido puede aún estar ahí en la realidad, aunque la naturaleza de nuestro vínculo con esa persona haya cambiado. Pueden incluso estar viviendo en la misma casa, o en la misma ciudad, y es claro que el significado de la pérdida dependerá de las particulares circunstancias de cada individuo. El luto es quizá el más claro ejemplo de una pérdida, ya que señala una ausencia real, empírica, pero Freud
pretendía que sus ideas tuvieran un alcance más amplio. Lo decisivo será la eliminación de cualquier punto de referencia que ha sido importante en nuestras vidas y que se ha convertido en el centro de nuestros apegos. En el duelo, este punto de referencia no sólo es eliminado, sino que su ausencia está
siendo registrada, inscrita indeleblemente en nuestras vidas mentales.

***
Empieza a leer “Memorias de una viuda”, de Joyce Carol Oates

Dios mío, qué desdichada vas a ser.
             Gail Godwin


He sentido mucho enterarme de que Ray murió hace
un par de semanas. Cuando murió alguien a quien yo
amaba, me ayudó mucho recordar que esa persona no
era menos real por que no fuera real en este momento,
del mismo modo que la gente de Nueva Zelanda no es
menos real por que no sea real aquí.
                  Derek Parfit


Cuando murió mi madre, adopté la técnica Gestalt de
decirme a mí misma, siempre que me atenazaba la pena:
«He decidido tener una madre que está muerta».
             T. D., antigua colega en la Universidad de Windsor


Respira poco a poco, Joyce. Respira poco a poco.
      Gloria VanderbiltI.

La vigilia

«Mi marido murió, mi vida se derrumbó.»

1. El mensaje

15 de febrero de 2008. Cuando regreso a nuestro coche, que había aparcado de cualquier forma en una estrecha boca­calle cercana al Centro Médico de Princeton, veo, sujeto con el limpiaparabrisas, lo que parece ser un trozo de cartulina. Se me encoge bruscamente el corazón y me siento llena de consterna­ción y una aprensión culpable: ¿una multa?, ¿una multa de estacionamiento?, ¿en estos momentos? Hace unas horas aparqué ahí, apresurada, agobiada, con una ristra de advertencias pasándome por la cabeza como si fueran gritos de cigarras —si me hubieran visto, habrían pensado con compasión: esa mujer tiene una prisa desesperada, como si fuera a servirle de algo—, de camino a ver a mi marido en la Unidad de Telemetría del centro médico en el que había ingresado unos días antes con neumonía; ahora necesito volver a casa unas horas y prepararme para regresar al centro médico a primera hora de la noche, angustiada, con la boca seca y dolor de cabeza pero en un estado de nervios que podría llamarse «esperanzado», porque desde su ingreso en el centro médico, Ray no ha dejado de restablecerse, tiene otro aspecto y se encuentra mejor, y su nivel de oxígeno, medido en unas cifras que fluctúan literalmente con cada inspiración —90, 87, 91, 85, 89, 92—, progresa sin cesar; están haciendo los preparativos para trasladarlo a una clínica de rehabilitación cercana (la esperanza es nuestro consuelo ante la mortalidad), y ahora, a media tarde de otra de estas interminables y agotadoras jornadas de hospital, ¿de verdad que nos han puesto una multa de coche? ¿En mi distracción he aparcado en zona prohibida? El límite de tiempo para aparcar en esta calle es de dos horas, he estado más de dos en el hospital, y veo, avergonzada, que nuestro Honda Accord de 2007 —de un blanco inquietante en el atardecer de febrero, como una extraña criatura fosforescente en las profundidades marinas— está estacionado de forma inexperta y, sobre todo, nada elegante,torcido respecto a la acera, con la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada y el parachoques delantero casi tocando el todoterreno de la plaza siguiente. Pero ahora, si esto es una multa, lo primero que pienso es: «No se lo diré a Ray, la pagaré en secreto».

Sólo que la hoja de papel no es una multa del Departamento de Policía de Princeton, sino un trozo de papel corriente, que, cuando mi mano temblorosa lo abre y alisa, resulta ser un mensaje de un particular en letras de imprenta enormes, agresivas, que leo varias veces con ojos asombrados como si estuviera
a punto de precipitarme en un abismo: aprende a aparcar, zorra estúpida Así, como en esa parábola de Franz Kafka en la que la verdad más profunda y devastadora de la vida de un individuo se la revela un transeúnte en la calle, como por casualidad, sin importancia, la futura viuda, como si fuera ya viuda, se ve obligada a comprender que su situación, por desgraciada, desesperada o angustiosa que sea, no le da derecho a pisotear los límites de los demás, sobre todo de desconocidos que no saben nada de ella; «la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada».

2. El accidente

Sufrimos un accidente de coche. Mi marido murió pero yo sobreviví. Esto no es (exactamente) cierto. Pero en todos los demás sentidos, lo es.

4 de enero de 2007. Más o menos trece meses antes de que mi marido se viera aquejado por un brote de neumonía y su esposa le llevara, angustiada, a las Urgencias del Centro Médico de Princeton en la bendita ignorancia del hecho —el hecho terrible e irrefutable— de que nunca iba a hacer el viaje que le trajera de vuelta a casa, sufrimos un grave accidente de coche, el primero de nuestra vida de casados. En retrospectiva, parece irónico que este accidente en el que Ray muy bien podría haber muerto pero no murió ocurriese a menos de dos kilómetros del Centro Médico de Princeton, en el cruce entre Elm Road y Rosedale Road; era una intersección por la que pasábamos siempre de camino a Princeton y de vuelta a casa; es un cruce por el que tengo que pasar como en una pesadilla que se repite, en la que me reprochan mi pena: «¡Podías haber muerto aquí! No tienes derecho a llorar, te han regalado tu vida».

Eran aproximadamente las diez de la noche de un día entre semana. Mientras entrábamos en la intersección, en la que el semáforo rojo acababa de pasar a verde, nuestro coche recibió el impacto de un vehículo que se dirigía a toda prisa hacia el norte por Elm Road y que pulverizó la parte delantera del nuestro, que patinó, dio vueltas y volcó de manera espectacular, como en una espeluznante película de acción: sólo faltó una explosión ensordecedora.

Aquel vehículo que pareció salir de la nada debía de circular a una velocidad muy superior al tranquilo límite de Princeton, cuarenta kilómetros por hora. De pronto surgió por el lado del conductor, el resplandor infernal de unos faros, el chirrido de unos frenos y un tremendo impacto; la parte delantera del coche quedó destrozada, los cristales se hicieron añicos y los airbags se inflaron.

En el otro vehículo iba un joven al volante con otro amigo al lado, y en el nuestro, mi marido, que conducía, y yo, en el asiento del copiloto, completamente aturdida por la colisión. En la extraña cámara lenta a la que se viven esos traumas físicos repentinos, pensé: «¿Estoy viva? ¿Puedo moverme?».
Los dos coches quedaron en estado de siniestro total, reducidos a pura chatarra en unos segundos. Del chasis volcado del otro vehículo, a unos diez metros de distancia, salieron el conductor y su amigo, ilesos.

Nuestro coche se detuvo en medio de la intersección, emitiendo un vapor apestoso. Inmediatamente después del choque estábamos demasiado confusos para valorar lo afortunados que habíamos sido; en los días, semanas y meses posteriores intentaríamos comprender esa realidad tan incomprensible: que el otro vehículo no había golpeado más que la parte delantera de nuestro coche, el motor, el capó, las ruedas delanteras; unos centímetros más atrás, y Ray habría muerto o habría quedado gravemente herido, aplastado entre los restos del coche. No podíamos alcanzar a darnos cuenta de lo cerca que habíamos estado de un accidente espantoso; si, por ejemplo, el otro vehículo hubiera entrado en el cruce medio segundo después...

Dentro del amasijo de nuestro coche había un olor arenoso y a quemado. Nuestros airbags se habían disparado con el debido rigor. A quien no haya estado nunca en un vehículo cuando saltan los airbags le costará imaginarse lo violentos, potentes, beligerantes que son.
Uno podría esperar vagamente que sean mullidos, incluso como globos; pues no. Uno podría esperar una cosa que no le hiera mientras le protege de lesiones más graves, pues no. En el instante de la explosión del airbag, Ray recibió en el rostro, los hombros y el pecho una paliza como si hubiera sido el sparring de un boxeador peso pesado; las manos que agarraban el volante quedaron salpicadas de ácido y con unas quemaduras del tamaño de una moneda que le iban a picar durante semanas. Yo, a su lado, estaba demasiado nerviosa para darme cuenta de con qué fuerza me había golpeado el airbag, pensé que era el salpicadero que se me había venido encima y me había aplastado en el asiento, casi sin dejarme respirar. (Durante dos meses me dolieron tanto el pecho, las costillas y los brazos que no podía casi moverme sin hacer una mueca de dolor y no me atrevía a reírme a carcajadas.) Pero en nuestro coche destrozado, en la euforia de la adrenalina cortical, no fuimos muy conscientes de que estábamos así de heridos y golpeados; conseguimos abrir con esfuerzo las puertas y salir a la calle. Nos inundó una ola de alivio.

¡Estamos vivos! ¡Estamos ilesos! Llegaron a la escena del accidente unos policías de Princeton. Llegó una ambulancia con personal de emergencia. Yo recordé que una de mis alumnas de Princeton, una chica, era voluntaria en las Urgencias médicas de Princeton, y esperé que no estuviera entre los allí presentes. Confiaba en que este episodio no se difundiera a toda prisa entre mis estudiantes. A que no sabes quién sufrió un accidente de coche anoche: ¡la profesora Oates!

Recomendaron en tono firme que «Raymond Smith» y «Joyce Smith» fueran en ambulancia a Urgencias para ser examinados —sobre todo, era importante que nos hicieran radiografías—, pero lo rechazamos y dijimos que estábamos bien, estábamos seguros de que estábamos bien. Aún en la falsa euforia de después del choque, en la que no había dolor ni prácticamente conciencia del concepto de dolor, insistimos en que estábamos muy bien y queríamos irnos a casa. De pie en medio del frío, tiritando y temblando, y con nuestro coche pulverizado como si un gigante juguetón lo hubiera retorcido con las manos y lo hubiera dejado caer, lo que más queríamos era ir a casa.

Nos preguntaron si «rechazábamos» el tratamiento médico y protestamos diciendo que no estábamos rechazando el tratamiento, simplemente pensábamos que no nos hacía falta.

«Rechazado», pues, escribió el agente en su informe. Dos policías nos llevaron a casa en su vehículo. Se mostraron amables y educados. Llegamos a nuestra casa a oscuras casi a medianoche. Teníamos la impresión de haber estado fuera mucho más tiempo que unas cuantas horas, y de que habíamos hecho un largo viaje. Sentíamos los nervios de punta, como cables eléctricos rotos en la calle. Yo había empezado a sufrir unos escalofríos convulsivos. Tenía los ojos secos pero me sentía tan exhausta y agotada como si hubiera estado llorando.

Veía que Ray estaba bien —como insistía él—, que estábamos los dos bien. Habíamos rozado la catástrofe, pero no se había producido. Y esa realidad me resultaba difícil de comprender, como intentar encajar una idea grande y pesada en una pequeña zona del cerebro. Empecé a sentir las primeras punzadas de dolor en el pecho. Al levantar el brazo. Cuando me reía o tosía.

Ray descubrió unas manchas rojizas en sus manos.
—¿Me he quemado? ¿Cómo demonios me he quemado?
Se echó agua fría. Tomó aspirina para el dolor.
Yo tomé aspirina para el dolor. No me apetecía nada acostarme con una deprimente noche de insomnio por delante, pero a las dos de la mañana estábamos ya en la cama y durmiendo, más o menos. Los faros cegadores, el chirrido de los frenos, ese momento de impacto increíble... El ácido olor a química, los airbags golpeándonos como unos extraterrestres enloquecidos en un film de horror y ciencia ficción...
—Voy a comprar un coche nuevo. Mañana.
Ray habló con calma en la oscuridad. Había en sus palabras un consuelo que indicaba rutina, costumbre.

El consuelo de que Ray iba a supervisar las repercusiones del accidente.

Raymond, el «sabio protector».

Era ocho años mayor que yo, durante la mayor parte del año. Nació el 12 de marzo de 1930. Yo nací el 16 de junio de 1938. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde esos nacimientos! ¡Y cuánto tiempo llevábamos casados, desde el 23 de enero de 1961! En el momento del accidente, faltaban unas semanas para celebrar nuestro 47.º aniversario de boda. A nadie que lea esto, si es más joven de lo que éramos nosotros, se le ocurriría pensar que para nosotros estas fechas eran irreales, o surrealistas; siempre habíamos sentido, durante nuestro largo matrimonio, como si nos hubiéramos conocido unos años antes, como si fuéramos «nuevos», todavía «estuviéramos conociéndonos»; nos mostrábamos «tímidos» a menudo uno con otro; había muchas cosas que no queríamos decirnos ni «compartir» con el otro, como les pasa a las personas que todavía están empezando a conocerse más a fondo y no quieren arriesgarse a ofender ni sorprender al otro.

Mi marido no leyó nunca casi ninguna de mis novelas ni mis relatos cortos. Sí leía mis ensayos y mis reseñas para publicaciones como la New York Review of Books y el New Yorker; Ray era un editor excelente, sagaz y culto, como han dicho innumerables escritores que colaboraron con Ontario Review, pero no leyó casi nada de mi ficción, y, en ese sentido, podría afirmarse que Ray no me conocía por completo o, en un aspecto importante, ni siquiera en parte.
¿A qué se debió eso? Hay muchas razones.
Lo lamento, creo. Quizá lo lamento.
Porque escribir es un trabajo solitario, y uno de sus peligros es la soledad.
Pero una ventaja de la soledad es la intimidad, la autonomía, la libertad.
Y cuando pensé, la noche del accidente y los días y noches posteriores, mientras unos dolores fantasmas me asaeteaban el pecho y las costillas y perdía la esperanza de que los feos cardenales amarillos y azulados fueran a desaparecer alguna vez, que, si Ray se moría, me quedaría totalmente abandonada, que era mucho mejor morir con él que sobrevivirle sola, en esos instantes no estaba siendo escritora por encima de todo, ni siquiera escritora, sino esposa.

Una esposa a la que aterraba la idea de convertirse en viuda.
Por la mañana, nuestras vidas volvieron, aunque sutilmente alteradas, extrañas, como las vidas de otros que no tenían más que una semejanza superficial con las nuestras pero no eran las nuestras. Habría sido el momento de decir: «Mira, ¡nos podíamos haber matado anoche! Te quiero, qué agradecida me siento por estar casada contigo...». Pero las palabras no acabaron de salir.
Cuántas cosas que decir en un matrimonio, cuántas que no se dicen. Una razona que habrá otros instantes, otras ocasiones. ¡Años!
Esa mañana, Ray llamó al concesionario de Honda en el que había comprado el coche para pedir que vinieran a recogerle y le llevaran a la tienda de State Road con el fin de comprar otro, un Honda Accord LX, 2007 (con techo corredizo) que aparcó delante de casa a media tarde, reluciente como su predecesor.
—¿Te gusta nuestro coche nuevo?
—Siempre me encanta nuestro coche nuevo.
De modo que después pensaría: «Podía haber muerto entonces. Los dos. El 4 de enero de 2007. Podía haber ocurrido muy fácilmente. Un año y seis semanas —el tiempo que nos quedaba— que fueron un regalo. ¡Da gracias!».

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