vendredi 18 novembre 2011

Marc HOMEDES y María Teresa CÁRDENAS/ Sergio RAMÍREZ: "Escribir es un premio en sí mismo"


Entrevista Autor de novelas, cuentos y ensayos
Sergio Ramírez: "Escribir es un premio en sí mismo"
Por Marc Homedes y María Teresa Cárdenas 

Reconocido con el Premio Iberoamericano de Letras "José Donoso" que otorga la Universidad de Talca, el escritor nicaragüense llega este martes a Chile para recibir su galardón en la Feria Internacional del Libro. Trae con él su más reciente novela, La fugitiva.

Autor de una veintena de libros de ficción y de otros tantos ensayos y testimonios, el escritor, abogado, periodista y político -fue vicepresidente del gobierno sandinista de Daniel Ortega hace más de veinte años y hoy abjura del Presidente-caudillista- Sergio Ramírez (Masatepe, 1942) vuelve a las librerías con La fugitiva (Alfaguara), una novela sobre la vida de Amanda Solano, personaje de ficción inspirado en Yolanda Oreamuno, escritora bellísima, rebelde e incomprendida en la cerrada Costa Rica de mediados del siglo veinte.
Unos meses después de presentar su novela en España, Sergio Ramírez llega a Chile, donde tiene buenos amigos y admiradores, con un doble objetivo: dar a conocer su novela y, sobre todo, recibir el Premio José Donoso que la Universidad de Talca le otorgó este año.

-¿Qué significado tiene para usted recibir este premio?
-En primer lugar, la alegría de saber que mi nombre queda ligado al que admiré desde mi primera lectura de Coronación . En aquel páramo vernáculo que era la novela latinoamericana, de pronto surgía antes mis ojos de principiante alguien que apenas en 1957 venía a poner las cosas en un orden distinto y novedoso, y me enseñaba que la decadencia de las viejas familias en una ciudad como Santiago también era un tema, no sólo lo rural. Luego, me recuerda la diversa unidad de la literatura latinoamericana, que enlaza a un escritor chileno capital como Donoso, con otro, de la siguiente generación, hasta el trópico centroamericano.

-Después de casi cincuenta años dedicado a la literatura, ¿qué representan para usted los premios?
-Tomo en cuenta los premios hasta que me los conceden, me parece que andar a la caza de premios te aparta del verdadero oficio, que es escribir, y lo digo sin disfraces. Cuando gané el Donoso y recibí la llamada telefónica de Javier Pinedo en Bellagio, donde me hallaba entonces escribiendo, pensé al principio que se trataba de alguna invitación de la Universidad de Talca para un encuentro literario. Ni siquiera sabía que el jurado estaba reunido en Santiago, y que el premio se concedía en esos días. Pero una vez que sé que tengo un premio como éste, lo disfruto plenamente. Y después de la alegría, por supuesto el orgullo. Eso no lo escondo, ni la alegría, ni el orgullo.

-¿De qué manera cotidiana se siente premiado como escritor?
-El acto cotidiano de escribir, ejercer un oficio como éste en un país pobre y desvalido como Nicaragua, es ya un premio en sí mismo. Cada frase que uno logra en ese trabajo de todos los días, es también un premio. La belleza es una promesa de felicidad, dice Stendhal, y yo persigo esa promesa de belleza a través de la escritura. La página en blanco es una dificultad permanente, un reto, a veces una angustia, pero el vacío se llena tarde o temprano con palabras, y aunque lo que resulte de todo sea siempre una felicidad insatisfecha, no deja de ser felicidad, porque es lo que uno busca. Ese es el acto de escribir. "Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo", dice Rubén Darío. Allí está todo. El premio es la búsqueda, aunque se trate de una búsqueda insatisfecha, y el premio es también lo que queda de esa búsqueda, asentado en el papel o reflejado en la pantalla.

-¿Se reconoce en aquel joven escritor que publicó su primer libro de cuentos hace casi cincuenta años?
-Cuando uno empieza a medir la vida en fracciones de medio siglo, la cosa se pone seria. La escritura es como la vida, tiene edades, y llega un momento en que uno se preocupa de cosas que antes le daban igual. A los 21 años escribía con precipitación juvenil. Casi no corregía, porque la ambición por publicar era enorme.

-¿Y ahora?
-He cambiado mucho el procedimiento, ahora corrijo mucho, releo, reescribo. De cada libro llego a hacer cinco o seis versiones que guardo en el computador. Y el lenguaje... se ha vuelto una obsesión, la precisión, dar con el adjetivo exacto que se ajusta a lo imaginado. Tuve un maestro literario: José Coronel Urtecho, escritor nicaragüense, al que planteaba mis problemas, como poeta, con las comas, y él me decía que debía puntuar como respiraba; pues bien, a veces me paso media hora para colocar o no una sola coma, ¡es una neurosis! También me pasa con el adjetivo, no me gusta repetir palabras y no uso los diccionarios de sinónimos, la corrección es como un vicio para mí. Lo que sí mantengo de esos tiempos son las ganas de experimentar, buscar formas distintas de estructurar el relato y ser novedoso conmigo mismo.

-¿Y de qué manera ha evolucionado como lector?
-Quizás porque en Nicaragua las librerías son pequeñas, viajar a Estados Unidos, Francia, España, es para mí ir a sus librerías. A medida que el tiempo pasa, uno toma conciencia de que va a poder leer poco de lo que hay en oferta, aunque sigo comprando y sigo acomodando los libros en los estantes; es un vicio que nunca termina. Pero también está lo que uno relee. Ahora estoy releyendo a Dickens, que para mí es la lectura infinita, y estoy disfrutando conNuestro común amigo. También estoy de nuevo con Chéjov; y con el Quijote, pero capítulos sueltos.

-¿Por qué eligió varias voces para narrar su novela "La fugitiva"?
-Tenía la historia y debía elegir el procedimiento para contarla, que es la clave la mayor parte de las veces. Hay que elegir antes de empezar a escribir, para no tener que deshacer luego. Y elegí distintas voces que en armonía podían dar la imagen de Amanda Solano. Era la solución más difícil, porque implicaba darle a cada voz un registro verbal que las diferenciase, siendo además voces femeninas.

-La historia sucede en Costa Rica, un país en el que vivió pero que no es el suyo, ni tampoco la época.
-Tuve que meterme en la época, que presupone recrear una atmósfera. Lo mismo hice con Castigo divino, sobre un envenenador en León, Nicaragua. Entonces leí muchas veces las actas judiciales del proceso, leí periódicos, vi decenas de fotografías. La época tenía su propio lenguaje y el periodismo también, un lenguaje modernista, y la forma como se expresaba la gente en León en los años 30, sin ser arcaica, era muy diferente. Lo mismo hice ahora, fui a Costa Rica, estuve trabajando con los microfilmes de periódicos de la época, viendo planos antiguos de la ciudad, álbumes de fotos, reconstruí la atmósfera plenamente en mi cerebro y sólo entonces escribí.

-¿Qué le atrajo de Yolanda Oreamuno para recrearla en la protagonista, Amanda Solano?
-Oí hablar de Yolanda Oreamuno cuando llegué a vivir a Costa Rica, en 1964. En 1961 habían trasladado sus restos desde México a San José, pero la gente hablaba muy poco de ella. Me interesé a través de las conversaciones que tuve con un personaje que sale en la novela, una intelectual marxista que había sido su amiga. Ella me dio a leer los libros de Oreamuno, me enseñó sus fotos y me pareció una auténtica belleza. Me convertí en un fan de Yolanda-Amanda y publiqué, porque entonces era editor, su novela La ruta de su evasión , que se había publicado en Guatemala. La novela pasó sin pena ni gloria, un poco como ella, que fue menospreciada, desdeñada, ignorada. Ella quería ser distinta y terminó enterrada en una tumba sin nombre, simplemente con un número en la lápida, y así sigue. Intenté contactar a su hijo, que tiene mi edad, pero él me evadió, no quiere hablar de su madre.

-¿Cree que esas cualidades de inteligencia e inconformismo que en un hombre le hubieran facilitado el éxito a ella le significaron el fracaso?
-Desde los 17 años escribió en los periódicos sobre temas contestatarios y sobre el papel de la mujer en la sociedad. Era, como digo, muy bella, y los hombres la perseguían; además venía de una familia de alcurnia, pero muy pobre, lo que le daba una situación de debilidad en la sociedad. Hay una especie de imposición masculina que ella rechaza. El primer matrimonio, con el diplomático chileno Jorge Calvo, tal como se llama en la novela, fue trágico y corto, ya que él se suicidó al año; luego se casó con un abogado comunista que no le daba espacio. Por todo esto se va formando una imagen de rebeldía que ella cultiva. Pero no es que la sociedad la persigua a ella con una saña particular, simplemente es un país pacato, pequeño, cerrado.

-¿Se trata del "palanganismo" del que habla el libro?
-Es la cultura de la inmovilidad que yo mismo viví: no hay que hacer olas con la palangana para que no se derrame, si no enseguida te aserruchan el piso. Ella quiso sobresalir y fue víctima de esa política de poner a todos en la misma altura. El hecho mismo de su belleza se volvió algo agresivo, porque tras divorciarse pasa a ser vista como algo fácil; tiene relaciones con otros hombres, pero nunca está satisfecha, a pesar de que es ella la que elige. Inventa sus modelos ideales de hombre y rellena el esquema físico con las cualidades que les quiere adjudicar; eso le genera cada vez más problemas, hasta que sólo le queda el exilio interior y exterior. Se va a México, pero tampoco ahí encuentra la paz.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 06/11/2011

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...