dimanche 20 novembre 2011

Marta CABALLERO/ Francisca AGUIRRE: "Historia de una anatomía es mi esqueleto"



Francisca Aguirre: "Historia de una anatomía es mi esqueleto"
Por Marta CABALLERO

La poeta alicantina ha merecido el Nacional de Poesía por su último poemario, una epopeya trazada a través del cuerpo humano

Son las 10 de la mañana y suena el teléfono en casa de Francisca Aguirre. La poeta lo coge y la voz al otro lado del aparato se identifica como Ángeles González Sinde, ministra de Cultura. "Oiga, no son horas de cuchufletas", espeta Aguirre antes de comprobar que ha metido la pata y que su interlocutora es, efectivamente, la ministra, que le llama para comunicarle que ha resultado ganadora del Premio Nacional de Poesía. "Me he llevado una gran alegría después de comprobar que no era una broma. Para mí es estupendo pertenecer a esa familia de premios Nacionales que tiene a poetas tan importantes", declara la alicantina entre el ajetreo de llamadas y felicitaciones.

Aguirre ha merecido este galardón dotado con 20.000 euros por su libro Historia de una anatomía (Hiperión, 2010), libro concebido como un extenso autorretrato a través del cuerpo humano. Así lo define la autora: "Se separa un poco de lo que he venido haciendo, es la historia de mis huesos, son mis radiografías. Nuestras venas son los ríos que, en fin, van a dar a la mar. En este poemario empleé el humor negro para reírme de algunas cosas serias y para tomármelas con ligereza. Cuando recibí el Miguel Hernández me alegré mucho porque admiro al poeta y porque me lo dieron por un libro que dediqué a mi padre. Y en este que acaban de premiar hay una serie de datos biográficos en los que también esbozo quién fue él, mi padre, así que es un doble homenaje", comenta la autora, quien recuerda que este tributo a su progenitor -al que mataron en la guerra, "como a Miguel Hernández"- tiene también mucho de memoria histórica, binomio del que ella es gran defensora: "No se pueden olvidar el pasado ni los errores. En ese sentido el libro tiene también un toque moral, porque hay cosas que no se pueden eludir y que, si se eluden, se está corriendo un riesgo gravísimo". 

Despojado de metáforas, en el poemario galardonado la poeta se refugió, continúa, en el oxímoron: "O sea, en decir que lo blanco es negro", sentencia esta escritora tardía, pues no consideró que su poesía era publicable hasta bien entrada en la edad adulta. "Por razones de edad debería pertenecer a la generación de los sesenta, pero tardé mucho en conformarme con lo que escribía, porque siempre me parecía que adolecía de alguna falta. Por eso soy una desfasada generacional", bromea Aguirre, casada con el también poeta Félix Grande. Además de su marido ("muy exigente con él mismo y con todos los demás", dice Aguirre), fue Cavafis quien le animó a mostrar sus letras, hoy traducidas a varios idiomas, al resto del mundo: "Estaba leyendo su poema Esperando a los bárbaros y me dije, madre mía, yo quiero ir por ahí. Tener un título de ama de casa y de trabajadora incansable ya no era suficiente", rememora. 

A pesar de su demora para salir a la luz, la Premio Nacional llevaba escribiendo desde los 15 años, aunque se deshizo de toda su producción juvenil tras leer a Cavafis y también a Rilke, en los tiempos en los que acudía al Ateneo con gente como Antonio Gala: "Cogí las tres carpetas que tenía, las llevé a un horno de pan y las quemé", se ríe hoy. Seis años después alumbró Ítaca, su primer poemario, y desde entonces ha mantenido un ritmo sosegado a la hora de publicar, con una media de tres años entre libro y libro. Al hilo, resuelve: "No se pueden hacer las cosas de forma apresurada ni te puedes conformar. Como me decía Luis Rosales, hay dos tipos de poetas, los que se conforman y los que no". Ese camino pausado lo inició Aguirre mirándose a sí misma para luego tratar de ampliar su mirada hacia fuera. "Después de Ítaca, libro que es la mujer y su circunstancia, me convencí de que tenía que salir de esa puñetera isla. Con Los 300 escalones me atreví a tocar por primera vez la infancia. Y luego he ido echando mano de lo vivido y lo soñado", enumera para resumir su trayectoria.

Madre también de otra poeta, la escritora confiesa que hoy las nuevas voces de la poesía conforman un buen panorama. "Voy de los unos a los otros. Ya no es tan joven pero Olvido García Valdés es una poeta impresionante. Y leo a Julieta Valero, Marta Agudo, Adita Salas, Juan Carlos Mestre... Sí, el nivel es hoy muy bueno". 

Francisca Aguirre ha publicado, entre otros, el poemario La otra música, el libro de relatos Que planche Rosa Luxemburgo (Premio Galiana, 1994) y el libro de recuerdos Espejito, espejito. Ha sido galardonada con el premio de poesía Leopoldo Panero por su libro Ítaca; el premio Ciudad de Irún por la obra Los trescientos escalones; el premio Esquio por su libro de poemas Ensayo General; el premio María Isabel Fernández Simal por su poemario Pavana del desasosiego; y el premio Ciudad de Valencia de la Institución Alfonso El Magnánimo por su libro de poemas Nanas para dormir desperdicios. Sus obras han sido traducidas al valenciano, inglés, francés, italiano, portugués y árabe.

El jurado que ha fallado hoy este galardón ha estado presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco, y formado, entre otros, por Soledad Puértolas, Manuel Rivas, Paula Izquierdo, Jon Kortazar, Juan Carlos Pérez Mestre, ganador en la edición de 2009, y Teresa Martín Peces. La pasada edición el Premio recayó en el poeta canario José María Millares quien ganó el galardón póstumamente por su libro Cuadernos 2000-2009. 

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Historia de una anatomía
Francisca Aguirre
Premio Intern. Miguel Hernández. Hiperión. 88 páginas, 9 euros
Por Túa BLESA
Publicado el 02/07/2010

El cuerpo, sus órganos, los sentidos, constituyen el eje vertebrador de los poemas de este libro, pero de un modo que esta “historia de una anatomía” es también, indirectamente, un autorretrato extenso y, en cuanto que acaba siéndolo sobre todo moral, un ejercicio de etopeya. No falta en todo ello, como es natural, lo autobiográfico, en particular en la sección “Anamnesis”. 

Francisca Aguirre (Alicante, 1930) es un caso curioso, pues no comenzó a publicar su poesía hasta 1972 y hoy cuenta con una obra de cierta extensión, valiosa y repetidamente premiada, que incluye también prosa. El tono general de los poemas de esta Historia de una anatomía es cercano a la lengua de todos los días, evitando el retoricismo, y resulta adecuado para lo que de confesión de la propia vida se pretende; del mismo modo, el uso del verso libre es una forma que acompasa bien lo que se dice. Con todo ello, la lectura de estos poemas produce un efecto de sinceridad, de palabra directa al lector, verdadera, por mucho que esto no sea un criterio estrictamente literario.

El punto de partida de los textos -el pelo, la sonrisa, el gusto, etc.- da paso a una reflexión sobre la condición humana o una cierta condición humana, la de quien cree en la vida con sus alegrías y sinsabores, en la humanidad, la de quien se conmueve con las penalidades de los otros, la de quien piensa que la escritura no ha de renunciar a una cierta función de denuncia y acaba pidiendo compasión para todos. La lectura de este libro no defraudará. 

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Nanas para dormir desperdicios
Francisca Aguirre
Premio Valencia 2007. Hiperión. Madrid, 2008. 64 páginas, 7 e.
Por Francisco DÍAZ DE CASTRO 
Publicado el 16/10/2008

De la misma manera que todo el intimismo de la poesía de Francisca Aguirre (Alicante, 1930) remite en su fondo a lo colectivo, la emoción nostálgica de la pérdida y el desengaño que han ido aflorando en sus últimos libros conllevan también una nota de rebeldía vitalista nada fácil que mantiene en tensión sus mejores poemas hasta ahora mismo. 

En estas Nanas... la autora no sólo compone sus matizadas canciones, sino que también escucha en sus versos la “melodía de las cosas mínimas”, esos “desperdicios” que son los protagonistas colectivos del libro y que tan importantes han sido en otros poemas anteriores de Aguirre: todo aquello que parece sobrarnos, cartas, vestidos, libros viejos, etc., pero también, más sutiles y dolorosos en nuestra memoria, las cicatrices morales -fe de vida-, ciertas esquinas y crepúsculos.

Pero el “dormir desperdicios” del título no equivale a una forma de olvido, como haría esperar la cita inicial de Quevedo -“Yace la vida envuelta en alto olvido”-, sino de rescate como una parte mínima de nosotros, aunque, de acuerdo con la cita de Trakl, “una vieja canción de cuna te da miedo”. Y con motivo: ahí están la “Nana de los despojos” o la de esas peladuras de patatas cuya observación lleva la memoria a los tiempos del hambre, no tan lejanos. Entre las mejores composiciones cuentan las citadas, junto con las de “los escombros”, “los residuos” y la “Nana del desperdicio de la tristeza”. El conjunto se nos presenta en su tono conversacional, con alguna caída pero también con acuñaciones que son verdaderos aciertos, como un libro sin pretensiones de solemnidad ni otro misterio que el que la autora atisba desde siempre en el envés de lo cotidiano, a veces recordándonos lo obvio, y muchas otras abriendo la herida de lo colectivo, para que el lector no olvide cierta historia. f. díaz de castro.

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La herida absurda
Francisca Aguirre
Bartleby. Madrid, 2006. 64 páginas, 10 euros
Por Francisco DÍAZ DE CASTRO
Publicado el 18/01/2007

"La vida es una herida absurda/ y es todo tan fugaz…”: como en el tango de Catulo Castillo del que proviene el título, desde el desengaño pero también desde una rebelde afirmación vitalista de cosecha propia, Francisca Aguirre (Alicante, 1930) ha vertido en los poemas de su nuevo poemario un conmovido y contrastado balance. 

Como indica su título, en “Negativos” se reúnen los poemas en que la denuncia política y las constataciones del desengaño existencial se expresan con mayor énfasis. La actualidad más inmediata brinda a la autora su radical execración de la violencia: “Ignominioso constructor de patrias,/ sé un elegido de los dioses y revienta pronto”, aunque en otros momentos la ironía ajusta mejor el análisis: “Tratando de imponer una abstracción,/ se quedó sin conciencia./ Y todo lo vio claro”. Mayor protagonismo reviste el autoanálisis que da su mejor condición a esta escritura: haber vivido deja un poso amargo de fracasos entre los que hiere más que ninguno un no entender que desajusta la identidad.

En “Transparencias”, parte segunda, se dispone la superposición sucesiva de otras luces. La más evidente es la de la amistad. Pero sobre todo el amparo en el homenaje a la música, las menciones familiares, la evocación de la infancia y la afirmación de la naturaleza equilibran la conciencia doliente del acabamiento y de la pérdida con el cobijo de la memoria y los sentidos. La “ciega nostalgia intransferible”, la mención reiterada del dolor del tiempo ido y de los desengaños no impiden la fulguración de “un repentino amor hacia mi vida” desplegado en variadas imágenes. Fundamentan esa afirmación difícil, con sencilla palabra y delicadas sugerencias, el machadiano sentimiento de la naturaleza elemental, el mundo de los objetos domésticos y cotidianos, la pervivencia íntima de la edad inocente. No caben autoengaños en este balance personal en el que el amor y la muerte, “estos embajadores de lo eterno […] cumplen con eficacia su tarea”, sino, al contrario, lúcida aceptación de lo que hay. Por eso, pese a la tristeza, al final del libro, Francisca Aguirre se permite concluir, como fortalecida: “Definitivamente amo/ el escándalo deslumbrante de la vida”. 

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Ensayo general (1966-2000)
Francisca Aguirre
Calambur. Madrid, 2000. 364 páginas, 2.950 pesetas
Por José Luis GARCÍA MARTÍN
Publicado el 06/09/2000

Una obra completa es la prueba de fuego de un poeta. En este Ensayo general, Francisca Aguirre no quiere deslumbrar, quiere emocionar

En poesía, como en cualquier otro género literario, como en cualquier otra esfera de la vida, no siempre prestigio y fama caminan a la par. Francisca Aguirre no ha figurado nunca en el primer plano de la actualidad literaria. Aunque coetánea de los poetas del 50 (nació en 1930, un año después de Valente y Gil de Biedma, dos años antes que Brines), lo tardío de su primera publicación, una cierta vocación de marginalidad, la dejó al margen de antologías generacionales, de operaciones promocionales. Su poesía, sin embargo, contó siempre con la casi secreta admiración de un puñado de avisados lectores. Pero todo ello, cuando nos enfrentamos con este hermoso volumen de su poesía completa, resulta anecdótico. Aquí está entera, para sorpresa de los más, una poesía que, si a veces condesciende con el intimismo primario (como diría G. Carnero), más a menudo nos envuelve con su música y su magia; aquí está entera la verdad de una vida hecha palabra memorable.

El primer libro de Francisca Aguirre, ítaca (1972), utiliza en su primera parte, como correlato objetivo, una historia mítica, ya algo tópica, la de Ulises y Penélope. Se trata quizá de un contagio de la estética novísima, entonces todavía en su apogeo, que condenaba el confesionalismo autobiográfico. En la segunda parte la referencia al mito se reduce al título, “El desván de Penélope”, porque los poemas están ya por lo general puestos en boca de una primera persona que se identifica con la autora. “Paisajes de papel”, con su prosaico comienzo, con su proximidad a la falacia patética, resulta muy significativo: “Aquella infancia fue más bien triste./ Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible”.

Muchos poemas de Francisca Aguirre, niña de la guerra, hija de perdedores, evocan una difícil circunstancia biográfica, y pueden ser puestos en relación con la poesía de Carlos Sahagún y otros poetas de su generación. Son textos conmovedores, pero a algunos lectores nos da la impresión de que más por lo que cuentan que por cómo lo cuentan; la autobiografía en ellos predomina a veces sobre poesía.

Es lo que quizá ocurre con “La infancia continúa subiendo la escalera”, título de una de las secciones de Los trescientos escalones (1977), su segundo libro: “Cuando mataron a mi padre/ nos quedamos en esa zona de vacío/ que va de la vida a la muerte,/ dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,/ como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto”. Pero ese tono no es el único en la poesía de F. Aguirre. Hay también en ella un continuo homenaje a la poesía y a la música, al arte que hace habitable la vida. “Homenaje” se titulan los dos poemas que inician Los trescientos escalones, dedicados, sin mencionarlos, a los dos poetas que gozan de la mayor devoción de la autora: César Vallejo y Machado.

Todo un libro, el que cierra esta recopilación, Los maestros cantores, inédito hasta la fecha, dedica a glosar, con admirativo fervor, a los escritores que ama, casi todos poetas. Por esas páginas en prosa cruzan, mencionados o sólo aludidos, para dejar al lector el placer del descubrimiento, Quevedo y Lope, Kafka y Hülderlin, entre otros muchos, sin que falten los inevitables, Vallejo y Machado.

Algo de ejercicio tiene el libro que da título al conjunto, Ensayo general (1996), en cuya primera parte monologan en prosa los personajes de una tragedia griega (Casandra, la troyana, Cronos) y también quienes van a interpretarlos; y en la segunda se nos ofrecen 32 sonetos que aspiran al quevedesco empaque, aunque en ocasiones se queden en un algo retórico y mecánico tremendismo.

Los dos mejores libros de Aguirre son La otra música (1978) y Pavana del desasosiego (1999), especialmente este último, un coro de monólogos alucinados. No menos autobiográfico que sus otros libros, en él la anécdota se difumina en el ritmo, la realidad parece reducirse a humo y música.

Una obra completa es la prueba de fuego de un poeta. La poesía junta deja siempre en evidencia lo que en un autor hay de truco literario, de caduca moda, y lo que hay de verdad. En este Ensayo general nos muestra sus limitaciones: no quiere deslumbrar, quiere emocionar, y a veces amamos más al personaje que admiramos al poeta. Pero no siempre. En ocasiones la autora cambia la voz y lo que escuchamos no es ya, aunque siga siéndolo, el testimonio de una mujer que viene de un tiempo sombrío, sino unas palabras verdaderas que son de todos y de nadie, que iluminan el lado oscuro, de tan claro, de la realidad.

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Pavana del desasosiego
Francisca Aguirre
Torremozas. Madrid, 1999. 71 páginas, 1.200 pesetas
Por José Luis GARCÍA MARTÍN 
Publicado el 16/05/1999

No sé si se habrá hecho ya un estudio de las microbiografías que suelen acompañar a los libros proporcionándonos los datos fundamentales sobre su autor. Suelen ser menos asépticas y objetivas de lo que intentan parecer.

Reflejan las modas de cada momento, las características de la editorial, la personalidad del escritor, que acostumbra a ser también autor de las mismas: se trata de autorretratos en tercera persona. Francisca Aguirre -lo adelanto ya: uno de los más secretos y hondos poetas de las últimas décadas- publica su primer libro, ítaca, en 1972, pasada la cuarentena, a una edad tardía para un poeta. Quizá por eso los datos fundamentales de su biografía que considera entonces relevantes para el público son los que han seguido apareciendo en la solapa de cada una de sus obras: “Nace en Alicante en 1930, y a los pocos meses viaja con su familia a Madrid, donde reside desde entonces. Hija del pintor Lorenzo Aguirre, inicia su contacto con la cultura desde temprana edad. Es autodidacta. En 1963 contrae matrimonio con el poeta Félix Grande, con quien tiene una hija”.

A partir de entonces nada importante ocurre en su vida que pueda interesar al lector: sólo se añaden los títulos de los sucesivos libros -tres de poemas, uno de relatos y otro de memorias- acompañadados de los correspondientes premios. No se agregan nuevos datos, pero se precisan algunos. En Pavana del desasosiego podemos leer: “Es hija del pintor Lorenzo Aguirre, que en 1942 fue asesinado por el régimen de Franco”.

Una vida cabe en unas pocas líneas, para el que sepa leerlas, y un torpe y cruel periodo de la historia de España, y la razón de una injusticia literaria. Francisca Aguirre se esconde en su primer libro tras la figura de Penélope y se presenta al lector como casada con un poeta -excelente poeta- bien conocido: ella misma dio así el pretexto para la escasa atención, poco más que la que exige la cortesía, que le han dedicado críticos y lectores.

Y no parece que este nuevo libro vaya a cambiar la situación: una bien intencionada y desafortunada editorial dedicada sólo a las mujeres, un desconocido premio literario, un convencional prólogo de Andrés Sorel dedicado a agradecer su gesto al mecenas que ha dotado el premio “sin otros recursos que los de su generosidad”... Pero qué sorpresa la del lector que prescinda de todas esas trampas que nos tiende el azar o la timidez de la autora y abra el libro por cualquier página y comience a leer: pocas veces habrá encontrado a un poeta con tanto sentido de la musicalidad y del misterio como Francisca Aguirre. Las presencias fantasmales, sin la parafernalia habitual, habían comenzado ya en su primer libro: el poema “El extraño”, escrito todo él significativamente entre paréntesis, era un texto que no habría desdeñado firmar Walter de la Mare.

“Cotidianidad alucinada” podría ser la fórmula que definiera Pavana del desasosiego y buena parte -la mejor parte- de la poesía de Francisca Aguirre. Sólo en algún raro poema, como el titulado “Hace tiempo”, es reconocible la anécdota biográfica que da origen a los versos: “Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba/ cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,/ y yo estaba segura de que un día mi padre volvería/ y mientras él cantaba ante su caballete/ se quedarían quietos los barcos en el puerto/ y la luna saldría con su cara de nata”. Pero el sentimentalismo y la falacia patética son escasos en el libro, como en toda la poesía de Francisca Aguirre, que sabe objetivar con precisa palabra su terror y su temblor, su amenazada felicidad.

Muchos de los poemas del libro adoptan la forma de un monólogo, la autora habla consigo misma o con un interlocutor cuya identidad nunca se nos revela claramente: “Dímelo tú que nunca te equivocas,/ dime tú qué sucede en esa tierra,/ en ese territorio fugitivo/ que tanto perseguimos y que nunca/ logramos alcanzar ni tan siquiera un poco”.

Reiterativos, insistentes, insinuando siempre lo que no puede decirse, estos poemas tan aparentemente coloquiales, tan cotidianos, nos acercan como pocos a la otra cara de la realidad: a la que sólo podemos mirar con espanto o, cuando hemos vivido lo suficiente, con consoladora aceptación.

“No hay que llorar”, uno de los más emocionantes soliloquios del libro, termina con estos versos: “Quédate junto a mí y oye la música,/ seguramente Brahms está en lo cierto”. La música (“voy a poner a Schubert, voy a cerrar la puerta”) es en estos poemas, muy a menudo, una promesa de felicidad, una entrevisión del paraíso. Pero también hay otra música (La otra música se titula precisamente uno de los libros anteriores de Francisca Aguirre): la del desastre, la del desasosiego. Como conjuros más que como confidencias pueden considerarse los poemas de este libro que nos habla del misterio sin énfasis, de la pasión sin desbordamientos, de la frontera entre dos mundos con serena lucidez. “Parece que estoy solo y llevo conmigo un mundo de fantasmas” escribió Gastón Baquero. Es frase que podría repetir Francisca Aguirre. Es frase que podríamos repetir cualquier de nosotros.

Articulo : http://www.elcultural.es 17/11/2011

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