dimanche 20 novembre 2011

Nuria AZANCOT/ Muere Daniel SADA, el cronista de la violencia de México


Muere Daniel Sada, el cronista de la violencia de México
Por Nuria AZANCOT

Horas antes de su desaparición le fue concedido el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura

Era un secreto a voces: desde hace meses la vida se le escapaba a chorros al escritor mexicano Daniel Sada (Mexicali, Baja California, 1953), pero fue anoche cuando acabó rindiéndose a la enfermedad renal que le he atormentado los últimos años. 

Sí, era un secreto a voces: cada vez resultaban más frecuentes las peticiones de ayuda económica procedentes de sus amigos y admiradores para sufragar los tratamientos, peticiones que luego su propia familia negaba. Paradójicamente, horas antes de su muerte le fue concedido el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura, "el reconocimiento más importante que otorga el gobierno mexicano para enaltecer las destacadas aportaciones que mexicanas y mexicanos de excepción realizan para el desarrollo nacional".

A sus 58 años, Daniel Sada era considerado por los mexicanos como uno de los propulsores de la literatura del norte, y por sus colegas como "el creador de la geografía sin fronteras". También como el cronista más valiente de la violencia que azota desde hace décadas su país.

Popularísimo en su país natal, en 1992, Sada obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, pero no fue hasta 2008, al conquistar el premio Herralde conCasi nunca, cuando la crítica española reconoció el talento de un narrador de fuste que, como él mismo declaró se sentía "un escritor muy atípico. No quiero escribir ni leer lo que vivo".

El narrador mexicano llegó a Ciudad de México a inicios de los años 70 y destacó de inmediato por su formación de estilo clásico. Sada, afirmó hace poco tiempo que lo que "Casi nunca haría" -aludiendo al título de su penúltima novela- sería: "Traicionarme a mí mismo. Ser insincero en mi manera de escribir, acoplarme a las exigencias del mercado, no vislumbrar lo que es mi mundo; es decir, adoptar una posición que me es totalmente ajena. Necesito escribir lo que sale de mi corazón, estrictamente".

Y decía más. Por ejemplo, que "La inseguridad ha sido mi divisa. Corrijo demasiado mis textos" y que sobte todo no creía "En los políticos y su maravilloso arte de mentir. Cuando descubro a un político honesto y veraz, siento que la realidad se ha burlado de mí".

Entre sus obras también destacan los libros de cuentos Un rato (1984), Juguete de nadie y otras historias (1985), Tres historias (1990), Registro de causantes(1992); El límite (1992); Lampa vida (1980), Albedrío (1989), Una de dos (1994),Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), Luces artificiales (2002),Ritmo delta (2005), y La duración de los empeños simples (2006) o el más reciente, Ese modo que colma (2010).

En 2009 Daniel Sada contó en la sección "Primeras memorias" de El Cultural su experiencia como escritor a partir de su primera novela Lampa vida (1980):"Empecé a escribir mi primera novela a la edad de 23 años, tenía un título rimbombante que yo defendí con creces, a pesar de las críticas afiladas de algunos amigos." Bajo el título El escritor lampante Sada despide el artículo con una confesión: "A veces quisiera ser un escritor multitudinario, pero otras quisiera ser elitista y aristocrático. Estas dos fuerzas prevalecen en la esencia de lo que escribo, es algo que se trasluce a pesar de mí mismo. Me importa clarificar todo cuanto hago, pero nunca dejo de buscar nuevos síntomas de expresión. Todavía mi primer libro sigue siendo mi norma estética primordial." Así sea. 

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Ese modo que colma
Daniel Sada
Anagrama. Barcelona, 2010. 192 páginas, 15 euros
Por Ernesto CALABUIG
Publicado el 29/10/2010

Poco a poco van los lectores descubriendo la interesante escritura de Daniel Sada (Mexicali, México, 1953), autor que en 2008 obtuvo el premio Herralde con su obra Casi nunca. Los once relatos que componen Ese modo que colma tienen, para empezar, la virtud de mantener un alto nivel de conjunto en una colección realmente rica y variada en registros y asuntos.

Quizá la única pieza disonante sea el texto inicial, “El gusto por los bailes”, relato en verso a imitación de un corrido, un experimento fallido por cuanto tropieza precisamente en el ritmo en el que basaba su gracia. Otra cosa es la lección de ritmo narrativo y gracia que imparte Sada en cada uno de sus textos en prosa, con manierismos y giros propios tan cómicos como eficaces. Así ocurre desde la discusión de pareja y el caos meteorológico de “Un cúmulo de preocupaciones”, donde muestra su capacidad para construir textos vivaces repletos de guiños, en los que disfruta indagando acerca de las motivaciones de los actos humanos: el cómico y logrado “Crónica de una necesidad”, con su bloque vecinal y la simultaneidad tragicómica de bailes y funerales, resulta un buen ejemplo. 

Una gran pieza es “Atrás quedó lo disperso”, ingeniosa peripecia de dos amigos y los efectos de un regalo envenenado: un libro de Carlo Emilio Gadda. Aunque si hay en esta colección una exhibición de escritura, se trata del austero y poderoso “Eso va a estallar”, historia del cambio de vida de un sanguinario capo que se retira con su personal de servicio a una aislada casa de playa de la Baja California.El sabio goteo de informaciones compone un sólido puzzle, un mundo tan pétreo y sin salida como el que recrea “Un camino siempre recto” o la brutal fiesta de narcos y la lógica macabra de Ese modo que colma, nueva exhibición de manejo del lenguaje. Sugerente resulta también la “fábula moral” de la gringa rica Susan Craggs en “La incidencia”. De fondo, en estos relatos, un gran sentido del humor como continuada proclama contra la solemnidad. Y un tema común que rige el libro: la idea del azar y la fortuna que, de un instante a otro, hace cambiar nuestras vidas para bien o para mal. 

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El escritor lampante
por Daniel Sada
Publicado el 05/06/2009

Empecé a escribir mi primera novela a la edad de 23 años, tenía un título rimbombante que yo defendí con creces, a pesar de las críticas afiladas de algunos amigos.

El título era y es Lampa vida: lampa es un latinismo que significa explosión pero también desconcierto, y el significado que proyecta esta mezcla de vocablos acertaba cabalmente con mi pretensión: vida explosiva y también vida desconcertante e inesperada. La verdad es que estaba tan seguro de mi escritura que me atreví a solicitar una beca del Centro Mexicano de Escritores, donde tendría como asesores literarios nada menos que a Juan Rulfo y Salvador Elizondo. La beca me fue concedida, pero en la primera sesión de lectura, Rulfo y Elizondo me hicieron pedazos. El enfurecimiento de ambos iba en doble sentido. Rulfo descalificaba toda suerte de alambiques y adornos innecesarios en la expresión. Elizondo, en cambio, me decía que ignorara las recomendaciones de Rulfo, ya que el arte era forma y el fondo siempre está contenido en la forma. 

Por esa epoca, justo en los años 70, abundaban los libros de teoría literaria. Era común enterarse de la existencia de jóvenes escritores que casi no habían leído novelas pero sí una excesiva carga de teoría literaria. Rulfo me dijo alguna vez que echara a la basura todos los libros teóricos, ya que ese material estaba destinado a los autores que carecían de imaginación. “La imaginación resuelve todo y usted la tiene, más de lo que supone”, me dijo. Sin embargo, las recomendaciones de Elizondo eran harto distintas: me decía que el arte es conocimiento, exploración, búsqueda y que siempre había más preguntas que respuestas. El impulso que me daba Rulfo era: “¡cuente!, ¡cuente!, ¡cuente!, ya que sólo así saldrá a la luz todo lo teórico que usted trae dentro”. Mientras, Elizondo, me decía: “¡busque!, ¡busque!, ¡busque!”. Para mí los dos puntos de vista de mis maestros eran importantes y los hice propios: el arte no es una aclaración, sino una preservación del enigma. Cuando llegué a esta verdad me sentía un rey o un perico en alfombra. Me sentía privilegiado al tener dos escritores tan capitales en la literatura castellana como Rulfo y Elizondo: el primero, un clásico el segundo, un vanguardista. Aquello no podía ser poca cosa para mí. 

Cuando terminé Lampa vida (1980) hubo una diorama de críticas tan diversas que iban de la extrañeza al asombro, pasando por la descalificación de unos y el halago exagerado de otros. El libro no tuvo muchas ventas, pero sí suscitó -como siempre me ha sucedido- muchas reseñas. Aún cuando hubo una recepción muy entusiasta de ese primer libro, no me sentía seguro. Lo más raro fue que algunos amigos me abandonaran, pues tuve un pequeño éxito crítico que jamás me podrían perdonar. Desde entonces no tengo claro mi camino en la literatura, y cada libro que escribo me instala por completo en la incertidumbre; todavía, como en el Centro Mexicano de Escritores, preveo muchos choques de conceptos: la dictadura de lo clásico contra la anarquía de lo moderno. A veces quisiera ser un escritor multitudinario, pero otras quisiera ser elitista y aristocrático. Estas dos fuerzas prevalecen en la esencia de lo que escribo, es algo que se trasluce a pesar de mí mismo. Me importa clarificar todo cuanto hago, pero nunca dejo de buscar nuevos síntomas de expresión. Todavía mi primer libro sigue siendo mi norma estética primordial. 

DESDE ENTONCES Daniel Sada (Mexicali, 1953) ha publicado, entre otros, los libros de relatos Registro de causantes (1992, premio Xavier Villaurrutia), El límite (1996), y las novelas Lampa vida (1980), Albedrío (1988) y Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999). En 2008 conquistó el premio Herralde de novela con Casi nunca.

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Casi nunca
por Daniel Sada
Anagrama
Publicado el 11/12/2008

Primera parte
Tras un preciado hallazgo

El sexo, como pretexto válido para romper con la monotonía; el sexo-motor; el sexo-ansiedad; la costumbre del sexo, como un hartazgo cualquiera que se volverá lastre; el sexo colosal, incontenible, frenético, ambiguo como un juego que confunde y luego aclara y vuelve a confundir; el sexo-simulacro, el sexo-obviedad. El placer, al fin, como un encomio que vaya justo en sentido inverso a lo que se vive. Conjeturas truncas durante una caminata, bajo una tarde descolorida. Cuadras de calles en declive y en ascenso. Dificultades al paso, y también en la mente. El sujeto era un tal Demetrio Sordo, flaco y alto, casi a punto de cumplir treinta años, afecto a las cosas del campo, donde residía a medias su felicidad laboral, pero su solaz: ¿cuáles emociones? La cotidianeidad nocturna del juego de dominó en una cantina de mala muerte, o los paseos, pocos, sin chiste, de apenas tres kilómetros, o menos; o cafeteadas vespertinas, siempre solitarias y sin para qué; o la escritura de cartas dirigidas a entes conocidos pero ya fantasmales. Y así la hartura y ¿qué hacer?: pensar presintiendo certezas y dudas: cuántos descartes y cuántos reacomodos, mismos que, sin exprimirse mucho el seso, justo durante aquella tarde nublada, le ayudaron a hallar la chispa que le hacía falta. Fue el sexo la elección más fácil, aunque el reto consistía en practicarlo cada veinticuatro horas. ¡Ojalá! Sí, sería todo un desembolso que valdría la pena. De modo que esa misma noche el agrónomo fue a un burdel. Fue titubeante. Sus pasos cortos lo evidenciaban. Tras descender del taxi caminó como si pisara huevos o se astillara las plantas de los pies con vidrios rotos. Estaba casi en el centro de una zona roja no paradisíaca y tampoco, para colmo, siquiera luminosa a medias. Era la segunda vez que iba a un infierno similar y por tal vicisitud no sabía hacia dónde jalarse. Avistando en derredor, lo primero que vio al aire libre fue una hilera de mujeres fodongas sentadas en mecedoras de guayaco, cada cual frente a la puerta abierta de su cuartucho mezquino. Fregado espectáculo a todo lo largo de una acera por la que él empezó a desplazarse. A poco sus pasos cortos se convirtieron en zancadas. Prisa entendible porque deseaba hallar un burdel elitista. Para ello tuvo que preguntar a un transeúnte. La cosa fue que al ser informado entró en sintonía. Aquel de allá o el otro de más allá. ésos son los más caros. Luego un parloteo relativo a las mujerzotas por ver (había de todos tipos), sólo que Demetrio no quiso oír más descripciones, antes bien aceleró sus pasos sin dar las gracias: y, ¡pues sí!, un burdel se llamaba La Entretenida y el otro Presunción, dos casonas amarillas cual plastas cuadretes dándole algo de lustre al crepúsculo: y ¿a cuál entrar para quedarse? Duda risueña algo prolongada. Optó por Presunción... Pago anticipado allí, como si se tratara de un museo, una exageración: descarga billetosa hecha a regañadientes. A cambio la alegría inmediata apuntalándose en la semioscuridad, porque ahora sí debió ser un impacto lo observado muy a voleo, como era la amplitud de una sala sugestiva en matiz naranja, donde estaban dispuestos muchísimos sillones. No había pista de baile, pero sí música ambiental: ranchera, muy ruidosa, y sólo eso.

¿Muy de lujo el panorama lúgubre? Mirón, el recién llegado siguió mirando tras sentarse. La invitación: gran amabilidad: un hombre regordete le señalaba el asiento: dulzura de ademán reiterado. Muy al canto ese mismo le preguntó: ¿Qué le sirvo?, y el aún cliente en potencia dijo: Espere, espere. Naciente timidez mezclada con ardor: Demetrio y su búsqueda entre tanta belleza en penumbras: tanto aplaste ¿excitante? Lo bueno fue que pronto hubo un distingo: notó a una morena grandullona de buenas carnes, una vulgaridad excéntrica que sonreía como nadie. Ella, sabiéndose elegida, se arrellanó de tal modo en su sillón que dejó ver para el mirón sus deliciosas piernas en largo, adrede. Treta efectiva, porque Demetrio la llamó y aquélla, solícita, salerosa, ¡venga!: llegó despacio: su pelambre rizado se movía con vaivén de más. Ella parecía deambular por una pasarela. Entonces, sin más, ¡a sentarse!, ¡a platicar pequeñeces! Cargante indicio del cual hubo de sobrevenir un discreto agarre (algo juguetón) de manos. Suavidades por cuanto emociones a punto. Preludios del gozo, por decir: dos, sí, buscando la vivaz conexión, acaso más allá de lo mercantil sexual, que devino en un descaro mirón de ida y vuelta, que si retador, que si invitador; a esto hay que añadir las someras delicias a media luz porque llegó la mudez para dar paso al juego de facciones, de ambos el morbo como acoplamiento: el casi besarse, pero, ¡zas!, la impertinencia del mesero, a lo que: ¡Sáquese!, quiero sexo, no tragos. Y Demetrio viendo a la morena le dijo: órale, tú, vamos de una vez a la cama. ¡Qué brusco! Es que andaba de verdad apurado. A lo que sin más, ni modo, para adentro, casi a las carreras. Por ende, resumamos lo del encierro -estaba lloviendo, por lo que fue menester guarecerse cuanto antes-: apuro de desnudeces y apuro de ensarte, más lo faltante, esto es, los besos largos con lengöeteo muy móvil, como que al compás de la cadencia de ambos allá abajo; arriba, entonces, transportes de saliva o simples embarramientos de continuo. Pero ojalá no más combinaciones de posturas para no desconcentrarse. Lo que no ocurrió: y: la iniciativa en vilo, más de ella... De ella su afán, su extra, su gusto en correntía que adicionaba mimos casi sentimentales, amén de movimientos de cadera mucho más rítmicos como para que el macho agrandara sus ojos y alzara más sus cejas, al tope aquello ¡ya!, al grado de que Demetrio explotó con una exclamación a todo tren: ¡Dale... mi amor... así...! Nunca pensé que tú... Etcétera. Y el río de esperma de inmediato, con sentida correspondencia de orgasmo sin par. Satisfacciones. Luego el vestirse tan mal, por la prisa, nada de peinarse a gusto ante un espejo, ni ella ni él, cual debe, lo que sí que el agrónomo le prometió a la cachonda una segunda visita al día siguiente, y el pago: lo mero bueno, aunque no a la morena sino a la matrona: una chaparra con cintura ecuatoriana que se hallaba retacada en un cuarto lujosísimo junto a la enorme sala. Hasta allí entrar. Infiernito. Riesgo. Adentro, huy, olores pretenciosos. Relucía el morado de los sillones donde como patriarcas aclocados dos policías platicaban. Interrupción: y: es tanto. Pago. Dineral. Uno de los ojos de la matrona tenía una nube. Por ende: ¿qué decir de ese mirar misterioso, indefinido? Lo que debe añadirse es que no hubo mínimas sonrisas de ninguno de ésos, y ella con sus ojos moviéndose como limpiadores de parabrisas... La matrona le dio el cambio a Demetrio. Adiós. Media vuelta y... Veamos: no había motivo para que ése casi corriera, aun cuando, de todos modos, tuviese la impresión de salir de un mundo en llamas.

Lo anterior queda como un vasto encuadre. Pareciera todo un pinturreo morboso, con coágulos de óleo apelmazados a propósito. Lo que sigue es una adivinanza: ¿en qué época estamos? La respuesta es 1945, año del estallido de la bomba atómica y fin de la Segunda Guerra Mundial. Modernidades. Pero estamos al otro lado del mundo, en Oaxaca, centro cultural universal, superior (digamos) a Tokio. Pero, más bien, estamos con Demetrio Sordo, el agrónomo sexual, que un día de tantos se puso a hacer cuentas. Es que llevaba más de una semana de visitar el burdel Presunción. Excepto un lunes, el resto de los días había hecho el amor con la morena grandullona. Tal portento: Mireya se llamaba, nombre en el aire porque en el burdel le decían Bambi. A saber por qué el mote, la fulana no era delicada como la caricatura en mención. Todo lo contrario. Le hubieran puesto, por ejemplo, Diosa Kali, por exuberante, o Diosa Isis, o por ahí, o sepa, pero ¿Bambi? Para evitar incurrir en una obsesión superflua, centrémonos en lo de las cuentas. Demetrio empezó a vaciar números en un cuadernillo a rayas. Su pluma atómica se deslizaba con torpeza. Nervios. En trece días un total de ciento cuatro pesos, desde luego bien invertidos; de cinco en cinco el placer, más los tantos precios de entrada, de tres en tres, cosa inigualable para un obseso. Los lunes Mireya descansaba. La advertencia a tiempo sirvió para que Demetrio tuviera a otra entre sus brazos, nada más -ni modo- ese lunes siguiente. La novedad fue una flaca estilizada muy desabrida... Luego: calcular la suma de su sueldo menos sus gastos de cajón. La insólita añadidura. El placer en cueros. Lo compartido cada vez más en firme. Lo tremendo en vías de transformación diaria: oh amorío, oh siluetismo. Y volviendo a los números, poco más de doscientos pesos eso. Y los otros gastos. También restar lo de los lunes. No querría un reemplazo sexual. Se lo impuso: ningún experimento. Sería tristísimo, como sucedió con esa huesuda de cara bonita. Además, él debía descansar, era necesario. Así que lo haría, seguro: la abstinencia como relajamiento: una vez por semana: ¡sí!, para no reventar. Ahora viene lo ilustrativo en cuanto al trabajo de Demetrio: su jornada laboral abarcaba de las siete de la mañana a las cinco de la tarde, a veces hasta las seis y rara vez hasta las siete. Al terminar con su deber se encaminaba directo hacia la casa de huéspedes de doña Rolanda, una señora caduca y ultraconservadora. En ese lugar él arrendaba la habitación más espaciosa. Y el ir habitual: su regreso, su hastío con gotas de beneplácito. Bueno, hasta hacía justo diez días tal automatismo, ¡claro!, entre semana, siendo que sábado y domingo ocurría lo que podía llamarse "encierro conceptual", loco, o también pascasio, en su cuarto rentado, mismo que tenía un aparato de radio: encenderlo para abandonarse oyendo música romántica y noticias tontas: cuantía de horas en franca inopia. Todo eso que ya le resultaba detestable. Pero por las noches... 

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Porque parece mentira la verdad...
Daniel Sada
Tusquets. Barcelona, 2001. 654 páginas, 3.900 pesetas
Por Santos SANZ VILLANUEVA
Publicado el 18/07/2001

Al llegar al final de esta gordísima novela de Daniel Sada, Porque parece mentira la verdadnunca se sabe, se me ha venido a la cabeza el humorístico reproche que H.G. Wells hizo a su amigo Joyce a raíz de Ulises: qué derecho se creerá este hombre que tiene -decía en una carta- a robarme con su libro tantas horas de los pocos miles que me quedan.

Muchas horas, constancia y esfuerzo pide también este narrador mexicano quien, de alguna manera, comparte con el irlandés la voluntad titánica y el fervor verbal. De hecho, estos dos rasgos dan carta de originalidad a una obra que, resumida al extremo, viene a ser la crónica coral de la corrupción política en ese país hispanoamericano. Pero ya se sabe que el simple enunciado del argumento o el tema de un relato no dice apenas nada de su valor.

Por ello, lo primero que debe subrayarse es la ambición faraónica de Sada, su meta de construir un impresionante artilugio narrativo dentro del cual cobre vida la degradación de una colectividad sometida al imperio de la corrupción y no al de la ley. Para ello acude a una historia prolija que, desde lo testimonial, se dispara hacia lo visionario y esperpéntico. Esa historia se nutre de innumerables episodios más o menos independientes, presentados como secuencias fragmentarias, pero que alcanzan su sentido dentro de un diseño común.

La profunda unidad de la fábula se revela a su conclusión, pues toda ella responde a un criterio circular. Al comienzo, la anécdota se polariza en el matrimonio formado por Trinidad y Cecilia: asisten a la impactante llegada de un camión cargado de cadáveres víctimas de la represión; se preocupan por el destino de sus dos hijos; el apático Trinidad les ha reprochado su activismo político; uno de ellos escupe al padre y ambos se marchan para siempre del lugar. Basta con esos datos para señalar el deterioro colectivo, que pronto se apuntala con otra anécdota: el día de las elecciones, unos enmascarados roban las urnas para asegurar el pucherazo de un sistema basado en el poder del cacique.

Al final de la larguísima historia, el matrimonio confía en el regreso, un día, de los hijos, mientras que en Trinidad se ha operado un cambio radical: de su rechazo a la política ha pasado al señuelo de obtener la alcaldía, para lo cual está dispuesto a invertir sus ahorros. Todo ello con un aire fantasmagórico que revele la irrealidad del futuro. Se abre y cierra, pues, la novela con el peso anecdótico de una escena familiar y dentro de ella se alojan otros episodios que se encadenan en la misma dirección.

Hechos cotidianos, ambiciones, movimientos populares de protesta, actos extremados de violencia... son como teselas de un enorme mosaico en el cual se refleja la existencia de Remadrín, nombre imaginario de un lugar pequeño, de 1.200 votantes registrados, situado en una desértica región mexicana, que adquiere la categoría de un símbolo. Los personajes son numerosos, un centenar. Algunos alcanzan un mayor protagonismo, por ejemplo el terrible alcalde-cacique, Romeo Pomar.

También las escenas resultan numerosas y tienen una finalidad testimonial. Alguna posee un peso específico propio, por ejemplo la referida a la caseta telefónica y a su cuidadora, Dora Ríos. Esta magnífica escena, casi con entidad independiente, apunta el criterio acumulativo de Sada y la técnica a medias de yuxtaposición, a medias ensartadora que utiliza. De ahí que surjan reparos a su carácter torrencial, pues tal vez sin tanta materia, o más podada, el conjunto resultaría igual de significativo y más ágil.

Tengo la impresión de que a la novela le sobran páginas, con independencia de la calidad y la inventiva de numerosos momentos. Y ello a pesar del extraordinario acierto de utilizar un narrador poliédrico, que lo sabe todo y comenta los sucesos, que se dirige a los personajes y que apela al destinatario, con quien establece una complicidad irónica para que éste se sienta parte de la esperpéntica historia que está leyendo.

El otro frente llamativo de Porque parece mentira... está en su despliegue de recursos verbales. La lengua de Sada tiene una riqueza y flexibilidad inusuales. Utiliza registros muy variados, desde cultismos a localismos. Pero la abundancia verbal, aun constituyendo un reto, no supone la mayor dificultad del texto. Si la construcción y la abundancia anecdótica no facilitan la lectura, la lengua termina por complicarla. Tiene, por tanto, esta novela algo de reto. Sin duda, consigue un efecto plástico y vivaz al recrear un espacio social reciente con tintas brillantes y al darle un énfasis singular. 

En qué medida compense afrontar el reto que con toda intención plantea Porque parece mentira..., tiene que decirlo cada lector. En cualquier caso, a quien, como me sucedía a mí, no conozca la existencia de Daniel Sada -a pesar de ser escritor veterano y con bastante obra publicada-, esta primera novel editada en España nos descubre a un autor que no debe ignorarse.

Desconocido en España a pesar de gozar de gran popularidad en México, Daniel Sada (Mexicali, México, 1953) ha sido considerado por Carlos Fuentes “una revelación para los escritores españoles y para la literatura mundial”. Estudió periodismo y Letras Hispánicas y ha sido catedrático en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Traducido a cinco idiomas, entre sus obras destacan las novelas Lampa Vida (1980), Albedrío (1990) y Una de dos (1994); libros de relatos como Registro de causantes, galardonado con el premio Xavier Villaurrutia en 1992, y el poemario Los lugares (1997). 

Articulo : http://www.elcultural.es 19/11/2011

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

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