dimanche 6 novembre 2011

Pedro Pablo GUERRERO/Pablo TORCHE: héroes griegos y miserias cotidianas


Entrevista | Narrador chileno
Pablo Torche: héroes griegos y miserias cotidianas
Por Pedro Pablo Guerrero 

En su segunda novela, "Filomela", el escritor actualiza uno de los mitos griegos más brutales e inspiradores de la literatura universal.

Nadie mejor que los griegos sabían que la venganza transforma a los hombres. Luego de matar a su hijo, cocinarlo y servírselo a su marido en castigo por abusar de Filomela, su hermana, Procne fue convertida por los dioses en golondrina y Filomela en ruiseñor (otras versiones dicen que fue al revés), mientras que Tereo, violador de su cuñada, fue metamorfoseado en gavilán.

En Chile, el mito griego de Filomela, hija menor del rey Pandión de Atenas, raptada por Tereo, rey de Tracia, se conservó hasta nuestros días gracias a un viejo romance español cuya versión más conocida es el cantar campesino "Blanca Flor y Filomena", recogido por Violeta Parra: "Estaba el amor, estaba,/ entre la paz y la guerra/ con sus dos hijas querías/ Blanca Flor y Filumena (...)// El Duque Don Bernardino/ se enamoró de una de ellas,/ se casó con Blanca Flor/ y pena por Filumena".

En su recién publicada Filomela , Pablo Torche (1974) dedica el primer capítulo de la novela a relatar esta historia mitológica con un lenguaje culto, que describe el mundo antiguo recreado en tantos poemas y tragedias clásicos. Aparecen en el libro de Torche las "colinas purpúreas" del puerto del Pireo, la retórica de la nobleza ("Yo he accedido a abandonar Tracia, apacentadora de caballos") y refinados personajes (koré) y objetos (oinoche) palaciegos. A partir de la página 53, sin embargo, la acción se traslada a un barrio santiaguino de blocks, música sound y marihuaneros, donde viven Procne, su pareja (el Tera) y el hijo de ambos: Itis.

-¿Cómo nace la idea de contrastar un mito griego de héroes, dioses y nobles con el presente, de Chile, en una familia pobre?
-No sé, es raro como la experiencia se transmuta en literatura en algún momento; un proceso interesante, incluso literariamente. Me pareció bonito el contrapunto, quizás examinar cómo las ideas y nociones de ser humano viajan por el tiempo, a través de la cultura, a veces sin que lo sepamos siquiera, y de pronto toman posesión de nosotros, nos impulsan a actuar en un sentido u otro. Me atraía la idea de retratar personajes marginales, tan excluidos en nuestra sociedad, invisibilizados hasta cierto punto, pero actuando una trama que ha sido contada y ejecutada ya tantas veces. Así, el machismo, el hacinamiento, la violencia intrafamiliar, la delincuencia, todos esos problemas, aparecen retratados en una luz nueva al ponerlos en contraste con un mito clásico. De una forma rara se les puede otorgar una nueva humanidad, una nueva oportunidad de salvación. Mi idea era buscar una nueva forma de piedad para mostrar estos conflictos sociales tantas veces mensurados por las políticas sociales.

-¿Cómo conociste el mito de Filomela?
-Por La tierra baldía , de Eliot. Siempre me llamó la atención este pajarito "so rudely forced", la golondrina, que es tan grácil y primaveral, pero que supuestamente tiene una historia tan trágica detrás. Luego el mito está en muchas partes por supuesto, quizás la versión más canónica es la que cuenta Ovidio en las Metamorfosis.

-¿Pensaste de inmediato en hacer una novela o fue una decisión meditada?
-La idea cuajó mucho después, no sé bien por qué, pero no tuvo nada de meditada. La idea era explorar a los personajes por dentro, hacer una oda de la fragilidad humana.

-El contrapunto entre el español de norma culta y otro popular, contemporáneo y chileno, ¿te lo planteaste como un ejercicio de estilo, al modo de "Acqua Alta", tu primera novela?
-No, fue algo más planificado que en Acqua alta , no tan exploratorio. Básicamente quería hacer un contraste entre dos universos o formas de ver la vida, más que entre dos estilos literarios. En uno quería rescatar una sensibilidad pagana, más violenta y brutal, pero en el fondo desesperanzada. En el otro, el mundo moderno, cristiano, o poscristiano, pero asediado por las dificultades económicas, la desigualdad, la exclusión, una especie de marxismo católico, como me dijo una amiga. Los estilos que traté de ocupar respondían a esta necesidad, el primero pomposo y grandilocuente, como aparece en las tragedias griegas, donde los héroes se comunican directamente con los dioses, pero se van encerrando cada vez más en un destino fatal; el segundo, más realista, o psicológico si se quiere, donde la mente de los personajes deambula de una idea a otra sin demasiados asideros y la pregunta por Dios emerge como una estela fugaz.

-Según Procne, sólo hay justicia para los que tienen dinero. ¿Qué opinas de este concepto?
-A veces los personajes de la novela ocupan estos conceptos para tratar de orientarse, para tratar de definir qué hacer. Son como fragmentos de una filosofía desaparecida. Me parece que es algo típico de nuestra época, pequeñas tablas de salvación, que funcionan como eslóganes o coartadas para salir del paso en determinadas circunstancias. En el fondo, eso es la posmodernidad, un gran resumidero de pequeñas ideas morales entre las que todos bregamos para no ahogarnos, o para ser felices, según el concepto que ahora está tan de moda y que incluso se va a medir en la CASEN. Entre los restos de este discurso fragmentado, los personajes recurren con frecuencia a este tipo de explicaciones asociadas a discursos de clase, y una especie de determinismo social, para otorgarse alguna forma de consuelo o una vía de salida, una oportunidad, que muchas veces se revela fatal.

-¿Cómo relacionarías este concepto de justicia con el de la hybris de los griegos?
-Ese temor a ir más allá, a sobrepasar los límites de lo que está permitido al hombre, era un concepto que organizaba todo el mundo de la antigüedad clásica. Donde primaban dioses violentos y vengativos, la hybris era un norma que mantenía al hombre apegado a la naturaleza. Pero la Modernidad ha despreciado este principio, lo considera pura teología, pura represión. Lo importante ahora es un hombre emancipado y libre. Sin duda no es para volver a lo anterior, como en una especie de idealización del mundo griego que está tan de moda, pero me parece que en la actualidad esta búsqueda a ultranza de la libertad, y la felicidad, lo que se consigue es que la gente esté menos contenta, un poco vaciada, como a la deriva. Cada vez se ven más personas estresadas en las calles, autoexigencias y envidias un poco absurdas, miradas vacuas en el metro.

-¿La aproximación a la realidad en tu escritura ha eludido el realismo descriptivo de otros escritores chilenos de tu edad?
-No creo que un realismo literal sea la única forma de aproximarse a la realidad en que uno vive, ni siquiera la mejor. Muchas veces conduce a radiografías sociales un poco superficiales que más parecen un comercial de seguros de vida que un retrato o exploración lúcida o profunda. Es cierto que en Chile nos faltó un Vargas Llosa, me refiero a un escritor que ayude a dibujar la sociedad tal como es, con todas sus lacras y dobleces, sin hipocresía. Pero esto ya no ocurrió, fueron los 70, los 80, los 90. Ahora, para retomar ese proyecto, habría que hacerlo de forma distinta, desde un punto de vista nuevo, que quizás ni siquiera intuimos.

-¿Has buscado un acercamiento más oblicuo, que se apoya en los grandes motivos de la tradición literaria occidental?
-Creo que para proponer cualquier forma de experimentación o renovación literaria es siempre necesario estar inscrito en la tradición, no denegarla. Tradición y vanguardia están más encadenadas de lo que parece. El gran desafío que enfrentamos los escritores de mi generación es simplemente poder contar una historia. Este objetivo tan mundano se ha vuelto arduo en un tiempo dominado por la desconfianza en el lenguaje, en un logos más lineal, en todo lo que huela a certeza o claridad. Por esto, si hay algo en común en los escritores de mi edad, o más jóvenes, es, me parece, el construir historias que se ensamblan y desensamblan constantemente, que luchan contra sí mismas con el objetivo de poder seguir avanzando, de llegar a un puerto antes de que el lenguaje se las coma a sí mismas en el camino.

-¿En qué autores estás pensando?
-Me parece muy potente una nueva generación de escritores que ha surgido en Chile, menores de treinta, que son mucho más sueltos y deslenguados, con menos complejos con el lenguaje. Creo que cuando estos autores se "desbolañizan" y asumen derechamente el delirio, la distorsión, se vuelven muy interesantes, como es el caso de Pablo Toro o Francisco Díaz Klaassen, que han publicado cosas muy promisorias.

-Y tú, ¿en qué estás trabajando actualmente?
-Estoy terminando una novela sobre la vida de Giacomo Puccini, durante la época en que componía la ópera "Tosca". Es una novela erótica, que explora también la relación entre arte y realidad, pues mientras componía la ópera, Puccini sostenía un romance con una famosa cantante lírica, que después sería la primera Tosca sobre las tablas.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 30/10/2011

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

La vida salvaje de THOREAU Por Alberto GORDO Distintos sellos celebran los 200 años del nacimiento del pensador norteamericano con ...