vendredi 18 novembre 2011

René FAVIER, Philippe JOUTARD, Héloïse KOLEBKA/ Dios, el experto y los cataclismos


Entrevistas
Dios, el experto y los cataclismos
Por René Favier, Philippe Joutard, Héloïse Kolebka

¿Qué tan “naturales” son las catástrofes naturales? Esta entrevista con un historiador especializado en el tema arroja luces sobre la instrumentalización de estos fenómenos.

¿Qué es una catástrofe natural?
Una catástrofe es un acontecimiento natural que se produce en un territorio y una sociedad en situación vulnerable. En cierta manera, es la amenaza convertida en realidad. A partir de ello, nos podemos preguntar si un acontecimiento natural que no tiene ninguna consecuencia sobre los seres humanos podría considerarse una catástrofe. La respuesta es negativa: un tsunami en una zona poco poblada no es una catástrofe. Puede tratarse de un fenómeno natural de gran magnitud con consecuencias considerables en el paisaje, pero no puede entenderse como una catástrofe, salvo, quizás, a partir de los discursos recientes de algunos ecologistas que hacen de la inmutabilidad del paisaje un valor en sí. Pero es la presencia del hombre lo que hace de un acontecimiento natural un hecho catastrófico.
  
¿Qué diferencia se puede establecer con las catástrofes de origen humano, como Chernóbil?
Me parece que actualmente hay una sensibilidad mucho mayor ante las catástrofes tecnológicas que frente a las naturales. Basta comparar los dos desastres que tuvieron lugar en 1999 en el valle de Chamonix, en Francia: el incendio en el túnel del Monte Blanco que, el 24 de marzo, causó la muerte de 39 personas –una catástrofe humana–, y un mes antes, la avalancha del glaciar de Tour, en Montroc, que el 9de febrero cobró la vida de 12 personas. Se habló mucho menos de la avalancha que del incendio, y las víctimas de la catástrofe natural no fueron honradas de la misma manera, a tal punto que al poco tiempo el hecho pareció borrarse de la memoria.

Se puede decir que las catástrofes humanas o tecnológicas permiten designar con mayor facilidad a un responsable. No pasa lo mismo en los eventos naturales y quizá por eso despiertan menos emoción.
  
¿El número de muertos es lo que hace que un acontecimiento sea una catástrofe?
¡No! Los criterios que explican la importancia concedida a una catástrofe son eminentemente subjetivos y dependen de ciertas circunstancias. Por ejemplo, el tsunami de diciembre de 2004 en Asia. Desde luego, el número considerable de muertos (cerca de 300.000) marcó a la gente. Pero la “calidad” de los muertos también cuenta. Me parece que de no haber sido por la cantidad de turistas en Indonesia yTailandia, el tsunami no habría tenido tal resonancia en Occidente.
  
¿Y qué papel desempeña la mediatización en la definición de una catástrofe natural?
Es algo que sabemos muy bien en la actualidad, la mediatización es esencial y cada vez adquiere más relevancia. La comparación de dos avalanchas recientes lo deja bastante claro: la de los Orres en los Alpes de Haute-Provence, el 24 de enero de 1998, durante la cual 11 personas (nueve estudiantes de bachillerato y dos acompañantes) murieron en una excursión a las montañas; y, al año siguiente, la del glaciar de Tour –antes mencionada–, que destruyó casas y en la que murieron12 personas entre los habitantes del valle y los vacacionistas.

Aparentemente, estas dos catástrofes son comparables; sin embargo, el tratamiento mediático que se dio a ambas fue totalmente diferente. Con la avalancha de 1998 se realizaron varios centenares de reportajes, incluso se utilizó un vocabulario específico: se habló de “la catástrofe” de los Orres. En el caso del glaciar de Tour, hubo mucho menos cubrimiento de los medios, durante un período mucho más breve y todos aludiendo simplemente a “la avalancha” destructora.

¿Qué explica esta diferencia de tratamiento? ¿El hecho de que hubiera niños entre las víctimas de los Orres? 
No. También murieron cuatro niños en la avalancha de Tour. Lo que a mi juicio resulta decisivo es la búsqueda de responsabilidades. En el caso de los Orres, fue posible señalar al guía que llevó a los niños y al que no tardaron en condenar.

Respecto de la avalancha de Tour, las responsabilidades son más difusas: podrían ser de los servicios administrativos y técnicos que autorizaron construir en ese lugar... Por su manera de tratar los temas, los medios de comunicación participan en la recordación o en el olvido de los acontecimientos catastróficos.

Pero la mediatización no es un fenómeno nuevo. La podemos identificar en tiempos remotos, desde la Edad Media: dos catástrofes de esta época tuvieron importancia de acuerdo con la repercusión que le atribuyeron los poderes religiosos o políticos. Pienso específicamente en el terremoto que tuvo lugar en los Pirineos en 1660, justo antes de la partida de Luis XIV hacia San Juan de Luz, donde debía casarse con María Teresa, la infanta de España. Quizá fue el seísmo más importante de la época moderna en Francia. Inmediatamente se hizo una doble lectura: los adversarios de este acercamiento franco-español explicaron que era Dios quien estaba protestando contra este casamiento contra natura. Por el contrario, la propaganda de la realeza vio en ello el anuncio de que el rey hacía temblar la tierra de la misma manera que haría temblar a Europa.

Grégory Quenet demuestra, en La Gazette (el diario creado por Re-naudot en el siglo XVII), que no volvió a mencionarse ningún otro terremoto en Francia,sino hasta 1730-1740. ¡Había que probar que el rey dominaba las fuerzas sísmicas! En un caso como éste, todo sucede como si las catástrofes naturales no existieran más que por la sola voluntad del poder.

Evidentemente, otras catástrofes son difíciles de ocultar... Después del terremoto de Lisboa en 1755, la mediatización se volvió intensa: todos los curas en su registro parroquial, todos los escritores que llevaban un diario comenzaron a registrar una gran cantidad de terremotos por todos los rincones de Europa. Ciertamente, hubo numerosas réplicas del sismo; pero lo que este cambio manifiesta es que se presta mucha más atención al fenómeno. La catástrofe natural solo existe porque los hombres hablan de ella. Sin mediatización, no hay catástrofe.


¿Cómo clasificar las grandes catástrofes de la historia?
Desde luego, pueden hacerse tipologías por acontecimiento natural: seísmos, erupciones volcánicas, inundaciones, avalanchas, etcétera. Pero, desde mi punto de vista, no es lo más adecuado. Yo propondría otros criterios.

1. Las catástrofes que conciernen al mito, el Diluvio y la Atlántida, por ejemplo.

2. Catástrofes que tienen impactos regionales y que solo han dejado una huella entre los habitantes de la zona.

3. Aquellas que, por el contrario, tienen consecuencias en una dimensión mucho mayor. Por ejemplo, la erupción
volcánica del Tambora, en Indonesia, en 1815, provocó una inmensa nube de polvo que alteró el clima del planeta durante varios años.

4. Acontecimientos naturales cuyo retorno es frecuente (crecidas de ríos, lluvias del tipo cévenol1 a principios del otoño) y que permiten la construcción de una memoria.

5. Catástrofes, por el contrario, “excepcionales”, no esperadas (seísmos o vulcanismos en una zona en la que se ha olvidado que eso podría suceder).

6. Catástrofes que se viven como rupturas, ya sea porque efectivamente constituyeron un giro, ya sea porque aceleraron los procesos en curso. El terremoto de Lisboa en 1755 es el ejemplo típico. Aceleró una ruptura cultural, cristalizó un cambio en curso: un movimiento de laicización del pensamiento.

Podemos ver, pues, que todos estos criterios no son ni geológicos ni físicos. Para el historiador, la catástrofe natural es un acontecimiento humano, el espejo de las sociedades, y es así como debe ser analizada.

¿A partir de cuándo se interesaron los historiadores en ellas?
Al principio, las catástrofes se abordaban de manera secundaria.Empezaron a ser tratadas en las investigaciones sobre los grandes ciclos económicos, en particular las catástrofes relacionadas con el clima (se puede pensar en los trabajos de Emmanuel Le Roy Ladurie), y en los estudios sobre las estructuras mentales (los mecanismos del miedo, por ejemplo, con los trabajos de Jean Delumeau). Sin embargo, no fue sino hasta fechas cercanas que se convirtieron en objeto de investigación para los historiadores y a partir de peticiones externas: las de hidrólogos, de sismólogos, etc., que necesitaban, para construir sus modelos, bases de datos que reunieran registros a lo largo del tiempo, o requerían afinar los mapas de localización de los riesgos naturales.

Desde hace unos quince años, somos varios los que estamos trabajando con las catástrofes como objeto específico de la historia. Lo que actualmente les interesa a los historiadores es la relación de las sociedades con el acontecimiento catastrófico, la manera de manejarlo, de mediatizarlo, el papel que desempeñan los expertos. Con un par de preguntas recurrentes: ¿qué cambia?, ¿qué permanece inmutable?

 ¿De qué fuentes dispone el historiador para responder estas preguntas?
Para estudiar las catástrofes más antiguas, los historiadores tienen dos tipos de fuentes a su disposición. Por una parte, las huellas físicas de la catástrofe. Pompeya es el ejemplo más espectacular. Por otra, las fuentes escritas que son testimonio de intervenciones públicas y que existen desde la Antigüedad, o los textos religiosos, particularmente en la Edad Media. A partir del siglo XVII, contamos con una documentación relativamente abundante de naturaleza administrativa: archivos de los servicios de planificación territorial (Aguas y Bosques, Puentes y Avenidas), procedimientos de indemnización a las víctimas. Después, a partir de fines del siglo XVIII, la prensa empieza a hablar de las catástrofes hasta desempeñar un papel creciente desde el siglo XIX. Para los períodos más recientes, también contamos con los testimonios orales.

Se trata de fuentes directas. Pero el historiador puede apoyarse igualmente en una enorme cantidad de fuentes indirectas: los numerosos livres de raison2, los archivos notariales.
  
¿Cómo explicaba el hombre las catástrofes?
Como para todos los fenómenos inexplicables, el hombre se valió del recurso de la intervención divina. Es particularmente cierto cuando se trata de explicar una erupción volcánica o un seísmo, hechos difíciles de comprender y que parecen provenir de las fuerzas más oscuras de la tierra. Por el contrario, hace mucho tiempo que las inundaciones se pueden explicar por las lluvias abundantes. Como regla general, hay que ser prudente y desconfiar de los textos que invocan la cólera divina. La ira de Dios es con frecuencia el medio que las autoridades religiosas usan para instrumentalizar la catástrofe. En cierto modo, la narrativa bíblica constituye el primer ejemplo de ello, con el relato del Diluvio.

Podemos reparar en lo que sucede en la Edad Media tras el derrumbamiento del monte Granier en Saboya, en noviembre de 1248, el cual cobró un millar de víctimas: el cronista inglés Matthieu Paris hizo del acontecimiento un arma contra los saboyanos. Si Dios los castigó, lo hizo con bastante justicia. Y hasta los acusó de practicar la usura e incluso de matar a los viajeros que se veían obligados a pasar por Saboya. Pero su cólera se explica sobre todo por la presencia de los saboyanos en Londres, en puestos selectos de la Iglesia y de la corte de Inglaterra tras el casamiento del rey de Inglaterra con la hija de Beatriz de Saboya.

Durante las guerras religiosas, ni los católicos ni los hugonotes dejaron de utilizar las catástrofes naturales contra el bando contrario. Esto se constata cuando ocurre la inundación de Lyon en 1570, justo después de la paz de Saint-Germain, en un contexto en el que era difícil para el rey volver a tomar el control, porque había sido obligado a firmar la paz con los hugonotes. En la versión que dejó acerca del acontecimiento, François de Belleforest explica que el suburbio de la Guillotière, en el que habitan muchos hugonotes, se vio particularmente afectado. La declaración tiene una dimensión religiosa (la catástrofe es un castigo divino), pero también política: la catástrofe justifica y defiende la política de la realeza.

Por eso siempre hay que relacionar estos textos con su contexto. Hay que tener en cuenta la manera en que se leían. Y ser muy prudente sobre lo que se concluye a propósito de lo que creían las poblaciones afectadas.

Lo mismo aplica en la actualidad, ¿acaso las interpretaciones religiosas de los fenómenos naturales son exclusivas de los tiempos antiguos? No. Recordemos que durante el verano de 2003 hubo en Francia ceremonias religiosas organizadas atendiendo al llamado de Juan Pablo II a invocar la clemencia divina: “Les pido se unan a mi plegaria por las víctimas de esta calamidad y les invito a todos a pedir con fervor al Señor para que ofrezca a la tierra sedienta la frescura de la lluvia”. Actualmente, por otra parte, medio mundo se dirige a los científicos con el fin de buscar explicaciones y garantías para el porvenir.
  
Al no poder explicar las catástrofes, ¿cómo se han protegido las poblaciones?
Las sociedades han buscado desde la Antigüedad defenderse de algunas catástrofes que se repiten regularmente y de las que se puede conservar memoria. Es el caso en Grenoble, donde el recuerdo de la terrible inundación de 1219, provocada por un deslizamiento que rompió la presa del lago Oisans, ha sido persistente. Durante por lo menos cuatro siglos, hasta principios del XVII, cada vez que ocurrían deslizamientos de tierra en el valle de la Romanche, los poderes locales (los cónsules de Grenoble) obligaban a evacuar lo más pronto posible el lecho del río, por temor a que los movimientos de tierra favorecieran la reconstitución del lago que se había llevado la ciudad en 1219.

Desde el siglo XVI, los pobladores protegen los puentes cuando se percatan de que el agua va a subir: los atestan de piedras o de balas de cañón para evitar que sean arrastrados. En Grenoble, tapan las casas herméticamente, con ladrillos hechos de yeso y estiércol de vaca. Y la medida principal que toman en todas partes es hornear el pan por adelantado.

Una vez que la catástrofe ocurría, las autoridades del Antiguo Régimen solían estar muy al tanto de las medidas a tomar. Prohibir, por ejemplo, la circulación en la ciudad por miedo a que los edificios, sobre todo los ya dañados, se volvieran más frágiles.

Algunas sociedades más afectadas por las catástrofes desarrollaron lo que se podría llamar una verdadera cultura del riesgo. Está el caso de Suiza. Los trabajos de Christian Pfister mostraron el papel que desempeñan las catástrofes en la construcción de la identidad suiza. En el siglo XIX, las redes de solidaridad que se establecieron con el fin de auxiliar a las víctimas de las avalanchas contribuyeron a dar forma a la conciencia nacional. Y tenemos el ejemplo de Japón, una gran potencia que se ha construido desafiando y obviando los riesgos naturales más severos, bajo la amenaza perpetua de los volcanes, los seísmos y los tsunamis. Quizá habría que preguntarse sobre el impacto de estas catástrofes en la vitalidad y la cohesión de los japoneses...

¿Desde cuándo se buscan explicaciones “científicas” para las catástrofes?
Desde la Antigüedad, grandes filósofos como Demócrito, Platón,Aristóteles, Lucrecio, Séneca o Plinio intentaron explicar los seísmos a través de fenómenos físicos. Aristóteles los relaciona con la existencia de cavidades subterráneas. Es una teoría retomada tanto en la Edad Media como en la época moderna. Pero esas causas que se buscan en la naturaleza y la física con frecuencia se mezclan con razones teológicas y morales. Se oponen menos de lo que se complementan: éstas explican en general, aquéllas en particular. Cuando el obispo Jean de Sassenage evoca la inundación de Grenoble de 1219, indica claramente que la causa general es “nuestro adversario el diablo” y que su causa efectiva es “la ruptura de la presa que retenía al lago Oisans”.

Lo que cambia en el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa, es la multiplicación de los discursos puramente científicos; la evocación de Dios ya no es una condición previa.

En el caso de las inundaciones, más fáciles de entender al menos desde el siglo XVII, los poderes locales y los eruditos comienzan acuestionarse los orígenes y las condiciones de dichos acontecimientos y tratan de darles razones técnicas o científicas. En 1651, una inundación importante afectó a Grenoble y a todo el sureste: arrambló con los puentes en el valle de Isère y en el valle del Ródano. Varias sentencias del parlamento del Delfinado explican que fue la deforestación abusiva la que provocó la erosión de los suelos, haciendo que las inundaciones fueran mayores, e intentan prohibir desde entonces dicha deforestación. ¡No hicimos caso a las advertencias de los ingenieros de la administración de Aguas y Bosques!

Lo que también cambia en el siglo XVIII es que los expertos e ingenieros intervienen realmente en la gestión del territorio. Los ingenieros de la administración de Aguas y Bosques cumplen un papel importante desde el siglo XVIII y desarrollan en el siglo XIX un discurso que cuestiona la ignorancia y el arcaísmo de las poblaciones de la montaña, que no sabrían manejar el territorio, que talan los bosques sin ningún control y a las que hay que enseñar a hacerlo adecuadamente. Esto supone un cambio en las relaciones entre los expertos y las poblaciones locales. Los primeros poco a poco fueron monopolizando el saber en cuanto a los riesgos de la naturaleza, mientras que los segundos se vieron obligados a cederles esta responsabilidad.
  
Usted habla de los ingenieros... ¿Y qué hay de los poderes políticos?
Desde la Antigüedad podemos encontrar huellas de la intervención de los poderes tras una catástrofe. En Roma, se celebra al emperador bienhechor con una placa, un bajorrelieve. A veces, incluso se da su nombre a la ciudad. Así, bajo el reinado de Tiberio, ocho ciudades de la provincia de Asia tomaron el nombre de Cesárea en honor del emperador. En Bizancio –un imperio particularmente sacudido por los seísmos en Anatolia–, un historiador del siglo XII, Ioannes Scylitzes, clasifica a los emperadores en función de los auxilios que ofrecieron: los “buenos” emperadores son aquellos que dieron apoyo a las víctimas y los “malos” aquellos que fueron negligentes.

En cuanto a los reyes del Antiguo Régimen, en última instancia siguen siendo el poder tutelar que tiene que proteger a sus súbditos, de la misma manera que tiene que darles el pan. A finales del siglo XVIII, este papel se vuelve mucho más concreto. Cuando Francia sufre inundaciones en 1784 y ocurre una importante tempestad en la Île-de-France en 1788, el rey interviene por su propia voluntad, incluso antes de que se lo soliciten. Estamos en un contexto en el que la imagen de Luis XVI no era muy buena. Podemos ver en esta acción de la realeza una voluntad de restaurar su imagen pública. En 1784, el rey concede tres millones de libras (lo que corresponde al total de las contribuciones directas obtenidas en una provincia como el Delfinado), una suma que según él toma de las pensiones de la corte. En los días que siguen, los diarios anuncian esta generosidad y los intendentes agradecen al rey sus buenas obras para con la población.

Con todo, lo esencial de la acción pública se hace de manera local. No se espera todo del rey. Su ayuda se reclama sobre todo en el momento de una catástrofe de extrema importancia.

Tampoco en este aspecto las cosas han cambiado mucho hasta nuestros días, aunque la intervención y la mediatización tomen actualmente una dimensión planetaria. El tsunami de diciembre de2004 en el sureste de Asia fue un buen ejemplo de ello. La secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, habló de la “maravillosa oportunidad” que constituía el tsunami. Efectivamente, era una ocasión inesperada para probar que Estados Unidos podía aportar ayuda a las poblaciones musulmanas, en este caso indonesias, ya que no eran terroristas.
  
¿A quién se le ocurrió la idea de indemnizar a las víctimas?
Lo urgente, desde luego, es auxiliar a la población. Después hay que reconstruir. Para ello, se espera de los príncipes, bajo el Antiguo Régimen, una ayuda que puede ser directa (en dinero o en especie) o que puede tomar la forma (compleja y diversa según las provincias) de desgravaciones fiscales.

La idea de que el Estado podría indemnizar a las víctimas surge, por su parte, en el siglo XVIII. Y hubo debate, de hecho: ¿hay que indemnizar a los más pobres o a los que perdieron más? Las autoridades eclesiásticas explican que primero hay que aliviar las miserias más grandes, mientras que las autoridades administrativas, en particular el intendente, hacen ver que dicha intervención no servirá de nada, que no es así como se logrará echar a andar de nuevo la economía. Por lo demás, la cuestión sigue siendo de actualidad. En Estados Unidos, los republicanos preguntan si es económica y políticamente oportuno hacer gastos para las víctimas más pobres del Katrina.

Parece que es en la Revolución cuando aparece por primera vez en Francia el proyecto de un sistema general de indemnización a las víctimas. El 6 de vendimiario del año VI (27 de septiembre de 1797), un diputado de Isère proponía una resolución sobre las maneras de distribuir los donativos que se podían conceder a los “ciudadanos que sufrieron incendios, granizada, inundación”. Pero el proyecto no tuvo ninguna continuidad. Hay que esperar la ley del 13 de julio de 1982para que se instituya en Francia un verdadero dispositivo legislativo de indemnización a las víctimas de catástrofes.

 ¿Entonces las catástrofes naturales pudieron desempeñar un papel en la aparición de los seguros?
Tal vez. El ejemplo más temprano de un seguro viene de Alemania: en el Schleswig-Holstein y la región de Hamburgo aparecen, desde principios del siglo XVI, formas de seguros, “mutualidades” que están ligadas al riesgo de incendio. Pero es un caso aislado, que debe relacionarse con las costumbres que las poblaciones del norte de Alemania tenían al trabajar en conjunto para construir diques y protegerse.

De igual manera, se ve en Alsacia en el siglo XVIII una forma de contribución fiscal para un fondo de ayuda del que dispone el intendente, en caso de acontecimientos catastróficos, para indemnizar a las poblaciones. Sigue siendo un caso excepcional en la Francia del siglo XVIII, y no constituye de ningún modo un dispositivo de seguros. En este caso, fue la ley de 1982 lo que les torció la mano a las aseguradoras. Anteriormente, éstas se rehusaban a garantizar un riesgo que estimaban no cuantificable.
  
¿Qué ha cambiado en la actualidad? ¿Hay más catástrofes ahora?
Evidentemente, se tiene mayor información sobre los hechos más recientes, lo que puede dar la impresión de que las catástrofes son más frecuentes. Pero la ausencia de datos para los períodos más antiguos no significa necesariamente que no hubiera catástrofes. Lo que ha cambiado es que las regiones en las que se producen las catástrofes naturales actualmente están diez veces, cien veces más pobladas. Pensemos en Pakistán en nuestros días. Un terremoto en la región de Islamabad en el siglo XVII habría producido evidentemente muchos menos muertos; sobre todo, nadie se habría enterado.

Más aún, la mediatización exagerada de las catástrofes desde hace cincuenta años acentúa su visibilidad y eso también puede hacer pensar que son más frecuentes. Sin embargo, esta mediatización extrema puede tener efectos inversos. Una catástrofe desecha a la otra: el recuerdo del tsunami de diciembre de 2004 se borra debido al huracán Katrina, que se olvidará con el siguiente.
  
¿Podría decirse que las poblaciones son actualmente más vulnerables?
Esto se debe a varios factores. El primero es que la población de los países ricos tiene más que perder: las tecnologías, los bienes que comprenden nuestras riquezas, son al mismo tiempo más numerosos y más frágiles.

Y además, está la presión hipotecaria que lleva a construir en zonas en las que no se debería haber construido, especialmente en áreas propensas a inundarse. Al igual que muchas otras, la ciudad francesa de Redon, que padeció graves inundaciones en enero de 2001, ya había sufrido esa triste experiencia. Al mismo tiempo, los servicios públicos (las carreteras, la pavimentación, las ferrovías) cortan la corriente natural de las aguas y multiplican los riesgos de inundación.

Además, la población se mueve mucho más: los recién llegados que se instalan en zonas de riesgo no tienen memoria del territorio, mientras que antes se transmitía el recuerdo de las inundaciones, de los desprendimientos de tierra, de las avalanchas. Pero también hay que subrayar la responsabilidad de las autoridades competentes que dejan que las personas se instalen en estas zonas.
  
¿Somos más sensibles a las catástrofes naturales? ¿Parecería que las aceptamos menos?
Sí. Un acontecimiento antes ordinario se considera como catastrófico con mucha facilidad. Nieva en París en enero, hace calor en verano, y ya es una catástrofe. Cada vez se busca a un responsable –humano, claro está– de dichos acontecimientos. Y se exige algún tipo de protección. Es así como, traumatizados por la canícula del verano de2003, los poderes públicos crearon en el mes de febrero siguiente un equipo de trabajo para prevenir la crisis de la canícula que tendría lugar en el verano de 2004. La temperatura fue de 35°C durante tres días de junio de 2004, ¡y eso se tomó como el anuncio de la canícula del verano de 2005!

Vivimos en la ilusión. Pedimos el “riesgo cero”; pensamos que toda catástrofe o por lo menos todas sus consecuencias negativas pueden evitarse. Hay una especie de desmesura en esta búsqueda de poder absoluto. Al mismo tiempo, nos remitimos totalmente a las autoridades y a los expertos para que nos garanticen ese riesgo cero. Ahora bien, a pesar de los avances de la ciencia, a pesar de los datos reunidos continuamente, éstos no pueden preverlo todo. Resultado: nos ponemos en su contra, y acusamos a los “políticos”, a los “expertos” por no haber previsto y anticipado la catástrofe, y luego por no haber sabido manejarla. Y las poblaciones quedan libres de toda responsabilidad.

¿Esto es racional? En las sociedades antiguas, el hombre, que estaba lejos de ser pasivo o resignado, trató de protegerse de las catástrofes con sus conocimientos, sus herramientas, aun cuando no siempre fueran los más adecuados. Actualmente estamos más bien en una situación en la que toda la responsabilidad se delega a las autoridades, a los expertos competentes –o que por lo menos dicen ser competentes–, lo que se traduce en una forma de pasividad por parte de las poblaciones ante el poder del que esperan todas las soluciones. Como resultado, paradójicamente, las poblaciones son más frágiles en la actualidad que las sociedades antiguas. A fuerza de querer el riesgo cero, están más expuestas al peligro.

1. En Francia, un episodio cévenol, o una tormenta cévenol, designa un tipo particular de lluvia que afecta principalmente a la región meridional de Cévennes, causando a menudo graves inundaciones. (N. del E.)
2. Un livre de raison (del latín liber rationis o liber rationum, es decir, “libro de cuentas”) era un registro de la contabilidad doméstica que también incluía anotaciones de carácter familiar o local como matrimonios, viajes, cambios en el clima, etc. Llevado por el padre, funcionaba como ayuda memoria para el autor, pero estaba destinado fundamentalmente a informar a sus herederos. Con frecuencia, un mismo livre de raison se transmitía de generación en generación; cada jefe de familia lo continuaba donde lo había dejado el dueño anterior (N. del E.)

Articulo : http://www.elmalpensante.com Febrero 2010

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