samedi 10 décembre 2011

CUNQUEIRO y el realismo mítico europeo


Álvaro Cunqueiro. 100 años
Cunqueiro y el realismo mítico europeo
Por Darío VILLANUEVA 

Maestro de la trasgresión y la melancolía, Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) fue bastante más que un novelista, poeta, dramaturgo, gastrónomo y periodista. Emblema de la cultura gallega, fue un adelantado a su tiempo que aunó la riqueza de los mitos (Merlín, sochantre, Ulises, Simbad...) con la vanguardia más radical. El Cultural celebra hoy la palabra y la vida de quien, como reza su epitafio “con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más”.

Apoco de morir Álvaro Cunqueiro, su hijo César declaraba algo sorprendente: “meu pai era un realista, na vida e na literatura, estreitamente vencellado á fasquía [la traza] do mundo que o viu nacer e madurecer”. Por mi parte, más allá de una precoz e invariable admiración como lector, mi interés intelectual por su obra narrativa se debe asimismo a la gran cuestión literaria del realismo. La guerra civil marcará en Cunqueiro la transición desde la poesía gallega hacia el cultivo preferente de la prosa, que con sus autotraducciones al castellano harán de él a la vez uno de los escritores españoles más polifacéticos e imposibles de encasillar. Su narrativa sigue, así, dos líneas complementarias. Por una parte están sus obras mayores, que fluctúan entre la estructura de lo que Elena Quiroga calificó de retablo mayor -los relatos enmarcados- y una disposición más estrictamente novelística como sucede ya en Merlín e familia e outras historias, de 1955 -traducida al castellano y enriquecida con la incorporación de nuevas piezas en 1957-, As crónicas do Sochantre, de 1956; Si o vello Sinbad volvese ás illas (1961) y las cuatro novelas que publicó directamente en español entre 1960 e 1974. Y por otra, la línea de los retratos o semblanzas de tipos populares gallegos, compuesta por Escola de menciñeiros e fábula de varia xente, de 1960; Xente de aquí e acolá, de 1971, y Os outros feirantes, de 1979. 

En ambas series, y en toda la literatura de Cunqueiro, brilla una alta capacidad de sincretismo cultural y estilístico que le lleva a casar el mito y la fantasía con la realidad, y el reflejo genuino de las esencias del mundo gallego con las resonancias intertextuales de la “materia de Grecia” (Orestes, Ulises), de Bretaña (Merlín), de Las mil y una noches (Simbad) o de la Italia renacentista. Todo esto tratado con ironía y desenfado, sin evitar los anacronismos y el malabarismo de erudiciones fabulosas fruto de una “memoria deformante” asumida por el escritor, que hace de sus novelas y libros narrativos en general verdaderos romances, en el sentido anglosajón del concepto. Aquella habilidad armonizadora le permite asimismo elaborar una prosa culta que, sin embargo, semeja troquelada en el registro de la literatura oral, en el “contar baixo e sinxelo” de quien confesara haber pasado toda su niñez escuchando narrar. 

En Xente de aquí e acolá se percibe con claridad lo que varios críticos valorarían como el mayor logro de Cunqueiro: la introducción de la magia en la literatura de costumbres. Y en el prólogo que Ricardo Carballo Calero escribió para la versión en castellano titulada La otra gente (1975) no deja de subrayar esa eficaz, sorprendente y seductora mixtura: “Labradores y artesanos, de tierras de Lugo los más de ellos, bien afincados en la realidad ... pero ocultamente empeñados en volar sobre el lodo del camino colgados de paraguas cómicos por su difunto vecino el señor Merlín, que moró en Miranda ... Mucha verdad hay en ellos [...] y mucha melancólica desesperanza”. 

No es difícil explicar el escaso eco que la trayectoria narrativa de Cunqueiro tuvo en los años 50 y 60 no solamente por la condición periférica del escritor mindoniense y su apartamiento de los centros de decisión literaria, sino también por el predominio casi absoluto que tenía entonces un modo determinado de entender el realismo que se compadecía muy mal con la naturaleza de la ficción cunqueiriana. 

En aquel periodo, el horizonte de expectativas proyectado hacia la narrativa se basaba en dos variedades de un auténtico “realismo genético”: la neorrealista, heredera del naturalismo, y la del realismo socialista, ensimismada en la teoría del reflejo. La obra de Álvaro Cunqueiro quedaba extramuros de ese horizonte; más aún, representaba una ruptura de su sistema, lo que la hacía incómoda. Consecuentemente, fue rechazada por el aparato institucionalizador de la literatura y desterrada al limbo ¿o quizás al infierno? del escapismo, del esteticismo, de la literatura fantástica para la que rolaban entonces malos vientos.

El premio Nadal le es otorgado a Un hombre que se parecía a Orestesprecisamente en 1969, cuando la receptividad de críticos y lectores evolucionaba entre nosotros de aquel paradigma realista hacia el “realismo mágico” o “maravilloso”. Desde 1963, al descubrimiento de Mario Vargas Llosa le habían seguido los de los más destacados novelistas hispanoamericanos, rubricados por el deslumbramiento total producido en 1966 por Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Según testimonio de Elena Quiroga, cuando a Cunqueiro se le preguntaba sobre las semejanzas que algún crítico encontraba entre su obra y, por caso, la del futuro premio Nobel colombiano, nuestro escritor respondía siempre: “Yo lo hice antes”. 

Cierto que tanto en el realismo mágico como en la literatura fantástica el discurso narrativo presenta dos planos diferenciables, el de lo natural y el de lo sobrenatural. Cambia, no obstante, la manera en que uno y otro se relacionan entre ellos. La antinomia irreductible de lo fantástico se resuelve en armonía por mor del tratamiento formal propio del segundo modo. Lo irreal no es, así, presentado como problemático para que no desconcierte al lector, como reclamaba aquel principio de oro en El Quijote: “Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas”. 

Nuestro escritor se expresaba en términos tan cervantinos como estos: “Mi pretensión como narrador es la de contar vivo y seguido, como oficiante de una tradición oral -en mi caso, gallega-, buscando la atención del oyente, sorprendiéndolo, llevándolo cuando es preciso a la situación trágica, para luego hacerle descansar con una nota de humor. Pero en definitiva, otra cosa no es la vida”. Y no es por azar que el propio Cunqueiro se mudase en relator de Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas bajo el transparente y fachendoso nombre de Al Faris Ibn Iaquim al Galizí. Esto es, Álvaro, hijo de Joaquín, el gallego. 

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Mi Cunqueiro
Álvaro Cunqueiro. 100 años

Creador tan plural como imaginativo, no existe un solo Cunqueiro, cada lector tiene el suyo. A continuación, seis escritores gallegos ofrecen una mirada personal sobre su obra. Son Luisa Castro, Víctor F. Freixanes, Xosé Luis Méndez Ferrín, Claudio Rodríguez Fer, Lola Beccaria y Marta Rivera de la Cruz.


El gastrónomo
Por Lola Beccaria

Cunqueiro es uno de esos personajes con el suficiente encanto y lado oscuro, contradictorio y excéntrico, como para hacerme babear. Entre otras cosas porque me parece que se trata de un espíritu único para quien la vida era un manjar. Y quizá por eso, el Cunqueiro que más me gusta es el Cunqueiro gastrónomo. No solo cuando escribía, sino también cuando hablaba, hacía de cualquier cuestión, por modesta que fuera -y hasta de la más excelsa-, una degustación sensorial, preciosamente lujuriosa. Decía Jung que el hombre dedica la primera mitad de su vida a la naturaleza, y la segunda mitad, a la cultura. Yo creo que Cunqueiro supo hacer una fusión culinaria de ambos aspectos, y concebía la cultura como un proceso físico del individuo, de modo que desde los labios, pasando por la boca, por la lengua, entre carnal y goloso, era capaz de conectar el tacto, la nariz, el paladar y la conciencia, y hacer cocina con el arte, dorar el verso, flambear la prosa y trufar hasta las etimologías, todo ello en singular maridaje con los productos del mar y de la tierra, y ligado con el nutritivo caldo de la imaginación. Siendo la ofrenda resultante el más precioso y necesario alimento del ser humano. Y también me gusta el Cunqueiro que cuenta la historia de un caballo que hablaba en gallego, que además era un coqueto y le pidió a su amo que le cambiara de nombre y le pusieraCheval (encantador comienzo del libro de relatos Os outros feirantes). 


El maestro
Por Luisa Castro

En 1980, meses antes de la muerte de Cunqueiro,Galaxia publicó un volumen que reunía su obra poética completa y su teatro. Es un libro que tengo en mis manos, y que conservo con los subrayados de entonces. Yo tenía 14 años y no sabía que arrastraba una larga enfermedad que poco después le llevaría a la muerte, pero empezaba a leerle. Despertaba a la poesía con un autor que era celebrado por su prosa. Mar ao Norde, publicado en 1932, era el primero de aquellos cinco libros y en su primer poema encuentro el primer rastro de su influencia. Un subrayado, dos versos: sin afáns de presencia / sin afáns de fuxida. Diez años después, yo escribiría algo muy similar: su turbia postración / su fuga turbia. La misma música y una imagen opuesta, dos fuerzas que se contrarrestan, una centrípeta y otra centrífuga, como un problema de física. Podría hacer una tesis sobre este mínimo subrayado en el que veo reflejada la influencia del pensamiento poético de Cunqueiro sobre mi quehacer. Pero baste el detalle para comprobar hasta donde su poesía me orientó: poesía del movimiento y poesía del reposo. Contemplación y contradicción. 


El vanguardista gallego
Por Xosé Luis Méndez Ferrín

Cunqueiro es uno de los escritores más importantes en lengua gallega de todos los tiempos, comparable a Alfonso X el Sabio, a Rosalía de Castro y a Valle-Inclán porque supo marcar indeleblemente la literatura en gallego del siglo XX de tres maneras. En primer lugar, suscitó imitadores, siempre condenados al fracaso porque su escritura tiene tal magia y originalidad que es irrepetible. Por otra parte, suscitó rechazos porque, según el momento, se le tachó de ser demasiado vanguardista o demasiado amable o demasiado rompedor. Y en tercer lugar, su poesía suscitó una admiración amplia y marcó caminos nuevos. Cunqueiro fue y es un faro de la literatura gallega, uno de esos autores que remueven los cimientos de nuestras certezas. Sin él, nuestra literatura sería mucho más pobre, aunque hoy su huella parezca difícil de percibir. De hecho, ni siquiera debería existir tal rastro, porque si existe un autor único es él. Por eso resulta tan llamativa la atención que ha suscitado su teatro, quizá lo menos conocido de su obra, que hoy resulta de una extraordinaria y admirable posmodernidad. 


El realista mágico
Por Marta Rivera de la Cruz

Yo conocí a Cunqueiro mucho antes de leerlo: mi abuelo era redactor de El Progreso, donde colaboraba don Álvaro, así que su nombre estaba presente en las conversaciones de los almuerzos del sábado, como lo estaban Ánxel Fole, Trapero Pardo o Luis Pimentel. Oí hablar de Cunqueiro años antes de acercarme a él como lectora, y creo que el primer escrito suyo que cayó en mis manos fue una recopilación de sus historias gallegas. Yo crecí escuchando cuentos de aparecidos, de ciudades sumergidas y de pozos que ocultaban tesoros, así que la tradición oral me había puesto a salvo de las sorpresas de la literatura. Ya estaba en el instituto cuando leí por primera vez Merlín e familia, y así llegó el deslumbramiento cunqueiriano: acababa de descubrir la naturalidad en la narración de lo extraordinario gracias al protagonista de la saga artúrica que pasaba su jubilación en un pazo gallego. Esa es la base de lo real maravilloso: no lo que se cuenta, sino la forma de contar. No que haya muertos que se levanten de sus tumbas, sino que se relacionen sin dramatismos con los vivos. Todo eso me lo enseñó Cunqueiro, de quien mi abuelo decía que tenía el genio revuelto y el sentido del humor a flor de piel. Gracias a don Álvaro, cuando empecé a leer a los popes del realismo mágico ya estaba curada de espantos: como alguien dijo una vez, no solo García Márquez tenía abuelita. 


El mundo de color azul
Por Víctor F. Freixanes

Felipe de Amancia cuenta la historia de su amo, el señor Merlín, instalado al final de sus días en la sierra de Meira, tierra de Miranda, diócesis de Mondoñedo. El viejo druida de Camelot, acompañado de la reina Ginebra (de la que en el fondo uno sospecha que está secretamente enamorado), atiende a los viajeros que acuden de las más apartadas geografías a solicitar remedio para sus calamidades: la princesa encantada que, transformada en cervatillo, vive en el interior de una jaula; el ejército que perdió el camino en medio del desierto y viene a que el señor Merlín se lo arregle (el camino), el enano de Belvís que corre por las noches con su linterna entre las almenas del viejo castillo...

Este es mi libro favorito de Álvaro Cunqueiro: Merlín y familia, publicado por primera vez en lengua gallega en 1954. Felipe de Amancia hace memoria de su primera mocedad junto a su amo y el lector queda atrapado por la música de las palabras, ese aroma especial que flota en el aire, los personajes, los tipos humanos, la imaginación culta y desbordante que anuda en un único lazo el universo de los grandes mitos y las distancias cortas de lo local, la nación de los gallegos, que se universaliza. “¿De qué color quieres esta mañana el mundo?”, le pregunta el señor Merlín al muchacho, mostrando una jofaina con agua maravillosa. “Azul”, le responde el chaval. Y con unas gotas salpicando el aire, los valles, los caminos, los árboles, las nubes, los pájaros aparecen de pronto teñido de fantasía. 


El poeta
Por Claudio Rodríguez Fer

Aunque ahora sea más conocido como prosista, Cunqueiro inició su ininterrumpida andadura poética en la vanguardia gallega, publicando libros tan audaces y encantadores como Mar ao norde o Poemas do sí e non durante los años 30. En esta misma época deslumbró además con el brillante y medievalizante neotrovadorismo de Cantiga nova que se chama riveira, cancionero de difícil traducción rítmica a otras lenguas, pero al que cualquiera puede aproximarse entregándose simplemente a la sutil e inconsútil interpretación que de él hizo Amancio Prada a través del universal lenguaje de la música que ya le era propio.

Después de la guerra civil y al margen de numerosos poemas dispersos, Cunqueiro publicó un libro en castellano, Elegías y Canciones, y volvió al gallego con obras de madurez tan acrisolada como Dona do corpo delgado y la póstuma Herba de aquí e acolá, especie ésta de ecuménico legado borgeano en el que entremezcló todos sus estilos y todas sus temáticas con referencias a todas las culturas: la bíblica y la árabe, la celta y la sajona, la griega clásica y la europea contemporánea... 

La poesía es a la obra completa de Cunqueiro lo que el Cantar de los Cantares es a la Biblia: el diamante cuya fulgurante pureza no pueden algunos resistir sin revestirlo de un carácter alegórico. Mientras, ya lírica, ya épica, la poesía de Cunqueiro parece esperar el Retorno de Ulises en sus iniciales e iniciáticas palabras intraducibles a palabras: “Pende en que pende Penélope pensativa / perde novelo nove novamente canto”. 

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Cronología
Álvaro Cunqueiro. 100 años

1911 El 22 de diciembre nace Álvaro Cunqueiro en la ciudad episcopal de Mondoñedo. Su padre, Xoaquín Cunqueiro, era farmaceútico y luego sería alcalde, y su madre, Pepita Mora, pertenecía a una importante familia.

1921 Bachillerato en Lugo, primero en los Maristas y después en el Instituto General y Técnico. Allí realiza “el descubrimiento más sensacional e importante de mi vida: el idioma gallego”.

1927 Inicia estudios de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Santiago. Participa en la tertulia del Café Español donde entabla amistad con Francisco Fernández del Riego, Domingo García Sabell, Gonzalo Torrente Ballester, Ricardo Carballo Calero, Carlos Maside y Xosé Eiroa.

1930 Publica artículos y poemas en Vallibria y dirige hasta 1933 la revista galleguista y monolingüe Galiza. 

1931 Se afilia al Partido Galeguista, donde conoce al pintor Luis Seoane.

1932 Publica Mar ao Norde, su primer libro, un poemario inspirado en el creacionismo y el cubismo, en la prestigiosa editorial Nós.

1933 Cantiga nova que se chama Riveira. Obra que recoge el influjo de la lírica galaico-medieval.

1936 Al estallar la Guerra Civil, Cunqueiro se refugia en Ortigueira, donde imparte clases en el Colegio Santa Marta y colabora con el semanario falangista Era azul.

1937 Se incorpora a El Pueblo Gallego, de Vigo. 

1938 Empieza a ser reconocido como escritor en español. Se instala en San Sebastián para trabajar en La Voz de España.

1939 Se traslada a Madrid contratado por ABC.

1940 Elegías y canciones.

1943 Abandonada Falange y, retirado su carné de periodista, concluye su filiación franquista.

1946 Regresa a Mondoñedo. Gracias a Fernández del Riego colabora con La Nochey después con El Progreso, La Voz de Galicia o La Región.

1950 Colaborador de El Faro de Vigo.

1955 Merlín e familia e outras historias. Novela.

1956 As crónicas do Sochantre. Novela.

1960 Las mocedades de Ulises. Novela.

1961 Si o vello Sinbad volvese ás illas. Novela.

1965 Director de El Faro de Vigo hasta 1970.

1969 Obtiene el Nadal con Un hombre que se parecía a Orestes.

1972 Vida y fugas de Fanto Fantini. Novela.

1974 El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes. Novela.

1980 Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago.

1981 Muere en Vigo. 

Articulo : http://www.elcultural.es 10/12/2011


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