dimanche 18 décembre 2011

Elvio E. GANDOLFO/ Entre PROUST & MIYAZAKI


Cultural
Novela de Haruki MURAKAMI
Entre Proust y Miyazaki
Por Elvio E. Gandolfo

LA LECTURA en castellano de 1Q84, la última y extensa novela de Haruki Murakami, fue curiosa. Apareció primero un gran tomo de más de 700 páginas, que incluía los dos primeros libros de la edición japonesa, y aparece ahora el tercero, de 400 páginas.

Tanto en Japón como en Estados Unidos, la totalidad del relato apareció junta. El lector podría emprender una larga queja sobre las costumbres editoriales, si no mediara un elemento de freno. También podría mencionar como explicación la necesidad de facturar rápido, por ejemplo.

Pero, otra vez, algo frena ese tipo de reacción, una vez leída la continuación. Cuando comentamos aquí aquel primer tomo doble (ver El País Cultural Nº 1122) mencionamos que la riqueza de ideas y la calidad del control de un material muy propenso al desborde era tan notable, que incluía hasta una especie de primer final. Eso lo provocaba el modo en que las tramas cruzadas se aceleraban, y un primer atisbo de contacto entre sus dos protagonistas separados desde la infancia (la gimnasta, masajista y asesina Aomame y el corpulento profesor de matemáticas y "ghost writer" Tengo), después de un pináculo de violencia y suspenso.

En buena medida el freno es literal. Todo ese mundo en relación tangencial con el nuestro (con dos lunas, y una especie de duendes malignos: la "Little people"), en un año 1984 que merece ser denominado lQ84, parece existir sobre todo para los dos protagonistas, y muy en especial para Aomame. El resto de la gente ni siquiera parece enterarse de la doble luna. Hasta el uso particular de un tipo de pistola nueva por la policía obsesiona a Aomame, pero nadie más parece advertirlo. En aquellas páginas finales, todo parecía a punto de estallar, y casi lo hacía.

EL TERCERO NO EXCLUIDO.

El primer cambio notorio entre los dos libros, tal como los editó Tusquets, es que en este segundo tomo los capítulos ya no se reparten equitativamente entre los dos protagonistas. Aparece un tercero, el investigador privado Ushikawa, presencia fugaz en el tomo anterior. Por cada capítulo de la pareja central, hay uno que le pertenece a él. Feo, desagradable, pero con un torvo orgullo por su riguroso profesionalismo, poco a poco se va haciendo inolvidable, y hasta querible, a pesar de que su tarea de búsqueda y seguimiento por encargo está obligada a un final desagradable.

Su presencia tiene un efecto adicional, estructural. Los dos protagonistas (con una presencia aún más etérea de Fukaeri, la escritora adolescente de la novela La crisálida del aire) parecen contagiarse del tono minimalista, apegado a la tierra de Ushikawa. En el caso de Tengo, muchos capítulos están dedicados a un hospital del interior donde cuida a su padre en coma, que nunca hizo demasiado por ser querido. Así se hace amigo de un grupo de enfermeras, va de "karaoke", y finalmente decide partir de aquella "ciudad de los gatos" a la que se refería un relato suplementario del primer libro. Así como Aomame quería reencontrar a Tengo, éste había percibido a la "crisálida del aire" sobre la cama de su padre. Pero todo tiene un límite, la "crisálida" no reaparece, y al fin Tengo parte.

En lo que se refiere a Aomame está obligada a permanecer quieta, oculta. Y recibe un obsequio del jefe de su equipo de apoyo: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, completo. Por cierto, tiempo es lo que le sobra. Como muchos elementos de la novela entera, en esto hay un toque de humor, por una parte, y una posición estética peculiar, por otra. Un fastidio continuo de cierta crítica con Murakami es su masividad. Pero la mención a Proust parece señalar que su obra maestra, por más larga y culta que sea, ha terminado por ser un producto más de la cultura masiva, justamente por su amplia fama de "culta".

De esa manera, este segundo 1Q84 va reduciendo su velocidad de asombro, para encarrilar un tono de policial o "thriller" contemporáneo. Fukaeri se va y no vuelve. El tema de las sectas, clave en el primer tomo, disminuye. Hasta la "Little people" se toma un descanso, salvo una impactante aparición final. Lo que esta jugada riesgosa le pide al lector es cambiar de paso, no engolosinarse solo con lo raro. Es más: un capítulo duro de tragar por su fría violencia es aquel donde un profesional del ramo mata a otro, a la vez que lo respeta, con un lejano eco samurai.

EN OTRO PAÍS.

Murakami se impuso a nivel mundial con sus novelas más bien breves: Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Tokio blues (también conocida como "Madera noruega"). A la altura de After dark, el lector sentía cierto empacho por su escrupulosa imitación de cierta ficción occidental (de Scott Fitzgerald a Easton Ellis): soledad, jazz, tragos, dificultades sentimentales. La voluminosa y explosiva Crónica del pájaro que da cuerda al mundo cambió las cosas. Ocurría en Japón, con entorno y feeling oriental, y en su segunda mitad giraba al tema de la lejana guerra con China con insólita crudeza. Por suerte su éxito hizo traducir un grueso libro anterior, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Igualmente intrincado, era como el borrador de 1Q84. También allí un joven y una muchacha estaban separados, esta vez en mundos distintos, y parecían unirse al final.

Lo que distingue a su última novela es su disposición al riesgo, por el brusco cambio de ritmo entre el primer tomo y éste. Obliga al lector a salir del efecto de pura fascinación y volver a recordar no solo en qué mundo se encuentran los protagonistas, sino en qué mundo se encuentra él mismo.

Es gracioso ver la frialdad o disgusto con que trataron la crítica anglosajona y cierta crítica española a Murakami. Les molestó que no todo cerrara prolijamente, y que en el primer tomo algunas cosas se repitieran. Esa exigencia de eliminación de todo elemento oscuro o difícil mediante su explicación lógica, y la incomprensión ante un uso narrativo de un mismo hecho vivido por dos personajes, parece un poco inadecuada en este artista que ha vuelto a ser (sin renunciar a lo que la ficción occidental le dio o prestó) muy japonés.

Después de todo, otro genio del mismo país, el creador de dibujos animados Hayao Miyazaki, tampoco explica o "cierra los cabos sueltos" de muchos de sus personajes mitológicos rarísimos (que parecen haber inspirado a Murakami para su "Little people", como los pequeños y un poco siniestros kodamas, los espíritus del bosque en La princesa Mononoke).

El gran acierto de esta larguísima novela es el tratamiento realista de un mundo fantástico. En ese sentido es más aplomada que las dos novelas largas anteriores. A tal punto que puede mencionarse a Dickens como antecedente. También para la época victoriana (tan "racional" a su manera como la de hoy) sus novelas arrasaban por sus costados curiosos, extraños, como buena parte de la literatura de entonces (Wilkie Collins, Stevenson, M. R. James).

Esta novela, parada con un pie en cada mundo, y que vuelve al real por un procedimiento sencillo, preanunciado ya en el primer capítulo, se cuenta como una de las más fascinantes de la última década, sin hacer distinciones entre Oriente y Occidente. Se suma a las de Jonathan Lethem (Chronic City), Jonathan Carroll (El mar de madera), o Neal Stephenson (Criptonomicón) para borrar esa distinción entre imaginación y realidad, entre género y literatura "seria" que tan bien le viene a los críticos, pero que tan poco usan los autores y los lectores.

1Q84 (Libro 3), de Haruki Murakami. Tusquets, 2011. Barcelona, 416 págs. Distribuye Urano.

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