samedi 3 décembre 2011

ESPECIAL NICANOR PARRA, Premio Cervantes 2011 (4)


Parra
Por Ignacio ECHEVARRÍA 
Publicado el 19/11/2010

Estuve con Nicanor Parra, en su casa de Las Cruces, frente al Pacífico. Allí me recibió el antipoeta, a sus 96 años de edad. Allí mismo lo conocí hace más de diez años, en compañía de Roberto Bolaño, que siempre lo señaló como uno de sus magisterios determinantes. 

Parra contaba entonces 85 años, y yo me preguntaba, al despedirme de él, si volvería a verlo. La misma pregunta me he hecho en cada ocasión en que he vuelto a visitarlo durante todo este tiempo, un tiempo dedicado en parte a editar, con el concurso de una amplia red de amigos, las “obras completas” de Parra, cuyo impulso originario surgió de aquella primera visita. Dentro de muy pocos meses aparecerá el tomo segundo y último, y sé que Parra seguirá en Las Cruces el día en que acuda a llevárselo. Me recibirá con su calidez habitual, y apenas prestará atención al libro, que dejará sobre una mesa para ponerse a charlar de cualquier cosa. Del “voluntarismo yoísta” en el que se empecina la mayor parte de la literatura contemporánea, por ejemplo. O de “cuánto hemos sufrido por pensar que éramos lo que parecíamos. 

Hace mucho que Parra está de vuelta de toda vanidad ligada al hecho de publicar. Nadie mejor que él sabe de la condición utópica que lleva aparejada la iniciativa de reunir sus obras completas. La obra de Parra, la más libre y radical de toda la poesía escrita en español durante el último siglo, se resiste a ser fijada y encuadernada. Pese a lo cual, leer en secuencia los libros que ha consentido publicar en el transcurso de más de medio siglo, constituye una experiencia irreversible, trastornadora de todas las ideas que circulan comúnmente acerca de qué es y qué deja de ser poesía. 

Quizá debido a esto, el más grande poeta vivo de la lengua -como ha sido saludado por voces muy autorizadas- sigue siendo poco leído e insuficientemente apreciado en España. Una y otra vez me han preguntado las razones de que así sea, y todas las explicaciones que he sido capaz de aportar aluden a una incomprensión de sus propósitos y de sus alcances, propiciada por un previo malentendido acerca de qué cosa sea la lírica y cuál la relación de la palabra poética con el habla. No pretendo que en España no haya lectores receptivos a la antipoesía y buenos entendedores del programa que subyace a ella, el más subversivo y renovador de la poesía latinoamericana. Lo que sí digo es que los rumbos de la poesía española han desatendido en general -por razones penosas de explicitar- la propuesta de Parra, y que el estado de opinión más general acerca de ella es un amasijo de tópicos apenas dignos de ser rebatidos. 

Como sea, un indicador del desdichado “desencuentro” -por así llamarlo- de Nicanor Parra y la cultura española, al menos de la cultura española oficial, lo proporciona el dato bochornoso de que no haya sido distinguido con el premio Cervantes, que entretanto han recibido poetas como Gonzalo Rojas, Juan Gelman o José Emilio Pacheco, de los que no cabe duda de que lo han obtenido de forma muy merecida, pero que ni remotamente tienen la importancia y el relieve enormes que la poesía de Parra posee para la poesía latinoamericana, cuyos rumbos ha contribuido decisivamente a orientar. Lo más lamentable de esta situación es que nos hemos perdido la ocasión de que, con motivo del Cervantes, Parra escriba otro de sus impagables “discursos”. Pues ocurre que, con ocasión de agradecer las distinciones que en otros lados no han dejado de hacerle, Parra ha venido pergeñando unos artefactos poéticos de extraordinaria potencia y comicidad que constituyen en cierto modo la cumbre de su trayectoria, cuyas premisas llevan hasta sus últimas consecuencias. Los llamados “discursos de sobremesa” de Nicanor Parra (algunos reunidos en el que hasta ahora es el último de sus libros, así titulado) vienen a ser como bombas destinadas a estallar en los oídos de la audiencia reunida para escucharlos. Bombas de tiempo y de sabiduría que siembran el pasmo, la risa, la provocación; que recuperan el yo del poeta para desmontarlo a la vista de todos y reificarlo través de un habla que a todos nos dice. 

En la terraza de su casa, Parra desmiga el pan sobre una bandeja de latón colocada en lo alto de una escalera de tijera. Al poco rato, acuden los pájaros. Él guiña un ojo y repite, sonriente: “Urge no hacer nada”.

***
Nicanor Parra. Obras Completas & algo + (1935-1972)
Por Joaquín MARCO 
Publicado el 01/02/2007

Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2006. CXLI y 1068 páginas, 55 euros

Antes de introducirnos en este volumen, el primero de los dos que se anuncian, tal vez convenga enumerar la lista de colaboradores. La edición de estas casiObras Completas (siempre hay un casi en este tipo de ediciones) ha estado al cuidado de Ignacio Echeverría, lo que constituye ya una garantía de trabajo bien hecho. La edición de los textos de Parra ha sido establecida por su mejor especialista, Niall Binns. A continuación, figura un breve prólogo de Harold Bloom, quien se atreve a asegurar: “si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Withman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. No sólo son acertadas palabras sintetizadoras de un crítico, parecen las de un poeta. Y son justas. 

Conviene, sin embargo, que aún antes de intentar abrirse camino en la enmarañada jungla de su obra, el lector no pase por alto las “Consideraciones previas” firmadas por Los Editores, aunque cabe suponer que surgen de los criterios establecidos por Echeverría, bendecidos por el propio Parra, quien a sus noventa y pocos años ha decidido vencer su reticencia a aglutinar sus libros y otros textos. El lector podrá disponer de dos prólogos más extensos, uno de Binns, que trata de establecer la “antipoesía” de Parra como el hilo de Ariadna de su producción y otro de Federico Schopf, sin duda el mejor conocedor de la poesía chilena. Aunque se solapen en ocasiones, ambos poseen la rigurosidad imprescindible para entender el objetivo de un poeta tan renovador y posvanguardista. Las páginas CXXXIII-CXLI constituyen una útil cronología hasta 1972 y no pueden faltar unas útiles y amplias notas a los textos, así como índices de primeros versos, de “Artefactos” e incluso los de su Poesía rusa contemporánea, traducida por Parra, que figurará como el Anexo II.

Nicanor Parra no recibió el premio Nobel para el que fue nominado en 1972, perosus poemas fueron traducidos al inglés, ya en 1967, por Ginsberg, Ferlinghetti y William Carlos Williams, entre otros. Muy apreciado en los países de habla inglesa, sus heterodoxos Poemas y antipoemas no se publicarán en España, en Seix Barral, hasta 1972. En su entorno poético descubrimos la gran poesía chilena del momento: el más tarde Nobel Pablo Neruda, Huidobro, Gabriela Mistral, otra Nobel, y una pléyade de jóvenes de su misma promoción, como Enrique Lihn o Jodorowsky. Los tres colaboraron en “El Quebrantahuesos” en 1951, diario mural cuyos ejemplares, los que se conservaron, se reproducen aquí. Por los mismos años, en Cataluña, Brossa iniciaría una evolución que habría de llevarle también a la poesía visual y a los artefactos poéticos.

En este volumen podemos reencontrarnos con los primeros textos del poeta y su primer libro, que no había vuelto a publicarse, Cancionero sin nombre (1937), ya entonces laureado, de influencias lorquianas, aunque convendría matizarlas. Es cierto que se sirve del romance y de algunas de sus imágenes, pero versos como: “Deme un membrillo, señora,/ que voy a morirme de hambre” no responden a la intencionalidad del Romancero gitano, antes anticipan ya el absurdo surrealista de lo que decidirá calificar de “antipoema”. La decantación hacia lo popular se manifestaría también en los poemas procedentes de dos antologías, 1939 y 1942, aunque culmine en las coplas chilenas de La cueca larga (1958), pero el volumen, sin atender al orden de publicación, se inicia con sus tres partes bien diferenciadas de Poemas y antipoemas (1954), que fue presentado como tres libros diferenciados. 

Tal vez el poema que define las inquietudes de Parra en este período de su poesía, ya profesor de Física y sentimental a la contra, sea “Soliloquio del individuo”, que cierra la colección reordenada de otro modo de la que sería su primera obra completa y aún más incompleta: Obra gruesa(1969). Fernando Alegría, uno de los grandes críticos chilenos de la época saludóLa cueca larga con palabras reveladoras sobre su recepción: “Cuando Parra triunfa con La cueca larga en la ramada, bajo el sauce, junto a la acequia a la línea de tren, es porque la gente huasa le ha considerado uno de los suyos, le ha reconocido y apreciado su cinismo, [...] su bulliciosa amargura y sus sangrientas parodias de las instituciones burguesas”. No sé, sin embargo, si aquella “gente huasa” podía apreciar de igual modo los temibles Artefactos (1972), suma de imagen y texto que, reproducidos ahora (pp. 315-556), quedan más cerca de un dadaísmo adaptado a su manera que del surrealismo.

También en ellos figuran preocupaciones religiosas (algunas provocadoras) que constituirán una constante de su obra: “QUO VADIS NICANOR/ A QUEMAR/ ZARZA/ a ver si se nos aparece Dios” junto al dibujo de un hombre con una maleta y sin cabeza, en cuyo hueco se sitúa parte del texto. Algunos advierten en “Los profesores” (1971) un poema enumerativo como uno de sus mejores logros poéticos. Parra amplifica la nerudiana enumeración caótica (otorgándole un sentido al caos) para designar una profesión de quienes ejercían la docencia con “tanta manía pedagógica”, mientras se producían dos guerras mundiales. Pero ya desde Versos de salón (1962) en el poema “Cambios de nombre” había revelado el objetivo de su estética: “El poeta no cumple su palabra/ Si no cambia los nombres de las cosas”. Si los zapatos, sigue, deben llamarse ahora ataúdes, “Al propio dios hay que cambiarle el nombre/ Que cada cual lo llame como quiera:/ ése es un problema personal”. Pero el poeta se nos ofrece como un observador parcial. Sus versos denotan, aunque también sugieren al lector. Pasa de lo cotidiano en un cementerio a una escena galante o a servirse de un mito romántico, “La doncella y la muerte”, despojándole ahora del misterio, aunque enlace, una vez más, erotismo y muerte. Las Canciones rusas (1967) responden a un irónico mañana, “...lo único/ De lo que realmente disponemos”. En Los trapos al sol reúne textos dispersos de épocas diversas, publicados en revistas, incluidas las prosas de “Gato en el camino” o “El ángel”, calificada como “tragedia novelada”. En este apartado sitúa también su primer libro, ya mencionado, así como “Una poética”, procedente de “De [13 poetas chilenos]” (1948) ilustrativa de su estética: “La función del artista consiste en expresar rigurosamente sus experiencias personales sin comentarios de ninguna especie. [...] La función del idioma es para mí la de un simple vehículo.[...] Huyo instintivamente del juego de palabras. Mi mayor esfuerzo está permanentemente dirigido a reducirlas a un mínimo”. 

En Poetas de la claridad (1958) rememora la antología de 1938, donde publicaron ocho poetas noveles, cuyo objetivo era “el canon de la claridad conceptual y formal”, admite las lecturas de Freud y el surrealismo “mandragórico” (de la revista “Mandrágora”). Ya en Obra gruesa se había servido de la fórmula de los telegramas para definir su estética desde el ángulo político: “Yo no soy derechista ni izquierdista/ Yo simplemente rompo moldes”. Y en Emergency Poems (1972) podemos descubrir junto a un poema como “Viva Stalin” la “Canción para correr el sombrero”, donde describe a un Tolstoi caricaturizado por una larga enumeración de desgracias y convertido en un heroinómano atracador. A esta serie corresponde el significativo: “SIETE/ son los temas fundamentales de la poesía lírica/ en primer lugar el pubis de la doncella/ luego la luna llena que es el pubis del cielo/ los bosquecillos abarrotados de pájaros/ el crepúsculo que parece una tarjeta postal/ el instrumento músico llamado violín/ y la maravilla absoluta que es un racimo de uvas”.

Disponer en este primer y grueso volumen de los materiales de Parra hasta 1972 constituye un acontecimiento. Echarán de menos los lectores que le hayan seguido libros posteriores que han de aparecer en el segundo volumen, lasPrédicas y sermones del Cristo de Elqui (1977) y su continuación (1979).

La obra de Parra culmina aquí, pero sigue hasta hoy. Si no lo habían descubierto con anterioridad, no se la pierdan. Es más que un clásico moderno. Su antipoesía es un eslogan tras el que aparece, con enorme sentido crítico, un autor contradictorio como nuestro tiempo. Tendrán también escuetas noticias de la cantante Violeta Parra, su hermana y colaboradora, que se suicidó; de sus problemas políticos con la izquierda cubana y chilena (su famoso té en la Casa Blanca con los Nixon), de su actitud ante la dictadura de Pinochet, de sus continuos viajes por todo el mundo. No cabe duda de que Nicanor Parra es una de las voces insustituibles en este siglo XXI, aunque su voz arranque del pasado. No pueden perdérsela. 

Desparrame de antipoesía

Tal vez el reconocimiento del valor poético de Parra y su innegable influencia, no reconocida aún suficientemente, en la poesía en lengua española se haya visto perjudicada por el acierto de lo que él designó como “antipoesía”, que no es sino otra perspectiva poética, el reverso de una estrategia expresiva modificada por el humor. Desde los románticos, éste había penetrado en el quehacer poético, de Lord Byron a Esproceda y hasta Campoamor o algunos modernistas y artífices de las vanguardias históricas, también en España y, tal vez, vendría aquí a cuento el “postismo” de postguerra, con Carlos Edmundo de Ory. No menciono el nombre de Campoamor en vano, puesto que como Parra, aunque de forma más burda, trató también, a su manera, de enlazar la poesía, para que se entendiera moderna, con el prosaísmo y la lengua popular, objetivo de otros poetas hispánicos de la promoción de Parra y la española de los 50.

Articulo : http://www.elcultural.es 02/12/2011

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